" LA ACADEMIA. CAPÍTULO 6" por Zarrio

La Academia, por Zarrio


Capítulo 6: El burdel.


Si algo he aprendido en esta vida es que los planes no siempre se cumplen al cien por cien, y que cualquier cosa siempre es susceptible de empeorar.   

En lo referente al local donde se ubicaría la Academia, todo iba relativamente bien; eran las dos últimas componentes de mi harén lo que me inquietaba. Tenía claro que Andrea elegiría a una chica con mucho potencial, era su hermanita la que me preocupaba. Dora tenía tendencia a hablar por los codos, y eso era un problema si no escogía a la niña correcta y esta iba a contárselo todo a sus papás. 

Por aquel entonces, la crisis del ladrillo en nuestra ciudad era tal que incluso conseguí alquilar los dos locales que nos interesaban por un precio impensable hoy en día. Pese a ello, las fianzas y todos los demás gastos iniciales se llevaron buena parte de nuestro dinero. Solo para pagar el alquiler y los gastos derivados, íbamos a necesitar seis mil euros al mes; una minucia si se consideraban los ingresos potenciales, pero un escollo importante a la hora de iniciar el negocio. El primer pago por la libertad de Laura y Jessi nos había descuadrado el presupuesto, llevándose por delante un buen mordisco de los ahorros de mis chicas.

Decidimos olvidarnos por el momento de gastos superfluos. Más adelante, conforme los ingresos fueran llegando de forma regular, podíamos plantearnos las reformas oportunas, sobre todo en el local correspondiente a la supuesta academia de estudios. 

Habíamos pensado en dejar una parte como vivienda para Jessi y su mamá y habilitar el salón principal a modo de pequeña aula, por si llegaba el caso de recibir algún tipo de visita no relacionada con el burdel. A veces surgen imprevistos que hay que tener en cuenta: vecinos, inspecciones o simplemente gente despistada buscando un lugar donde mejorar las calificaciones escolares de sus hijos, podían llamar a la puerta y había que atenderles.  

Además, la clase podría ser utilizada para cumplir las fantasías sexuales de los clientes más viciosos: nada eleva más la líbido de un pedófilo que una tierna jovencita en uniforme escolar abriéndose de piernas bajo el pupitre ante la atenta mirada de su vicioso profesor. 

De momento todo eso debía esperar. Estábamos en economía de guerra.

Haciéndonos pasar por el urólogo y su asistenta, decidimos inspeccionar el terreno. En cuanto pusimos la llave en la cerradura del antiguo club de alterne, escuché tras la puerta de al lado ruidos que me hicieron saber que estábamos siendo observados. Por suerte no había traído a mi sobrina, hubiera resultado muy sospechoso. Íbamos a cumplir estrictamente con lo planificado: los clientes  por un lado y las chicas por otro. Hasta que no estuvieran los dos pisos comunicados interiormente, no podríamos iniciar el juego. Eso sí era prioritario.

Realmente me quedé impresionado cuando vi el local acondicionado como burdel. Allá donde mirara, había algún detalle que me dejaba con la boca abierta. Mi sobrina Leire no había exagerado un ápice al describirlo: era enorme, con habitaciones amplias, un recibidor no menos grande y espacios individualizados donde los clientes dejaban sus objetos personales de manera discreta. Aparte de cocina y un despacho, el local disponía de ocho habitaciones decoradas cada una con una temática distinta, todas con un denominador común: el sexo.

Por lo que pude investigar, originalmente se trataba de una pensión de la posguerra, reconvertido en local de orgías años después, y regentado por una misteriosa mujer viuda. Se comentaba que fue clausurado hacía un tiempo, tras descubrir a una chica menor consumando un multitudinario "todos contra una" en su interior. Posteriormente fue transformado en lo que era hasta su último cierre: un burdel de alto standing. Estaba claro que el inmueble tenía escrita la palabra pecado en los cimientos y que cada pared había sido testigo mudo de innumerables encuentros sexuales a lo largo de su existencia.

Se notaba que los anteriores propietarios habían abandonado el lugar precipitadamente, sin apenas tiempo de huída; incluso había folletos y tarjetas de visita desparramados por el suelo. Estaba listo para reanudar el negocio con solo quitarle un poco el polvo. Mi sobrina era una puta genia.

He estado en varios pisos de alterne en mi vida; tampoco muchos, todo hay que decirlo. Básicamente hay una zona de recepción, un pequeño salón y dos o tres habitaciones donde tirarse a la puta de turno. Sin embargo, lo que vimos aquel día en nuestro futuro negocio era otro nivel: un par de habitaciones sí que se asemejaban a las que yo había utilizado, con pantallas planas y camas enormes, aunque los acabados eran de diseño, los sillones de fino cuero y un espectacular mueble bar. Prácticamente eran idénticas entre sí, excepto en el color: si bien en una predominaba el blanco, en la otra el negro tomaba protagonismo, todo de primera calidad.

Había otra estancia bastante más inquietante, con potros de tortura, látigos y toda la parafernalia propia del sadomasoquismo que Laura y yo revisamos en silencio.

La cara de la mamá de Jessi lo decía todo; supongo que imaginaba a su propia hija siendo objeto de mil y una vejaciones allí. Algo que, muy a su pesar, tarde o temprano iba a ocurrir. Ambas estaban dispuestas a todo.

Se me removió algo la conciencia al descubrir una sala que parecía una especie de zona de juegos infantil, con piscina de bolas incluída. La primera impresión era de una inocencia inmaculada, que se iba tornando en algo más oscuro y sucio cuando uno se centraba en los detalles: los peluches tenían falos de plástico adheridos a sus cinturas y de los juguetes colgaban largas ristras de bolas chinas o vibradores. Tragué saliva al descubrir penes de un tamaño reducido adheridos a las sillitas de vivos colores, y estuve a punto de flaquear al abrir un armario y comprobar que la mayoría de los disfraces de princesas Disney que guardaba no eran ni siquiera de la talla de la pequeña Dora. 

Allí había habido niñas verdaderamente pequeñas ejerciendo la prostitución. 

Torcí el gesto y me juré a mí mismo que jamás iba a llegar a esos extremos, por mucho que a la jodida Leire se le pasase por el coño hacerlo. En lo relativo a su afán desmedido por hacer caja, mi sobrina me daba miedo.

Antes de salir, me fijé en un detalle que llamó mi atención: unos pequeños recuadros repartidos estratégicamente por la habitación. Apenas se distinguían, estaban mimetizados con las paredes y el techo, y podrían haber pasado perfectamente por cajas de empalmes o algo así. Pronto me olvidé de ellos; teníamos cosas más importantes que hacer.

Por lo original, quizás la que más nos llamó la atención a Laura y a mí, cuando inspeccionamos el sitio, fue una habitación con una especie de jaula de pelea en su interior. Parecía antigua, aunque bastante bien conservada. Se trataba de un octógono acristalado en su zona superior, con sospechosos agujeros a la altura de la entrepierna. Al entrar en el receptáculo, me embargó una angustiosa sensación claustrofóbica. Recuerdo cómo se reía la zorrita de Leire cuando le pregunté al respecto: hizo el típico ademán de estar realizando una mamada, provocando un abultamiento en su mejilla con la lengua. Solo entonces caí en la cuenta de que se trataba de un espacio habilitado con "Glory Holes", donde las pequeñas putas libaban polla tras polla de sus clientes adultos a través de esos agujeros. Hasta a Laura le pareció morboso, y eso que no era precisamente la lujuria personificada.

  • Y esta,  ¿qué será? - preguntó, muy extrañada, tras atravesar la siguiente puerta-. Yo creo que es una especie de almacén, aunque más bien parece una ducha gigante, con esas mangueras y ese sumidero tan grande ahí, en el medio. ¿Para qué servirán todas esas colchonetas hinchables? No lo entiendo…

  • Yo sí - la interrumpí, tragando a duras penas saliva -. Es una habitación para hacer scat.

  • ¿Scat?

  • Jugar con el pipí y las cacas… ya sabes.

  • ¡Oh…! - las mejillas de Laura se encendieron recordando sin duda su primera experiencia al respecto la noche en la que nos conocimos. 

Mi estómago se removió, la estancia no era desconocida para mí. 

Asaltaron mi cabeza los fragmentos de una película que jamás podría olvidar. En ella aparecía mi pequeña sobrina allí mismo, tendida en el suelo, completamente en pelotas y muerta de la risa, mientras un culo seboso defecaba entre sus perlados dientes una cantidad desproporcionada de mierda hasta hacerla prácticamente irreconocible.

  • ¿Estás bien? - Inquirió Laura, liberándome de mis demonios.

  • Sí - me apresuré a contestar -. Continuemos antes de que a la cotilla de la vecina le de por venir a molestar.

La penúltima de las habitaciones tampoco nos dejó indiferentes, aunque por distintos motivos. Guardaba una ingente colección de aderezos y complementos furry, propios para mimetizarse como animales de todo tipo: orejitas de gata, conejos y cosas así; plugins anales simulando colas de zorro, máscaras y garras.

A mí todo eso me parecía excitante, pero la cara de Laura era todo un poema. Caí en la cuenta de lo que le sucedía, llegué a la conclusión de que el video de Jessi chupándole la polla a un perro no era nada comparado con el resto de material que ella habría visto de su propia hija con un cánido. Evidentemente, Laura quería salir de allí cuanto antes. Decidí no alargar más su tortura. El tiempo apremiaba.

  • Veamos la última.

  • ¡Sí, por favor!  

La cosa se relajó tras atravesar el siguiente dintel. Ambos nos echamos a reír a carcajada limpia apenas se hizo la luz.

  • ¿A qué clase de enfermo puede excitarle esto? - Me preguntó, bastante más relajada, a punto de llorar de risa.

  • Hay que estar muy mal de la cabeza - corroboré cuando fui capaz de hablar sin trabarme-.

La habitación se asemejaba a la de un bebé: todo blanco, con remates azules de diversos tonos. Destacaba una cuna sobredimensionada, apta para una persona adulta, aunque también un cambiador, un parquecito, mecedora y hasta un andador; todo de grandes dimensiones. No faltaba detalle, incluído un hilarante móvil con forma de nubes con vivos colores colgado del techo y varios chupetes.

Invertimos más tiempo en revisar todo aquello por pura curiosidad. Me tranquilizó el hecho de que, si bien había pañales de reducido tamaño, ninguno era lo suficientemente pequeño como para poder ser utilizado por un bebé. La mayoría eran de talla adulta, gracias a Dios.

  • ¿Cómo crees que me quedaría uno de estos?  - Preguntó Laura, colocándose uno de los pañales frente a su ingle.

  • No sé… ¿por qué no lo pruebas?

  • ¡Venga ya! - rió de nuevo.

Percibí un brillo especial en su mirada, algo muy común en las niñas, inédito en ella. Jamás había visto esa pizca de picardía en sus ojos, normalmente tristes y melancólicos. No hacía más que negar con la cabeza, aunque tampoco se decidía a dejar el pañal junto al resto de objetos infantiles. 

  • Hazlo - dije con cierta brusquedad, consciente de que la vulva de Laura reaccionaba mejor frente a órdenes directas y claras -. 

Estaba claro que era una sumisa de libro, sólo así podía justificarse la situación a la que había llegado por culpa de su falta de carácter. 

Amagó con colocarse el pañal infantil por encima de los pantalones vaqueros. Intervine de inmediato:

  • No,no… así no. Sin ropa.

  • No. Yo… yo no...

  • ¡Hazlo! - mi tono de voz no dejaba lugar a la duda. Yo iba en serio.

Tuve que contener la risa al vislumbrar el rubor de sus mejillas; no quería dar al traste con mi papel de proxeneta sin escrúpulos. A esas alturas, ya me las había tirado a ella y a su hija unas cuantas veces, y sin embargo giró la cabeza cuando se quitó el sostén y las braguitas delante de mí. Por lo menos le echó algo de valor y no intentó taparse las vergüenzas como una mala prostituta; habría sido el colmo. 

Recreé la mirada en su cuerpo. Cada día me parecía más bonita. Acostumbrado a las carnes prietas y marcadas de las niñas, sus redondeces, lejos de parecerme desagradables, me atraían. Además, había comenzado a cuidarse y eso se notaba. Una vez dejada la calle, retomó las buenas costumbres de antaño. Se alimentaba mejor y de forma más saludable, e incluso había comenzado a correr por las mañanas, lo que le daba un tono de piel más luminoso y un aspecto renovado.

  • Espera, yo te ayudo - intervine al ver que su equilibrio resultaba comprometido.

  • Gracias. 

Mi gesto fue amable, aunque no altruista. Al acercarme a ella para acomodarle el pañal, succioné de manera vehemente uno de sus generosos pechos. Tembló, clavándose levemente las uñas en sus muslos, pero dejándose hacer según mi deseo.  

Suspiró con fuerza cuando sintió mis dientes en su pezón, que ya mostraba algunas marcas de mis anteriores excesos. Me encantaba morderles las tetas tanto a ella como a Jessi cuando compartíamos cama. Era una manera de dejar de manifiesto mi poder sobre madre e hija y una especie de entrenamiento ante lo que iba a suceder en el burdel a la pequeña. Por lo que me había contado mi sobrina, los clientes eran de todo menos amables con las chicas, la niña debía estar dispuesta a soportar todo tipo de vejaciones.

  • ¿Qué tal estoy? - preguntó con timidez.

  • Bien, aunque creo que falta algo.

Y sin darle tiempo a reaccionar, coloqué alrededor de su cuello un minúsculo babero, tan pequeño que dejaba prácticamente sin cubrir la inmensidad de sus tetas. Su aspecto resultaba grotesco, aunque tenía su encanto.

  • ¡Qué vergüenza! - musitó, sin dejar de sonreír. 

  • Pues todavía puede mejorarse.

  • ¡No, eso no! - Protestó.

  • ¡Sí, eso sí! - Repuse, introduciendo en su boca un chupete de considerables dimensiones.

Todavía recuerdo su cara de asombro cuando la alcé como a un bebé y la deposité con delicadeza en el interior de la cuna.

  • ¡Nooo! - chilló, haciendo malabares con los labios para no dejar caer el chupetón. 

Podría protestar todo lo que quisiera; estaba claro que su cara reflejaba sin palabras lo bien que lo estaba pasando con todo aquello. 

  • ¡Pss! ¡Calla! Los bebés no hablan.

Obedeció, sonriente. Es más, se metió tanto en su papel que comenzó a succionar la tetina con ganas e imitó gestos y posturas propias de un recién nacido, balbuceando sin decir una palabra coherente. Lo hizo tan bien que me llevó a cuestionar mi decisión de que no participase de forma activa en el prostíbulo. Seguramente a más de un fan de ese tipo de fetichismo le hubiese encantado tanto su aspecto como su actuación como bebé.

Cuando la apunté con mi Iphone, la magia se rompió.

  • ¡No, eso no! - protestó, dejando caer el chupete; amagando con salir de la cuna.

Mi expresión dura habló por mí; la discusión había finalizado antes de comenzar. Agachó la mirada, colocó de nuevo el chupón entre sus labios y siguió con la pantomima mientras le hacía fotos, aunque algo más forzada. 

  • ¡Sonríe al pajaritooo!

  • ¡Cabrón! 

  • Venga, relájate. Estás adorable.

Mis palabras lograron el efecto deseado; la tensión desapareció de su rostro y volvió a meterse en su papel dentro de la cuna. Disfrutaba con todo aquello, y yo con ella. Laura se merecía momentos de distracción que le ayudasen a encontrar la paz consigo misma. 

De repente, se me pasó algo por la cabeza, algo propio de la mente calculadora de mi sobrina Leire o de la desvariada imaginación de la alocada Dora.

  • Hazte pipí - ordené.

El mandato le pilló tan de improviso que, del estupor, el chupete resbaló de entre sus labios, rebotó en sus pechos y cayó sobre el colchón. 

  • ¿Perdona? - preguntó con cara de asombro.

Laura debía acostumbrarse a obedecerme sin rechistar, era algo fundamental si queríamos que todo aquello llegase a buen puerto. Aun así, reconozco que mi mandato estaba tan fuera de lugar que le di un poco de tregua y repetí la orden.

  • Ya me has oído: hazte pipí.

Si hasta entonces sus mejillas habían alcanzado un tono carmesí, tras mi mandato se pintaron rojas como ascuas de una hoguera. 

Se rindió demasiado pronto para mi gusto; me apetecía darle un par de azotes suaves en el trasero, a modo de correctivo. Entornó los ojos primero, esquivó el impertinente objetivo de mi cámara girando la cabeza y finalmente se tapó el rostro con manos y piernas separadas. Fui paciente, sabiendo que las prisas no son buenas para este tipo de cosas. Poco a poco, la habitación se fue impregnando del característico olor ácido de la orina humana. Fue algo humillante y erótico al mismo tiempo. 

  • ¡Qué vergüenza! - Chilló, riéndose por enésima vez cuando dejó de orinarse encima.

El rubor y la risa le sentaban fenomenal.

  • Has estado genial, bebé. Te mereces un premio.

  • ¡Estás loco! ¿Lo sabías? ¡Eh, eh! Espera. ¿Se puede saber qué vas a hacer? - Protestó al ser de nuevo alzada como una pluma.

  • ¿Cómo que qué voy a hacer? Asearte, por supuesto. Eres una niña muy cochina.

  • ¡Increíble! - suspiró, retomando de nuevo su actitud risueña y expectante-. ¡Buaaaaa, buaaaaa! ¡Papi malo!

Con suma delicadeza, la coloqué sobre el gigantesco cambiador. Comprobé, sorprendido, que el pañal había hecho su función, sin dejar escapar ni una gota del líquido que albergaba en su interior. A partir de ahí, mi inexperiencia en ese tipo de situaciones se hizo palpable: no había tenido hijos y jamás le había cambiado el pañal a mi sobrina. Fui un mal tío en ese aspecto. En casi todos, en realidad.

  • Tienes que abrirlo por los lados - intervino Laura al rescate -. Rómpelo, es de un solo uso.

  • ¿Romperlo? ¿No se baja y ya está?

  • No. Si lo bajas sin más, me mojarás todas las piernas de pipí, no seas bruto.

  • Entiendo.

Al rasgar el pañal de celulosa, la fragancia del orín se intensificó. Si bien el olor a pipí de un bebé puede ser relativamente suave, el de una mujer adulta ya no lo es tanto. Acerqué la nariz e inhalé el sucio aroma con deleite; reconozco que, desde que me alivié en la boca de Andrea, ese tipo de situaciones ya no me parecían tan desagradables. Orinar sobre o en el interior de mis putitas se había convertido en algo rutinario y placentero.

El sexo de Laura se abría ante mí exento de bello; resplandecía totalmente húmedo, embadurnado de orina y de las primeras oleadas de sus propios flujos. 

  • Llevo toallitas húmedas en el bolso - dijo con esa candidez suya que a veces resultaba desesperante -.

  • ¿Toallitas? ¡Venga, no me jodas! - gruñí, clavándole de nuevo el chupete en la boca con rabia por su indolencia.

Me abalanzaba sobre aquel manjar como un oso contra una colmena. Excitado, procedía a comerle el coño a Laura sin mesura, como hacía con el resto de mis putas. Instintivamente intentó cerrar las piernas, se lo impedí de la forma más violenta que fui capaz. Al ver que su resistencia era inútil, se rindió. Era mi juguete una vez más.

Con el campo libre, rebañé todos y cada uno de los restos de orina que mojaban su cuerpo, recorriendo los aledaños de su sexo con la lengua, llevándome al estómago todo lo que encontré a mi paso. 

  • ¡Uhm! - musitó, tensándose de placer por mi desbocado tratamiento.

No hice prisioneros. Sin delicadeza alguna, succioné el sexo a Laura como si no hubiese un mañana. Experimenté en mis carnes la mística de ese lugar por primera vez, algo dentro de mí me impulsaba a actuar de forma violenta con ella. Le metí la lengua hasta el fondo, incluso creo que escupí en los bajos de Laura a la vez que  manipulaba mi bragueta. Creo que fui tan rudo y salvaje comiéndole el coño, que temió que fuese a morderla ahí también:

  • La… la vecina… - musitó entre dientes, succionando la tetina con vehemencia -.

  • ¡Que le den!

Desbocado, me bajé los pantalones con rabia, la alcé de los tobillos como si tuviera cuentas pendientes con ella y la coloqué en la posición correcta: abierta y disponible de par en par hasta que sus piernas no dieron más de sí. La altura y la disposición del mueble propiciaban una buena postura para el sexo, sólo tenía arrasarlo todo y tomar lo que era mío.

Penetré a Laura sin más preámbulo, de forma seca, casi animal, como se lo hacía a su hija en su presencia noche tras noche. En realidad no solía guardarme nada con ninguna de mis putas, pero el cuerpo de Jessi tenía algo difícil de explicar, una sensualidad innata que incitaba, a mí en particular y a los hombres en general, a traspasar los límites de lo prudente con ella. 

Su manera de follar o más bien de dejarse follar era algo extraordinario. 

Jamás lo diría en público, pero si bien Leire era una diosa en la cama, distaba años luz de la lujuriosa Jessi. Estaba claro que mi sobrina era consciente de eso y tenía celos de su amiga. Llegué a pensar que las desavenencias entre ellas estaban causadas por esa circunstancia. Los hombres somos incapaces de ver la evidencia aunque esté justo delante de nuestros ojos.

Ese día hice lo mismo con su mamá, y me atrevo a decir que tanto Laura como yo disfrutamos cada segundo que estuvimos enganchados como perros en aquel lugar tan peculiar. Cada vez sus gemidos eran más vehementes y sus soberbios melones se movían al compás frenético de mis acometidas. Percutí a buen ritmo su coño desde el principio, no había tiempo para andarse con florituras.

El orgasmo de Laura vino acompañado de un caudaloso squirt que me mojó el abdomen hasta más arriba del ombligo. A una descomunal primera contracción de su vagina, le siguieron otras no menos contundentes, rabiosamente placenteras para mi verga.

  • ¡Dios! - bramó al implosionar, escupiendo el chupete.

Estaba disfrutando tanto clavándole la polla hasta los huevos a mi ayudante que no quería correrme, pese a que las vibraciones de la vagina de Laura me estaban matando de gusto. 

Había una cosa que me apetecía hacerle, algo que todavía no había consumado con ella. En mi afán por cumplir mi fetiche por reventarle el culo a una chica delante de su mamá, desatendí uno de sus agujeros. Eso tenía que cambiar.

Laura soltó un gruñidito de protesta cuando dejé de clavársela hasta el fondo; quería más, estaba claro. Por momentos, ya no me parecía tan aburrida para el sexo; lo estaba pasando genial con ella. Con objeto de tener más libertad de movimientos, forcé su postura, colocando sus dos piernas por encima de mis hombros. A pesar de sus redondeces, seguía siendo una mujer relativamente joven y ágil, así que no fue complicado manejarla a mi antojo. 

La nueva postura me proporcionó una ruta de ataque inmejorable hacia mi siguiente objetivo. Decidido, enfilé mi polla hacia su ano, que se rendía ante mí libre de obstáculos. Al notar la presión en su esfínter, no protestó ni renegó el envite, solo se limitó a introducir de nuevo el chupete en la boca y comenzó a succionarlo con los ojos cerrados. Sumisión total, eso era Laura en ese momento. Me encantó. 

Decidí premiarla haciéndoselo despacio. Todavía recordaba su cara de terror cuando le reventé el culito a su hija por primera vez, retorciéndome violentamente sobre ella, empujando y empujando para entrar más y más en su bonito trasero hasta correrme en él. 

Si bien Jessi era capaz de correrse de puro gusto siendo enculada de ese modo, Laura jamás disfrutaría mínimamente recibiendo un tratamiento semejante, y yo lo sabía. Eran el día y la noche en la cama, pretender que gozase siendo vejada así era como pedir peras a un olmo.

Gocé del culo de Laura sin estridencias. No me recreé en la suerte, ni alargué el coito más de lo necesario. Moví la cadera una y otra vez y mi polla entró en su intestino de manera profunda, eso sí, pero pausada y sin violencia. Cuando llegó mi momento, descargué la munición allí dentro, su calidez me extasiaba. Salió bastante, mucho diría yo. Borbotón a borbotón, la rellené como un pavo navideño y no reservé en mis huevos ni una traza de esperma.

No me canso de decir que aquel lugar tenía un aura especial que sacaba a la luz el lado más lujurioso de las personas. Fue un polvo antológico.

Con una sonrisa de oreja a oreja, nos vestimos de nuevo. Se hacía tarde, teníamos una cita con la pequeña Dora y no teníamos tiempo que perder.

Ya estábamos a punto de irnos cuando Laura se fijó en una última puerta al final del pasillo. Había pasado desapercibida hasta que estuvimos cerca, ya que apenas se distinguía, estaba pintada con el mismo color de las paredes y carecía de picaporte. Sólo la presencia de una pequeña cerradura de seguridad la delataba. Parecía más bien un cuadro eléctrico de grandes dimensiones que el acceso a una habitación. 

  • ¿Qué hay ahí?

Busqué en el manojo de llaves hasta encontrar una acorde con el tamaño de la cerradura. Entramos en penumbras, no sin cierta curiosidad. Olía a cerrado, algo propio de una habitación sin ventanas. Laura encontró un interruptor, y cuando se hizo la luz, alucinamos.

  • ¿Qué es todo esto? - Preguntó anonadada como yo.

Ante nosotros apareció una especie de sala de control; con filas y filas de pantallas y una consola similar a la de un realizador de televisión. Estaban apagadas, busqué algo similar a un interruptor principal. 

  • Aquí está.

Cuando lo accioné, el resto de habitaciones apareció en las pantallas vistas de distintos ángulos; recepción, baños y  vestidores incluidos. Fue entonces cuando adiviné supe para qué servían aquellas extrañas estructuras en las paredes de las otras habitaciones.

  • Es un cuarto de vigilancia - Expuse.

  • ¿Vigilancia? Pero… ¿para qué querrían hacer eso?

  • Seguridad. Supongo que de este modo controlaban que nadie se pasase con las chicas.

  • Ah… tiene sentido entonces.

Lo cierto es que ni yo mismo creí mi mentira; no quería alarmarla. Aquello no se trataba de un simple cuarto de vigilancia. La cantidad de cámaras por habitación era excesiva y estaban colocadas estratégicamente para que nada de lo que sucediese en ellas pasara desapercibido. Era un set de realización nada menos, un sitio donde grababan y editaban los encuentros sexuales entre los clientes y las niñas a saber con qué intenciones. Además los cables esparcidos por el suelo indicaban que los ordenadores donde se almacenaban las grabaciones habían sido arrancados y sacados de allí con urgencia. 

Decidí callar. Tenía que hablar con Leire al respecto. Habíamos encontrado algo importante que a mi viciosa sobrina se le había olvidado mencionar.


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