"PADRE SOLTERO. CAPÍTULO 1: EL SALÓN DE JUEGOS" por KAMATARUK



  • Pero… ¿queréis bañaros de una vez? 

  • Es Tami, que no deja de seguirme mirándome el celular por encima del hombro.

Gabriel suspiró y volvió a contar hasta diez por enésima vez ese día. Entendía las peleas entre hermanas como algo natural,  sin embargo lo que había entre sus niñas era una guerra abierta día y noche. Estaba psicológicamente agotado de lidiar todo el tiempo con ellas. 

La separación con Olvido no había sido complicada para él, no obstante para Camila y Tamara resultó algo traumático.  Las niñas necesitaban la presencia constante de una madre, una figura femenina que las entendiera, las apoyara y, sobre todo, que las guiase en esa edad especialmente difícil previa a la adolescencia. Sin embargo la mamá había preferido pensar más en su coño que en el bienestar de sus hijas y les había abandonado por un sesentón forrado de billetes que vivía en la capital a cientos de kilómetros de allí.  

Cuando le removía la conciencia, cosa que no ocurría a menudo, la mamá aparecía por su casa como si nada, cargada de juguetes, trapitos caros y maquillajes para las niñas, y se las llevaba durante dos o tres días a algún lugar de la costa a vivir una vida de lujo efímero y felicidad postiza exenta de cariño.  Después, la conciencia tranquila, volvía a dejarlas a cargo de Gabriel, su papá, que era en realidad el que se ocupaba de la educación de las niñas durante el lapso de tiempo que transcurría entre visita y visita.  Cada vez la demora entre ellas era más grande y eso afectaba psicológicamente a las niñas.

  

  • Tamara, deja en paz a tu hermana; el móvil es suyo no tuyo.

  • Pero es que seguro que están hablando de mí con la prima Viri…

  • ¡Eso es mentira!

  • ¡Yo quiero un celular también!

  • Ya lo hemos hablado mil veces. Todavía eres muy pequeña para tener uno propio.

  • Camila y yo sólo nos llevamos quince meses…

  • Ya lo sé pero…

  • Dijiste que hasta los trece no nos comprarías uno y a ella todavía le faltan tres para cumplirlos… - repuso la más pequeña de sus hijas muy molesta.

  • Sí, lo sé. Eso ha sido cosa de tu madre pero…

  • Mamá me prometió que me traería uno mejor que el suyo cuando venga a por nosotras el fin de semana que viene…

Gabriel suspiró de nuevo. Llevaba más de un mes escuchando la misma cantinela: “la semana que viene, la semana que viene” y la ansiada visita jamás llegaba. A Olvido siempre le surgía algún evento que le impedía acudir a la cita, estaba cansado de ver la cara de decepción de sus niñas ante la falta de compromiso de su madre. 

Decidió ponerse estricto. Rara vez funcionaba, pero estaba desesperado.

  • ¡Meteos las dos en la bañera ya mismo! 

  • ¿Las dos a la vez?

  • ¡Ni hablar! ¡Yo no me baño con esa niña tonta! 

  • ¡Papaaaaa! ¡Me ha llamado niña tontaaaaa!

El hombre se rindió.

  • Chicas, ya no sois unos bebés. Tenéis que echar una mano, soy yo el que hace todo el trabajo. Todavía tengo que bañaros, secaros el cabello, preparar las cosas para que podáis ir a casa de vuestros tíos, bañarme yo…

  • Y leerme el cuento… no lo olvides. Eso sí es importante.

La ocurrencia de su niña pequeña le arrancó una sonrisa.  Seguía reclamando ese pequeño espacio de tiempo dedicado en exclusiva para ella como cuando era un bebé. 

  • Por supuesto, princesa. Sabes que eso sucederá siempre.  Incluso cuando te cases con un chico muy pero que muy guapo y te vayas a vivir con él, yo iré a contarte un cuento todas las noches.

  • ¿Me lo prometes?

  • ¡Por lo que más quiero en mi vida, lo juro por vosotras! – Rió el adulto. 

A la niña se le iluminó la cara. Su papá era lo opuesto a su madre, jamás había faltado a su palabra.

  • ¡Gracias, papi! – Exclamó ella dándole un fuerte abrazo.

Él se estremeció al sentir el agradable calor de su chiquilla rodeando su corpachón. Gestos espontáneos como aquel eran los que le daban energía para seguir adelante. Adoraba a sus hijas por encima de todo. 

  • ¿Y por qué no nos bañamos los tres para ganar tiempo? – Preguntó Camila, siempre práctica.

  • ¡Sí, sí….! – Jaleó Tami con entusiasmo.

  • ¿Qué has dicho?

  • Pues eso… si hay tantas cosas por hacer… ¿por qué no tomamos un baño los tres a la vez y así ganamos tiempo?

  • Uhm… no sé si es buena idea.

  • ¿Por qué no? Con mamá lo hacemos. Es divertido.

  • ¡Qué bien! – Chilló la más pequeña dando saltitos.

Entusiasmada por la idea y sin el menor pudor, comenzó a desnudarse botando sobre el sofá del salón. Las prendas infantiles de colores pastel comenzaron a volar de un lado para otro.

  • ¡Baño de chicas! ¡Baño de chicas…!

  • Pero papá no es una chica.

  • Es cierto.  

La niña se paró en seco. Hizo un ovillo con sus braguitas rosas y se rascó la cabeza frunciendo el ceño.

  • Habrá que darle otro nombre. 

  • Niñas, será suficiente con que os bañéis las dos a la vez. Yo puedo esperar…

Como siempre las apreciaciones del padre carecían de relevancia. Camila, mucho más metódica que su hermana pequeña, se quitó su camiseta preferida, roja y sin mangas, dejando a la vista de su padre su torso desnudo, carente de prominencias a excepción de un par de areolas diminutas y puntiagudas.

  • Niñas… escuchadme, por favor…

  • ¡Baño de chicas y papi!

  • Naaa… ese nombre es muy feo. 

Gabriel abrió la boca una vez más, pero cuando Camila se bajó las braguitas blancas con topitos rojos y dejó a la vista de los presentes su redondo culito, enmudeció. No pudo apartar la vista de él. Los rasgos faciales de su hija mayor continuaban siendo infantiloides y, a excepción de una fina hilera de vello púbico dorado en su ingle, los efectos de la adolescencia apenas se habían manifestado en ella todavía. Por el contrario, aquella noche, tal vez por los efectos del cansancio y el agotamiento acumulado durante la semana, el hombre descubrió en él algo diferente: le pareció algo más redondo, más sinuoso, más sugerente y, algo que le turbó bastante, más apetecible. 

La primogénita de la familia era ordenada de una manera casi enfermiza por lo que recogió su ropa y la plegó. Al colocarla sobre la silla, se inclinó hacia delante con lo que, además de su trasero, ofreció a su papá una perfecta visión de la entrada de su sexo: abultado, sonrosado y algo brillante por el moco que fluía de él. 

Gabriel notó un cosquilleo en su nuca y reseco en la garganta. La sensación de calor iba en aumento, y no solamente por la alta temperatura que reinaba aquella noche de verano. La postura de Camila era de lo más explícita. 

  • ¡Papichicas! ¡Baño de papichicas! 

  • Sí, ese mola más. 

  • ¡Baño de papichicas, baño de papichicas! 

El patriarca de la familia podía torear a sus hijas por separado, sin embargo cuando ambas unían fuerzas, cosa que sucedía raras veces, formaban un torrente de energía, vitalidad y poder de convicción capaz de hacer añicos la más tenaz de sus resistencias. 

Una vez más, salió derrotado del enfrentamiento.

  • Bueno, pero hay que darse prisa… - Dijo encogiéndose de hombros. 

  • ¡Biennnnn!

  • ¡Genial!

  • ¡Pero si todavía estás vestidoooo! – Gritó la más pequeña abalanzándose contra su papá.

Camila se unió a su hermana y, entre risas y toqueteos, lograron que cayesen los tres en el sofá del Salón de Juegos, formando un ovillo de piernas, manos y cuerpos desnudos.

  • ¡Cosquillas no, cosquillas no! – Protestaba Gabriel fingiendo un enfado que no sentía.

Las chiquillas se repartieron la tarea. Cada una se hizo cargo de un zapato. De inmediato los pies del hombre quedaron desnudos.

  • ¡Al ataqueeee!

  • ¡Os he dicho que cosquillas no!

Quejarse era como predicar en el desierto. Él sólo tenía dos manos y no podía contener la avalancha que se le venía encima. Se retorcía como una anguila, evitando los certeros ataques contra su cuerpo, pero las chiquillas conocían sus puntos débiles, y sus pequeñas manos eran incisivas agujas de tortura con increíble puntería.

  •  ¡No, no, por favor. Parad, parad…!

La pequeña Tami hizo gala de su natural osadía y, encaramándose sobre su padre, lo inmovilizó sentándose en su pecho, prácticamente en su cara. La niña era puro nervio y no se pudo quedar quieta de tal forma que su intimidad quedó expuesta varias veces delante de los ojos de Gabriel. La desnudez de sus hijas no le era extraña, cuando eran más chiquitas solía bañarlas él mismo, aseando sus partes más ocultas con total naturalidad, sin embargo la postura de Tamara era tan abierta y cercana que le permitía ver pliegues, abultamientos y recovecos que normalmente no estaban al alcance de sus ojos.  Eso, combinado con el olor ligeramente ácido y hormonado que desprendía el coñito de su chiquilla, le turbó. De manera espontánea su polla comenzó a endurecerse y eso le puso muy nervioso. 

  • ¡Ya, ya… ya es suficiente! – Dijo él intentando que disimular su incomodidad.

  • ¡Cállate ya, pesado!

A Tami, hastiada de tanta protesta, no se le ocurrió mejor forma de silenciar a su papi que estamparle el coño en la boca justo en el instante en el que el hombre reemprendía su plática.  Aquel gesto le pilló desprevenido al papá. Involuntariamente, los labios de Gabriel acariciaron la vulva de su hija pequeña y el extremo de su lengua recogió  fluidos prohibidos para un padre de bien.  Permaneció petrificado, parecía como muerto con los labios pegados a los genitales de Tamara. Durante unos breves segundos los cuerpos de padre e hija fueron uno y eso le cambió la vida. 

Hubo un antes y un después a partir de aquel instante en la existencia de Gabriel. Fue una revelación, un descubrimiento, una dosis letal de la droga más dura.

Con el veneno dentro, el padre de familia hizo algo impensable en él hasta ese momento. Actuó por instinto, sin pensar, y sacó la lengua regalándole a la intimidad de su niña un lametón lento e intenso en sentido ascendente a lo largo de todo el perineo. Lo probó todo, desde el esfínter anal hasta el pubis, pasando por el orificio vaginal, el final de la uretra y el clítoris.  No fue la típica pedorreta que solía hacerles a las niñas en la ingle cuando las guerras de cosquillas estaban a la orden del día, sino algo muy diferente, bastante más sucio y lascivo.  El papá recogió todos los mocos que encontró a lo largo de los genitales de Tamara, llegando a lamer la parte más interna de su sexo, abriéndole por completo los labios vaginales. Se lo comió por completo; una vez, eso sí… pero todo. 

  • ¡Ay, eso no vale! – chillo la niña, muerta de risa -. ¡Que me meo, que me meooo!

A sus once años y poco, Tamara no interpretó el gesto de su papá como algo sucio sino como una respuesta lógica a su ataque. Se levantó súbitamente de la cara de su padre sin el menor cuidado, debido a la descarga eléctrica que sintió en su coño. Actuó de ese modo no por incomodidad ni pudor sino por pura risa. La palabra tranquilidad no estaba en su diccionario y no entendía otra manera de hacer las cosas que no fuese convulsa y poco reflexiva. Era pura energía; encendido o apagado; el todo o la nada. 

La liberación de su boca proporcionó oxígeno y claridad de ideas a un Gabriel descompuesto ante lo sucedido.  No podía creer lo que había hecho, a pesar de que en su paladar su saliva se mezclaba con el néctar de su niña formando una melaza de increíble sabor con efectos devastadores en su bajo vientre. Jamás hasta entonces había experimentado algo semejante, jamás antes sus hijas habían despertado en él alguna clase de apetito sexual…  pero jamás se le había endurecido la polla tan rápido como cuando chupó la intimidad de Tamara.

  • To… todo esto es muy… muy divertido, niñas pero… se está haciendo tarde…   - balbuceó torpemente, rezando para que su erección menguase cambiando de tema. 

Lo que sucedió en realidad después de su torpe discurso no ayudó en nada para calmarle; más bien todo lo contrario. 

  • Pero si todavía no te has desnudado del todo papi. Yo te ayudo…

La hija mayor, segura y resuelta, dirigió sus manos hacia la entrepierna de su progenitor. Con soltura y desparpajo, agarró la hebilla del cinto con una de sus manos mientras con la otra manipuló en tirador de la cremallera. La erección de Gabriel alcanzaba unas dimensiones considerables y era imposible disimularla, dada la cercanía con la chiquilla. El abultamiento producido bajo la tela no supuso problema alguno a Camila. Ella hizo caso omiso y siguió con la tarea actuando de manera metódica, como hacía con todo. 

El adulto se quedó mirando anonadado las evoluciones de su primogénita. De nuevo, anduvo lento de reflejos y dejó que una de sus hijas tomase la iniciativa, en lugar de actuar de manera responsable deteniendo todo aquel sinsentido. Gabriel estaba embelesado con de la chiquilla en ese momento. En verdad Camila parecía otra, o al menos él la miraba con otros ojos mientras hurgaba en su bragueta. Su cuerpo a medio hacer, su sonrisa angelical y su aspecto casi infantil eran los de siempre, pero había en ella algo diferente aquella noche que la hacía realmente hermosa. Tal vez fuese el fulgor en la mirada, su respiración entrecortada o quizás la manera casi imperceptible de humedecerse los labios lentamente conforme iba bajándole la cremallera. 

Lo que más le impactó a Gabriel fue que parecía ansiosa, sedienta y necesitada de algo impensable para una niña de su edad y, cosa que todavía inquietó más al padre, sabedora de cómo obtenerlo.  

El cabeza de familia meneó la cabeza como queriendo de aquel modo desechar sus oscuros pensamientos hacia ella. Camila era su ángel, su princesa, su vida; era imposible que tuviese experiencia alguna en asuntos sórdidos. No era más que una niña, una inocente y tierna niña.  

Unos pocos segundos le bastaron al hombre para salir de su engaño. La manera metódica con la que su hija mayor se desenvolvía en las inmediaciones de su verga no era ni mucho menos la propia de una preadolescente primeriza. Cami, sin haber cumplido todavía los trece años, logró con facilidad algo que a la mayoría de mujeres adultas les hubiera costado un mundo: liberar un paquete erecto de dimensiones más que considerables sin el menor esfuerzo. 

Gabriel estaba encantado y horrorizado a partes iguales con ella. El mundo de cuentos y casitas de muñecas en el que creía que todavía estaba inmersa se derrumbaba por momentos. 

La niña soltó el cinturón de su papá con diligencia, desabrochar el botón de su pantalón no fue para ella un reto y después, tiró con fuerza de los extremos de la prenda, logrando así la mayor apertura posible a la altura del cipote. Los movimientos de Camila eran rápidos y metódicos, parecía toda una experta en lo que hacía; inclusive mientras se trabajaba el paquete acercaba su rostro a él e inspiraba aire de manera profunda, cerrando los párpados, paladeando la hormona masculina que manaba de la verga paterna, deleitándose con el fuerte olor que se desprendía de ella.

Gabriel alucinaba con ella. Lo improbable, lo imposible… era cierto: su primogénita no era tan inocente como él creía. 

El rotundo miembro viril de Gabriel apareció como el periscopio de un submarino emergiendo bajo las aguas, tan solo cubierto por la fina tela de su ropa interior manchada y húmeda de sudor y líquidos preseminales. Ni el tamaño, ni el fuerte olor a orina amedrentaron a la niña que, sin la menor vacilación, volvió a la carga contra la zona roja de su papá como objetivo. Tras rozar sutilmente la parte más húmeda de la prenda con la palma de la mano, tiró del elástico con los dedos de su mano derecha, alargando la siniestra hacia el túnel formado entre el elástico y el abdomen, con la firme intención de introducirla dentro del slip en busca de la serpiente de un solo ojo que le había dado la vida.

Sólo un la actuación de Gabriel impidió el encuentro incestuoso: agarró la muñeca de su Camila milímetros antes de que esta le agarrase la polla. 

Padre e hija se miraron a los ojos, quietos como estatuas. Sin necesidad de palabras se lo dijeron todo. Fue entonces cuando Camila fue consciente de lo que había estado a punto de hacer y apartó sus manos como si una corriente eléctrica hubiera atravesado su cuerpo. Se puso roja como un jalapeño y se volteó, muy nerviosa. 

  • ¿Qué pasa? ¿qué tienes? ¿por qué te has puesto tan colorada, Cami? ¿y por qué tienes… eso… tan hinchado, papi? ¡Contádmeloooo!

  • Se… será mejor que vayáis preparando el baño. Yo… yo iré en busca de las toallas, ¿vale?

  • ¡Vale! ¡Venga Cami, vamos! ¿qué te pasa? ¡Pareces tonta ahí, pasmada!

  • ¡Sí, vamos!

  • ¡Baño de papichicas, baño de papichicas!

Cuando las niñas desaparecieron de su vista, el hombre estuvo a punto de desmayarse. El corazón le iba a mil por hora y la sangre acumulada en su verga le impedía pensar. Cuando recobró el aliento, se levantó del sofá y, tambaleándose, se dirigió hacia el vestidor no sin antes recoger las diminutas prendas que Tamara había dejado desperdigadas a lo largo y ancho del Salón de Juegos. 

Al llegar al montoncito de prendas de Camila, observó las braguitas. Las había visto mil veces sin la menor consecuencia, pero aquella vez resultaron demoledoras, recuperó de un plumazo la erección.  Justo antes de lanzarlas al cesto de la ropa sucia le asaltó una duda. Era una locura, una fantasía, una barbaridad más propia de un pervertido fetichista que de un amoroso padre.

Ebrio de celos, Gabriel agarró la prenda íntima y la examinó a conciencia, en busca de restos del semen de otro macho. La niña había estado fuera de casa durante todo el día, y cabía la posibilidad de que hubiera tenido sexo con algún malnacido, tal vez un amigo del colegio, alguien de sus clases de kárate o de cualquier otro lugar. 

La ropa interior estaba relativamente limpia, aunque algo húmeda. Gabriel se la llevó a la nariz para descartar la presencia de esencia masculina cosa. No distinguió restos de semen, en cambio identificó en ella la colonia fresca que utilizaba su hija, trazas de orina y abundante flujo vaginal.  Con el sabor de su hija pequeña todavía en el recuerdo, lamió los restos que trufaban la prenda. Los notó ácidos, afrutados, de textura gelatinosa y algo más intensos que los de Tamara: aquella combinación de sabores íntimos juveniles conformaban la mejor confitura que había probado en su vida.

Como un poseso, lamió la braguita, estaba tan fuera de sí que inclusive se la metió por completo en la boca, queriendo con ello exprimir todo su jugo hasta la última gota. 

  • ¿Pa… papá? – preguntó una vocecita desde el dintel de la puerta.

Cuando Gabriel se giró, se encontró de bruces con las pupilas azules de su hija mayor que, desnuda, le miraba con incredulidad desde el pasillo. Sólo un milagro y su capacidad bucal evitaron que él se atragantase.

  • ¿Vas… vas a… venir? El baño está listo. 

El hombre asintió con los labios sellados, rezando para no haber sido descubierto. 

  • Vale. Ven cuando puedas – dijo la niña emprendiendo el camino de vuelta, no sin antes lanzar una explícita mirada al cipote de su papá cuyo extremo asomaba por la parte superior del slip -.

  • ¡Joder, estoy loco! ¿Qué cojones me pasa? - Murmuró Gabriel tras vomitar la prenda y lanzarla al cesto de la ropa sucia. 

Siguió el sonido de los chillidos y gritos infantiles que lo llevaron hasta el baño de la planta inferior.  Antes de entrar, respiró profundamente, intentando serenarse.

  • ¡Papá, ya era hora! – Exclamó Tami siempre impaciente.

  • Dejadme sitio, chicas. 

  • ¡Aparta Cami!

  • Poneos las dos a un lado y dejadme a mí el otro. Tami, colócate entre las piernas de tu hermana…

  • ¡Estás muy gordo, papi!

  • ¡No es cierto!

  • ¡Siiiii!

  • Sois unas brujas maleducadas. Os voy a dar vuestro merecido. 

Gabriel intentaba distraer a las niñas con la esperanza de que su erección pasase desapercibida, cosa verdaderamente improbable, dada la escasa distancia que los separaba y las considerables dimensiones de su falo enhiesto. Decidió no pensar y fingir indiferencia, sabedor de que querer ocultar algo a sus niñas resultaba contraproducente, y despertaba en ellas más curiosidad que otra cosa. Se quitó el slip y su majestuoso miembro viril se mostró en todo su esplendor delante de las chicas. 

  • ¡Hala! – Exclamó Tamara al verlo tan poco delicada como de costumbre.

Gabriel quiso que se le tragara la tierra. 

  • ¿Qué te pasa, papá? ¿por qué está así tu polla?

  • ¡Tamara!

  • ¿Qué?

  • Se dice pene… o glande – apuntó Camila queriendo echar una mano a su papá para salir del mal trago.

  • Pero… ¿por qué está así? 

  • Venga, apártate un poco Tami– dijo Gabiel, quitando hierro al asunto -.  Ábrete de piernas, Camila. 

La niña no pudo evitar la risa. 

  • Es… es para dejarle más espacio a tu hermana.

  • Claro, lo comprendo. Ya… ya me abro de piernas, no te preocupes... 

Turbado por lo poco apropiado de la conversación si alguien las sacaba de contexto, el adulto intentó acomodarse lo mejor que pudo en el interior de la bañera. Al hacerlo, rozó involuntariamente a Tami en el cogote con su miembro viril en pleno apogeo.

  • ¡Ey, aparta esa cosa de mí! – Protestó la niña golpeando el balano con nula delicadeza.

  • ¡Uhg! 

  • Con cuidado, Tami. No le pegues a papá ahí. Puedes hacerle daño. Es un sitio delicado para los chicos.

  • ¿Y tú qué sabes?

Esa misma pregunta es la que estaba haciéndose Gabriel mentalmente. Su hija mayor parecía una experta en anatomía masculina. 

  • Lo aprendí en el colegio. – Repuso la mayor de las chicas, en tono evasivo y poco convincente -. En clase, quiero decir. 

El papá optó por callar y ocupar su lugar en la bañera con la esperanza de que el efecto del agua contribuyese a menguar su erección o, al menos, ocultase su torpedo. 

No sucedió ni una cosa ni otra: el extremo del glande asomaba a través de la lámina de agua con su agujerito abierto como la boca de un pez en un acuario. 

  • ¡Qué gracioso! Parece que me esté mirando. 

Gabriel obvió el comentario de la niña. Por fortuna para él, Tami comenzó a jugar con la esponja y una gruesa capa de burbujas cubrió la superficie del agua, tapando su pene. 

Más cómodo seguro de sí mismo, el padre comenzó a interrogar a Camila.  Fue cuidadoso, no quería parecer ansioso por saber con pelos y señales todos los movimientos de la niña a lo largo de la jornada. Era una chiquilla algo introvertida y la conocía lo suficiente como para saber que un ataque frontal hacia su privacidad servía para poco. Le hubiese contestado con evasivas o silencio.  

Pronto la conversación fue derivando hacia terrenos mucho menos pantanosos. Camila parecía relajada y feliz. No paraba de reír y, cuando lo hacía, sus puntiagudos pezones vibraban frente a la atenta mirada de su papá.

Tamara no estaba dispuesta a ser ignorada por más tiempo. Como toda hija pequeña, tenía que reivindicarse e hizo lo que primero que se le pasó por la cabeza… como siempre. 

  • ¿Vas a contarme por qué está así? – Preguntó la niña agarrando el pene de su papá con las dos manos con tanta curiosidad como poco cuidado. 

  • ¡Ey, ey, ey!

  • ¡Pero no le toques ahí, cochina!

  • Pero… ¿por qué? ¿qué tiene de malo, papá? ¿te hago daño? ¿te duele la polla? – Preguntó la chiquilla sin soltar su presa.

  • N… no me haces daño, mi vida – contestó su papá serenamente, separando los suaves dedos infantiles de su ariete -. Y ya te ha dicho tu hermana que no debes nombrarlo así. Está feo. 

Gabriel actuó de la manera más amable y condescendiente que pudo dadas las circunstancias. El aseo estaba discurriendo de manera plácida, no quería que una discusión enturbiase el momento. 

  • ¿Lo ves? No le he hecho daño. Crees que lo sabes todo y no es así. 

  • ¡No debes tocar ahí a papá!

  • ¿No? ¡Pues antes casi lo haces tú, que lo he visto!

  • ¡No es verdad!

  • ¡Sí lo es!

  • ¡Mentirosa!

  • ¡Chupapollas!

Aquella palabra fatídica hizo saltar todas las alarmas a un Gabriel que una vez más perdía el control de la situación. Lo que iba a ser un plácido baño había derivado en una nueva batalla campal entre sus hijas. Era algo habitual que se insultaran, aunque Tamara aquella vez había ido demasiado lejos.

  • ¡Ey, no digas eso de tu hermana ni en broma! ¿entendido? 

  • ¿Por qué? – Repuso la niña pequeña con acidez-. Es la verdad. En el colegio todos lo dicen: los chicos, las chicas, los profesores… todo el mundo sabe que Camila es una puta y que se la chupa a todo el mundo. 

  • ¡Pero qué barbaridades estás diciendo!

  • Pues lo que todos: que folla con quien sea, que es una guarra y que tirársela es muy fácil.

Aquellas palabras tan duras sacaron a Gabriel de sus casillas.

  • ¡Ya está bien! A tu cuarto, jovencita… ¡YA!

  • ¡Siempre te pones a favor de ella! ¡Cami es una chupa pollas y tú no te enteras! 

  • ¡A la cama, sin cenar! ¡VETE A TU CUARTO AHORA MISMO!

Gabriel conocía muy bien la incontinencia verbal de la benjamina de la casa cuando le hervía la sangre. Digna hija de su madre, podía esputar por la boca todo tipo de improperios y barbaridades propias de un marinero si se le pelaba el cable, cosa que ocurría a menudo. Él tenía una paciencia infinita con las niñas, la marcha de Olvido no había sido fácil de asimilar para ninguno de los tres, pero había líneas rojas que no estaba dispuesto a dejar traspasar y Tamara lo había hecho sobradamente.  

  • ¡Es tu preferida por que te gustan las putas! Mamá siempre lo dice… que eres un putero. ¿Por qué no te la follas? Tienes la puta en casa… adelante, ¡tíratela!

  • ¡YA ES SUFICIENTE!

Gabriel estaba muy alterado. No podía consentir aquel maltrato verbal, aquella vejación impúdica hacia Camila y muchísimo menos si esta provenía de su propia hermana, de su propia sangre.

Aquel día resultó iniciático para la familia en muchos aspectos, también en algo con lo que el padre de familia no se sintió orgulloso el resto de su vida. Fue la primera vez Gabriel que pegó a una de sus hijas: le cruzó la cara a Tamara de un tortazo que resonó por toda la habitación. 

  • ¡Papá! – Exclamó Camila, alarmada por lo extraordinario de la reacción paterna.

El golpe fue más sonoro que violento, de esos que duelen más al padre que lo da que al hijo que lo recibe. Un cachete, un sopapo, un correctivo en realidad, pero en definitiva un tortazo en la cara que tuvo un efecto inmediato en la niña: Tamara se quedó petrificada. 

  • ¡A TU CUARTO! ¡YA! ¡Y NO QUIERO VOLVER A VERTE HASTA QUE LE PIDAS PERDÓN A TU HERMANA!

Tamara rompió a llorar. Saltó de la bañera como un resorte y se fue corriendo a su cuarto con la mano cubriendo la mejilla dañada. La cara le ardía, sin embargo lo que más le dolía era sin duda su maltrecho orgullo. 

  • ¡Joder ya! – Gruñó Gabriel dando un manotazo al agua tan enfadado con la incontinencia verbal de la niña como consigo mismo por no saber controlar su ira. 

Padre e hija mayor permanecieron mudos en el agua. Camila hizo un ovillo con sus piernas y, cabizbaja, se tapó las tetitas demostrando un pudor hasta entonces desconocido. Ocultó la mayor parte de su cuerpo a su progenitor y eso terminó por cabrear todavía más a Gabriel. 

El padre abandonó la bañera murmurando y lanzando mil y un juramentos. Con tanta tensión, la erección había desaparecido por completo. 

  • Cuando termines, cenamos.

  • Vale.

  • No tardes mucho, se hace tarde.

  • Está bien. 

Las cenas en la casa de los Arregui por lo general solían ser poco menos que una fiesta. Había alegría, gritos, jolgorio y buen rollo. Padre e hijas pasaban todo el día separados y era el momento de ponerse al día y hacer planes. Era lo mejor del día, aunque aquella noche fue lo más parecido a un velorio. 

  • Llévale algo de comida a tu hermana.  – Dijo Gabriel apartando varios alimentos en un plato.

Ninguno de los dos había probado bocado. 

  • ¿Y por qué no se lo llevas tú? Seguro que te pide perdón. Ya sabes cómo es. Se enfada enseguida pero luego se le pasa.

  • Es contigo con quien debe disculparse, no conmigo. Es muy feo eso que dijo de ti. 

  • Ya, pero no lo hará. 

  • Por su bien, espero que estés equivocada. Dile que, si no lo hace, no irá a casa de Viri mañana; que lo tenga claro. 

Camila obedeció a su padre. Gabriel agudizó el oído. Que no hubiera gritos, golpes y chillidos tras la puerta de la habitación de su hija pequeña era buena señal.  Minutos después las hermanas aparecieron en el Salón de Juegos, cogidas de la mano y con los ojos humedecidos. 

  • ¿Me perdonas? – Murmuró Tami con un hilito de voz. 

Gabriel sonrió. 

  • ¡Venid aquí, diablillas!

Las niñas corrieron a abrazar a su padre. A Gabriel se le ensanchó el corazón al tenerlas entre sus brazos, confortado por el calor de las chiquillas. Siempre dudaba sobre si era un buen padre y, gracias a momentos como aquel, tenía la esperanza de no estar haciéndolo mal del todo. 

  •  ¿Te duele? Siento haberte pegado. No debí hacerlo.

  • Naaa. En kárate me dan más fuerte. 

  • Pero, ¿qué haces todavía desnuda? Deberías ponerte algo.

  • Tengo calor. ¡Yo quiero palomitas!

  • ¡Sí, sí! ¡Palomitas! En la tele hacen una película muy chula…

  • Pero niñas, es tarde… mañana hay que madrugar…

  • ¡Es viernes!

  • ¡Y mañana no hay cole!

  • Uff… se me había olvidado. No sé ni en qué día vivo. 

  • ¡Y tampoco trabajas!

  • ¡Por favor, papi…!

  • ¡Por favor, por favor, por favor….!

  • Vale, vale… no es necesario que me hagáis cosquillas otra vez…

  • ¡Bieeennnnn!

Un enorme cuenco con palomitas de maíz hizo las veces de pipa de la paz. Los tres tomaron posiciones en lo que ellos denominaban Salón de Juegos siguiendo su costumbre. Tami se adueñó del sillón de masaje, del cojín más mullido y del recipiente de copos blancos, y no los soltó. Camila por su parte tomó el mando de la tele que manipuló con soltura hasta llegar al canal deseado. Después, se tumbó como siempre, con la cabeza apoyada en el muslo de su papá.  

El cansancio acumulado durante la semana, la tensión por lo sucedido y el pobre argumento de la película infantil hizo estragos en Gabriel que, cumpliendo la norma, se quedó dormido poco después del comienzo del film acariciando el suave cabello de Camila. Algo indeterminado sobresaltó su sueño y se despertó de improviso. Le costó un rato ser consciente de dónde estaba. Adormilado, comprobó en su reloj que ya había pasado la media noche. Después, descubrió a Tami que, también dormida en su sillón, no había podido terminar con las palomitas. Como siempre, adoptaba una postura antinatural e incompatible en principio con un dormir confortable. Los pies de la niña colgaban sobre los brazos del mueble con las piernas separadas por completo. A regañadientes la niña había accedido a colocarse una camiseta de tirantes para cubrir la parte superior de su cuerpo pero sus genitales permanecían al aire.  Al papá no le extraño verla de ese modo, en verano lo normal era que corretease desnuda por la casa.

Gabriel la estuvo observándola un rato, especialmente a su vulva infantil y sonrosada.  Era sólo la rajita de una niña sin embargo pensó que muy pronto chicos y no tan chicos matarían por entrar en ella. 

  • ¡Pobre de ellos! – Musitó -. Vaya genio que gasta. Es igual que Olvido, pero en rubia.

Él rió por su ocurrencia. Entonces fue cuando oyó los jadeos procedentes de la tele. Al mirarla, descubrió horrorizado unos enormes testículos bamboleándose al tiempo que una soberana verga entraba y salía de un coño babeante y dilatado. 

Aquel no era el canal de la Disney ni mucho menos.

Su primera intención fue levantarse y apagar la tele, pero la cabeza de Camila seguía sobre su paquete y le hubiera resultado imposible hacerlo sin despertarla. 

Gabriel analizó la situación. La rubita respiraba acompasadamente, parecía dormida y pensó que despertándola sólo crearía un problema que por el momento no existía.  Seguidamente, intentó hacerse con el mando de la tele, sin embargo ,en la penumbra, no pudo encontrarlo. 

Optó por una tercera vía arriesgada pero inocua si todo salía como planeaba: sus hijas solían dormir profundamente. Bastaba con esperar a que la película terminase para llevarlas a la cama durante los comerciales.

La película pornográfica carecía de argumento. Era una sucesión de escenas idílicas en las que una chica muy joven se lo montaba con todo aquel que se iba encontrando: amigos, amigas, novios de las amigas, profesores, vecinos… se los tiró a todos sin apenas preliminares. Se folló a su propio abuelo e incluso metió el puño en el coño de la mamá de su mejor amiga, a la que también se había beneficiado previamente. Las escenas eran explícitas, con primeros planos que mostraban profundas penetraciones orales, vaginales y anales, e incluso tuvo su punto escatológico cuando la jovencita orinó en la cara del director de su instituto.  El culmen de todo aquel desenfreno sexual llegó en un tremendo “todos contra una” interracial en las que la rubita de larga melena color miel se lo montaba en las duchas con el equipo completo de baloncesto de su instituto. 

Como no podía ser de otra manera, el padre de familia se excitó al verla… y mucho. La jovencita de la pantalla tenía cierto parecido a Camila, aunque en una versión mayor de edad, ya que se trataba de una película comercial emitida en un canal de televisión de pago. Era realmente bonita y toda una experta en el arte de follar.  Mientras la veía exprimir un cipote con la boca, en la cabeza de Gabriel comenzaron a resonar las palabras de Tami acerca de las actividades sexuales desu hermana. Podría tildarse a la más pequeña de sus hijas como inquieta, nerviosa e impulsiva; una cabeza loca en todo caso, pero jamás de mentirosa.  Más bien al contrario, su sinceridad y rudeza al decir las cosas le había metido en bastantes líos. 

  • “¡Cami es una chupa pollas!” - Pensó.

La vocecita de Tamara resonaba una y otra vez en la cabeza del padre de familia, impidiéndole razonar con claridad. 

  • “… todo el mundo sabe que Camila es una puta…”

Su polla volvía a reivindicarse justo debajo de la cabeza de la niña y, de manera inconsciente, comenzó a acariciar su muslo y el principio de la nalga que asomaba bajo la ropa interior de Camila. El calor que desprendía la entrepierna juvenil de la niña era extraordinario, y el tacto sedoso y húmedo de la parte más interna de la braguita ejercía en sus dedos una atracción superior al de un imán.  Al principio, la visión inocente que tenía de su hija le llevó a pensar que aquel humedal era de sudor, pero el recuerdo de lo sucedido aquella tarde, la erección, la película pornográfica y sobre todo las palabras de Tamara le ensuciaron la mente: podía tratarse de un fluido orgánico de origen diferente y bastante más sórdido. 

  • “… folla con quien sea…”

La postura para Gabriel no era cómoda; le permitía acariciarle el culo a su hija, pero no indagar en el origen de tal encharcamiento.  Aun así, mal que bien, introdujo uno de sus dedos por el estrecho hueco que dejaban los muslos de la niña entre sí, rozando lo prohibido.  Golpeó dos veces la puerta del paraíso y ,a la tercera, logró que esta se abriera: Camila se retorció sobre el sofá, separando sus piernas lentamente. Cuando terminó de moverse, dejó a su papá el camino expedito hacia su sexo. 

  • “…metérsela es muy fácil…”

Le bastó un instante a Gabriel para tener la certeza de que Tamara no mentía sobre su hermana, al menos en aquello. Él mismo lo estaba haciendo aquella noche, en el salón de su casa, con su hija pequeña durmiendo a su lado. Una y dos falanges se perdían en el interior de la vulva de Camila, y si no le metió la tercera, fue porque la física de su posición se lo impedía, y no porque la vagina de la preadolescente no diera más de sí. Su dedo corazón entraba y salía del sexo infantiloide con suma facilidad, circunstancia que corroboró más la teoría de que su primogénita iba sobrada de experiencia vaginal. 

La lubricación genital de la niña era extraordinaria, su coñito se encontraba en estado acuoso, parecía gelatina, gelatina caliente y abundante. Entrar en ella era como meter el dedo en mermelada de frambuesa recién sacada del horno. 

El papá dedeó a su hija suavemente, sin prisa, recreándose en la maniobra; describiendo circunferencias en el interior de la niña, modificando la profundidad e intensidad de los tocamientos. Cada movimiento, cada cambio de ángulo de ataque, cada modificación de ritmo, era contrarrestado por un leve suspiro, un ronco jadeo o un convulso respingo por parte de su primogénita.

  • ¡Ahg!- exhaló Camila una de las veces en las que su papá la penetró de manera más profunda. 

Gabriel interpretó el sonido como una queja. Deseaba sobre todo que su ángel disfrutase con todo aquello, así sacó el dedo de su interior y centró sus esfuerzos en darle placer a través del clítoris.

Camila mostró su disconformidad con el cambio, emitiendo un gruñido a modo de protesta. A su papá le quedaba mucho por aprender acerca de sus gustos más íntimos. Ella misma alargó su mano y dirigió el apéndice de su padre nuevamente hacia lo más profundo de su sexo. Después, con un ligero movimiento de cadera, le marcó el ritmo a seguir durante la masturbación.

Gabriel estaba aturdido por la atmósfera cargada de hormonas, aunque lo suficientemente lúcido como para captar el mensaje.  Meneó el dedo en la entraña de Cami a buen ritmo, no muy profundo. Cada vez más cachondo, el papá pensó meterle también la punta del dedo índice y ensancharle el coñito, no obstante pronto desechó la idea: su hija parecía tener muy claro lo que quería y cómo lo quería; él no era nadie para influir en sus gustos sexuales.  

La niña celebró el cambio de actitud de su papá abriéndose todavía más de piernas, circunstancia que permitió un acoplamiento casi total entre el dedo paterno y su coño, y, con ello, unos tocamientos mucho más intensos y placenteros para ella.  Los ronroneos casi animales que emitía su garganta al principio de la maniobra digital, se transformaron en agudos chillidos que se mezclaban con los contundentes gritos de la chica de la película, cuyo trasero era taladrado por una broca de ébano de dimensiones desproporcionadas. 

Camila tuvo que llevarse el puño a la boca y morderlo con fuerza para que sus aullidos no despertasen a su hermana Tamara que, ajena a todo, dormía a pierna suelta a poca distancia.  Pese a eso, cuando el orgasmo le sobrevino, este fue tan extremo e intenso, que su pequeña mano no fue mordaza suficiente como para contener el grito de júbilo que emitió su cuerpo al alcanzar el clímax. 

Fue Gabriel el que tuvo que tomar cartas en el asunto y utilizar la mano que le daba placer a su hija para aplacar los jadeos de esta, pringando las pecas de su cara con sus propios fluidos.  Aun así, Tamara se movió varias veces e incluso emitió alguna que otra frase inconexa, que tendrían sentido allá en el mundo de los sueños en el que se encontraba.  

Cuando el adulto pensó que todo estaba controlado, dejó de sellar los labios de su primogénita. Quiso apartar la mano de la cara de Cami para que tomara aire y recuperase el pulso normal, sin embargo esta se lo impidió atrapándola con las suyas. 

  • “… Camila es una guarra…” – Pensó mientras la niña se llevaba el dedo pringado de flujo a la boca.

  •  “… es una chupa pollas…” – Recordó a la vez que Camila succionaba sus falanges una tras otra, mamándolas con dulzura, recogiendo de ellas todos y cada uno de los restos de su propia esencia en una actitud servil y sumisa.

Aquel sutil trabajo oral acabó con el último resquicio de resistencia que impedía a Gabriel caer en la tentación.

  • “… se la chupa a todo el mundo…” – Escuchó el adulto mientras manipulaba su paquete liberando a la bestia que ocultaba.

  • “… a todo el mundo…” – Repitió su mente a la vez que su manaza guiaba la cabeza de niña, de su tesoro, de su ángel, de la pupila de sus ojos, de la razón de su existencia…hasta la punta de su polla.

Minutos más tarde, con las niñas ya acostadas Gabriel analizó lo que había pasado con un vaso de bourbon en las manos y un cigarro en la boca. 

Se sentía culpable aunque sexualmente muy satisfecho. 

Pensó varias veces en despertar a Camila y hablar con ella sobre lo ocurrido, sin embargo estaba tan nervioso y alterado, que prefirió dejarlo para el día siguiente. Era de la opinión de que la cama es la mejor de las consejeras y de que el frescor de la mañana aclaraba las ideas.

 En realidad no tenía ni idea de qué excusa ponerle a la niña acerca de lo sucedido.

Tras la copa, intentó dormir pero no pudo. Decidió encender el ordenador en busca de entretenimiento y terminó viendo porno como de costumbre, aunque pronto se aburrió de todo aquel maremágnum de sexo sin sentido.

Ninguna de aquellas chicas tan bonitas y complacientes le hizo olvidar a sus hijas: el dulce sabor del sexo de Tami en sus labios; el suave tacto de las manos de la niña pequeña en su verga; los puntiagudos pezones de Cami  titilando en la bañera, el delicado buqué en boca de sus braguitas, el intenso calor lubrificado de su sexo y, por encima de todo, las excelencias de la boca de su primogénita alrededor de su polla.

Sin lugar a dudas había sido la mejor mamada de su vida. 

Todavía le parecía estar sintiendo aquella delicada lengua recorriendo su prepucio, limpiando centímetro a centímetro el glande, bajando a lo largo de su falo hasta alcanzar el escroto, o incluso frotando graciosamente el agujerito que coronaba su verga, ese que tanta curiosidad había despertado en Tamara.

Si Camila era buena con la lengua, con los labios era soberbia. Nunca algo tan pequeño le había proporcionado un placer tan grande a un Gabriel realmente extasiado. 

El recuerdo de aquellos delicados besos que su primogénita le regaló a sus testículos permanecerían imborrables en la memoria del padre. La niña incluso tuvo el detalle de apartarse el cabello para que su papá contemplara, gracias a la tenue luz proporcionada por la tele, cómo se formaban hoyuelos en sus mejillas mientras jalaba la verga. Como es lógico, no se pudo meter la polla entera aunque sí en una proporción bastante mayor de lo que se hubiera podido prever, dada la disparidad de tamaño entre los dos incestuosos amantes.

Aquel gesto y muchos más, tales como mirarle a los ojos de vez en cuando a su papá con la polla inserta entre los labios, derramar babitas en la punta de la vega o no utilizar las manos en ningún momento, le hicieron saber a Gabriel algo de lo que ya era consciente desde la primera chupada: que su niña sabía cómo satisfacer a hombres adultos. 

Rendido ante la evidencia, no le quedó más remedio que dejarse hacer y disfrutar el momento. Sentado en la penumbra, con su hija pequeña durmiendo semidesnuda a su lado, gozó como nunca de una felación extraordinaria, digna de una profesional.

Ni un mal gesto, ni una duda, ni un mal roce…  sencillamente perfecta la mamada de Camila: el trabajo de una puta realizado por una niña. Una comida de polla fantástica, culminada con un final feliz en el que Gabriel se lo dio todo a su hija, derritiéndose en su paladar lentamente sin tan siquiera tener la delicadeza de avisarla.  

Ni Olvido en sus mejores tiempos habría sido capaz de hacer algo semejante.

La corrida en sí no pilló desprevenida a Camila pero sí su volumen. Sabía descifrar las señales que indicaban la eyaculación inminente del macho de turno. Pese a no ser una novata, no fue capaz de albergar en su boca todo el amor que su papá le dio de golpe, y parte de la simiente similar a la que le había dado la vida se le escapó por la comisura de los labios, cayendo a lo largo del falo hasta manchar el vello púbico de su padre. El semen no permaneció allí durante mucho tiempo ya que la chiquilla, tras tragar todo el que tenía en su boca, puso de nuevo su aspiradora en marcha y lo limpió todo con devoción sin más ayuda que su lengua y sus ganas de complacer a su papá.

Más allá del placer experimentado durante la eyaculación, lo que más satisfizo a Gabriel fue la ternura y naturalidad con las que se desenvolvió Camila durante el acto sexual. No hubo estridencias, ni exageraciones, no intentó ir más allá de sus posibilidades, no intentó copiar las extremas maniobras que mostraba la pantalla, más propias de un espectáculo de contorsionismo que de una relación íntima entre un hombre y una mujer. 

La felación que Camila le regaló a su papá fue algo más que sexo puro y duro. Se trató de un trabajo oral propio de una persona que te quiere, de alguien que te cuida y que busca tu placer sin querer nada a cambio; de alguien quien daría la vida por ti y cuya existencia no tendría sentido sin tu presencia. En definitiva: la mamada que cualquier hija haría a su papá si la moral convencional que gobierna al mundo no fuese tan rígida y caduca. 

Todos esos recuerdos volvieron a hacer mella en la entrepierna de Gabriel. Se le ocurrió otra idea, impensable apenas unas horas antes, pero totalmente coherente con la nueva situación.  

El papá dejó el porno insulso a un lado y se puso a bucear en las fotos de sus hijas. Tenía muchas, no era muy aficionado a la fotografía, sin embargo tenía un cuñado enfermo por las fotos que las hacía por él. Buscó unas en concreto, unas instantáneas que le pasó su cuñado unos días atrás.  En ellas aparecía Camila bañándose en la piscina privada de sus tíos en compañía de su prima Viridiana.  La relación con su cuñado, el hermano de Olvido, no era precisamente buena, y no había querido ofenderle diciéndole que le parecían indecentes y que su intención era borrarlas. 

En realidad las fotos no eran para tanto, en ellas aparecían las niñas jugando en top less en el agua y fuera de ella. La suciedad en ellas dependía del que miraba, y no de lo que en ellas aparecía.  Lo que sucedía con ellas es que Viridiana, siendo prácticamente de la misma edad que Camila, mostraba en su pecho unos abultamientos que ,según el criterio de Gabriel, no era cuestión de ir fotografiando y mucho menos mostrando por ahí. 

Gabriel  las repasó varias veces y al final se centró sólo en una. En ella Camila sonreía a la cámara mientras comía un plátano. Sus pupilas azules y su rostro ya moreno por el sol resaltaban en la fotografía, aunque él sólo tenía ojos para sus labios semi entornados y la fruta puntiaguda traspasándolos. Imaginó a su pene sustituyendo a la fruta y se empalmó de nuevo. 

Ya había entrado bien la noche cuando el patriarca se dirigió hacia su cama. De camino, hizo lo de siempre: entrar en el cuarto de sus hijas para comprobar que dormían. Primero visitó a Tamara que, según su costumbre, dormía profundamente despatarrada por completo. El papá solía darle un beso en la frente y desearle dulces sueños, sin embargo aquella noche, envenenado por lo sucedido, eligió como diana del ósculo el pequeño botón que coronaba los genitales de la chiquilla. 

Después Gabriel visitó la alcoba de Camila. 

La preadolescente dormía plácidamente abrazada a la almohada, cubierta con una sábana hasta el cuello, a pesar de que era puro verano y la canícula apretaba incluso por la noche. A su papá le pareció lo más bonito del mundo, aunque su pelo estuviese revuelto y los restos de semen todavía manchaban su cara. Los remordimientos aparecieron de nuevo. Se había comportado como un monstruo, esa no era manera de tratar a una hija. Ya estaba a punto de irse cuando analizó la postura de la muchacha y volvió por sus pasos. 

Con sumo cuidado, la destapó para disfrutarla en todo su esplendor. La preadolescente estaba desnuda, con la almohada entre las piernas, en una clara posición de autosatisfacción onanista.

  • Vaya… por lo visto no has tenido suficiente, pequeña. Has seguido con la fiesta tú sola…  - Murmuró el padre muy sorprendido por la frenética actividad sexual que podía llegar a tener una niña de doce años. 

Gracias a la linterna de su teléfono móvil Gabriel examinó el cuerpo en formación de su primogénita.  Al hacerlo, descubrió en los bajos de la chiquilla un cepillo capilar con el mango inserto parcialmente en su coño. 

  • ¡Joder! – Murmuró.

Tras superar la primera impresión, su instinto paternal apareció. Llegó a la conclusión de que era peligroso para la integridad física de la niña dormir con eso ahí.  Con mucho cuidado para no despertarla, tiró del objeto fálico. Cuando este abandonó la suave vaina que lo alojaba, dejó un boquete de considerables dimensiones que fue cerrándose lentamente.

Gabriel se quedó absorto mirando la vulva de la niña. No descubrió ni heridas, ni sangre ni restos de himen. Del entreabierto agujerito sólo rezumaba un hilo de moco transparente que le confería un aspecto lúbrico y claramente receptivo al coito. Las palabras de Tamara acerca de la actividad sexual de su hermana sonaban en su cabeza de nuevo como un martillo pilón. 

El hombre sólo tenía un pensamiento en ese momento, uno que colapsaba su raciocinio y minaba su que podía resumirse en una de las frases de la niña:

  • “¿Por qué no te la follas?” 

El papá apagó la luz pensando que, si no veía la cara de la niña, le sería más fácil aplacar su mala conciencia. Se bajó los pantalones hasta los tobillos y, tras colocarse sobre su princesa, agarro su pene por la base; no era necesario estimularlo con la mano, estaba duro como el acero. Muy despacio, Gabriel dirigió su pene hacia la cueva de su niña, apoyó la punta en la entrada y apretó un poquito, apenas un roce, lo justo para que los pequeños labios vaginales Camila se separasen unos milímetros. Sentir la humedad y el calor de su hija en la punta de su glande, por poco le vuelve loco. 

Gabriel empezó a metérsela poquito a poco. Camila dio un respingo al despertarse. Intentó cerrar las piernas de manera instintiva, pero alguien situado entre ellas se lo impedía. Desconcertada, luchó por su integridad golpeando al agresor desconocido. Él anduvo rápido, tapó la boca de la niña con su mano para ahogar sus chillidos. Lo último que quería es que se pusiera a gritar pidiendo auxilio y despertase a Tamara.

  • ¡Psss! ¡No grites, mi vida… soy yo, soy yo! – Le susurró Gabriel al oído, dándole besos en la frente atravesando con la polla la cálida entraña de su hija -. ¡Soy papá! ¡soy papá! ¡soy papá…! 

Tras unos momentos de desconcierto, Camila dejó de luchar al reconocer la identidad de su agresor. Es más, su actitud cambió de forma diametral: abrió más todavía las piernas, relajó su cuerpo, y si movió las caderas no fue para salvaguardar su sexo de las garras de su padre sino para facilitarle la tarea perforadora en todo lo posible.

  • “Tienes la puta en casa… adelante, ¡tíratela!”

Padre e hija fueron uno por primera vez aquella noche. Gabriel fue delicado y cuidadoso con ella, pese a que era consciente de que, con toda seguridad, otros no lo habrían sido tanto. Buscó tanto su placer como el de su joven amante, penetrándola no más que unos pocos centímetros para evitar lastimarla. Tuvo que seguir tapándole la boca, ya que cada vez que entraba en ella, profería un gemido agudo y sensual capaz de despertar a todo el vecindario, sobre todo cuando la vagina de su niña se contrajo de manera súbita al correrse. Tres o cuatro arremetidas más tarde él la acompañó, desparramando su esencia en el interior de su hija, para caer rendido después a su lado, cubierto de sudor y culpa. 

Sin darse tiempo a reponerse, abrumado por la vergüenza, el cabeza de familia abandonó la habitación sin decir nada. Le costó un mundo conciliar el sueño, no dejaba de pensar en la aberración que había cometido y en cómo toda aquella locura iba a afectar sus vidas.

Sumido en un profundo sueño estaba, cuando dos torbellinos rubios irrumpieron en su cama. 

  • ¡Pero levántate ya, perezoso!

  • Tamara, joder. No saltes así en la cama que te vas a abrir la cabeza.

  • ¡Pero es que es súper tarde!

  • ¿Tarde para qué?

  • Pues para desayunar e ir a casa de los tíos, ¿para qué va a ser?

  • ¡Hostia pero… ¿qué hora es?!

  • Son más de las doce, papá – Le dijo Camila dándole un besito de buenos días en los labios -. 

Gabriel se zambulló en las azuladas pupilas de su primogénita, que le miraba dulcemente. Parecía que lo sucedido durante la noche anterior no hubiese sido más que un sueño.  En su rostro no había ni el menor atisbo de reproche, rencor u odio hacia él. Seguía siendo la misma chica angelical y retraída de siempre.

  • ¡Pero venga! ¡Mueve el culo, que es tarde!

  • ¡Vale, vale, vale! Aunque ya sois mayorcitas para tomar el desayuno por vuestra cuenta. ¿Qué os apetece, niñas?

  • Yo tomaré leche, como Cami. Ella ya ha desayunado. Mírala, lleva toda la cara manchada.

  • ¡Oh! – Exclamó la mayor tapándose el rostro con las manos.

  • ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? ¿Por qué estáis los dos tan colorados? ¡Aquí nadie me cuenta nadaaaaa!

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