Y explotó justo después de una enorme convulsión, mucho más intensa que las anteriores. Un espasmo eléctrico de todo su ser a la vez.
Y no digo explotar en sentido figurado, realmente fue una erupción de flujo la que regó mi pene, mis testículos, mi pantalón a medio bajar e incluso mojó más allá de mis rodillas. La escasa luz que se filtraba a través de las cortinas no me permitió realizar una evaluación más detallada de los daños sin embargo, me atrevo a asegurar, que las consecuencias de su orgasmo fue algo tremendo, una erupción volcánica en toda regla.
Mi pene ardía, mis huevos me dolían por dentro, estaba a punto de unirme a ella y rebozarla en lefa. Me faltaban no más de tres o cuatro arreones de la adolescente para correrme sobre su vientre y sexo pero eso, mal que me pesó en ese momento, no pasó.
Y Lais, tal y como le había sucedido horas antes, después del apogeo, se apagó.
Noté cómo su cuerpecito comenzaba a relajarse lentamente entrando en ese estado de letargo que tanto me había alterado pero esta vez tumbada sobre mí. Descolocado, sentí cómo el alma abandonaba su ser, su respiración más pausada e inclusive períodos de apnea que me llenaban de angustia, tanta que mi erección cesó de un plumazo.
De nuevo la coloqué entre mis brazos y le di cobijo, con la vaga esperanza de que la cercanía de mi corazón marcase el ritmo del suyo. Ignoraba qué hacer, desconocía si debía darle de nuevo su medicación o si el exceso de dosis podría resultar contraproducente. Sin ella que me marcase las pautas acerca de su dolencia estaba totalmente perdido.
Permanecí una eternidad en esta postura, protegiéndola de sí misma, rezando sin saber para que su maltrecho corazón no se parase. Tuve miedo, mucho miedo. Creí que se iba. Pensé que había muerto. Fue angustioso.
Poco a poco su respiración se hizo más fuerte, acompasada, algo compatible con un sueño reparador y me reconforto. Una vez pasado lo peor, me relajé. Se estaba verdaderamente a gusto con un cuerpo ajeno al que acariciar para variar. A punto estaba de dormirme cuando advertí que se movía aunque no le di importancia.
Al principio pensé que estaba buscando una postura más cómoda para dormir. Noté algo raro, algo que por el adormecimiento me costó identificar. Algo húmedo, húmedo y caliente en mi entrepierna. Por fortuna mi pene estuvo mucho más despierto que yo. Reaccionó por instinto ante las atenciones de una boca, recobrando el vigor perdido por el susto gracias al ir y venir de unos labios casi pueriles alrededor de él. Fue algo mágico, una mamada pausada, tierna; podría decirse que casi amorosa, muy alejada del frenesí de su orgasmo anterior.
Lais no era primeriza, estaba claro, pero tampoco iba sobrada de experiencia. A veces se jalaba más verga de la debida y su cuerpo se estremecía pero volvía a la carga apenas recuperaba el resuello. En la penumbra, escuchaba el chapoteo de su boca mientras su lengua acariciaba mi meato, elevándome hasta el infinito, llevándome hasta el mismísimo cielo. Pasado un rato se ayudó de su mano para acariciarme los testículos mientras chupaba. Fue el único artificio que utilizó para regalarme placer ya que prácticamente seguía inmóvil en posición fetal con mi polla reptando en el interior de sus labios.
Esta vez el que suspiré fui yo. Todo lo acontecido me había llenado los huevos de esperma y la felación de Lais era lo suficientemente buena y eficiente como para hacerlo salir de un momento a otro.
Cuando mi cénit se acercó también lo hizo mi nerviosismo. Ella seguía chupando y chupando, no daba visos de querer detenerse. No era yo muy partidario de anunciar el final feliz a las mujeres que me daban placer oral, no obstante Lais no era una de tantas, era una adolescente de trece años haciendo cosas de mayores; cosas que en teoría no debía conocer pero que se le daban de miedo.
- Va… va a salir - murmuré retorciéndome de gusto -.
Ella, lejos de detenerse, hizo caso omiso a la advertencia y siguió dándome placer con su ritmo eficiente.
Le di una segunda oportunidad. Desesperado, intenté separarla de mi intimidad empujándola de la nuca con suavidad logrando el efecto contrario al buscado: me la chupó con mayor ritmo, profundidad y ganas.
Decidí no resistir más y darle lo que andaba buscando. Las pocas fuerzas para luchar que me quedaban estaban a punto de salir por la punta de mi polla. La suerte estaba echada y mi esperma prácticamente también.
Eyaculé en su boca de forma abundante aunque sin estridencias. Los chorros de lefa salían uno tras otro por la punta de mi polla y ella no rehuyó el envite en ningún momento. Tal como se la di se las fue tragando, con sus labios adheridos a mi miembro, soldados a él como una lapa.
Cuando mi verga no dio más de sí Lais permaneció jugueteando con ella en la boca hasta que, saciada de todo, perdió su vigor entre labios juveniles mientras una lengua ansiosa rebañaba las últimas perlas de jugo que iban brotando de mi pene.
La única pega que le puedo poner a aquel momento mágico fue que todo transcurrió en la más absoluta oscuridad. No pude ver nada, hubiera dado un brazo por ver mi polla atravesando sus labios pero eso no le restó al encuentro sexual con la morenita ni una brizna de morbo.
Después de la tormenta llegó la calma. Lais volvió a zambullirse entre mis brazos y cayó, esta vez sí, sumida en un profundo sueño con el estómago lleno de mi simiente caliente recién extraída. Yo la acompañé al poco rato, estaba exhausto y a la vez satisfecho como hacía mucho tiempo.
Duermo bien aunque poco. Normalmente libro una carrera diaria contra el sol a la hora de ponernos en marcha. Aquel día perdí, aunque no por mucho. Los primeros rayos del día entraron entre las cortinas entreabiertas de nuestra habitación rompiendo la penumbra.
Me entretuve con el brillo de las motas de polvo volando por el aire, cuando lo hacía solía ser un buen día. Pronto encontré algo mucho más interesante que ver, una maravilla de este planeta que solo yo podía contemplar.
Ella seguía durmiendo desnuda a mi lado. Parecía incluso más niña que el día anterior. Tal vez eso debió desordenar mi conciencia. No pasó; desde aquel primer encuentro sexual con Lais la palabra remordimiento ha desaparecido de mi diccionario. Repetiría una y mil veces todo lo que hice en la cama con ella.
Me recreé la mirada con la curvatura de su cadera, la redondez de su culo y la firmeza de sus muslos. Conté una y mil veces las prominencias de sus vértebras y los lunares que adornaban su espalda. Encontré dos en su hombro de lo más encantadores. Embriagado por su belleza juvenil, perfilé con mi dedo la silueta de su cuerpo sin tocarlo, no quería quebrar su sueño antes de hora. Simplemente quería memorizarlo para cuando ya no estuviera a mi lado, temía que toda aquella locura tuviera fecha de caducidad, ese fin de semana y nada más.
Por desgracia el jodido despertador del móvil se encargó de joderlo todo. Tentado estuve de estamparlo contra la pared y no salir de esa cama en todo el día. Bramó y bramó hasta que la ninfa desnuda salió de su letargo.
- Buenos días, princesa - le susurré besando su cabecita -.
No puede decirse que yo sea la persona más romántica del mundo pero me esperaba algo amoroso por su parte, algo amable al menos. Con un simple “buenos días” hubiera bastado. Se limitó a gruñir, levantarse de un salto de la cama cubierta por la sábana, coger a Charly, su bolso, y dirigirse al baño refunfuñando y arrastrando los pies de mala gana.
- ¿Vamos o qué? Llegaremos tarde por tu culpa, papi tonto -dijo cuando salió del excusado media hora después, esquivando mi mirada -.
- Claro, pero…
- Oye. Lo de anoche no fue nada, ¿vale? - me interrumpió con el rostro bajo -. Tengo problemas cuando hay tormenta y se me va la cabeza. Lo que pasó, pasó y ya está. No te preocupes, no es la primera vez que me lío con alguien de tu edad…
- Bien, pero…
- Tranquilo, no voy a decir nada a nadie ¿vale, papi? Tu reputación de cabronazo insensible sigue intacta.
- No, no es eso. Creo que…
- Tampoco iba a creerme nadie. Todos dicen que soy una desequilibrada, que miento e invento cosas. En realidad estuvo muy bien, jamás me había corrido así y a ti te salió un montón…
- Lais…
- Sí, lo sé. Hablo mucho y sin mucho sentido cuando estoy nerviosa…
No dejaba de ir de un lado para otro como una lobezna en jaula.
- ¡LAISSSSS!
- ¡QUÉ QUIERES, JODER! ¡Estoy nerviosa! ¿Vale? No voy por ahí chupándosela a tíos que podrían ser mi padre…
- No es eso. Solo intento decir que tal vez deberías limpiarte mejor la cara antes de salir de la habitación, nada más.
Sorprendida, se miró al espejo, descubrió las trazas de mi esperma en la comisura de sus labios y, ruborizada como un tomate, salió disparada de vuelta al baño.
- ¡Joder, qué vergüenza! - Chilló mientras yo reía hasta casi llorar.
Por fortuna para nosotros el grueso de huéspedes del hotel ya había levantado el vuelo y pudimos sentarnos en una zona bastante discreta del comedor. Me quedé perplejo al verla devorar la comida con avidez.
- ¿Pero dónde metes todo eso que comes? Estás flaca como un silbido. Dos sandwiches y un bol hasta arriba de Corn Flakes. Eso se toma con leche, lo sabes, ¿no?
- Ya he tomado suficiente leche por un tiempo, ¿no crees, papi?
Esta vez el que acusó el golpe fui yo y mis mejillas tomaron color.
- Además, ¿me meto yo con esas cochinadas que comes tú? No. Pues eso…
- ¿Cochinadas? ¡Es todo fruta!
- Casi todo, pero no todo.
- ¿No todo?
- Eso no es fruta.
- ¿El aguacate?
- Exacto. Eso es una verdura.
- ¡Qué dices!
- Solo una persona sin civilizar sería capaz de tomar un aguacate de postre.
- Tú deliras. Además deberías tomar algo de fruta, el día va a ser duro.
- Nop. No me gusta la fruta, no soporto su textura, cosas del TDAH. Están frías y me hacen ruidos raros los dientes cuando las muerdo. A mí me gustan las cosas más calientes y cremosas… como el semen de mi papi.
El gajo de mandarina que estaba tragando se quedó atorado en mi garganta al escuchar semejante indiscreción en público. Tuve que toser varias veces mientras aquella jodida chiquilla no dejaba de reír. A punto estaba de reprenderla por decir semejante barbaridad en público cuando me detuve. Su risa era tan poco habitual como encantadora. Si la ira me embargó la mente por un momento, su sonrisa y belleza se encargaron de despejarla. Era preciosa.
Ya en el pabellón deportivo, tras las presentaciones de rigor y en habitual caos inicial, las pruebas de la mañana fueron bastante bien. Para mi sorpresa a los acompañantes nos permitieron ocupar una parte bastante prominente de la grada. Sinceramente hubiera preferido que el clinic se hubiera desarrollado en privado, era consciente de que Lais no llevaba muy bien las multitudes.
Mi protegida se lo tomó muy en serio, tanto que se llevó un par de reprimendas por parte de los entrenadores al echar la bronca a sus compañeras que no terminaban de asimilar los ejercicios que ella bordaba. Suplía su no excesiva estatura con una ganas tremendas y unos fundamentos de ensueño pero no dejaba de hablar y meterse con la gente como una mosca cojonera. Yo sabía que era su forma de rebajar los nervios y la tensión de saberse observada por un buen puñado de personas desconocidas, pero el resto de los presentes no se lo tomó demasiado bien y murmuraban cada vez Lais que tocaba la pelota.
- Su hija no lo hace mal pero es un poco bajita y muy maleducada, ¿no cree? - me dijo la señora que tenía al lado con cierto aire de superioridad -.
- Su nieta en cambio es muy alta pero se mueve como un pato mareado.
- ¿Mi nieta? Perdona pero esa de ahí es mi hija.
- ¿En serio? Pues dicen que no es muy aconsejable parir más allá de los cincuenta. Los hijos salen retrasados o medio tontos con algo de suerte.
Mi interlocutora optó por largarse a otro lado antes de que la conversación subiera de tono. La impertinencia me permitió centrarme en lo importante. Me costaba desligar los movimientos de Lais con lo acaecido la noche anterior. La imaginaba desnuda mientras corría de un lado para otro, con sus pechitos rebotando al ritmo que botaba el balón. Evocaba el suave tacto de sus pezones y cada vez que se daba la vuelta mis libidinosos ojos taladraban su culo con lujuria. Tuve que mirar a otro lado varias veces, temía que mi polla pusiera de manifiesto lo que de verdad ocupaba mi mente.
En el poco tiempo que tuvimos al mediodía para interactuar intenté ejercer de entrenador responsable y persuadirla para que bajase un poco el ritmo. Insolente y procaz, me soltó entre burlas algo así como que en su casa siempre le habían enseñado a ser competitiva y que ser el segundo en algo no es más que ser el primero de los perdedores.
Durante la sesión de la tarde su actitud insolente matinal se acentuó aún más, llegando prácticamente a las manos con jugadoras a las que apenas llegaba hasta su mentón. Tanto fue el cántaro a la fuente que, apenas media hora antes de terminar la sesión de la tarde, una chica polaca de más de metro noventa sacó su codo a pasear en un bloqueo y la pobre Lais acabó noqueada en la lona. Ninguna de sus compañeras de equipo se interesó por ella o le tendió la mano para que se incorporara, tuvo que ser retirada por un par de asistentes y el resto de jugadoras siguió con el ejercicio sin más. Dado su historial clínico me asusté bastante y salí como un galgo a su encuentro.
Cuando llegué al vestuario Lais ya estaba consciente aunque con un golpe bastante serio en uno de sus pómulos y los ojos anegados en lágrimas.
- ¡Sácame de aquí! - masculló con un hilito de voz en cuanto me vio.
Toda su altivez y socarronería se habían quedado tirada sobre el parqué, volvía a ser la joven llorosa y desvalida de la noche anterior. Analizándolo fríamente se lo tenía merecido, es cierto, mas aun así me dio una pena tremenda y despertó en mí un instinto de protección hacia ella que nunca había sentido con anterioridad por alguien.
Ni siquiera nos despedimos de nuestros anfitriones, poco menos que salimos huyendo de allí como dos delincuentes. El estado de su ojo era preocupante, quise llevarla a un hospital pero se negó en redondo.
- Si haces eso se acabó el baloncesto para mí - me dijo con voz muy firme -. Es la excusa perfecta que necesitan mis padres para prohibirme jugar. Júrame que no lo harás o no volveré a hablarte en tu puta vida, papi tonto.
Lo dijo tan seria que no tuve valor para llevarle la contraria. El estado de su cara empeoraba por momentos y por propia experiencia sabía que todavía iría a más. Fui un muchacho conflictivo, tenía muchas tablas en ese tipo de situaciones.
Al llegar al hotel la llevé a la habitación y fui en busca de hielo. Cuando volví dormía sobre su cama enfundada en mi camiseta y nada más. Sé que dormir no es lo más conveniente tras un golpe en la cabeza pero parecía estar bien así que opté por dejarla descansar.
Estuve un buen rato mirándola, hasta que el sol cayó en el ocaso. Su postura impúdica me permitió ver íntegramente su sexo exento de vello, sus firmes piernas y descubrir un nuevo lunar en la parte baja de su vientre, prácticamente en su Monte de Venus. Pese a que nada me apetecía más que verla desnuda, no fui capaz de quitarle el resto de la ropa, no quería despertarla de su reparador sueño. Dormida parecía estar en paz consigo misma, liberada de esos demonios que la atormentaban durante la vigilia. Por miedo a molestarla ni siquiera fui capaz de consultar mi teléfono móvil que no dejaba de vibrar una y otra vez. Cuando anocheció me acosté desnudo a su lado con sumo cuidado, protegiéndola de todo y de todos con mis brazos y así me dormí, fundido a ella, como uno solo.
Ya era noche profunda cuando desperté. Una sensación agradable me embargaba. Al principio creí que había tenido un sueño algo subido de tono, sólo así podía justificar el estado de cierta parte de mi cuerpo. No tardé mucho en encontrar otra explicación más plausible a mi excitación: la cálida boca de Lais estaba dándome de nuevo placer. Suspiré y, sabiendo dónde me llevaría aquello, me relajé y la dejé hacer sin oponerme.
Los movimientos mágicos de lengua y labios de la adolescente eran precisos y certeros, ansiosos por repetir lo acaecido la noche anterior. Sin embargo, cuando estuve endurecido por completo, llegué a la conclusión de que mis apetencias eran otras y decidí pasar a la acción.
Como era previsible ella hizo lo imposible para no desprender sus labios de mi miembro viril. No obstante, impuse mi superioridad física colocándome sobre ella, abriéndola en canal. Cuando entendió mi propósito dejó de resistirse, inclusive separó las piernas cuanto pudo para facilitarme la tarea. Mi pene se impregnó de su flujo que ya había hecho acto de presencia en el exterior de su vulva. Controlando mi instinto primario de arrasarlo todo y empalarla hasta la empuñadura presioné levemente la entrada y me detuve con su sexo palpitando contra mi verga, como si de un beso dulce entre nuestras zonas íntimas se tratase.
Pese a las ganas me contuve. Dudé, temí hacerle daño en realidad; mi cabeza era un hervidero de pensamientos contradictorios.
- Te haré daño - reflexioné en voz alta.
- No, no es verdad - masculló Lais en un susurro, atrayéndome hacia ella, incitándome a pecar -. Hazlo papi… hazlo ya…
Mi parte cerebral me impedía continuar. Ella una muñequita frágil y yo un hombretón bien armado; ella casi una niña y yo todo un adulto de pelo en pecho; ella mi pupila y yo su mentor responsable. Sus padres habían confiado en mí para que cuidase de ella y yo estaba a punto de traicionar esa confianza follándomela en mitad de la noche.
Mi parte emocional deseaba hacerlo. Mi cuerpo vibraba por su cercanía, Lais me atraía, me volvía loco, deseaba hacerla mía. Por su actitud distaba de ser virgen y estaba claro que sus padres ni conocían mi existencia.
- ¡Métela! - Suplicó - ¡papi, por favor, métela!
Noté cómo sus piernas se enroscaban a mi cuerpo y sus manos me atraían hacia ella con fuerza pero fue su forma de besarme con ansia la que desniveló la balanza y lo que me llevó al abismo.
La diferencia de edad no importó, me dejé caer lentamente y fuimos uno. Entré en ella poco a poco, gustándome, disfrutando de cada segundo, intentando no dañarla. Lais se abrió de par en par, regalándome su cuerpo, poniéndolo todo lo fácil que le fue posible y la naturaleza hizo el resto.
Mi pene dilató la vagina a su paso lentamente. Estaba estrecha, muy estrecha aunque a la vez tan lubricada que no hubo excesivos problemas para la penetración. Eso me sorprendió y sobre todo me gustó. El canal era angosto aunque a la vez cálido y receptivo a mi acoso. Metí mi polla en su maltrecho cuerpecito lentamente, sin prisa pero sin pausa. Llegué hasta un punto tras el que ya no pude ahondar más y dejé mi pene ahí, a buen recaudo, en el lugar más caliente del universo. Fue algo mágico y sumamente placentero.
Noté las contracciones de su vagina, incluso su pulso desacompasado con su respiración. No obstante algo no iba bien, Lais estaba tensa; yo lo estaba pasando de miedo pero ella no gozaba como yo quería. Comprendí que estaba agobiada bajo el peso de mi cuerpo. La cosa mejoró cuando me incorporé un poco y le di más libertad de movimientos. Con un leve movimiento de cadera mejoró el ángulo de ataque y el arañazo que desgarró la piel de mi espalda me hizo saber que su malestar inicial había sido sustituido por un intenso placer. La presión en mi pene disminuyó e intuí que era el momento de actuar: la besé de forma pausada, agarré su culo con ambas manos y reinicié la monta de manera más profunda, sin dejar de besarla con delicadeza, eso sí.
La primera vez con Lais fue fantástica, nos compenetramos al instante. Nuestros cuerpos estaban hechos el uno para el otro, como si llevásemos compartiendo cama desde siempre. No fui violento ni tampoco intenso, ni siquiera puede decirse que fuese duro. Se lo hice bonito, como dos enamorados; con besos en el cuello, palabras dulces al oído y piquitos en la boca mientras llenaba de carne el fondo de su vagina.
El ritmo de la cópula no era constante. A veces se lo hacía rápido con inserciones poco profundas que le cortaban la respiración, haciéndola suspirar y, de repente, tres o cuatro golpes secos, profundos aunque no violentos, que arrancaban del fondo de su garganta gruñidos guturales y chillidos ahogados de lo más morbosos.
No fueron pocas las veces en las que desenterré mi verga por completo de su interior lo que provocó airadas protestas por su parte y más de un que otro arañazo extra en mi torso.
- ¡Papi tonto! ¿Por qué te paras?
- Te correrás sólo cuando yo quiera.
- Eres malo… ¡sigueee!
Entre risas y lágrimas de cocodrilo, yo volvía a la carga extasiado por el chapoteo de su sexo y la pericia de su lengua.
Llegó un momento en el que pareció desentenderse de su cuerpo, exhalando jadeos al compás de la monta, abriendo su brazos y piernas de par en par, entregándose a mí por completo. Con la totalidad de mi verga en su vientre, tuve que concentrarme y reprimir mis ganas de terminar en lo más profundo antes de que lo hiciera ella.
- ¡Papi, papi…! - no dejaba de repetir a un volumen cada vez más elevado hasta llegar a un alarido en toda regla -. ¡PAPIIIIIIIII!
Lais sucumbió al orgasmo. Generoso, estridente, devastador, sublime… Se me ocurren mil adjetivos para definirlo y ninguno lo haría con precisión ni justicia. Más allá del grito que seguramente se escuchó en toda Valencia y de que poco menos que me duchó los bajos con su flujo, su vagina guillotinó mi pene de tal forma que me fue imposible retrasar mi eyaculación ni un instante más. Me derretí en su ardiente coñito violentamente hasta que mis testículos no dieron más de sí tras lo cual caí rendido a su lado, sudoroso, satisfecho y salpicado por su abundante flujo vaginal.
Todavía no había recuperado el resuello cuando Lais buscó acomodo de nuevo entre mis brazos y, sin mediar de nuevo palabra, se durmió. A mí me costó hacerlo bastante más. Estaba nervioso, me parecía increíble todo lo sucedido. No sentía el menor remordimiento por lo que había pasado, mi mayor temor era que no se repitiera. Nuestro tórrido encuentro tenía fecha de caducidad que no iba mucho más allá que la jornada siguiente como mucho.
El teléfono del hotel no dejó de bramar hasta que, todavía adormecido, lo descolgué. La luz del sol entraba a raudales por la ventana pero aun así me costó identificar la voz del recepcionista gilipollas del primer día.
- Buenos días. Les recuerdo que hace quince minutos que tanto usted como su… hija deberían haber dejado la habitación, señor.
- ¿Qué?
- Que a las doce es la hora límite de salida y que deberían haber dejado a disposición del servicio de limpieza la habitación a esa hora. Hay otros huéspedes esperando y no podemos retrasarlo más.
- Pero… ¿qué hora es?
- Son las doce y quince minutos, señor.
- ¡No joda!
- No lo hago, simplemente expongo un hecho. Y ya que lo menciona… que sepa que hemos recibido alguna queja de los huéspedes de la habitación contigua a la suya. Por lo visto su… hija es bastante… indiscreta a la hora de… demostrar su amor hacia usted, digámoslo así.
Colgué. No es que no se me ocurriese ninguna contestación ocurrente que darle a aquel imbécil sino que, en teoría, hacía más de dos horas que debíamos estar en el Pabellón. La última sesión del fin de semana consistía en un partido cinco contra cinco entre todas las seleccionadas. Probablemente se trataba de la más importante y la habíamos obviado.
A mi lado yacía Lais durmiendo desnuda a pierna suelta, bellísima como siempre. Bien a gusto me hubiese quedado mirándola todo el día como un burdo voyeur sin embargo no había tiempo para eso.
- ¡Lais! ¡Joder, Lais… despierta!
- ¿Qué se quema? - gruñó entre bostezo y bostezo.
Por fortuna el aspecto externo de su ojo mellado era mucho mejor que en la jornada anterior.
- ¡Tenemos que largarnos! ¡Son más de las doce!
- ¡Cinco minutos más, papi!
- Ni hablar. A ver qué excusa nos inventamos para los del Ros Casares…
Lais se incorporó lentamente y me miró con tristeza.
- No quiero ir, Pedro. No me obligues a volver con esa gente horrible, por favor.
Me conmovió su aspecto desvalido y su actitud sumisa así que contesté de la única forma adecuada en ese momento:
- Tranquila, princesita.
- ¡Gracias, papi! - Chilló colgándose del cuello colmándome de besos.
Cuando logré zafarme, entusiasmada como una niña agarró una servilleta del escritorio con el membrete del establecimiento, y estampó en ella la silueta de sus labios.
- Toma, papi. Te mereces un regalo, por bueno.
- Muchas gracias, princesita.
No llevar mucho equipaje fue una ventaja. Abandonamos el hotel furtivamente, aprovechando la invasión del hall por una manada de turistas chinos. Invertimos el poco tiempo que nos quedaba de aquella improvisada luna de miel en hacer algo de turismo, comer por ahí y hacernos un montón de fotos cogidos de la mano. De vez en cuando buscábamos algún rincón apartado para besarnos. No queríamos que aquello terminase nunca. Estuvieron a punto de pillarnos varias veces hasta que al final se impuso la cordura y emprendimos el viaje de vuelta.
La actitud de Lais fue inversamente distinta a la ida. Sonreía y hablaba por los codos y, en cuanto tenía ocasión, tomaba mi mano para que tocase su pierna.
Mentiría si dijese que aproveché una de las largas rectas de la Autovía Mudéjar para masturbarla y que me devolvió el favor con su boca en un apartado rincón de un área de servicio de la Autopista Vasco-Aragonesa. No pasó y sinceramente tampoco lo eché de menos. Fue un viaje divertido que me hizo muy breve. Su risa y personalidad arrolladora lo llenaba todo.
- ¡Tengo hambre, papi! - chilló de nuevo utilizando su tono de voz más infantil.
- Pero si casi hemos llegado - Refunfuñé.
- ¡Llévame a tomar algo al Centro Comercial Ballonti! A estas horas no hay nadie en casa y seguro que no tengo nada para la cena. ¿Acaso no decías que no me alimentara a base de sandwichitos? Porfi, porfi, porfi, porfi…
- Está bien, está bien - me rendí -.
En realidad no quería que aquel fantástico fin de semana llegase a su fin, Lais me tenía cautivado. No podía creer que una jovencita de su edad pudiese atraerme tanto y causar tanto impacto.
- ¡Gracias, papi! Mi hermano Iker me habló de un sitio nuevo que han abierto. Es comida caribeña, seguro que te gusta. Mi mamá es venezolana, en realidad yo también. Nací allí.
- Como quieras. Tú ganas.
Di gracias al cielo al comprobar que el centro comercial no estaba excesivamente concurrido a las diez de la noche. Pese a ser domingo, el día siguiente era laborable y sin duda eso hizo mella en el número de clientes del restaurante .
Lais demostró una vez más su voraz apetito. Engullía uno tras otro los pequeños manjares del menú degustación. Cada vez me parecía más atractiva. A duras penas lograba apartar mis pensamientos libidinosos de sus labios.
- ¡Uhmmm! Tienes que probar esto papi, está delicioso.
- Cierto - asentí tras dar un mordisco al alimento rebozado -, ¿sabes qué lleva? Aparte del queso tiene un sabor diferente que me es familiar.
- Ni idea. ¡Camarera, camarera!
Sus chillidos atravesaron el comedor casi desierto hasta que fue atendida por una oronda mesera.
- ¿Qué se te ofrece chica?
- ¿Sería tan amable de decirme qué lleva esto? Se llaman tequeños ¿no es cierto?
- Así es, mi amor. Tiene queso llanero rebozado en harina.
- ¿Y nada más? Mi mamá es de allá y los que ella hacen no saben igual.
- Eso es porque nosotros utilizamos la receta Tachira, con una harina especial de lentejas…
La cara de Lais era todo un poema, su semblante cambió de un plumazo.
- ¿Lentejas? ¿Ha dicho lentejas?
- Sí, mi amor, ¿por qué lo dices?
Sin ni siquiera contestar se levantó rápidamente y me miró muy asustada:
- ¡Tienes que llevarme al hospital!
Reconozco que me costó reaccionar. Cuando comprendí el problema con su alergia salté como un resorte. Juro por dios que me di toda la prisa del mundo en pagar, ir al coche y emprender la marcha hacia el centro médico.
No me mintió en absoluto en relación a su problema. En verdad creí que de nuevo se me iba. Atravesé la puerta de urgencias del hospital con Lais en mis brazos pidiendo ayuda justo en el momento en el que dejó de respirar, morada y con la garganta hinchada como un balón. Los siguientes minutos fueron angustiosos, los peores de mi vida. No sabía qué hacer ni a quién llamar. Al no ser pariente directo, nadie me decía nada. Me sentí el ser más inútil del universo.
Horas más tarde se presentó ante mí una mujer de rasgos latinos algo mayor que yo. No era muy alta e iba vestida de cirujano. No pude precisar muchos detalles de su rostro, sus ojos llorosos centraron toda mi atención. Me temí lo peor. Me fallaban las piernas y mi pulso iba a mil por hora.
- ¿Es usted el que ha traído aquí a mi hija?
Enmudecí.
- ¿Es usted el que ha traído aquí a Lais? - repitió con más vehemencia.
Al escuchar ese nombre, reaccioné.
- Sí. Yo fui.
Me abrazó y aprovechando la intimidad proporcionada por mi hombro se echó a llorar.
- Gracias. Si no es por usted habría muerto - dijo tras recuperar la compostura -.
Y sin decir nada más se fue por donde había venido. Son las únicas palabras que he cruzado con esa señora en mi vida
A raíz de unos problemas con sus tendones Lais dejó el baloncesto lo que eliminó la posibilidad de encontrarnos de manera furtiva tras los entrenos. Eso no supuso el final de nuestra relación ya que, por fortuna para nosotros, la vigilancia sobre ella por parte de sus padres era muy laxa por no decir inexistente. Jamás hubo problemas para encontrarnos en el skatepark o en cualquier otro sitio, ir al cine y cosas así.
Lais siempre ha sido una chica muy ardiente; el fuego del caribe navega por sus venas tanto para lo bueno como para lo malo. Había días que estaba de un humor insoportable y otros en los que me comía a besos todo el tiempo.
Tampoco tuvimos problemas para tener sexo casi a diario. Lais visitaba con asiduidad mi apartamento, bastante mejor insonorizado que la habitación del hotel de nuestra primera vez, y allí dábamos rienda suelta a nuestra pasión. Con catorce años llegaba a primera hora de la mañana del sábado y se marchaba tras la cena dejándome exhausto. Con quince incluso dormía en mi cama de vez en cuando y con dieciséis pasaba semanas enteras en mi casa sin volver para nada a la suya. Al principio yo le preguntaba por la opinión de sus papás sobre sus ausencia y ella me decía que les daba lo mismo, que sólo se preocupaban por su hermano pequeño, que pasaban de ella. A los diecisiete prácticamente se emancipó de sus padres y Tony, una tabla de skate a la que también puso nombre, ha compartido armario con mis bastones de senderismo a partir de los dieciocho.
Ahora, con apenas diecinueve, Jericó, su motocicleta, ocupa un rinconcito de mi plaza de aparcamiento aunque por poco tiempo: mi coqueto ático de alquiler no es el lugar más adecuado para criar al par de gemelas que están a punto de llegar.
Por si todo esto fuese poco no hay que olvidar la presencia de nuestra nueva mascota, un cachorro husky llamado Elur que no para de moverse de aquí para allá, desordenando los peluches de Lais y mordiéndolo todo ante la inquisitiva mirada de nuestra gata Floffy (siempre me pareció más un nombre de foca pero esta es otra de mis batallas perdidas).
- ¿Qué estás haciendo, papi tonto?
- Sabes que pronto no podrás llamarme así, ¿verdad, princesita? - la agarré por el talle acariciando su vientre abultado.
- Siempre seré tu princesita y tú mi papi tonto, eso que te quede claro.
- ¿Siempre?
- Siempre.
Kamataruk
“Fue el tiempo que perdiste con tu rosa lo que la hizo tan importante.”
“Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos.”
“El principito “ Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944)
Solo una palabra puede describir tu relato kamataruk, increíble, ya extrañaba tu escritura, gracias, la espera valió la pena
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario, sé que no me prodigo como debería. En este punto de mi vida para escribir necesito contar algo que merezca la pena y que me remueva por dentro, como es este caso. Un saludo.
Eliminar"Si alguien ama a una flor de la que solo existe un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es suficiente mirar al cielo para ser feliz, pues puede decir satisfecho: Mi flor está allí, en alguna parte...."
ResponderEliminar"Haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad"
EliminarExcelente. Hermoso final, no me lo esperaba.
ResponderEliminarHay historias que merecen terminar bien. Gracias por comentar.
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