" LA ACADEMIA. CAPÍTULO 7" por Zarrio

La Academia, por Zarrio



Capítulo 7: La contable.

No me considero alguien racista, aunque supongo que la mayoría de los que lo son dicen lo mismo. Dicho esto, debo admitir que las personas asiáticas siempre me han inspirado cierta desconfianza. A pesar de ello, para las obras de urgencia en el burdel, contraté a una cuadrilla de trabajadores chinos que hicieron un trabajo más que aceptable, a un precio asequible y sin hacer preguntas. 

Lo que me enerva de ellos es esa manera inquisitoria de mirarte cuando entras en su negocio. Pueden rodearlo de las palabras más amables y educadas; sin embargo, no dejan de vigilarte en ningún momento. Son como búhos: hablar no hablan, pero se fijan todo el tiempo. 

En mi caso, no los culpo: siempre he sido un mal bicho; era tan buen estudiante como cabronazo, incluso de crío. Rellené álbumes de la liga de fútbol a costa del dueño del bazar chino de mi barrio. Me echó de su tienda una y mil veces y, a pesar de que no tenía ni idea de kárate, lanzaba unos golpes muy certeros que hacían crujir mi espalda cada vez que me pillaba sisándole algún paquete de cromos. 

Tal vez sea por eso por lo que no me siento cómodo en esa clase de establecimientos, tan abigarrados y llenos de todo, sin una ruta clara de escape; aunque admito que me han sacado de más de un apuro cuando he ido corto de condones un domingo por la tarde.

Respiré profundamente para rebajar los nervios antes de cruzar la acera y entrar en la tienda. Tenía que parecer un tipo sereno; sin embargo, no me sentía cómodo en ese tipo de situaciones. Como buen fan de las matemáticas, todo lo que se escapa a mi control me estresa. Es algo que me supera.

Desde el principio fui consciente de que, si bien las dos hermanitas latinas eran las encargadas de seleccionar a las restantes dos socias del negocio, la última palabra era mía. Al fin y al cabo, era yo la cabeza visible de todo aquello y quien daría con sus huesos en la cárcel si alguna de las chicas se iba de la lengua. A diferencia de mí, a ellas les bastaba argumentar su condición de menor de edad para irse de rositas en cuanto a lo legal. No obstante, si todo salía a la luz, el escándalo sería tan grande que tendrían que irse del barrio, de la ciudad o del planeta por siempre jamás. Todos nos jugábamos mucho en realidad.

Para mi sorpresa, la tienda asiática estaba casi vacía para ser un sábado a las tres de la tarde. Lo cierto es que, con el auge de la venta online, hasta esos negocios se resienten. 

No más de tres o cuatro clientes deambulaban de aquí para allá con poco afán por comprar. Pasé sin ni siquiera saludar al dependiente, que se escudaba distraído tras su móvil. Tampoco creo que me hubiera hecho mucho caso, enfrascado como estaba en una conversación ininteligible a través de su teléfono. 

Por extraño que parezca, fue la pequeña Dora quien me expuso su elección antes que Andrea, su hermana mayor. Yo pensaba, iluso de mí, que tendría mayor dificultad a la hora de encontrar a alguien con la disponibilidad y las tripas necesarias para prostituirse en nuestro nuevo burdel. Como bien decía la putita de mi sobrina, yo era la ignorancia hecha carne: ni imaginaba de lo que las niñas de ahora son capaces de hacer por dinero; aunque en mi descargo diré que, conforme mi polla y fluidos iban entrando por los agujeros de mis protegidas, iba haciéndome una idea.

La morenita de lengua intrépida fue clara en sus indicaciones: me expuso con pelos y señales los pasos a seguir para entrar en contacto con su mejor amiga, y a la postre, candidata.

  • “Sol Alegre ”, muy propio - murmuré, leyendo la escueta lista de chicas disponibles en la aplicación de citas que me había metido en todo ese lío.

Quedé alucinado por su tarifa.

  • ¡Cincuenta y nueve céntimos el segundo! Ni que fuese un parquímetro del centro - murmuré -. En cualquier caso, no deja de ser un número matemáticamente interesante.

Con la sonrisa en los labios, activé la opción de aceptar el precio y la interlocutora me respondió con un mensaje críptico de lo más extraño. Supuse que se trataba de una especie de código para entrar en contacto de forma discreta y sin dar lugar a equívocos.

Caminé por la zona más profunda de la tienda a la deriva, allá donde se apilan los tapers y cajas de gran tamaño en completo desorden, lejos de los juguetes y la zona de papelería o ropa, sin duda las más concurridas del establecimiento. 

No me costó detectar su presencia, de hecho me había estado siguiendo apenas crucé la entrada de la sección de flores secas y jardinería. Reconozco que haber visto sus fotos de antemano ayudó, a pesar de que, obviamente, no iba desnuda por toda la tienda, con un ojo cegado por el esperma y una polla metida en la boca. 

Disimulé lo mejor que pude, como si ella no estuviera observándome en la media distancia. Recordé la secuencia descrita en el mensaje: primero, un ramito de violetas con un acabado más que mediocre; segundo, unos narcisos tan pobres que algunas flores habían huido de sus pedúnculos, muertas de asco; y para finalizar, una horrorosa maceta de plástico de un tamaño a todas luces desproporcionado con respecto al resto de la compra.

  • ¿Puedo ayudarte en algo? - me abordó una voz infantil desde la nada, sin el menor acento extranjero.

Al girarme, me encontré de frente con una muñequita de porcelana blanca, de ojitos rasgados y brillantes, que me miraban con frialdad. Todavía era más menuda que Nora, y pese a que yo sabía que iban a la misma clase, su aspecto era el de una niña todavía más frágil que la menor de mis putas. Tragué saliva y un escalofrío recorrió toda mi espalda. 

Mi mente me jugó una mala pasada, la imaginé de inmediato vestida con alguno de los disfraces Disney que se almacenaban en el burdel. Meneé la cabeza para centrarme, queriendo alejar esos pensamientos tan impropios en mí hasta que comenzó aquella locura. 

Follar con jovencitas me estaba afectando, era un hecho. 

Yangyi se presentó ante mí con una camiseta de tirantes rosa clarito y unas mallas muy cortas y ajustadas tipo bloomer. Demasiado ajustadas, diría yo. Escondía sus manitas a la espalda y se mecía todo el tiempo, como un gusanito moribundo clavado en un anzuelo. Contrastando con su pecho completamente plano, un pequeño abultamiento se marcaba con nitidez a la altura de su pubis. La tela clara se adhería a su liviano cuerpo como sellada al vacío, de una forma tan explícita que mis ojos se clavaron en su rajita descaradamente. Permanecieron fijos allí incluso cuando ella repitió la pregunta. 

  • ¿Puedo ayudarte en algo? - reiteró.

Molesto conmigo mismo por ser tan poco discreto, continué algo más templado, haciendo un esfuerzo considerable por mirarla a los ojos y no a la silueta mal disimulada de su minúsculo coño.

  • Sí, por favor. ¿Me podrías dar una maceta algo más pequeña? Esta es muy grande.

  • Claro - exclamó, exhibiendo una tenue sonrisa gélida, perdonándome la vida -. Están en el almacén. Ven, sígueme…

Yangyi volaba esquivando bultos recorriendo los pasillos. Aproveché para examinar su parte trasera. La cabellera era oscura, tanto que traspasaba con soltura el límite de sus caderas. Jamás había visto algo parecido; esa cascada de pelo cubría incluso buena parte de su culo. Un trasero minúsculo, sutilmente redondeado y se movía con gracia al caminar. Me hipnotizó hasta el punto de hacer vacilar mi promesa de no admitir a niñas menores que Dora en mi harén.

Atravesó la cortina de entrada al almacén como una exhalación. Yo me detuve antes y dudé. Miré de reojo las cámaras de seguridad que, inmisericordes, apuntaban hacia mí con su ojo acusador. Mi anonimato estaba comprometido, me estaba metiendo en un buen lío si daba un paso más. 

  • ¡Ven, idiota! - gruñó la niña, agarrándome del antebrazo, llevándome a la zona prohibida del bazar, allá donde se supone que ningún occidental ha entrado jamás.

  • Las… las cámaras…

  • ¡Son de juguete, gilipollas! - dijo con severidad, molesta por mi falta de determinación.

Prácticamente a oscuras, deambulamos por el almacén cogidos de la mano. A mis ojos les costaba adaptarse a la falta de luz; en cambio, la niña parecía estar en su elemento natural. Olía a humedad y polvo, y el ambiente estaba tan cargado de aromas intensos que costaba respirar. Supongo que el miedo a ser descubierto también tenía algo que ver.

Yangyi me condujo hasta un camastro improvisado formado por una sucesión de esterillas antideslizantes cubiertas por toallas y trapos de cocina de vivos colores que todavía conservaban la etiqueta con su precio de venta. A su lado, un pequeño taburete hacía las veces de mesita de noche, y sobre él, descansaba una bola iluminada de luz cálida que batallaba sin mucho éxito contra la penumbra reinante en el lugar. 

Agudizando la mirada, descubrí un blister de preservativos casi vacío al lado de un tubo de lubricante a medio usar. Desde luego a la chinita lo de prostituirse no le iba de nuevas; sabía muy bien de qué iba todo el asunto. 

  • Hay una regla: está prohibido tocarme. Tú arriba, yo abajo; haré todo el trabajo. ¿Entendido?

  • En… entendido.

  • ¿Con o sin condón? - Prosiguió, sin darle la menor importancia.

  • ¿Perdona?

  • ¡Que si lo hacemos con goma o sin goma, joder! - protestó - Al natural es más caro, Tarifa “Sheldon Cooper”…

  • Deja que lo adivine: setenta y tres euros el segundo - la interrumpí -.

  • ¡Exacto! - Repuso ella, dando un saltito de sorpresa.

Por primera vez su sonrisa de hielo no me pareció forzada. Me miró con interés, como el que descubre un unicornio rosa en medio de un prado de amapolas.  

Lo cierto es que no me paré a reflexionar mucho sobre su oferta. Quería terminar la evaluación cuanto antes. Si cerraba los ojos, venía a mi mente la colección de katanas japonesas que se exponían tras el dependiente de la tienda, probablemente el padre de la criatura. Si llegaba a descubrirme en pleno acto sexual con su niñita, me convertiría en cerdo agridulce en un abrir y cerrar de ojos. 

  • Me… mejor con preservativo, si no te importa.

La niña torció el gesto, supongo que esperaba que yo eligiese la opción más productiva para su negocio.

  • ¿Has traído?

  • No.

  • Pues entonces son tres euros más.

La respuesta a su oferta era tan obvia como sorprendente su frialdad al comerciar con su cuerpo. Encajaría como un guante en nuestro negocio.

  • Vale.

Rápida como el viento, puso en marcha el cronómetro de su teléfono móvil, y los numeritos luminosos iniciaron su baile.

  • ¡Desnúdate imbécil, que no tengo todo el día! - me apremió, predicando con el ejemplo sin vacilar.

Antes de darme tiempo a reaccionar, su desnudez fue un hecho. Reconozco que su pecho me impactó, o más bien la falta de él. Yangyi estaba completamente plana: ni naranjitas, ni mandarinas, ni fresitas; nada de nada. Por no haber, no había ni una moneda de euro bajo sus pequeñas areolas. Su torso era liso como una tabla de planchar. 

  • ¡Pero mira que eres lento! - Chilló, sacándome de mi ensimismamiento. 

Resuelta como una avezada profesional, echó mano a mi entrepierna. Sus manitas manipularon con precisión la hebilla de mi cinturón, el botón de mis pantalones y la cremallera que lo escoltaba. De un tirón, me desnudó de cintura para abajo, y sin darme tiempo a reaccionar, de un empujón, me tumbó de espaldas sobre el colchón improvisado. 

  • ¡Joder! - protesté, superado por el desbocado tifón asiático.

La secuencia que siguió a sus palabras transcurrió más deprisa de lo que cuesta contarla. Yangyi se abalanzó sobre mí, colocándose sobre mi pecho e inmovilizando mis brazos con sus fibrosas piernas. Su abultado monte de Venus quedó a la altura de mis ojos, amenazándome; rabiosamente joven y majestuoso. Superado por su vitalidad y casi obligado por la postura, aspiré una profunda calada a su aroma íntimo, llevándome una tremenda sorpresa. 

El coñito de Yangyi no olía a perfume infantil, ni a crema hidratante, ni nada parecido. Ni siquiera tenía el aroma dulzón propio del flujo vaginal juvenil o la acidez característica del pipí preadolescente. El coño de la niña olía a polla, incluso rezumaba de él un poco de esperma. Por lo visto, su anterior cliente había elegido la opción más cara para follarla.

  • ¡Chupa, gilipollas! - ordenó con desprecio, como si yo fuese el puto y ella la clienta.

Y sin darme tiempo a objetar, agarró mi cabello con furia y me estampó su sucio coñito en la boca, restregándome la cara contra él. 

No tuve más remedio que obedecer, se adhirió a mí como una lapa. Solo me dio opción de comerle el coño. 

Que yo respirase y siguiese con vida era algo irrelevante para Yangyi. Como una experta amazona, meneó su cadera con diligencia, pringándome toda la cara, cubriéndome de babas íntimas. Sorbí sus jugos y los del cabrón o cabrones que se la habían tirado antes que yo ese día. De vez en cuando, alcancé a contemplar su cara apareciendo y desapareciendo entre su mata de pelo. No varió su expresión en ningún momento: solo miraba el reloj constantemente con indolencia. Su teléfono móvil no dejaba de zumbar, de hecho no dejó de hacerlo durante todo el coito. El típico pitido de mensaje recibido lo secundaba.

Cuando Yangyi lo creyó conveniente, dio por concluso mi castigo; me soltó un sonoro tortazo sin venir a cuento y descendió hasta mi zona noble en busca de su siguiente objetivo. Su larga melena cubrió nuestros cuerpos, lo que me impidió una visión directa de sus evoluciones orales. Ni falta que hizo: sentir el calor de sus labios alrededor de mi verga era motivación más que suficiente para mí.

Yangyi sería menuda y su apariencia parecería frágil, pero sabía lo que hacía. Sin llegar a la excelencia de su amiguita Nora, su actuación con la boca fue de lo más eficiente. Lúbrica e intensa cuando debió serlo, delicada y sutil cuando logró su objetivo: ponerme la polla dura como la de un mandril en celo.

Me gustó el detalle de colocarme el preservativo con la boca. No dejaba de tener su morbo y le añadía un aliciente a esa maniobra tan poco erótica. Terminó de ajustarlo con las manitas y se tomó su tiempo para admirar su obra.

  • La tienes bastante grande - dijo al fin -. Va a dolerme. Tendré que usar mucho lubricante.

  • Cla… claro - Jadeé, con la polla hirviendo en sangre.

  • Dieciocho con cincuenta.

Y con la misma determinación que cantaba los precios, extendió el producto aceitoso a lo largo y ancho de mi falo cubierto de látex. Fue generosa y  concienzuda al hacerlo, supongo que por puro interés propio. En ese momento me parecía increíble que mi pene pudiese entrar en un cuerpo tan pequeño ni ayudado por galones de lubricante.

Cuando todo estuvo a su gusto, se colocó de nuevo sobre mí en posición de ataque, con nuestros respectivos sexos colocados a la misma altura. Mi verga enfundada y el exterior de su pequeño coñito se dieron un primer beso de bienvenida; caricias suaves al que siguieron otras que fueron ganando en intensidad y duración, aunque sin llegar a consumar la penetración. 

  • ¡Vamos allá! - musitó, echando un vistazo al maldito reloj, como el que está realizando un trabajo trivial de oficina. 

Agarró mi verga con firmeza, la enfiló hacia su sexo y se dejó caer sobre ella lentamente. Dejó de respirar; yo llevaba un buen rato sin hacerlo. No daba crédito a lo que mi verga sentía.

Noté un creciente estremecimiento en su cuerpo conforme mi polla se iba introduciendo en su pequeño vientre. Tal vez fue ese el único momento en que su determinación se quebró, ya no parecía tan segura de sí misma. La diferencia de tamaño entre nuestros genitales era desproporcionada. 

Quise ayudarla durante ese momento de debilidad asiéndola por las caderas. Yangyi me lo impidió de manera violenta, golpeándome los antebrazos con energía:

  • ¡No tocar, no tocar! - rabió, orgullosa - ¡Las manos quietas, las manos quietas !  

  • Vale, vale - claudiqué.

No sé qué le molestó más: mi maniobra o la falta de elasticidad de su sexo; lo cierto es que frunció el ceño, apretó los puños contra mi pecho e imprimió a la monta un ritmo sorprendentemente acelerado.  

No diré que me hizo daño, aunque hay que admitir que había mucho margen de mejora en su manera de follar. Sé que comparar está feo, pero por aquel entonces, la pequeña Yangyi estaba a años luz de mi sobrina Leire o de la voluptuosa Jessi en cuanto a habilidad amatoria se refiere. Andrea, con su cuerpo espigado de bailarina, era una diosa en la cama y manejaba el coño a las mil maravillas; e incluso la pequeña Dora, más allá de su boca fuera de serie, se estaba destapando poco a poco como una amante más que correcta. ¡Qué coño! Hasta encular a Laura era mucho más agradable que el subir y bajar desbocado de aquel terremoto asiático encima de mí. 

Tanto desenfreno restaba placer al coito, convirtiéndolo en algo mecánico: follar con Yangyi hasta ese momento era tan erótico como meter la polla en una máquina de ordeño. 

Por extraño que parezca, me sentí algo decepcionado. No sé, me daba la impresión de que aquella niña tenía mucho más que ofrecer.

  • ¡Ah, ah,! ¡Qué gusto! - comenzó a chillar como leyéndome la mente, fingiendo de forma penosa un placer que no sentía.

Opté por no intervenir y dejarla hacer; al fin y al cabo se trataba de eso: de evaluar sus habilidades durante el acto sexual. Ya habría tiempo de fijarlas, pulirlas y darles esplendor si finalmente era la elegida. 

Desde luego Yangyi iba sobrada de potencial, más allá de su indolencia y falta de técnica, su cuerpo menudo y aspecto aniñado eran el sueño húmedo de los pervertidos más viciosos, y pese ese mal comienzo, su pueril vagina se estaba trajinando una porción respetable de mi verga. Se merecía un voto de confianza, eso estaba claro. 

Fueron sus constantes miradas al teléfono las que me pusieron nervioso y le bajaban la nota: era poco profesional por no decir irritante. No acababa de entender tanta prisa, y más teniendo en cuenta que el que pagaba era yo. 

Una prostituta veterana, en un servicio por tiempo, buscaría extender el coito lo más posible. En cambio la niña parecía pretender todo lo contrario: terminar conmigo cuanto antes; sus ansias por montarme tan deprisa no tenían razón de ser.

De repente, vi la luz; una mente privilegiada como la de aquella chiquilla no podía caer en un error garrafal como aquel. Yangyi quería que eyaculase rápido  para así poder atender a un nuevo cliente más generoso. Pura ley del mercado:al elegir la tarifa más económica, estaba perdiendo dinero conmigo. 

Aquella niña tenía una calculadora no solo en la cabeza sino también en el coño. Era como mi sobrina Leire en edición de bolsillo.

De repente, noté un chasquido en la punta de mi verga, al que siguió un aumento de humedad y calor a su alrededor. La experiencia es un grado, conocía exactamente lo sucedido: el jodido condón de procedencia china había explotado sin previo aviso, evidenciando su pésima calidad.

  • Sin preservativo, tarifa Sheldon Cooper. - anunció la niña, sonriendo de forma maliciosa.

  • ¡Serás hija de puta! ¡Era eso lo que buscabas! - reí. 

  • ¡Psss! Calla. Mi papá puede oírte - gruñó, tapándome la boca con sus braguitas.

No era tiempo de discutir ni de negociar los términos de nuestro contrato verbal, sino de disfrutar del momento… y  lo hice.

Hubo un antes y un después en la evaluación inicial de Yangyi a partir de la rotura del preservativo. Su forma de follar cambió de forma radical. Sustituyó los espasmos inconexos por sensuales balanceos; las cabalgadas rápidas y dolorosas por inserciones profundas y placenteras y, sobre todo, la frigidez  vaginal por una fiesta de contracciones alrededor de mi polla. Fue algo tremendo mi primer polvo con la chinita. Era una maquinita de follar que poco o nada tenía que envidiar al resto de mi harén.

A partir de entonces todo fluyó mejor. Una vez logrado su objetivo tarifario, se lo tomó con más calma, tampoco mucha, y disfrutamos de un polvo de lo más placentero. 

Yangyi hacía cosas increíbles con la vagina, movimientos íntimos que el resto de mis chicas no lograban imaginar ni por asomo, como si dominase alguna especie de gimnasia íntima que me reportó muchísimo placer. Lo disfruté tanto que me olvidé por completo del verdadero sentido de mi visita, de su prueba de acceso e incluso de las katanas de su papá. Cerré los ojos para centrarme en lo importante: el universo se reducía a su sexo y el mío, nada más. 

De tanto follar con las chicas de forma habitual, mi capacidad de aguante había crecido bastante. Mi verga estaba lejos de estallar, o al menos eso creía yo. De improviso, Yangyi clavó sus uñas en mi pecho, el dolor me hizo abrir los ojos de par en par. No fue uno, ni dos, sino diez surcos los que desgarraron mi piel de norte a sur. Por fortuna para ambos, su lencería actuó de sordina, y mi grito casi no resultó audible. Sorprendentemente, el escozor lejos de bajar mi excitación, la elevó hasta cotas insospechadas. Mis huevos quedaron a punto de nieve y mi polla lista para disparar. 

Eyacular en lo más profundo de su cuerpo fue como soltar la espoleta de una granada: literalmente exploté, me vine en ella con todo, sin guardarme nada. Mi corazón iba a mil por hora, creí que me daba algo. 

Estaba convencido de haber sentido su orgasmo; su último apretón a lo largo y ancho de mi polla así me lo había hecho creer, pero al mirarla a la cara volví a contemplar esa expresión fría y metódica que tanto me cabreaba. Esa jodida cría me había sacado hasta la última gota de esperma de mis huevos y apenas se había despeinado. Fue una sensación extraña y frustrante para mi ego elevado masculino.

  • ¿Ya? - preguntó con desdén.

La respuesta era obvia, sin embargo no tuve resuello para articular palabra. Me limité a asentir.

  • Perfecto. 

Yangyi se incorporó a toda velocidad. Yo estaba convencido de que se vestiría y se largaría de allí a toda prisa; sin embargo aquella pequeña diablilla me hizo antes una última demostración de su dominio vaginal. 

Resuelta y decidida, se colocó en cuclillas sobre mi cara y ordenó:

  • ¡Abre la boca, pervertido! 

Obedecí, sin saber muy bien el motivo, la verdad.

  • ¿Ya?

  • ¡Sí! 

Poco después mi boca se llenó de una amalgama de sudor, flujo preadolescente y esperma. Controlando en todo momento la situación, Yangyi me devolvió todo lo que yo le había dado momentos antes.

  • ¡Traga! - ordenó, cuando su sexo no dio más de sí.

Y lo hice. Sin pensar.

Lejos de parecerme nauseabundo, paladeé la mezcla como la mejor de las frutas. Era acaramelada, y a la vez ácida, con cierta textura grumosa y fuerte olor. Permanecí allí tirado un momento, saboreando el dulce amargor de nuestras simientes. 

Yangyi rompió la magia, rehizo nuestro improvisado nidito de amor con trapos limpios, y mientras se colocaba de nuevo sus prendas aniñadas, consultó su teléfono móvil y me gruñó:

  • ¡Hijo de puta, date vida, que hay más tipos esperando!

  • Voy, voy…

  • Son ocho minutos y diecinueve segundos, no lo olvides. 

  • Ocho y diecinueve - repetí todavía algo turbado -.

  • Paga en la caja al salir…

Fue un detalle que me sorprendió. 

  • ¿En la caja?

  • Sí, eso es: en la caja.

  • Vale, vale.

  • Espera un par de minutos y ve a pagar directamente. Luego te largas, que no creo que estés para un segundo polvo y aquí se viene a follar, no a pasear, como dice mi padre.

  • Entiendo.

Caminé como un zombie por los pasillos intentando analizar todo lo sucedido en la trastienda. Ni qué decir tiene que la niña estaba más que aprobada: era una dominadora nata, ideal para el cuarto de torturas. 

Además, por lo que me había contado Dora y yo había corroborado, Yangyi era todo una cerebrito: apenas tenía que estudiar para sacar unas notas de escándalo y sus papás, ocupados con los asuntos de la tienda, casi no la controlaban. Eso le proporcionaba una disponibilidad a la hora de prostituirse que, sin ser total como la de Jessi, si era muy superior a la del resto de las chicas, mi sobrina incluída.

Me crucé con no menos de una docena de tipos consultando su teléfono móvil sin comprar nada. Reconozco que se me pasó por la cabeza hacerme el sueco y averiguar cuál de ellos sería  mi sucesor, pero no quise tentar la suerte, molestar a Yangyi y poner en peligro toda la operación.

También me dolía el pecho, no veía el momento de llegar a casa para desinfectar las heridas.

Cuando llegué a la caja, ese demonio disfrazado de niñita adorable atendía a una señora oronda cargada de táperes. Al llegar mi turno, nada en su cara hacía sospechar que ya nos conocíamos. Ni qué decir tiene que su papá seguía enredado en su eterna conversación, ajeno a lo que estaba sucediendo en su trastienda.

  • ¡Trae! - protestó la niña, poco menos que tirando de los productos que llevaba en la cesta.

  • Perdón.

Yangyi colocó todas las cosas sobre el mostrador, y sin hacer en ningún momento uso de la calculadora, se dirigió a mí:

  • Violetas, ocho cuarenta y cinco.

  • Narcisos, doce setenta y ocho.

  • Maceta, tres cincuenta

Me ruboricé como un adolescente con los siguientes artículos, esos que no se podían ver. Ella ni parpadeó.

  • Lubricante, quince.

  • Preservativo, tres euros. 

  • Ocho minutos y diecinueve segundos de Sheldon Cooper… - vaciló un instante antes de continuar -, serán cuatrocientos noventa y nueve segundos. A setenta y tres céntimos el segundo, serán trescientos sesenta y cuatro euros con veintisiete céntimos…

  • ¡Sorprendente! - musité.

  • Lo que hace un total de…

  • ¡Cuatrocientos siete euros! - Dijimos a la vez.

Recuerdo la expresión de su cara, infinitamente más complacida con mi capacidad de cálculo mental que por el tamaño de mi pene. 

  • Es primo - apuntó con su aire de superioridad.

  • No, no lo es - la corregí -. Es divisible por once y treinta y siete. Es un número narcisista, eso sí..

Yangyi abrió tanto los ojos que por un momento pareció occidental. Después,  bajó la cabeza, apretó los puños y mostró el rubor propio del que no está acostumbrado a ser corregido . 

  • ¡Mierda!

  • ¡Tranquila! - reí, levantando las manos en son de paz -. Tienes mucho tiempo para aprender. Eres muy lista para tu edad, pero eso tú ya lo sabes.

  • Gracias - gruñó con evidente molestia, taladrándome con la mirada.

  • De nada - Reí, en cierto modo feliz por mi victoria.

Como queriendo pasar página de su falta, respiró hondo, compuso su postura y la serenidad invadió de nuevo su bonito rostro.

  • ¿Vas a pagar con efectivo o con tarjeta?

La sorpresa cambió de bando. Yo no daba crédito, nunca mejor dicho. Todas mis transacciones anteriores con aquellas lolitas habían sido utilizando efectivo.

  • ¿Puedo pagar con tarjeta?

  • Claro, pero solo si la compra es más de diez euros. 

  • Ya veo.

  • Y si me das tu nombre, número de identidad y correo electrónico, te mando la factura por correo.

  • ¿En serio?

Yangyi se rió en mi cara. Era una sonrisa distinta, fresca y de lo más adorable. 

  • ¡Pues claro que no, bobo! - rió en mi cara - ¡Ya me dijo Dora que eras un poco tontito, aunque no creía que tanto! 

Puse los ojos en blanco y una vez más caí en la cuenta de que todas aquellas niñas iban muy por delante de mí en todo. La hija de puta de Dora había advertido de mi visita a esa jodida calculadora humana con patas. Era más que probable que incluso le hubiera pasado alguna foto para que me reconociera y fuera a por mí a saco. El anonimato de mi evaluación estaba comprometido desde el principio, y Yangyi supo aprovechar esa ventaja para pasarla “cum laude”. 

  • Tampoco me dijo que lo hicieras tan bien - me susurró, visiblemente avergonzada de sus palabras y apartando un largo mechón de cabello de su cara.

  • Gracias - le dije en el mismo tono, tendiéndole un billete morado, cortesía de la reserva de mi sobrina Leire -. Quédate con el cambio, te lo has ganado. Nos vemos pronto.

  • ¡Me muero de ganas! ¿Cuándo empezamos? - chilló, hasta el punto de hacer que su padre separase la mirada durante un milisegundo de su celular.

  • Pronto. Muy pronto - murmuré con discreción.

  • Vale - me guiñó.

Satisfecho y complacido por la evaluación inicial de Yangyi, cogí los artículos adquiridos y me fui de allí rápidamente. Tras tirarlos en el primer contenedor que encontré, me dirigí hacia una tienda especializada en artículos eróticos de todo tipo. Estaba algo lejos, lo más práctico hubiera sido coger un taxi, sin embargo me apetecía que me diera el aire y caminar. Tenía mucho en qué pensar; en la pequeña chinita que acababa de ordeñarme, por ejemplo.

Además de tener un cuerpecito de porcelana y follar como una diosa, Yangyi podía ayudarme a la hora de llevar las cuentas del negocio. Era una gran adquisición para el burdel, no cabía duda: Dora había hecho una buena elección.

Ya solo quedaba por conocer a la última integrante de nuestro elenco. Andrea era, con mucho, la más discreta y reservada de mis chicas. Su cuerpo estilizado, su afán por beber mi pipí y su facilidad para poner el culo eran tres de sus muchas virtudes. Sin embargo, su vida social, más allá de su amistad con Leire, era todo un misterio.

Tenía curiosidad por saber lo que estaba preparando esa enigmática morenita. 

La polla se me puso dura de nuevo solo de pensarlo.


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