La gente necesita creer que las buenas acciones que uno hace en la vida tienen su recompensa tarde o temprano, que a todos aquellos que transitamos el lado oscuro tendremos nuestro merecido para poder seguir adelante con sus miserables vidas. En mi caso, lo típico: un yonki puesto a las orejas que saca la navaja a destiempo para obtener su dosis, una bala perdida que impacta en mi frente durante una redada que sale mal o simplemente un camello rival que quiere ampliar su negocio a mi costa. Sencillamente eso no va a pasar, y si pasa, en ningún caso va a suponer algo positivo para nadie. Otro peor vendrá y ocupará mi puesto, es tan viejo como la vida. El mundo está lleno de hijos de puta: basta con dar una patada a una piedra para que salgamos tres o cuatro de debajo de ella dispuestos a joder la vida a los demás. Mi amargada esposa huyó de nuestra localidad buscando el frescor de su Suecia natal, llevándose al zoquete de nuestro hijo y dejándome a mí atrás, ocupándome de mis asuntos du...
Siempre he creído que abrir un local de
tatuajes a las nueve de la mañana es una pérdida de tiempo. ¿Quién en su sano
juicio querría hacerse uno a esa hora tan temprana?
Supongo que soy un clásico, un bohemio,
un romántico, un fan de lo "vintage", como se dice ahora; un carcamal
en el lenguaje castizo. Un cuarentón anclado en el pasado que piensa que el
asunto de utilizar la piel humana como lienzo imperecedero es más propio de
horas intempestivas, de locales clandestinos y de tugurios llenos de humo que
de estos gabinetes estéticos de hoy en día, tan limpios, tan iluminados y con
un olor a consulta de dentista que dan verdadero asco.
Pero para ser justo con el imbécil de mi jefe reconozco que, en su día, también pensé que abrir un local de esa naturaleza en el interior de un centro comercial a las afueras de Barcelona era una pérdida de tiempo y de dinero, pero ya ven, no podía haber estado yo más equivocado: el negocio va viento en popa.
Los tatuajes están de moda. Y por mi bien
espero que siga así durante mucho tiempo, ya que pocas cosas aparte de eso sé
hacer que no tengan como consecuencia pena de cárcel.
Las mañanas en el establecimiento son tan
animadas como un desfile de piedras. En cambio las tardes y los fines de semana
esto se transforma en un gallinero y se convierte en una puta locura:
adolescentes alocadas, mamás adictas a Pilates, musculitos hormonados como
vacas lecheras… aquí se puede encontrar todo tipo de fauna tatuándose. Hasta me
he encontrado con más de una abuela enrollada compartiendo diseño de lo más
atrevido con alguna de sus nietas adolescentes.
Cualquiera que no me conozca lo
suficiente podría pensar que fue por ese hastío mañanero el motivo por el cual
me fijé en aquella morenita menuda que apareció de improviso en el
establecimiento. Pero mis allegados saben de mis gustos en lo concerniente a
las mujeres y que las delicadas curvas de aquella princesita morena son mi
ideal de la belleza femenina. Era un auténtico caramelito, estaba para
comérsela con envoltorio y todo.
Las normas de la casa me obligan a poco
menos que abordar a la clientela como lo haría cualquier dependiente de El
Corte Inglés, pero ese día, como el gilipollas de mi jefe no estaba y yo era el
puto amo del universo, hice lo que me pedía el cuerpo, así que me dediqué a
observar a la chica minuciosamente y deleitarme con el dulce ir y venir de sus
curvas. Se me caía la baba al verla, no me duelen prendas reconocerlo. Creo que
hasta se formó un charquito en el suelo detrás del mostrador y otro en cierto punto
de mi ropa interior.
Era preciosa, una diosa, una ricura, una
muñequita en el mejor sentido de la palabra; no tenía desperdicio, la mirases
por donde la mirases. Con todo en su sitio y en la proporción justa, ni más ni
menos. Ajena al exhaustivo examen que yo realizaba de su anatomía, se subía
delicadamente las gafas de pasta oscura mientras escudriñaba una de las
vitrinas en las que había unos cuantos accesorios que no se adaptaban para nada
a su suculento cuerpo. Al hacerlo, su trasero se mostraba ante mis ojos,
esplendoroso y juvenil bajo unos vaqueros que se ajustaban a él
maravillosamente como una segunda piel. Tuve que tragar saliva, mirar para otro
lado y pensar en otra cosa que no fuese en aquel monumento de la naturaleza
humana para no excitarme demasiado. Uno no es de piedra y aquel culo era
auténtica dinamita.
—Definitivamente las dilataciones no son
lo más apropiado para ti, pequeña princesita —pensé una vez recuperé la
cordura—. Un brillantito color turquesa en el ombligo o un pequeño detallito en
medio de la lengua como mucho resultarían infinitamente más sexy para ti que
eso tan radical que estás mirando.
Se incorporó y al darse la vuelta me
privó de seguir contemplando la redondez de su trasero, pero mentiría si dijese
que, con el cambio de pose, mi interés por ella disminuyó un ápice: la cazadora
de piel negra entreabierta que cubría sus hombros me permitió contemplar buena
parte de su busto bajo una etérea camiseta de tirantes. Como corroboré después
cuando se acercó, no llevaba sostén alguno sobre sus senos, detalle que terminó
de encenderme. Eso me encanta en las chicas, más aún en aquellas rabiosamente
atractivas y jóvenes como ella: odio los corpiños antinaturales con rellenos
fraudulentos que oprimen el cuerpo de las muchachas haciendo parecer que tienen
lo que no tienen ni necesitan.
La tienda es relativamente pequeña, así
que pude ver un colgante en forma de cruz pendiendo de su cuello, cayendo
distraído sobre su escote, zambulléndose entre sus senos. Hubiera dado una mano
por ser aquel accesorio en ese momento y rozar la delicada piel de la muchacha.
Por pura deformación profesional, mientras miraba sus tetas, pensé en lo
deliciosamente sexys que resultarían un par de aritos negros en sus pezones.
Los imaginé pequeñitos, tostaditos y tremendamente sensibles; puntiagudos y
eternamente empitonados. Diamantes capaces de cortar el vidrio en una sola
pasada.
Estaba tan absorto mirándole las tetas a
la muchacha que ni siquiera me di cuenta de que ella se acercaba hacia mi
posición con evidente intención de preguntarme algo. Yo creo que se percató de
que miraba sus curvas como un viejo verde, ya que se cerró la torera negra
intentando protegerse de la sonrojante lujuria que irradiaban mis ojos.
—Por favor… ¿puedes ayudarme? —me dijo
esbozando una sonrisa, con una voz muy dulce, apartándose un mechón rebelde de
cabello sobre su cara.
¿Ayudarla? ¡Yo me hubiera arrancado el
corazón y se lo hubiera envuelto en papel celofán para que se lo llevase de
regalo de vuelta al cielo, lugar del que sin duda provenía!
—Por… por supuesto. Pide por esa boquita…
guapa.
Sé que aquella frase no fue para nada
apropiada para un mero empleado de un establecimiento respetable como aquel,
pero me temo que, una vez más, habló mi entrepierna en lugar de mi cerebro. Por
fortuna para mí la chica no se ofendió; es más, por el brillo de sus ojos hasta
podría jurar que le hizo gracia.
Por suerte para mí reaccioné rápido tras
la insolente apreciación, volviendo enseguida a mi papel de adulto responsable
y cabal:
—Es muy bonito el tatuaje de tu muñeca.
Parece sencillo pero no lo es, está muy bien acabado; se distinguen
perfectamente todos los detalles. Felicita al que te lo hizo, es bueno… de
verdad.
—Gracias, lo haré —dijo con exquisita
amabilidad y, señalando una especie de colmillo en tono marfil blanco para
colocarlo en la oreja, prosiguió—: quería uno… uno de esos.
No pude evitar una mueca de
desaprobación. Si el jefe me hubiese visto en ese momento me habría echado una
buena reprimenda. Para él una venta es una venta y el cliente siempre tiene la
razón… aunque esté completamente equivocado, como era el caso.
—¿Estás segura? No… no creo que eso se
ajuste a tu estilo…
—¡Oh, no! —apuntó ella rápidamente
negando con la cabeza—. No es para mí… es… para un buen amigo.
Aliviado al conocer sus verdaderas
intenciones, me dispuse a complacerla. Fui premeditadamente lento en mis
movimientos y le hice un montón de preguntas tontas; todo era poco con tal de
que no se esfumase de mi vista y me dejara de nuevo solo en mi soporífera
mañana y, lo que era aún peor, sin posibilidad alguna de seguir contemplando
sus delicadas carnes.
—¿Te lo envuelvo para regalo?
—No… no —contestó nerviosa mirando a la
puerta una y otra vez—. Tengo mucha prisa, mi madre me está esperando.
—De acuerdo, aquí tienes. ¿Quieres algo
más? ¿Otro tatuaje para ti? Soy bueno en eso y te haré un precio especial. Con
una sonrisa será suficiente, pero no se lo digas a mi jefe…
La chica me pagó, y sin dejar de sonreír, prosiguió:
—Gracias, eres muy amable, pero no puedo.
Mami se pondría histérica si apareciese con otro, dice que con uno ya es
suficiente.
Fue entonces cuando eché mano de mi
último recurso, a sabiendas de que no tenía nada que perder.
—Bueno… puedo hacértelo en un sitio en el
que nadie pueda verlo, ni siquiera tu mami… si es eso lo que quieres… —Le dije
acercándole mi tarjeta de visita y guiñándole el ojo.
Fue entonces cuando entró en la tienda un
torbellino de mujer igual que un elefante en una cacharrería. Era de mediana
edad pero estaba de muy buen ver. Flaca, algo más alta que la muchacha, aunque
tenía un cierto parecido físico con ella. Parecía ser una de esas personas que
están eternamente malhumoradas; ni siquiera se dignó a darme los buenos días,
simplemente gritó a la muchacha sin la más mínima consideración, como un
sargento a un soldado recién reclutado.
—¡Gabriella! ¿Qué estás haciendo, niña?
¡No tengo todo el día para tus caprichos! ¿Ya has comprado esa tontería para
ese vago? Hay que ver cómo te gusta gastar el dinero en cosas inútiles.
—¡Sí, mami! Ya… ya lo tengo. —Contestó la
muchacha muy nerviosa, guardándose discretamente mi tarjeta en el bolsillo
trasero de su pantalón, justo encima de la parte de su anatomía que a mí más me
gustaba.
—¡Pues vamossss! ¡Uff, pareces retrasada,
Gabriella! ¡Si durmieses un poco más en lugar de pasarte las noches enganchada
al ordenador te irían mejor las cosas en la vida…!
—A… adiós —le dije al ver que la mamá de
la muchacha se la llevaba de mi vista, al amor de mi vida, literalmente a
tirones.
—¡Adiós! —contestó la joven de manera
atropellada con evidentes signos de vergüenza al verse tratada como la niña que
ya no era.
Como no quería que desapareciese tan
pronto, salí de la tienda y seguí su caminar conforme se alejaban por el centro
comercial. Bueno, en realidad seguía mirándole el culo, pero dicho así suena
bastante más sucio. El de la mamá tampoco tenía desperdicio, pero su dueña
hablaba y hablaba sin parar mientras que la joven parecía apocarse por
momentos. Sentí pena por ella… y un poco de rabia al verla tratada con tan poco
respeto.
El paso del tiempo no hizo mella en el
buen recuerdo grabado en mi cabeza que tenía de Gabriella. Durante los días
siguientes a nuestro primer encuentro, cuando la puerta de la tienda se abría,
se me iluminaba la mirada pensando que era ella la que la atravesaba,
llevándome una decepción tras otra.
Ya estaba a punto de tirar la toalla y
resignarme a no volver a verla cuando un día, de improviso, volvió a cruzarse
en mi vida.
Casi enfermo al verla, con un mini pantaloncito
negro ultra corto y aquella camiseta rosa ceñida. Hice un esfuerzo supremo en
mirarle a los ojos y no a las tetas, cuyos comienzos se mostraban a través del
escote tanto o más que el primer día. Creo que ella valoró mi esfuerzo, ya que
esa vez no se cubrió. Es más, me regaló una sonrisa franca y deliciosa y una
bella panorámica del comienzo de sus senos. Le brillaban los ojos cuando me
puso un papel encima del mostrador. Parecía muy nerviosa y, cómo no, con mucha
prisa.
—¿Podrías tatuarme esto?
Tuvo que preguntármelo dos veces. Mis
ojos no podían apartarse de los suyos; parecía animada pero a la vez con cierto
poso de tristeza. Sé que es difícil de entender, pero no sé explicarme mejor.
En cualquier caso, actué de manera profesional centrándome en mi próximo
trabajo:
—Sin problemas —dije al ver los
caracteres élficos; no me eran extraños, ya había tatuado unos cuantos de esos
a varias adolescentes. Estaban muy de moda.
—¡Genial!
—¿Cuándo lo quieres? ¿Ahora?
—¡No… ahora no! Mi madre me estará
buscando y no tiene que saber nada de esto. Si se entera, me mata. ¿Mañana a
esta hora? Creo que podré librarme de ella…
—Por mí de acuerdo, pero…
—¡Quédate el papel para que te vayas
preparando! Tengo que irme ya…
—Pero… ¿dónde querrás que te lo tatúe?
—¡Donde quieras… pero que mi mama no
pueda verlo…!
—¡Pues como no sea en el culo…! —Dije sin
pensar demasiado.
La chica detuvo su andar. Pareció sopesar
realmente mi descerebrada propuesta.
—Uhm…. ¡Vale! —dijo con una mueca antes
de esfumarse—. En el culo tendrá que ser, ¡perfecto!
Y me dejó otra vez boquiabierto y con una
cara de gilipollas que no se me quitó en toda la mañana.
Estuve todo el día pensando en ella… y en
su trasero. Por fortuna, tuve la tarde muy atareada y pude evadirme de su
recuerdo, de su risa… pero no de su culo. Preparé la plantilla en un papel de
calco especial; creo que la repasé un millón de veces. Por nada del mundo
quería equivocarme y ponerle alguna barbaridad. Jamás me había pasado y no
quería que aquella fuese la primera vez que la cagaba.
Al día siguiente, media hora después de
lo convenido, la ninfa apareció de nuevo. Parecía estar huyendo de la policía.
Llevaba puesto un vestido corto y blanco que le daba un aspecto infantiloide
que me dejó sin habla. Parecía un angelito con alas a puntito de echarse a
volar. Como no dejaba de mirar la puerta de la entrada, opté por una decisión
drástica: cerré la puerta del establecimiento con llave, persianas incluidas, y
colgué el cartel de: "ESTOY CURRANDO, NO MOLESTES". Ella me miró como
si le hubiese salvado la vida:
—Gracias —dijo respirando aliviada.
—No hay de qué. Cuando estoy tatuando no
me gustan los sobresaltos… no son muy compatibles con la aguja…
—Claro, claro… —apuntó la chica
asintiendo con la cabeza.
—Te llamas Gabriella, ¿no? Lo dijo esa
loca que entró gritando como una posesa el otro día…
La chica esbozó una sonrisa.
—Lo… lo siento. Esa… esa loca como tú la
llamas… es mi mami. Es un poco… controladora…
—¿Un poco? ¡Parece un sargento de los
Marines con una guindilla en el culo!
E imitando su tono de voz proseguí:
—"¡No tengo todo el día para tus
caprichos, niña!"
Esta vez la sonrisa se transformó en una
sincera y liberadora carcajada.
—¡Lo haces genial!
—Gracias. Si no te importa vamos al lío,
o esa loca es capaz de tirar la puerta abajo.
—Claro, claro…
La introduje hacia el set de tatuaje y
allí la chica todavía se relajó más. Rechazó el refresco que le ofrecí —creo
que pensó que iba a drogarla o algo así—, pero lo hizo con tanta dulzura que no
me sentí ofendido por ello.
—¿Esto es lo que quieres, no?
—Sí —dijo examinando el papel
transparente que le tendía—. Perfecto.
—Antes de comenzar tengo que advertirte
de varias cosas.
—Dime.
—Eres mayor de edad, ¿no?
—Sí.
—No es tu primer tatuaje, así que me
imagino que ya sabes lo rutinario…
—Que no le dé el sol en un tiempo, que me
dé crema los primeros días… —me recitó como un loro.
—Eso es. Lo haré todo en una sesión pero
deberás volver en una semana…
—Sí, sí… ya sé. Para perfilarlo y eso.
—Así es. Y me temo que eso no es todo…
—¿No? —dijo la chica algo nerviosa.
—Aunque no te lo creas, los tatuajes en
la nalga…
—¿Nalga?
—En el culo… los tatuajes en el culo son
de los más dolorosos que existen.
La chica asintió. No parecía en absoluto
sorprendida por la noticia.
—Ya… ya lo sé. He buscado por internet…
me he informado, tranquilo.
—Tendré todo el cuidado del mundo, pero
aun así… va a dolerte.
—No te preocupes… tú hazlo.
—¿Seguro?
—Seguro. El dolor no es problema… el
dolor me gusta —dijo mordiéndose levemente el labio inferior. Enseguida agachó
la cabeza, sabedora de que había hablado de más.
Tal declaración de intenciones me turbó;
de hecho por poco me dio un síncope. Pero la chica parecía decidida y resuelta,
y yo me moría por hacérselo, así que no quise darle la oportunidad de
arrepentirse.
—Vale. Creo… creo que deberías quitarte
el vestido y quedarte… en ropa interior. Aquí tienes una toalla… yo me saldré
para que no te sientas incómoda mientras te cambias. Túmbate boca abajo y
avísame cuando estés lista…
—No, no… no hace falta. Tienes que darte
prisa, no tengo mucho tiempo.
Y sin darme opción a replicar, tras dejar
las gafas a buen recaudo, se sacó el vestidito por los hombros, siendo una
nimia braguita blanca tipo tanga el único impedimento entre mis ojos y su
desnudez total. De nuevo fui tan descarado que le miré todo el cuerpo y en
especial las tetas de forma impúdica. No me había equivocado en absoluto en mi
diagnóstico del primer día sobre sus senos: eran un par de pastelitos
deliciosos, acordes con la delicada morfología de su dueña. Sencillamente
perfectos y muy sensibles: la dureza de los pezones era tal que sin duda eran
capaces de taladrar el granito.
—Va… vaya, eso… eso está muy pero que muy
bien —balbuceé.
Gabriella hizo un amago de cubrirse las
tetas con las manos pero al final, para mayor gloria de mi entrepierna, optó
por no hacerlo y dejó que me recrease la vista en ellas. Eso sí, giró la cabeza
hacia un lado; supongo que le daba un poco de vergüenza verse examinada de
aquel modo tan indiscreto y poco casto.
—¿Se… seguimos? —dijo poniendo un poco de
cordura a tan calenturienta situación.
—Sí —repuse realmente impactado ante
tanta hermosura al alcance de mi mano.
—¿Qué hago?
—Colócate sobre la camilla… voy a hacerte
una foto.
—¿Una foto? —dijo algo asustada.
—Sí. Tranquila, es para que me digas
dónde quieres la inscripción exactamente, el tamaño, la orientación… ya sabes.
Me temo que no hay otra forma de que lo veas por ti misma. Tendré cuidado, no
se te verá la cara…
—Ah… vale, ya comprendo, pero no hace
falta, confío en tu buen gusto…
—No, no… no quiero líos —dije meneando la
cabeza—. Que después todo son protestas. El tatuaje lo hago yo, pero todo lo
demás es cosa tuya.
—De acuerdo, no te enfades. Haré todo lo
que me pidas —contestó con un tono sumiso que me volvió loco.
Lentamente, con mi ayuda, se colocó en la
posición adecuada: boca abajo y con las piernas un poquito abiertas. No sé si
fue algo premeditado o si lo hizo de forma espontánea, pero lo cierto es que
arqueó la cadera ofreciéndome una nítida panorámica de la perfección hecha
carne en forma de trasero femenino. Fuera de bromas, era algo digno de verse.
Se mostró ante mí de una manera tan natural y dulce que a duras penas me
llegaba el riego sanguíneo a las manos para manipular el jodido teléfono móvil;
toda mi sangre se concentraba en mi verga, que ya hacía un rato que había
comenzado a desperezarse.
Realmente más que un curtido tatuador
parecía un bisoño quinceañero antes de su primer beso. Me temblaba todo; a
duras penas podía encuadrar el trasero de la muchacha en el rectangulito del
teléfono. No es que fuese grande, en absoluto; lo que ocurría es que yo
temblaba como unas maracas. Cuando miré el visor sentí que me moría: el hilito
del tanga había desaparecido casi por completo entre los cachetes de Gabriella
de tal manera que parecía que no llevaba nada. Era algo increíble.
Le hice una primera foto a la que siguió
otra y otra… y otra más. Premeditadamente, busqué un primer plano de la vulva,
cosa nada difícil, ya que la minúscula prenda interior apenas dejaba nada para
la imaginación. A la muchacha se le marcaba el sexo claramente bajo la lencería
nívea; incluso uno de los labios vaginales sobresalía juguetón por uno de los
costados.
—Bien —dije tras aclararme la garganta
una vez saciada mi curiosidad malsana—. La imprimo, la miramos y decidimos.
Tardé un instante en volver con una
fotografía a tamaño natural de uno de los traseros más bellos del mundo
mundial.
Ella se sentó en la camilla y empezamos a
hacer mil y una pruebas. No dejaba de reírse. Se la veía entusiasmada y muy
cómoda semidesnuda a mi lado; hablaba por los codos hasta que por fin consiguió
lo que buscaba.
—Eso me gusta. ¿Se puede hacer así?
—¿Así? —le dije un poco extrañado.
—Así será imposible que lo vea mi mami,
¿no crees?
—Bueno, a menos que te vea desnuda, así
es.
—¡Pues perfecto! Házmelo cuanto antes. Me
muero de ganas… —y guiñándome el ojo continuó— de que me lo hagas… el tatuaje,
claro…
—Vale, pero tenemos un problema…
—¿Un problema? ¿Cuál?
—Si lo quieres ahí… me estorbará… me
estorbará el tanga.
No era un farol; aquello era
rigurosamente cierto: el sitio era tan comprometido que la prenda me
dificultaba la tarea a la hora de realizar mi trabajo. La chica sonrió de oreja
a oreja.
—¿Y eso es todo lo que te preocupa?
¡Fuera problemas! —rió divertida.
Y en menos que canta un gallo se deshizo
de la diminuta prenda lanzándola por los aires del estudio. Cayó sobre mi
cabeza y ella se llevó la mano a la boca:
—¡Ups! Perdón —dijo roja de vergüenza.
—No… no pasa nada…
—¿Así está mejor? —prosiguió abriendo las
piernas mostrándome cándidamente su sexo rasurado e impoluto—. Así ya no hay
nada que te impida hacérmelo a tu gusto, ¿no?
—No… no. Así… así estará bien —dije sin
apartar la mirada de tan suculenta rajita.
Llegados a ese punto no sabía si ella
estaba hablando del tatuaje o de otra cosa. Supongo que al verla tumbarse de
nuevo boca abajo sobre la camilla me sentí algo decepcionado. Había llegado a
pensar que iba a abalanzarse sobre mí y que poco menos iba a violarme sobre el
suelo de la sala de tatuajes. Reconozco que estaba sobrepasado por los
acontecimientos; la aguja con la que de verdad me apetecía pincharle era mucho
más gruesa y larga que la que, por lo visto, ella tenía en mente.
Me coloqué los guantes de látex
poniéndome manos a la obra. Juro que intenté ser un profesional y tocarla lo
menos posible mientras le limpiaba con alcohol la zona a decorar. Le coloqué la
plantilla de papel cebolla en el sitio adecuado pero, cuando encendí el foco e
iluminé su entrepierna, por poco me da un amago de infarto. Y no es una manera
de hablar: el corazón quería salir de mi pecho.
Sin nada que se interpusiese entre su
menudo cuerpo y mis ojos, me recreé en ella; se lo vi todo sin inhibirme lo más
mínimo. Como si fuese una clase de ginecología examiné sus delicados labios
vaginales, el clítoris abultadito, los glúteos redondos, el esfínter anal
apretadito, la entrada de su vulva… todo. Una auténtica delicia el cuerpo de
aquella princesa, tanto por separado como en todo su conjunto. Pero realmente
lo que me mató, lo que hizo que mi verga se endureciese hasta un punto que
parecía que iba a explotar, fue comprobar la gran cantidad de jugos que
rezumaban de su sexo. El coño le brillaba como la luna en una noche de verano.
Había que estar ciego para no ver que la
chica estaba muy pero que muy excitada. En mi delirio calenturiento deseé que
Gabriella fuese una de esas muchachas que, con apariencia de mosquita muerta,
te destrozan en la cama; el tipo de chica que a mí siempre me ha vuelto loco,
ni más ni menos.
Si ella estaba como una moto, yo ni les
cuento: los huevos me dolían a rabiar en aquel instante.
Cuando mi mano acarició uno de sus
cachetes, la chica dio un respingo, giró la cabeza y me miró con sus ojos
miopes como si le hubiese dado una descarga de mil amperios en el culo:
—¡Lo… lo siento! —le dije muy acalorado
al ver su reacción—. No puedo hacerlo sin tocarte… aunque sea un poquito.
—Claro, claro —me contestó ella de forma
condescendiente, obsequiándome con la más tierna de sus sonrisas y quitándole
hierro al asunto—. No te preocupes. Haz lo que sea necesario. Toca lo que haga falta,
no hay problema.
Sin dejar de palparle el trasero intenté
abstraerme de semejante oferta y centrarme en lo mío. Podré parecer un baboso
pervertido, pero les aseguro que, en lo referente a tatuajes, pocos pueden
igualarme en destreza y que, cuando me meto en faena, me abstraigo tanto que no
sé si es de día o de noche hasta que termino la composición.
Como ya sabía de antemano, en cuanto la
aguja comenzó a rasgar la piel de su trasero la chiquilla tensó su cuerpo y de
su boca emergió un leve quejido.
—¿Te duele?
—No —mintió de manera pésima.
Había sido una pregunta retórica; yo
sabía que realmente sí le estaba doliendo y no poco. Cuando llevaba unas pocas
letras noté que cada vez se alteraba más. Respiraba rápido y contoneaba sus
caderas de forma más que evidente, como intentando buscar el castigo.
—¿Cómo lo llevas? —dije levantando la
aguja, dándole un respiro.
—Bi… bien —respondió con voz
entrecortada.
—Te duele —aseveré.
—N…no.
—No puedo dejarlo ahora, lo sabes,
¿verdad?
—Sí… sí claro.
Iba a hacer algún otro comentario pero
ella me interrumpió de repente:
—¡Sigue, por Dios! ¡No te pares ahora!
Aquellas palabras me hicieron abrir los
ojos y darme cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Tan absorto estaba en
la serigrafía que no me había percatado de que mi mano tocaba más de lo debido;
por lo visto la humedad que sentía en la mano no se debía al sudor de mi cuerpo
como creía, sino a los jugos que brotaban del suyo, ya que hacía un rato que le
estaba acariciando el sexo sin ser consciente de ello. Y no solo eso: la aguja
pinchaba una zona extremadamente sensible, cosa que, dado la especial
predilección de la muchacha por el dolor, en lugar de incomodarla hizo que su
libido se elevase a la enésima potencia.
Gabriella estaba que se derretía; bastaba
con fijarse en el hilito que caía lánguidamente desde su entraña y que llevaba
un buen rato mojando mi guante.
Hasta ese momento siempre había pensado
que eso de obtener placer a través del dolor físico era una quimera, un mito,
una leyenda urbana, una calentada de cabeza más propia de pajilleros que de la
vida real, pero los gemidos de aquella niña mientras le pinchaba el trasero no
tenían nada de falsos: eran tan verdaderos como mi erección de caballo en aquel
momento.
Tuve que cerrar los ojos, respirar dos o
tres veces y pensar en los negritos de África antes de reemprender la tarea. Pese a que
el aire acondicionado funcionaba a todo trapo, yo sudaba como un cerdo.
Mientras perfilaba los símbolos de la última palabra, dejé de frotarle el coño y
opté por apretarle el culito. Fue entonces cuando mi dedo corazón se quedó
justo encima del agujerito de su ano. Caliente como un mono, comencé a
juguetear con él. No recuerdo los detalles; solo sé que cuando la aguja dejó de
moverse, cuando terminó todo y la inscripción en su piel era un hecho, mi dedo
corazón se perdía por completo en el interior del trasero de Gabriella y esta
gemía como una gatita en celo.
Ella no parecía molesta con el intruso
horadando su interior; es más, por la manera de menearse yo diría que
precisamente sentía algo diametralmente contrario, así que decidí ir más allá y
el dedo índice fue poco a poco a encontrarse con su hermanito mayor.
El gemido creció en intensidad
transformándose en un gritito de lo más morboso.
Una vez le metí los dedos hasta el fondo
me faltó tiempo para desprenderme de la herramienta para tatuar y centrarme en
lo que verdaderamente más me interesaba en aquel momento: comerle el orto a
aquella nínfula ardiente.
Puedo asegurar que lo hice a conciencia,
pero no sin antes retorcerle los dedos a modo de tornillo en su interior varios
minutos. Cuando me pareció oportuno, saqué mis apéndices dejando un
considerable boquete en su esfínter anal. Creo que estuvo a punto de protestar
por haber dejado de jugar con ella, pero supongo que al sentir mi lengua
introduciéndose en su culito aceptó sin reservas el cambio de herramienta,
gimió de nuevo y mostró su aprobación con un gruñido gutural difícilmente
reproducible al que siguió un más que explícito:
—¡Hummm, delicioso…!
Que me indicó muy clarito lo bien que lo
estaba pasando conmigo.
Yo no podía replicar; tenía la lengua
ocupada con otros menesteres mucho más placenteros que hablar. Habrá a quien le
parecerá asqueroso mi tratamiento oral a su entrada posterior, pero desde hace
mucho tiempo sé que el mundo está lleno de ignorantes que no saben realmente lo
que es bueno en esta vida. Además, liberar las manos de su anterior tarea me
permitió hacer otras dos cosas que consideré imprescindibles en aquel momento:
una, introducirle un par de dedos en la vulva y navegar en su interior en busca
de su tesoro; y otra, liberar mi verga de la opresión del pantalón. Al hacerlo
me topé con mi correa y fue entonces cuando se me ocurrió otra cosita más
extrema.
Gabriella se retorcía de gusto y yo
acompañaba sus movimientos espasmódicos con mi lengua insertada en su trasero
mientras mis dedos se perdían en las profundidades de su sexo. Cuando consideré
que estaba lo suficientemente cachonda y dilatada me incorporé con mi estoque
erecto y duro como una piedra.
Ella se contorsionó y volvió a mirarme.
Primero a los ojos y después al cipote que, rabioso, la amenazaba. No dijo nada
ni a favor ni en contra acerca de mis intenciones, pero su movimiento de cadera
abriéndoseme completamente fue tan explícito como la confesión de Judas. Jamás
olvidaré aquella pose tan erótica y sensual, ni por supuesto su expresión al
ver que la punta de mi verga pasaba de puntillas por la entrada de su vulva y
amenazaba la integridad de su entrada trasera. Estaba claro que no se lo
esperaba y torció el gesto en señal de desaprobación.
—Soy… soy virgen por ahí… —dijo
intentando salvaguardar la integridad de su culo.
—Tranquila… eso tiene una fácil solución…
—le dije yo agarrándola firmemente de la cadera para evitar que se zafase de mi
inminente monta.
—¿Me… me dolerá? —prosiguió con su
vocecita entrecortada, tal vez resignándose a su destino.
—¡Sí! —repuse de forma impersonal sin la
menor vacilación—. Y mucho. Te encantará…
No sé en qué narices estaba yo pensando;
aquel rapto de sinceridad no se ajustaba a los cánones de una respuesta
políticamente correcta si lo que pretendía era gozar de su hermosa retaguardia,
pero lo cierto es que, lo crean o no, acerté de pleno. La chica volvió a
mirarme con los ojos encendidos, clavó sus dientes en su labio inferior por
enésima vez y poco menos que suplicó:
—A… adelante. Házmelo…
Y motu proprio se abrió ella misma las
carnes y, al hacerlo, disipó cualquier atisbo de duda por mi parte.
Agarré mi verga por la base, dirigí la
punta hacia su ojete… y presioné la entrada del cielo. No fui duro con ella
pero sí firme; no quería renunciar a aquella presa por nada del mundo. Me
sorprendió su actitud sumisa ante la acometida. Pensé que ella, como buena
primeriza, rehuiría del primer puyazo, pero no fue así: fue la propia Gabriella
la que literalmente se sodomizó a sí misma, echándose para atrás para clavarse
mi estoque de manera voluntaria y cruel. De hecho lo hizo con tal ímpetu que a
punto estuvo de lastimarme seriamente.
—Tranquila… despacio… —le dije al ver que
su esfínter no cedía lo suficiente y que apenas lograba introducírsela un par
de centímetros—. No te precipites.
—Da… dame… dame tú.
—¿En serio?
—¡Hazlo! ¡Dame duro! ¡Métela! ¡Échalo
todo ahí adentro!
Suerte tuve que el hilo musical del
centro comercial tiene un volumen jodidamente alto. Lo que normalmente me
fastidia y me produce migrañas aquella mañana resultó ser mi mejor aliado. La
chica gritaba como si estuviera pariendo mientras la sodomizaba. De hecho, yo
pensaba que iba a darle algo. Lloraba, pero a la vez hacía todo lo posible para
que yo le taladrase la entraña de manera cada vez más profunda. Yo no sabía a
qué carta quedarme, pero seguía dándole, pues mi pene no entiende de sentimientos
cuando está en pleno apogeo.
—¡Métemela entera! ¡Rómpeme por dentro!
—suplicó fuera de sí.
Esa insólita petición me llegó al alma;
literalmente la destrocé.
Conforme le daba, dando rienda suelta a
mis más bajos instintos y clavándosela hasta los huevos, los gritos fueron
cambiando de tono, transformándose progresivamente de intenso dolor a un no
menos escandaloso placer. Miré mi verga entrando y saliendo de ella; estaba
teñida por motitas de sangre que, evidentemente, no era mía. Eso me hizo reaccionar;
incluso me asustó. En ese momento me entraron dudas y bajé el ritmo de la
sodomización. Ella notó que algo sucedía y, por lo visto, no le gustó en
absoluto, así que obró en consecuencia. Creo que jamás olvidaré aquella imagen
el resto de mi vida: Gabriella, con la cara descompuesta, los ojos bañados en
lágrimas, suplicando sexo:
—¡Dame más fuerte, cabrón!
Aquella arenga borró de un plumazo mi
incipiente remordimiento y puse todo mi empeño en la tarea de desgarrarle el
trasero. Pese a que mi corazón estaba a punto de salírseme del pecho, estaba
decidido a darle a aquella chiquilla lo que pedía literalmente a gritos.
Agarrándola con fuerza de las caderas, le di lo más duro que me fue posible.
Fue entonces cuando le di el primer
cachete en el glúteo. No soy un tipo violento, pero estaba tremendamente
cachondo y fuera de mis casillas. Quiero pensar que se trató de algo más sonoro
que doloroso. La palmada tuvo respuesta inmediata: Gabriella chilló como si se
tratase del mismísimo eco.
Creo que fue entonces cuando se corrió
por primera vez; noté cómo su culo se contraía más de la cuenta y me apretaba
el miembro viril hasta casi hacérmelo reventar. Me gustó tanto la sensación de
compresión que repetí la maniobra… y el resultado fue el mismo, o quizás
todavía mejor.
—¡Sí! —exclamó al sentir en sus carnes la
tercera de las andanadas.
Fue en ese momento, con toda mi verga
inserta en su orto y mis testículos aporreando la puerta del cielo, cuando se
me ocurrió dar una vuelta de tuerca más a toda aquella locura y hacer lo que
minutos antes se me había pasado por la cabeza. La pobre chica no lo vio venir;
estaba tan absorta en las nuevas y dolorosas sensaciones que le transmitía su
culo rasgado que hasta que no tuvo mi cinturón alrededor del cuello no fue
consciente de lo que yo le tenía preparado. Tiré del cinto con firmeza y ella
dejó de abrirse el trasero para intentar zafarse del yugo que la oprimía.
—¡Grrrrrrss! —masculló.
Gabriella se estaba ahogando, pero yo no
me daba cuenta; solo recuerdo que, mientras ella luchaba, contrajo tanto su ano
que por poco me guillotina la verga. El dolor me hizo volver a la realidad y
aflojé de inmediato. Sinceramente creo que gracias a eso ella sigue aún con
vida.
La compresión fue tan fuerte que venció
mi resistencia y, entre bufidos y gemidos, literalmente se lo di todo en lo más
profundo de su interior. Bueno, casi todo; guardé conscientemente un poco de mi
simiente para regarle el tatuaje a modo de crema protectora. Utilicé mi verga a
modo de pincel y los motivos élficos se entremezclaron con su propia sangre y
mi semen caliente.
La chica permaneció ladeada en posición
fetal hecha un ovillo, con el cabello alborotado, las manos sobre la correa que
había oprimido su cuello, el esfínter dilatado y mi esperma brotando de él,
formando una cascada que caía desde sus glúteos hasta la camilla. Yo estaba aterrado
mirándola sin dar crédito a lo que había pasado. La chica permanecía tan quieta
que de verdad pensé que la había matado.
Comenzó a desperezarse poco a poco. Luego
tosió —cosa que hizo que mi amago de infarto quedase ahí— y tras unos segundos
escuché una risita nerviosa.
—¡Guau! —dijo incorporándose con voz
entrecortada.
—Yo… yo no sé qué me ha pasado… no sé qué
cojones he hecho…
—¿Que qué has hecho? —me dijo la chica
deshaciéndose con dificultad de la correa que oprimía su cuello—. Me has
violado… eso has hecho… ¡cabrón!
Aquella dosis de realidad hizo que
saltasen las alarmas.
—¡Espera, espera…!
—¡Eso has hecho, me has violado por el
culo, hijo de la gran puta…! —me interrumpió todavía sin mirarme, repitiendo la
frase una y otra vez con un tono de voz cada vez más firme y acusador.
—No… no… —repuse poco menos que
balbuceando como un lerdo.
Aterrado, vi impotente cómo aquella
chiquilla, que a duras penas podía moverse, pugnaba por incorporarse sobre la
camilla. Ni siquiera tuve la delicadeza de ayudarla. Estaba paralizado; mi
cabeza no regía en aquel instante, era una vorágine de ideas a cual más disparatada
intentando buscar una justificación a lo sucedido.
—¡Uff… cómo escuece! —dijo mirándome, con
una mueca de dolor en su cara.
—¡Lo… lo siento! ¡Yo… yo no quería
hacerlo!
—¡Sí! ¡Tú sí querías… ahora no me vengas
con esa chorrada! ¡Me comías con los ojos nada más entrar en la tienda! ¡Me has
violado!
Aquellas últimas palabras se clavaron a
fuego en mi desconcertada mente; había cometido muchas locuras en mi vida, pero
ninguna como aquella.
—Tranquilo, hombre, tranquilo —rió
cambiando la expresión de la cara.
Se apartó por fin el cabello de la cara y
sacándome la lengua me dijo en tono burlón y descarado:
—¡Tonto, pero si me ha encantado! ¡Has
estado increíble! ¡Menudo culo que me has echado, pedazo de cabrón! ¡Creí que
me iba a desmayar!
Literalmente me derrumbé en la silla,
derrotado por aquel diablillo de largo cabello y cuerpo angelical.
—¡Uff, cómo pica! No voy a poder sentarme
en una semana. Cada vez que lo haga me acordaré de ti y de tu polla, abuelete.
Y sin darme tiempo a reaccionar se
levantó de un salto como si allí no hubiese pasado nada. Intentó verse el
tatuaje pero no pudo, así que utilizó el espejo que colgaba de la pared.
—¡Qué guay! —dijo al contemplar mi labor.
Yo no pude ni meter baza.
—¡Uff, qué tarde es! Mi madre me mata…
—exclamó vistiéndose a toda prisa.
Y con la misma rapidez con la que entró
en mi vida me dejó ahí, patidifuso y anonadado, con los pantalones en los
tobillos y con una cara de tonto que aún me dura.
Ni siquiera protegí el tatuaje como era
debido… se lo llevó recién hecho y rebozadito. Supongo que tenía que haberle
recordado que debía volver en una semana, pero realmente en lo último que
pensaba era en la jodida inscripción de su trasero. Hasta el imbécil de mi jefe
se dio cuenta de que algo me sucedía cuando vino a la tienda algo más tarde.
Realmente me dejó tocado todo lo que pasó
esa mañana.
—¡¿Abuelete?! ¡Será cabrona! —dije cuando
pude asimilar mínimamente lo sucedido.
Confié en la experiencia de la chica con
los tatuajes y en que recordaría las instrucciones que le había dado. Soñaba
con el día en que Gabriella apareciese de nuevo por la puerta, con su silueta
de bailarina, dispuesta a que le diese algún retoque al grabado o a ella. Pero
cuando pasaron quince días sin tener noticias suyas, perdí toda esperanza de volver
a contemplar el mejor culo que había gozado en mi vida.
Pasado un tiempo, durante otra de esas
divertidas mañanas en las que el volar de una mosca es todo un acontecimiento,
la puerta de la tienda se abrió de repente. Al principio me costó reconocer a
la mujer detrás de aquellas gafas oscuras, pero cuando lo hice, me alteré
muchísimo. Juro por Dios que nunca antes me habían temblado tanto las piernas.
Creí que, tras ella, aparecerían media docena de policías con cara de perro
para detenerme tras la preceptiva paliza.
Se acercó como una leona y fue
directamente al grano. Se plantó delante del mostrador, se quitó las gafas de
sol y, mirándome como si me estuviese perdonando la vida, me dijo:
—Quiero que me hagas un tatuaje.
Y sin darme tiempo a respirar cogió uno
de los muestrarios y comenzó a ojearlo. Cada hoja que pasaba era para mí un
calvario, un azote de látigo en mi espalda desnuda, un barrote más en mi celda.
Era realmente hermosa; parecía una anaconda a punto de zamparse un conejito
indefenso.
—¡Este! —dijo por fin señalando uno.
Al bajar la mirada contemplé el diseño
elegido. Era una composición relativamente sencilla de una rosa roja con gotas
de sangre cayendo por el tallo verde oscuro.
—Y… ¿dónde lo quieres? —dije yo
tartamudeando, intentando ganar tiempo.
—¿Que dónde lo quiero? —me dijo
lanzándome una sonrisa maliciosa—. En el culo, por supuesto…
Se me hizo un nudo en la garganta.
—El trasero es tu especialidad, ¿no?
Yo apenas podía respirar. Sentí cómo el
rubor se apoderaba de mi rostro.
Tras unos instantes de incómodo silencio
fue ella la que, relamiéndose, sentenció mientras me guiñaba un ojo:
—Dice mi hija que vale la pena el
sufrimiento, que eres un portento… con la aguja… y con todo lo demás… abuelete.
FIN
PD:
“Fue el tiempo que perdiste con tu rosa lo que la hizo tan importante.”
“Te miraré de reojo y tú no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos.”
"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres."
"Se debe pedir a cada cual lo que está a su alcance realizar."
Libro: El Principito
Autor: Antoine de Saint-Exupéry
Fecha de publicación: 1943
Categorías
Anal
Comentarios
Este es de mis relatos favoritos. Me he leído casi todos los que has publicado pero este siempre va a ser especial para mí.
ResponderEliminar"Soy responsable de mi rosa..." repitió el principito, a fin de acordarse.
Intuyo quién eres aunque no puedo asegurarlo. Sé muy bien por qué es especial para ti. Para mí también lo será siempre. "Tendré que soportar dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas."
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