"CLÁUSULA DE CONFIDENCIALIDAD" por Kamarati (03- DOMINACIÓN)




La gente necesita creer que las buenas acciones que uno hace en la vida tienen su recompensa tarde o temprano, que a todos aquellos que transitamos el lado oscuro tendremos nuestro merecido para poder seguir adelante con sus miserables vidas. En mi caso, lo típico: un yonki puesto a las orejas que saca la navaja a destiempo para obtener su dosis, una bala perdida que impacta en mi frente durante una redada que sale mal o simplemente un camello rival que quiere ampliar su negocio a mi costa. Sencillamente eso no va a pasar, y si pasa en ningún caso va a suponer algo positivo para alguien; otro peor vendrá y ocupará mi puesto, es tan viejo como la vida. El mundo está lleno de hijos de puta, basta con dar una patada a una piedra para que salgamos tres o cuatro de debajo de ella dispuestos a joder la vida a los demás.


Mi amargada esposa huyó de nuestra localidad buscando el frescor de su Suecia natal, llevándose al zoquete de nuestro hijo y dejándome a mí atrás, ocupándome de mis asuntos durante las vacaciones de verano. Se presentaban ante mí dos meses de tocarme los huevos a dos manos, casi literalmente; tenía gente competente al frente de mis negocios y no me daban problemas.

 


Vale, es cierto que me había empeñado en atender el sex shop del que de forma habitual se ocupaba mi hijo personalmente pero tampoco me suponía mucho esfuerzo. Con las nuevas tecnologías, los teléfonos móviles y las compras online, la cosa estaba fatal. Para ser honestos, sé que debería haber bajado la persiana de ese antro hacía años, sin embargo eso era lo último que pensaba hacer en ese momento. Pese a que allí no solía entrar ni un alma, las cuentas estaban más que saneadas y el volumen de ventas crecía mes a mes; de forma discreta para no levantar sospechas: lo último que necesitaba era una jodida inspección del fisco metiéndose en mis asuntos privados. 


Soy de los que no ponen todos los huevos en la misma cesta: media docena de lavanderías, un bloque de apartamentos turísticos, un restaurante, dos chiringuitos en la playa, un bar de copas y el sex shop servían para blanquear buena parte del dinero obtenido con cierto tipo de sustancias con las que hago negocios. 


Reconozco que este último era un capricho, no pude evitar hacerme con él cuando las hijas de Andrés lo pusieron en venta tras su muerte. En su interior pasé los mejores días de mi adolescencia, el viejo no era muy estricto a la hora de controlar la edad mínima de acceso a los chavales del barrio, y pasábamos horas ojeando y hojeando revistas pornográficas. De hecho allí comí mi primer coño, en una de las cabinas, a una novieta extranjera que me agencié un caluroso verano. Las francesitas eran mucho menos pudorosas que el producto nacional por aquel entonces, venían decididas a pasarlo bien y nosotros nos aprovechábamos metiéndoles caña a saco hasta que se abrían de piernas. 


Puse al menso de mi hijo al cargo, supongo que quise rememorar tiempos pasados y facilitarle las cosas a la hora de ligar ya que el pobre, pese al buen físico heredado de su madre, no es el lápiz más afilado de la caja que digamos. 


Desde el punto de vista empresarial, fue una cagada. Mi vástago tiene una facilidad natural para joder las cosas. Sin embargo, por una vez el aparente fracaso estrepitoso no fue cosa suya; apenas entraba gente al local más allá de unos cuantos curiosos y algún que otro pajillero que hacía uso de las cabinas y lo dejaba todo perdido. Sé que el sitio necesitaba un lavado de cara, una estética más moderna y más iluminación pero me resistía a destrozar mis recuerdos juveniles con un exceso de luces led, lencería de diseño sobre maniquíes encerrados en vitrinas y juguetes sexuales de última tecnología con un libro de instrucciones más voluminoso que El Quijote. Como las ventas reales no importaban, podía permitirme el lujo de mantenerlo abierto tal y como lo recordaba. Ya saben, pese a mi reputación bien ganada de narcotraficante sin escrúpulos, en el fondo uno es un sentimental. 


El verano comenzó de lujo. Adela, la chica del primero, sin ningún motivo aparente, dejó de mirarme con cara de asco cuando nos cruzamos en el portal apenas un día después de quedarme solo. De hecho, incluso se animó a hablarme y no de una forma trivial, seré viejo pero sé distinguir cuando alguien me está tirando una ficha. Me preguntó abiertamente acerca de mi familia, en concreto sobre la duración de su periodo de ausencia, y el viernes a las once de la noche se presentó en la puerta de mi casa a pedirme azúcar. No salió de ella hasta el domingo por la tarde, con la suficiente leche en el cuerpo como para no volver a tomar lácteos en un mes.


Cuando atravesó el dintel sonriendo como una zorrita, me sentí un poco culpable; la había visto crecer desde la cuna, y aunque un poco raro, su padre era un buen vecino y un  tipo de puta madre. El remordimiento me duró un minuto, el tiempo que le costó a la princesita de papá comenzar a frotarme el rabo por encima del pantalón y arrodillarse en mitad del pasillo de mi casa.


Comprenderán que estaba yo con una sonrisa de oreja a oreja y los huevos constreñidos cuando abrí el sex shop a la mañana del lunes siguiente. Todavía conservaba en mi boca el dulce sabor del sexo de Adela y mis manos recordaban la enloquecedora dureza de sus pechos. Como casi todos los hombres, prefiero los senos naturales; no obstante, cuando un cirujano plástico hace bien su trabajo como en este caso, no tengo nada que objetar al respecto y sí mucho que disfrutar. 


La mañana transcurrió tranquila, cosa que agradecí. Además de al mareante cuerpo de mi vecinita también di un buen repaso al contenido del mueble bar, y aunque uno es capaz de beber como un veinteañero, la recuperación de los excesos no es la misma que la de esa edad ni de lejos. 


Mientras revisaba la zona de los vibradores anales, sopesaba la idea de cerrar una hora antes de lo habitual y echar una siesta del carnero dado el paupérrimo nivel de ventas, entraron en el local una bandada de chicos y chicas hablando en voz alta y riéndose. Revolotearon de aquí para allá moviéndose por los pasillos de manera individual o por parejas. Miraban de vez en cuando al mostrador desierto a la vez que evitaba mi cercanía.  De reojo, ví cómo un par de chicos se metían varias cajas de condones en los bolsillos y una chica escondía con nula discreción un tubito de lubricante en su escote. Al principio me llamó la atención su descaro, luego caí en la cuenta de que yo para ellos era un desconocido; seguramente me confundieron con un cliente vulgar. Era obvio que, aprovechando la ausencia del imberbe de mi hijo, reponían provisiones a mi costa.


Sonreí, me veía a mí mismo actuando igual que ellos treinta años atrás. Podría pecar de egocéntrico y sentenciar que ese juego lo habíamos inventado nosotros cuando de hecho, hurtar en la tienda del cabrón de Andrés era más viejo que el hilo negro.


Pasados unos minutos, noté que la mayoría de los muchachos se iban aproximando a la salida de forma muy mal disimulada. El desenlace estaba cerca, me sabía la canción de memoria. Yo mismo la había entonado un buen puñado de veces.


  • ¡Todos fuera, todos fuera! - Gritó el más gallito, agarrando algo que tenía a mano mientras atravesaba a toda prisa la puerta del establecimiento, actuando de forma cobarde y rastrera.


Torcí el gesto, aquello no me gustó. En mis tiempos, quien coordinaba el asalto salía el último. Era una especie de ley no escrita que todos cumplíamos a rajatabla. Si no elegías bien el momento de huída y te pillaban, ninguno del grupo podía reprochartelo ya que solías ser tú el que te llevabas la peor parte. Mentiría si dijese que yo siempre había salido indemne de mis experiencias como delincuente juvenil, ni sé la de veces que llegué a casa con la nariz sangrando a más no poder por no estar atento a la presencia del cabrón de Andrés. 


Tampoco me gustó que, para facilitar su huída, un par de chicas tirasen el expositor de cartón de novela erótica al suelo a posta. Los libros cayeron desparramados por el aparador o en medio del pasillo, y alguno de sus compañeros estuvieron a punto de caerse al pisarlos al batirse en retirada. Se trataba de sisar algunas bagatelas, hacerse el valiente, tampoco era cuestión de causar más daño de lo estrictamente necesario al establecimiento; no hay que matar a la gallina de los huevos de oro. 


Deseché de inmediato la opción de salir corriendo tras ellos tal y como hacía el viejo Andrés. Jamás nos alcanzó y solo conseguía que nos burlásemos de él delante de todo el mundo. Azuzado por mi resaca, sólo quería dormir un poco en el camastro que el vago de mi primogénito tenía instalado en la trastienda, así que simplemente cerré la verja metálica con llave desde dentro. Al darme la vuelta, me di de bruces con alguien que intentaba rebatir la impermeabilidad del cuerpo humano. A punto estuvo de hacerme perder el equilibrio, aunque la peor parte se la llevó él ya que salió rebotado de nuestro descontrolado encuentro y cayó de espalda contra el piso cual largo era. 


El pelo corto y negro me confundió. El pantalón negro ceñido y la camiseta holgada con el logo de Los Ramones contribuyeron al error. El cabrón de Andrés a buen seguro le hubiera escupido primero y soltado un par de contundentes patadas después jurando y perjurando, pero lo que para él era su medio de vida, para mí era un pasatiempo y buscarme líos por una travesura de unos críos no era mi estilo. Mantener un perfil bajo en mi día a día siempre me ha dado buenos resultados en mi negocio, ni siquiera me han puesto una triste multa de tráfico: soy el típico ciudadano modelo. 


No soy un cínico, si hay que partirle las piernas a alguien lo hago yo mismo con sumo gusto, pero jamás en un lugar público ni mucho menos en alguno de mis establecimientos. Mantener la cabeza fría en todo tipo de situaciones críticas es posiblemente mi mejor cualidad, y la que me ha permitido seguir en el negocio durante tantos años.


  • Levanta, cabroncete - le dije, tendiéndole la mano. 


Dudó unos instantes y me la agarró para incorporarse con agilidad. La noté bastante flácida y más suave de lo normal. Sólo cuando estuvo plantado bajo el foco que indicaba la salida caí en mi error: él no era él… sino ella.  


  • ¡Joder! - musité.


Cierto es que de no haber sido por las sutiles prominencias que se dejaban intuir bajo la camiseta, perfectamente podría haber seguido con mi falsa percepción: el maquillaje brillaba por su ausencia y sus labios carecían de cualquier tinción artificial; tan solo un pequeño septum negro entre sus fosas nasales rompía la estética natural de su rostro ultra pálido, coloreado por el par de ojos azules más perturbadores que jamás he visto. Inconscientemente, retrocedí unos centímetros, como queriéndome dar espacio ante ese ser de apariencia espectral. Hacía mucho tiempo que nadie me había hecho sentir así con tan solo una mirada, puede que nunca me hubiera sucedido antes hasta ese momento. 


No fui capaz de aguantar su mirada, parecía atravesarme con sus espectaculares pupilas, expectantes y fijas en las mías, pero como uno es perro viejo ante situaciones inesperadas me rehice y carraspeé ligeramente antes de volver a hablar:


  • ¿Ibas a llevarte eso? - pregunté, haciendo una ligera señal hacia la caja que sostenía en su otra mano.

  • No, iba a pagarlo - repuso ella con apenas un hilito de voz.


Su voz no era para nada firme, y en cuatro abrió la boca, el poder que emanaba de sus extraordinarias pupilas se diluyó como un azucarillo en el agua. Obviamente estaba asustada, noté su pulso acelerado y su respiración forzada. Eso me permitió retomar el mando de la situación, recuperé de inmediato mi aplomo y confianza habitual. 


  • Sí… ya. Como han hecho todos los demás. 

  • Iba a pagarlo - repitió con el titubeante tono de aquel que repite una mentira muchas veces, creyendo que de ese modo se convierte en verdad -. ¡Lo juro!


Tomé el producto en cuestión y lo examiné con detenimiento. Se trataba de un artículo de lencería de la gama más alta. Un conjunto de choker, sujetador y tanga negro azabache. Como aderezo incluían unas pequeñas muñequeras del mismo color provistas de anillas, de esas que se unen con una cadenita a la parte trasera del collar. Una cursilería según mi humilde opinión pero mi hijo se había empeñado en añadir ese tipo de artículos de aire retro a nuestro catálogo no hacía mucho, y para una vez que mostraba algo de iniciativa, no era cuestión de ponerle palos en las ruedas. Será un gilipollas integral pero al fin y al cabo es mi único hijo que yo sepa, y merece algún voto de confianza de vez en cuando. 


  • Jurar está feo. Son… doscientos noventa y nueve euros - dije echando una cuenta rápida -. ¿En efectivo o con tarjeta, señorita?

 

Todavía recuerdo su cara de estupor al escuchar la cantidad. Obviamente la prenda en cuestión estaba muy por encima de sus posibilidades. 


  • ¿Tanto?

  • En realidad no, cuesta algo menos de la mitad. Símplemente he incluído todo lo que se han llevado tus amigos y el tiempo que va a costarme arreglar todo este desastre - repuse, señalando el montoncito de libros desparramados por el suelo. 

  • No son mis amigos…

  • Entraron contigo… son tus amigos.

  • No, no… sólo son gente que conocí en Hogar Zagales, llegué hace un mes de Valencia capital.


Suspiré. Pasé buena parte de mi adolescencia en centros de acogida, nadie mejor que yo para saber que su vida no habría sido fácil hasta ese momento. Si las posibilidades de que yo fuese con el chisme a la policía sin conocer sus circunstancias personales eran escasas, al saber de ellas se redujeron a la mínima expresión. Cualquier tipo de delito, hurto o una simple falta podría reportarle un problema serio, en aquellos sitios no se andaban con tonterías. 


  • Entiendo. 


Por mucho que comercie con sustancias ilegales, me gusta creer que todavía conservo un mínimo de dignidad así que me disponía a largarla de allí sin más contemplaciones cuando, sin mediar palabra,  se puso a recoger lo que las otras chicas habían tirado. Me gustó el gesto, y a pesar de que no era la responsable, no la detuve. Nadie es libre de cagarla pero merece todo mi respeto la gente que en lugar de buscar excusas inútiles, hace todo lo posible para solucionar un problema si está en su mano, independientemente de quién lo ha generado. Incluso se tomó la molestia de colocar los libros por orden, una cosa lógica que al lumbrera de mi hijo jamás se le hubiera ocurrido hacer en la vida. 


  • Gracias - le dije con total sinceridad.

  • De nada. ¿Puedo irme ya?


Ignoré la pregunta, antes de dejarla ir tenía algo pendiente. Me dirigí a la zona donde había tomado prestada la lencería, coloqué lo hurtado en su sitio y cogí otro paquete similar. 


  • Toma este.  El otro es grande, confía en mi criterio, tengo buen ojo para las tallas.

  • Gra.. gracias - balbuceó con un hilito de voz-.


Sin más pretensiones abrí la cancela metálica, y dejándole el camino de huída expedito, me aparté para dejarla ir. No se movió y eso me desconcertó.


  • ¿Qué? - gruñí. 

  • Es que no me gusta el rosa pastel - musitó, acuchillándome de nuevo con su mirada. 


Sonreí. Definitivamente aquella chica tenía más cojones que muchos de mis muchachos, esos que con sus músculos y sus navajas se las daban de machos y que jamás me llevaban la contraria. Me encantó y bajé la guardia. 


  • Ya, pero a mí sí. Si te apetece mostrarme cómo te queda y confrontar opiniones, ya sabes dónde estoy.


El desconcierto cambió de bando. Noté cómo dudaba sobre si aceptar mi regalo o no. Finalmente lo escondió bajo su camiseta y se largó. Al pasar junto a mi me llegó un aroma agradable y desconcertantemente caro. Supuse que el variopinto grupo de rateros había asaltado la perfumería de la esquina antes de venir a tocarme los cojones a mi tienda. Suspiré, eran carne de cañón, pronto algo les saldría mal y tendría un problema bastante gordo. 


Justo antes de salir a almorzar, di un último repaso a las cabinas de visionado. Mi hijo más de una vez había pillado a alguien durmiendo allí o dándole al manubrio fuera de horas. No hubo incidencias, todo estaba desierto. Distraídamente, eché un vistazo al expositor de libros eróticos, posiblemente lo único que realmente encontraba interesante de toda la tienda y volví a sonreír.


  • ¡Qué hija de puta! - murmuré meneando la cabeza, soltando una carcajada-. “No me gusta el rosa pastel”.


La jodida ladronzuela había aprovechado mi descuido para sisarme uno de los libros delante de mis narices. Tenía mérito, uno no sobrevive en mi negocio si se le escapan ciertos detalles. Por curiosidad, me tomé un minuto para averiguar su título, bastaba mirar el índice de toda la colección en la contraportada. Cada volumen trataba sobre una parafilia y sus diferentes facetas. 


  • “Diario de una sumisa” - leí para mí con mucho interés-. Curioso.


El incidente me dejó pensativo durante todo el resto del día, no por el robo en sí, lo sustraído en general apenas tenía valor, sino por el detalle del libro y su temática. Cabía la posibilidad de que lo hubiera cogido al azar, sin embargo era mucho más excitante pensar que lo había elegido a propósito. Decidí indagar algo más sobre esa desconocida, en lugar de abrir el sex shop a la hora convenida al día siguiente, me dirigí a las inmediaciones de Hogar Zagales. Conozco la rutina de esos lugares y sé que los internos salen en tropel en cuanto llega la hora del paseo.


Técnicamente no son cárceles aunque en la práctica se asemejan mucho. No me equivoqué, a las once en punto salieron una docena de chicos y chicas en manada. Identifique sin problemas a todos los asaltantes de la tienda, sin embargo solo una de las jóvenes, la que llevaba un petate a la espalda, tenía toda mi atención.


La jovencita de pelo corto enseguida se disgregó del grupete. No entabló conversación con el resto ni se despidió, lo que me dio a entender que no me había mentido: el resto de los ladronzuelos no eran amigos suyos, era evidente. En cierta forma me sentí aliviado, al menos en eso no me había mentido.   


Tras mirarle el culo mientras se alejaba la seguí con discreción, siempre se me han dado bien esas cosas. Ya de niño me ganaba unas monedas haciendo encargos de ese tipo para el cornudo de Andrés. Me hacía seguir a su mujer cuando ella salía de casa mientras él permanecía en la tienda vendiendo condones. Tenía la sospecha de que le ponía los cuernos con un profesor de taekwondo de un gimnasio cercano y no se equivocaba: la buena señora utilizaba los profilácticos que su marido vendía pasándose por la piedra al fibroso asiático un día sí y otro también. 


Ya desde chico tenía el instinto comercial muy desarrollado, enseguida comprendí que si me iba de la lengua, se me acababa el negocio así que tapé la falta de mujer por puro interés durante unos meses. Después, llegué a la conclusión de que podía duplicar mis ingresos invitando a la mujer a comprar mi silencio por un módico precio, y para rematar la faena, también le fui con el cuento al semental coreano que me enseñó a pelear, con lo que mis emolumentos se triplicaron por técnicamente no hacer nada. 


Fruncí el ceño. La joven con la mochila a la espalda emprendió un camino que yo conocía muy bien. Minutos más tarde, para mi sorpresa, se plantó frente a la verja del sex shop. Parecía contrariada al encontrarla cerrada, incluso trató infructuosamente de abrirla tirando varias veces de ella. Apreté el paso y la alcancé justo en el momento en el que ella desistía. Al descubrirme, se sobresaltó: 


  • Ho… hola - me saludó atropelladamente -.


Hice como si no la hubiera escuchado, no me convenía entablar una conversación en plena calle con una jovencita que bien pudiera ser mi hija; la discreción es una máxima que sigo a rajatabla. Aparté la verja lo justo para poder abrir la puerta y pasar al interior del sex shop. 


  • Entra - ordené con brusquedad. 


Como esperaba no tardó mucho en seguir mis pasos. En cuanto entró, eché la llave a la puerta. Noté cómo su nerviosismo iba en aumento, quien ha vivido encerrado lleva muy mal la clausura, lo sé por propia experiencia. Cuando entro en un sitio cerrado, lo primero que busco es una posible salida de escape. Es puro instinto, es algo que no se entrena, que se lleva en la sangre cuando tienes que buscarte la vida en la calle. Inquieta, se llevó la mano al pañuelo que se enredaba en su cuello, iba a juego con los otros dos que rodeaban sus muñecas.


  • ¿No… no es hora de abrir? -

  • No, los martes hay descanso semanal - mentí -. 

  • ¿Desde cuándo? 

  • Desde hoy, ¿algún problema?

  • No  - contestó agachando la cabeza -.


Me planté ante ella, la diferencia de tamaño entre nosotros se hizo palpable. Subí su mentón lentamente hasta que pude sumergirme en el inquietante azul de sus ojos. Era tan bonita y rabiosamente joven que dudé entre seguir con todo aquello o abortar la misión. La duda me duró un suspiro, el tiempo que necesité para descubrir el borde del collar rosa bajo el pañuelo que rodeaba su cuello. El vértigo que sentí al imaginar el resto del conjunto sobre su piel a punto estuvo de hacerme perder la calma :


  • Acerté con la talla, ¿cierto?


Abrió la boca, sin embargo no articuló palabra, dejándola abierta durante unos instantes, el tiempo suficiente para que mi mente calenturienta evocara el título del libro que me había robado. El rubor que se adueñó de sus pálidas mejillas me sirvió como respuesta. Un silencio expectante lo impregnó todo. A pesar de que el siguiente paso lo tenía claro, mantuve la calma. 

 

  • Lo sabía - sentencié -.


Me desenvuelvo bien en las distancias cortas con las mujeres, no es que sea un Adonis pero tengo mi público y el aro en el dedo anular de mi mano derecha, lejos de resultar disuasorio, la mayoría de las veces resulta un imán para ciertas mujeres. La hija youtuber de mi vecino era un ejemplo claro de ello, aunque aquella delicada jovencita era de otro nivel. Intentar algo con ella podía resultar arriesgado, llevaba escrita la palabra “problemas” en la cara y eso era potencialmente peligroso para mi negocio. Aun así su aura especial me turbaba y el título del jodido libro que me sustrajo no dejaba de rondar en mi cabeza. 


Decidí lanzarme a la piscina, aunque sin desprenderme del chaleco salvavidas, cabía la posibilidad de que todo el episodio no fuera más que una estratagema de la policía para pillarme en un renuncio. Ser acusado de corruptor de menores era algo que no me podía permitir, por mucho que me atrajese el culo de la chica.


Se le cortó la respiración cuando reduje la distancia que nos separaba a la mínima expresión, y comencé a palpar su costado, piernas y brazos sin previo aviso. Fui todo lo aséptico posible, no me convenía que se pusiera a gritar. Tampoco quería que saliera corriendo, la atracción que sentía hacia ella iba creciendo por momentos, y mi interés por contemplar la delicada lencería sobre su piel nívea era real e intenso.  


Al principio le costó reaccionar a mis movimientos, sólo cuando comprendió de qué se trataba se relajó mínimamente y dejó que siguiera sin oponer resistencia .


  • ¿Qué buscas? ¿un micro? - preguntó, esbozando una tibia sonrisa, liberando la tensión acumulada -. ¿Estás metido en líos? 

  • ¿Acaso tú no? - repuse, justo en el momento en el que eché mi mano a su trasero y me hice con su cartera.

 

La respuesta era tan obvia que no perdí el tiempo en esperar a recibirla. Las yemas de mis dedos acariciaron esa parte tan comprometida de su cuerpo. Fue un roce nada sutil que me corroboró lo que ya sabía desde que caminé tras ella: que su culito era pura ambrosía y que su poco favorecedora ropa escondía el tremendo potencial de su trasero.


Por la cara que puso, mi descaro la sorprendió. El fulgor inundó su rostro todavía más pero no se movió ni hizo nada por rehuir el tocamiento que obviamente se prolongó más de lo estrictamente necesario. Eso me gustó, cada vez estaba más convencido de que el robo no fue una casualidad, que se dejase llevar de aquel modo sólo tenía como explicación lógica la temática del libro robado. Un leve cosquilleo recorrió mi espalda y descargó en mi polla que si bien no se desperezó, sí hizo ademán de salir de su letargo. Revisé su macuto y no llevaba encima nada relevante, ni teléfonos móviles ni llaves ni, por supuesto, micrófonos. Más sereno, y todavía con el dulce recuerdo de su culo entre mis dedos, eché un vistazo rápido a su documentación:


  • ¿Catalina? - Leí con cierta sorpresa -.

  • Así se llamaba mi abuela, a mí todo el mundo me llama Kata, con “ka” de kilo. 


Continué leyendo, meneé la cabeza y respiré aliviado, sin saberlo mi regalo había coincidido con el día en el que dejaba atrás la minoría de edad. Soy un hijo de puta con suerte, está claro: hacerle un regalo así a una menor era, como poco, inadecuado. 

 

  • Felicidades… con un poco de retraso.

  • Gracias - contestó tímidamente.

  • ¿Te ha regalado mucha gente?

  • No. Sólo lo hiciste tú.  


Acaricié su cara con la parte exterior de mis dedos. Su reacción fue idéntica a cuando palpé su trasero: tensión, rubor, pero nula oposición ni rechazo. La cosa estaba clara; sólo me quedaba darle lo que había venido a buscar y disfrutar del momento, algo que, como alguien hecho a sí mismo, se me da muy bien desde siempre..


  • ¿Voy a meterme en problemas por tu culpa, Katalina? - pregunté, asfixiándola ligeramente con el vaporoso pañuelo que cubría el choker rosado alrededor de su cuello.

  • No… - balbuceó en un gemido,dejándose hacer. 

  • Eso espero, serás una buena chica. 

  • ¡Sí!... - suspiró entornando los párpados, entregada y nerviosa a partes iguales.


Consciente de mi poder, hice uso de él y tomé las cosas con calma. Conozco el juego, no soy ningún novato. Por supuesto que hubiese podido voltearla contra la pared con brusquedad, bajarle los leggings por debajo de los glúteos y meterle la polla por el agujero que me hubiese dado la gana. Me juego todo lo que tengo que “Katalina con k” no hubiese dicho ni pío, ya me había follado a varias chicas con actitud similar a la de ella, aunque todas estaban a años luz de su delicioso físico. Por muy tentadora que fuese la idea, la deseché, al menos por el momento. No había prisa.


  • Quiero ver cómo te queda el resto - sentencié -.


Mi orden, además de previsible, era clara; sin embargo, ella se paralizó. A la chica todo aquello le venía grande; hasta un ciego veía eso. No obstante, también estaba claro que su intención de solventar aquel contratiempo era firme: no hizo el menor ademán de irse ni, al menos, de oponerse verbalmente a mis órdenes. Tras unos momentos de duda y sin dejar de temblar, obedeció.


No sin cierta dificultad fue quitándose las botas tipo militar; tuvo que arrodillarse para hacerlo: no eran para nada cómodas. Aprovechando mi posición, contemplé complacido cómo se despojaba de sus pantalones ceñidos. Noté algo más que un simple estremecimiento por su parte cuando la prenda salió a través de sus tobillos y se incorporó.

Su total predisposición estaba tan clarita como el caldo de un asilo. Si albergaba alguna duda al respecto, se disipó al notar cómo sus manos se dirigían hacia ambos lados de su cadera y tensaban las finas tiras de la lencería rosácea, con la firme intención de quedarse en cueros sin esperar mi orden.


  • ¡Espera, espera!  - la contuve -, no hay prisa. Deja que te vea bien…

  • Perdón.

  • Súbete la camiseta…

  • ¿Quieres que me la quite? 


Sus palabras, más que una pregunta, parecían una súplica. Denotaban que, debajo de su desesperante nerviosismo, el ardor la consumía incluso más que a mí. Por supuesto que anhelaba ver el resto de mi regalo sobre su nívea piel, sin embargo, no podía ni quería dejar que ella marcase el ritmo así que contuve sus ganas meneando la cabeza con cierto desdén:


  • No, todavía no. Obedece y date la vuelta poco a poco para que pueda verte bien el culo- sentencié en tono soez -.

  • Como quieras - sus mejillas no dejaban de expresar su rubor mientras posaba para mí.


La pieza inferior de la lencería erótica se ajustaba a su joven anatomía como una segunda piel. Lo cierto es que la cantidad de gasa se reducía a la mínima expresión, hasta el punto de que se limitaba a un escueto triangulito de tela que rodeaba su sexo sin llegar a tocarlo ni por supuesto ocultarlo. Dejaba totalmente expedita la visión de sus  menudos labios vaginales acompañados de un no menos apetitoso clítoris juvenil. 


  • Eres preciosa  - confesé en un rapto de sinceridad -.

  • Gra… gracias - las palabras salieron de su boca de forma agónica, apenas un susurro -.


La batalla que se libraba en su interior era evidente. Unas veces sus manos parecían querer tapar su sexo y otras se escondían tras su culo, empujando sutilmente la cadera, exhibiéndo de este modo su vulva hacia mí, embriagándome con sus efluvios.


  • Acércate más, quiero verte bien…


Con el mayor de los descaros, me arrodillé para tener un mejor ángulo de visión. La chica en la distancia corta no me defraudó, tenía un sexo bonito, acorde con el resto de su anatomía, totalmente libre de vello y ligeramente abultado, aniñado diria yo, tal y como a mí me gusta. Pude distinguir cierto brillo en su parte interna de su coño que al principio confundí con un hilito de baba que emergía de él. De pronto se me ocurrió otra posibilidad. Quise asegurarme, no me corté un pelo, y utilicé mis dos pulgares para abrirlo. Ella se tensó aunque no huyó ni eludió el contacto, pude tocarla con total libertad y eso hice. Examiné su intimidad a conciencia y sin el menor tapujo. Fui cuidadoso, no quería lastimarla.  Apenas aparté sus pliegues íntimos, descubrí el secreto que explicaba el fulgor en su zona roja: una minúscula joya pendía de su botoncito íntimo. 


No hizo falta que lo tocara, apenas lo ví, brotó del sutil agujerito que lo acompañaba un borbotón de jugo vaginal que cayó lánguidamente sobre las yemas de  mis dedos, como cuando se derrama la miel sobre un trozo de bizcocho. Sonreí complacido e introduje lentamente una falange en su sexo. Catalina gimió, esta vez sí, de manera más que evidente. Estaba muy excitada, apenas noté una nimia opresión al cruzar su barrera, un peaje nada comparado con el excitante calor que me guardaba dentro.


  • Eres muy sensible. Eso me gusta.

  • Lo siento.

  • ¿Por? - pregunté muy extrañado por su disculpa.

  • No… normalmente no soy así - se excusó, avergonzada -. Los chicos dicen que soy… fría.

  • ¿Fría? ¡Qué idiotas!, eres puro fuego! - repuse metiendo un segundo dedo dentro de su cuerpo.

  • ¡Aggg! - Chilló.


Sonreí complacido al escuchar un sutil chapoteo, y a la vez notar el reflejo húmedo de sus ganas deslizándose entre mis dedos, llenando el ambiente de fragante hormona femenina. Tengo que reconocer que a mi verga tampoco le pareció muy bien la demora. Ambos debían esperar, tenía otras cosas que hacer. Me llevé su esencia a la boca  y la paladeé con parsimonia. Tenía cierto regusto a orina que me turbó, y estimuló tanto mi imaginación como mi memoria, digamos que a las francesitas de mi época no les gustaba mucho eso de pasar por la ducha.


  • Date la vuelta.


Sin esperar a que acatase mi orden, la giré lentamente y esta vez quien estuvo a punto de balbucear fui yo. Si hay culos que en la distancia cortas pierden, el de Katalina no era uno de ellos, sin duda. La minúscula lencería apenas tapaba nada. De hecho se sumergía entre los dos delicados glúteos de la nínfula, mimetizándose con ellos debido a su color como un camaleón. Mi polla estaba por reventar sólo con ver eso y más todavía cuando, ni corto ni perezoso, desplacé la tela a un lado y quedé frente a frente con su agujerito trasero. Apretadito, delicado y sumamente apetecible; una dulce diana sonrosada a traspasar a muy corto plazo de tiempo.


  • ¿Qué… qué vas a hacer? -  Preguntó al notar cómo uno de mi dedos  arrancaba de su sexo una buena dosis de flujo y se dirigía hacia su ano.


No contesté. No era necesario, ella no tenía ni voz ni voto en todo aquello. Presioné aquel delicado agujerito con mi dedo corazón pringado de su esencia y lo introduje poco a poco en su entraña. Noté su desazón, obviamente mi maniobra no le reportó tanto placer como el que sintió cuando hice algo similar con su coñito. De manera instintiva su cuerpo intentó rehuir el envite, sin embargo al comprobar que mi intención era firme, dejó de luchar y se rindió. 


  • Duele… - suspiró, cuando la penetración ya era un hecho.

  • Ya… - apunté con total indiferencia, sin la menor intención de echarme atrás.

  • Duele… duele mucho.


Ni me inmuté. Por el contrario, me recreé en la suerte; los sutiles espasmos de su cuerpo mientras era explorado analmente me parecieron de lo más morbosos. La sensación de poder me excitaba.


  • ¿Eres virgen por aquí?


No pudo responder, se limitó a asentir.


  • Curioso.


Al principio intentó resistir con la mayor dignidad posible, sin embargo sus gimoteos se hicieron más audibles cuando la tercera falange de mi dedo corazón no dio más de sí y se lo clavé hasta el fondo. Su esfínter estaba tan apretado que parecía querer seccionar mi dedo. Chilló abiertamente en el momento en el que comencé a rotarlo en su interior y estimulé su agujero, ensanchándolo con cierta vehemencia. A su favor diré que en ningún momento me pidió que me detuviese o hizo ademán de apartarme el brazo; aguantó el tipo aunque sin dejar de lloriquear, eso sí. 


Noté su alivio al sacar el dedo momentos después, estaba claro que su experiencia anal hasta ese momento había sido bastante escasa o incluso inexistente. Comencé a sopesar la idea de que no me había mentido al respecto. No sé por qué había imaginado que, bajo esa coraza de timidez, se escondía una diosa del sexo. Sin duda las historias turbulentas que se cuentan sobre chicas que viven en centros de menores habían ensuciado mi mente. 


  • Perfecto. Veamos el resto - ordené colocando la tira del tanga en su lugar natural, llenándome de nuevo con su fragancia íntima -, desnúdate.

 

Tras sorberse los mocos y disimular sus lágrimas obedeció. Al quitarse la camiseta apareció el sostén a juego; dos triangulitos rosas sin nada de tela en medio que dejaban libres prácticamente la totalidad de sus tetitas. Descubrí otros tres aderezos metálicos insertos en su cuerpo, aparte de los que colgaban de su nariz, orejas y sexo. El que adornaba la planicie de su ombligo me pareció gracioso, aunque no suponía para mí ninguna novedad, hasta la tetona de mi vecinita tenía uno de lo más curioso. Fueron los que atravesaban sus minúsculos pezones los que captaron toda mi atención: dos pequeñas bolitas negras se presentaban brillantes a ambos lados de cada uno de ellos. Sin ser yo muy fan de estas cosas, despertaron mi curiosidad, no pude resistir la tentación de acariciarlas deslizando mis manos bajo el esquelético sostén. Sus menudos pechos me sorprendieron al tacto, no obstante todavía me maravilló más el efecto que el tocamiento tuvo en Katalina, noté en ella una sacudida instantánea, más vehemente incluso que la producida por mi inserción anal o vaginal. Estaba claro que aquellos juguetitos  tenían otra función mucho más interesante que el mero adorno, y que proporcionaban a su joven portadora un extra de excitación al ser acariciados.  


Decidí ir un poco más allá y tiré de uno de ellos sin rudeza pero sí con la suficiente intensidad como para tensar su piel.


  • ¡Ahg…!  - musitó cerrando los párpados y sacando pecho a la vez, dejándome claro lo mucho que disfrutaba con el castigo.


Excitado por su reacción ante el dolor, tomé el otro piercing y repetí la maniobra, esta vez sí, con firmeza. Juro por lo más sagrado que estuvo a punto de correrse  mientras le ponía las tetitas de punta o al menos eso me pareció deducir por sus gemidos. Mi polla decidió terminar con los preámbulos y tomó el control de la situación. De un manotazo mandé a tomar por el culo el expositor de libros de literatura erótica y la coloqué encima del mueble sobre el que descansaba. Para ser honestos, tiré a la chica sobre él, no fui para nada delicado, las ganas nublaban mi buen juicio. 

Frenético, separé las piernas de la pequeña Katalina hasta llevar a los tendones de su ingle al extremo. Desatado, aparté la lencería con mis propias manos para, acto seguido, abrir en canal su coñito dispuesto a darme un festín de fluidos con su juvenil entrepiernas. Estaba tan ciego y excitado que no recordé el último piercing que adornaba su cuerpo hasta que mi lengua no se chocó con él al atacar su clítoris. Chupé, lamí y sorbí cuanto salió de aquel coñito enjoyado mientra su dueña no dejaba de retorcerse y jadear a cada envite. Se lo comí todo y se lo comí bien, dejándolo limpio y reluciente para lo que iba a venir después. 


Urgué en mi bragueta hasta lograr liberar mi miembro viril. No es que sea gran cosa en cuanto a tamaño pero es fiable como un reloj suizo, siempre está listo para entrar en batalla y a mi edad no se puede pedir más. De hecho, encontró la entrada de Katalina por sí mismo, no hubo necesidad de utilizar mi mano para guiarla, y apenas sentí el candor de su sexo en la punta de mi balano, empujé la cadera y la penetré con suma facilidad. 


  • ¡Agg! - volvió a gritar, echando la cabeza hacia atrás, dejándose hacer a mi voluntad.


Su calor y angostura me proporcionaron tanto placer inmediato que tuve que concentrarme para no explotar antes de tiempo, no era cuestión de romper la magia con un polvo rápido y apenas disfrutado por ambos.


  • ¡Joder! - murmuré extasiado.


La dulce sensación de opresión en mi pito no remitía tras unas cuantas arremetidas, la chica era realmente estrecha, su  vagina se acoplaba a mi verga como un guante. Eso junto con su entrega total alimentaba mi lujuria no obstante pude serenarme y, tras la alarma inicial, logré controlar la cópula con cierta soltura, e inclusive fui capaz de incrementar el ritmo de la follada y aguantar la eyaculación sin muchos problemas.


Todo iba bien pero todavía podía mejorar así que coloqué sus piernas por encima de mis hombros, la penetración fue mucho más natural y  profunda. Katalina lo agradeció tanto o más que yo, con la cara desencajada se derretía con cada empellón. De vez en cuando notaba el roce de su piercing clitoriano en mi polla, era algo diferente y excitante, reconozco que siempre había pensado que podía resultar molesto para el chico y nada más lejos de la realidad, era sumamente morboso y placentero.  


No iré de farol diciendo que estuve dándole duro veinte o treinta minutos hasta que mi polla le salió por la garganta, dejaré esos alardes fantasiosos a los cantantes reguetoneros. Disfruté del momento e hice todo lo posible para que ella hiciera lo mismo y estoy casi seguro de que lo logré.  El rostro de Katalina, ruborizado y sudoroso durante la follada, así lo atestiguó. 


El asunto se me fue un poco de las manos, la agarré de los tobillos y todavía la abrí más. Fue en ese momento cuando de verdad perdí la cabeza y empujé todo lo intenso que fui capaz. Al cambiar el ritmo, noté su orgasmo a modo de una fuerte contracción seguida de otras menos intensas. Eso fue demasiado para mí resistencia y me vine en lo más profundo de su sexo, derramando mi simiente en su interior.  Cuando todo terminó, ella permaneció inmóvil, abierta, y de su vagina brotaba una minúscula cascada de esperma que caía lánguidamente sobre un montoncito de libros sobre el suelo, manchándolos todos. Recuerdo que tuve que apoyarme en el estante de dildos de látex, uno ya no es un crío y había sido un polvazo en toda regla. 


Al episodio de lujuria le siguió otro de desconcertante silencio. Mientras me subía los pantalones, no sabía muy bien qué decir y ella se incorporó con dificultad. Parecía avergonzada de lo sucedido mientras recogía su ropa, de hecho no me miró  a los ojos mientras se vistió.


  • Necesito ir al baño - dijo por fin cuando terminó.

  • Claro, ahí atrás hay uno.


Terminada la pasión, recuperé mis buenos modales y la acompañé. En nuestro breve trayecto pasamos por la entrada de la guarida de mi hijo.


  • ¿Vives aquí? - Preguntó echando un vistazo al cuarto con cocina.

  • No. Vive el encargado de la tienda, ahora está de vacaciones, no volverá hasta después del verano

  • ¿El alto de rizos? Es muy amable… y guapo.  Se da un aire a ti.


No entré al trapo, no desvelé mi parentesco; no soy muy dado a compartir información con nadie más allá de la imprescindible. Deformación profesional, supongo. No duras mucho en el negocio si vas dándole a la sin hueso más de la cuenta y menos con detalles sobre tu familia. Puede ser peligroso


Aguanté pacientemente a que saliera del excusado fumando un cigarrillo. Para mi sorpresa, apenas pude darle unas pocas caladas. Si se hubiese tratado de mi esposa podría haberme fumado tranquilamente el paquete entero.


  • ¿Puedo quedarme unos días aquí? No tengo a dónde ir.


Supongo que vió el hastío en mi cara, adivinó la respuesta y se adelantó.

Sin duda era una chica lista.


  • Trabajaré en la tienda a cambio, sé arreglar estantes de libros caídos. 


Reí la ocurrencia y ella me acompañó. Su sonrisa me cautivó incluso más que su culo. Bueno… en realidad no. Lo que tenía ahí detrás se salía de lo normal.


  • No me vendría mal una ayuda - mentí. 


La verdad es que me sentía atraído por ella, no quería que se fuera. Eso sin contar con que podía ser una motivación más para visitar el sex shop. Su juventud y belleza contrastaba con el ambiente sórdido del local. 


  • Entonces, trato hecho, ¿sí? - sus ojos se iluminaron de repente.

  • Vale. Empiezas mañana. 

  • ¿Mañana? Y qué pasa con hoy?


Me acerqué a ella, la alcé sin la menor dificultad estrujando su trasero con mis manos y la besé cálidamente.


  • Hoy… está cerrado. Además hay que hacerte un reconocimiento a fondo antes de empezar. Vigilancia de la salud, creo que le llaman…

  • Ya… ya,... - dijo devolviendome el beso, haciendo una divertida mueca.


Pasamos lo que restó de jornada poniendo a prueba la resistencia del camastro. Se portó como debía: gruñó, chirrió y dió la sensación de que estuvo a punto de quebrarse varias veces, sin embargo aguantó la sucesión de episodios sexuales como un campeón.  


Como follar me da hambre, le propuse salir a cenar a algún sitio, ella se negó en redondo. Acordamos encargar comida a domicilio como alternativa. De hecho, pese a mi insistencia, apenas volvió a pisar la calle durante el tiempo que estuvimos juntos. Supongo que allí, entre bragas comestibles, cabinas y consoladores, se sentía segura y yo estaba encantado con ella, siempre tan servicial, complaciente y sumisa. De hecho pasaba en la tienda mucho más tiempo de lo necesario y más de una noche pasé de volver a casa y me dormí, saciado de sexo, acurrucado en la espalda de Katalina, jugueteando con los adornos que adornaban sus pezones.


No fui el primero que perforó su ano, confieso que me falló la intuición al respecto. Me queda el consuelo de saber que sí que fui el primero con quien que lo hizo voluntariamente al día siguiente de nuestro primer polvo. Por lo visto no todas las historias que se cuentan acerca de los centros de menores son falsas. Respeté su decisión de no contarme más detalles, me conformé con disfrutar de las maravillas que ofrecía su deliciosa puerta trasera. Jamás un segundo puesto en algo me supo tan bien y me reportó tanto placer.  


En lo referente al negocio, hay que reconocer que su contratación fue todo un éxito. Las ventas del sex-shop, sin ser algo que me quitara el sueño, se multiplicaron por diez aquel verano. Pronto se corrió la voz de su presencia entre los clientes habituales y esporádicos a los que les resultaba morboso la presencia de una jovencita atractiva en un local de dudosa reputación como el mío. Vale, reconozco que es probable que el hecho de que la “invitase” a utilizar los diferentes disfraces sexys de nuestro catálogo como uniforme laboral ayudó a elevar las visitas a la tienda, asumo toda la responsabilidad. 


Los domingos cerrábamos e invertíamos en tiempo haciendo divertidos y sensuales “unboxing” de los artículos más extravagantes que había en la tienda.  Si durante la semana me entraban ganas, echaba a la gente de la tienda y me aliviaba con ella. Follábamos mucho, aunque siempre era yo el que iniciaba las hostilidades. No me importa, estoy acostumbrado a mandar y a que me obedezcan. Estar al mando lo llevo en la sangre, no obstante es cierto que me hubiera gustado algo de iniciativa por su parte. 


Reconozco que me encoñé de ella hasta límites insospechados. He tenido amantes más allá de mi matrimonio, sin embargo ninguna me caló tanto como la pequeña Katalina.


Conforme el verano avanzaba, los encuentros sexuales se fueron intensificando, cada vez pasaba más tiempo con ella. Por contra, me costaba más conciliar el sueño, la inminente llegada de mi familia iba a suponer un problema.


Unos días antes de la llegada de mi familia, en pleno polvo, le expuse el problema y la solución. Allí no se podría quedar, era imposible seguir con todo aquel frenesí sexual con mi hijo revoloteando por allí.  Decidí que se trasladaría a uno de mis pisos de alquiler, y además le daría un dinero mensual  para sus gastos, así de sencillo. Reconozco que no dijo ni sí, ni no; se limitó a seguir montandome hasta que me corrí en su vientre una vez más.


El último día de las vacaciones, visité nuestro nuevo nido de amor para revisarlo todo y cuando volví al sex shop, Katalina había volado. No me dejó ni una triste nota de despedida. Se llevó la recaudación semanal, más un par de fajos de billetes de cien euros que guardaba en la caja fuerte, y los once mil pedacitos de mi corazón roto. Nada importante.


Me jodió bastante su marcha, todo hay que decirlo. A día de hoy la recuerdo con nostalgia y ya no la culpo: Katalina era un pájaro libre al que yo pretendía cortar las alas y voló. Una cosa es ser sumisa y otra ser una amante mantenida.


Es lo que hay.






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