“LIBRE USO. CAPÍTULO 2: UN CASO EXCEPCIONAL” por KAMATARUK (Modificado)



Capítulo 2: Un caso excepcional

Entre las personas de Libre Uso es habitual hablar de nuestro primer día en la Residencia. Cada cual lo recuerda de forma distinta. Para algunos es un trauma difícil de superar, otros se sienten orgullosos al pasar a formar parte de la Hermandad. La mayoría  lo acepta con la resignación de quien entiende que no hay vuelta atrás. Sus padres les inculcan que es la manera de asegurar su futuro; algo entendible si eres adulto, pero complicado de asumir para un niño o niña de ocho años.

Los Libre Uso tenemos asegurada una vida acomodada. La Hermandad se ocupa de nosotros durante nuestro aprendizaje, y tras nuestra asignación en la Ceremonia de la Moneda, la Familia Anfitriona asume nuestra tutela de por vida hasta el momento de nuestra muerte. 

Gran parte de los padres ingresan a sus hijos en la Academia para proporcionarles un porvenir alejado de sus penurias y apreturas, más que por preservar la costumbre más controvertida de nuestra isla, algo que nos hace únicos en el mundo. En mi caso no se daba ninguna de esas dos circunstancias o, para ser más precisa, me resultaba imposible saberlo.

La Residencia de la Hermandad no es un orfanato; los que ingresan allí lo hacen siempre tras un riguroso proceso de selección. Todo se hace de manera pública; no hay oscurantismo ni nada que ocultar, a pesar de lo que algunos dicen. De un tiempo a esta parte, nuestras ancestrales costumbres no están muy bien vistas por el resto de la sociedad, incluso dentro de nuestra propia isla, y eso supone momentos incómodos en el día a día. Los miembros de la Hermandad hemos pasado de ser la clase dominante a unos marginados en nuestro propio hogar.

De mi madre biológica solo sé la inicial de su nombre, una “A” estampada en una nota de disculpa, y que me dejó en la puerta trasera la Residencia unos quince días después de nacer. No es algo habitual pero tampoco extraordinario, la gente externa no conoce el Código y tiene un concepto erróneo de la Hermandad y su verdadera naturaleza. En esos casos, una vez atendido y alimentado de forma adecuada, son las instituciones locales las que se encargan del bebé, como cualquier niño dado en adopción de forma anónima.

Y así hubiera ocurrido conmigo si, a la hora del aseo, la mujer del jardinero no hubiera descubierto la marca esculpida a fuego en mi hombro izquierdo. Eso sí era alarmante y una infracción severa del Código; una de las pocas que todavía conllevan la pena capital en la isla.

No es hasta la Ceremonia de la Moneda, la que marca nuestro inicio de vida pública como personas de Libre Uso, cuando se plasma sobre nuestra  piel el emblema característico de la Familia Anfitriona. Eso nunca debe suceder antes de los catorce años. La norma es clara; no deja lugar a la duda. Yo era una anomalía, algo que no debería existir, una aberración.

La tensión aumentó todavía más cuando se identificó en mi piel, blanca como la nieve, el blasón de la familia del Prelado, impreso con una nitidez extraordinaria, ajena a un marcaje común. Nadie, ni siquiera los más viejos del lugar, había visto algo semejante. 

Tras una larga investigación, Sven, el bibliotecario, concluyó que la moneda utilizada para marcarme no era de metal alguno, sino de cuarzo de una pureza extrema. También determinó que su tamaño había sido inferior al convencional, que se trataba de un trabajo más propio de un fino tallador de piedras preciosas que de un orfebre común. En toda la isla no había ni la materia prima ni el maestro artesano capaz de fabricar una pieza semejante. Otro misterio más.

Las monedas de cuarzo se dejaron de utilizar en la Ceremonia de la Moneda hace más de un siglo, debido a la elevada mortalidad asociada al proceso. A diferencia del metal, el mineral no disipa el calor con rapidez y exige una presión prolongada sobre la piel, lo que incrementa el daño más allá de lo tolerable en algunos casos. Tras el contacto, la pieza se fractura por la diferencia térmica, convirtiéndose en un objeto de colección y de un solo uso, lo que la encarece todavía más.

Un instrumento exclusivo, deliberadamente doloroso y aplicado sobre un cuerpo menudo que aún no había alcanzado un mínimo de desarrollo. A todas luces no debería haber sobrevivido a aquella traumática experiencia y, sin embargo, así fue. Gracias a eso sé que mi relación especial con el dolor lo es desde mi nacimiento.

El Consejo de la Hermandad se reunió durante dos días. Mi existencia era un problema: demasiado joven para iniciar la formación, pero con una marca en el hombro que, de hacerse pública, ofrecía a nuestros detractores la excusa perfecta para volcar a la gente indecisa en contra nuestra. Si ya tenía mala prensa el marcado a fuego de adolescentes, trasladar ese ritual a un bebé podría resultar demoledor. 

Se barajaron distintas posibilidades, incluso las más radicales. El Prelado intercedió por mi vida. Finalmente, se decidió que viviría confinada en el edificio del profesorado. El resto de alumnos de la Residencia y los visitantes tenían vetada la entrada a allí. Quedé oculta al resto del mundo, bajo la tutela de Sven, bibliotecario de la Hermandad y único miembro de la familia del Prelado que residía entre aquellos muros, pues, una vez marcada, solo alguien de mi mismo linaje podía hacerse cargo de mí y dictaminar quién podía disponer de mí. Infringir esa norma tenía funestas consecuencias para cualquier otra persona adulta que mancillase mi cuerpo: la Hermandad no se andaba con chiquitas en ese punto.

Sven era el hermano menor de Einar, el Prelado de la Hermandad por aquel entonces. Quería mantenerse célibe y dedicarse solo a los libros. Esa circunstancia no facilitó las cosas entre nosotros, ni hizo que aceptara de buen grado hacerse cargo de mí. En cambio, gracias a su perseverancia, aprendí a leer y a escribir mucho antes de lo que correspondería a mi edad. Eso mitigó mi aislamiento y me familiarizó pronto no solo con los preceptos y costumbres de una persona de Libre Uso, sino también con otras muchas cosas interesantes.

A cambio de esa amplitud de conocimientos, crecí siempre rodeada de adultos. No tuve amigos con los que correr o jugar al aire libre en el magnífico jardín de la Residencia. Lo más que se me permitía era salir unos minutos al día al huerto trasero, un lugar apartado de miradas curiosas, donde podía desahogarme arruinando las cosechas del pobre jardinero, quien temblaba cada vez que me veía aparecer por allí. 

Compartimos cama, pero Sven jamás me tocó. Dormía desnuda a su lado, como corresponde a un persona de Libre Uso y su Anfitrion, pero en lugar de practicar sexo como indicaba el Código, me leía viejas historias casi olvidadas. Pasaba horas y horas contándome cómo los primeros navegantes descubrieron la isla, crearon la Hermandad y cuáles fueron sus momentos de esplendor. Mientras tanto, yo repasaba con el dedo el tatuaje de nuestra familia, impreso con tinta en el dorso de su mano, para memorizarlo hasta que me quedaba dormida en su regazo. 

Como es lógico, no recuerdo mucho de mis primeros años allí. Al crecer, me contaron que cuando aprendí a caminar fui un terremoto de niña; lo peor. Me aburría como una ostra, siempre sola y encerrada en la parte aislada del complejo. Pese a no estar autorizada a ir a la zona de aulas, hacía todo lo posible por colarme en ellas. A escondidas, veía cómo los profesores instruían a los alumnos tanto en asignaturas convencionales como en diversas artes amatorias, sin hacer distinción de género.  


Las ilustraciones y textos de los libros de Sven me habían enseñado cómo una persona de Libre Uso podía satisfacer sexualmente a cualquier miembro de su Familia Anfitriona, independientemente de que fuese un hombre o una mujer. Se trata de un vínculo especial difícil de explicar y mucho más de comprender para quien no pertenece a nuestra Hermandad. Va más allá de las tendencias sexuales de cada uno; es algo más fuerte que la mera atracción carnal entre dos personas. 

Gracias a las enseñanzas del bibliotecario, mediante palabras y dibujos, nada de lo que vi a hurtadillas me pareció escandaloso, y encontré de lo más natural lo que allí sucedía. Las felaciones eran las prácticas sexuales más habituales, aunque si el estudiante estaba lo suficientemente desarrollado, no era extraño ver algún que otro episodio de sexo anal o vaginal en su caso, con algún compañero, profesor o visitante ocasional.

Estuvieron a punto de pillarme varias veces. De hecho, la gobernanta me insinuó en más de una ocasión que estaba al tanto de mis andanzas; incluso me advertía cuando sabía que rondaban visitas imprevistas por los pasillos, para que no me arriesgase más de la cuenta y me estuviera quietecita en mi habitación. 

Con el tiempo, mis incursiones en la zona prohibida se volvieron más frecuentes y osadas. Lista como el hambre, al cumplir los siete años me hice con el uniforme de una interna en la lavandería para disimular mi presencia si, por desgracia, algún profesor me sorprendía en los pasillos.

Obviamente, mi precaución era de una candidez sonrojante: la mayoría de las aulas estaban vacías y en las que se impartía clase, no asistía más de una docena de alumnos. No siempre había sido así; en los años de esplendor de la Hermandad, aquellas mismas aulas habrían estado abarrotadas. Sin embargo, en aquellos días la afluencia de niños había descendido bastante y allí se conocían todos; una cara nueva no habría pasado desapercibida.

Por si esto fuera poco, había otra característica en mí que me hacía totalmente inconfundible: el color anaranjado de mi cabello, toda una rareza en la isla. Eso, unido a la claridad del azul de mis ojos, me convertía en un caso único, aunque para mi descargo he de decir que yo no fui consciente de eso hasta que salí por primera vez de aquellos muros al cumplir los catorce años. 

Si bien mi primera infancia es una nebulosa en mi mente, la bruma se disipa el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad de ese año. Apenas faltaban unos meses para mi ingreso oficial en la Residencia. Lo más prudente hubiera sido permanecer oculta en la habitación de Sven, no obstante, mi enorme curiosidad me jugó una mala pasada.

Era un día especial en la Residencia. Las puertas estaban abiertas a todos los miembros de la Hermandad,y las futuras Familias Anfitrionas, acompañadas de sus Huéspedes de Libre Uso, tenían acceso al colegio. Los internos preparaban diferentes actuaciones musicales o pequeños sainetes teatrales que los asistentes disfrutaban con agrado.

Tanto Sven como el resto de los profesores estuvieron enfrascados en los preparativos, así que no me resultó complicado ponerme el uniforme robado y escabullirme. Como me quedaba algo grande, caminaba muy erguida para parecer mayor. Pude ver la sorpresa dibujada en la cara de varios visitantes que se cruzaron conmigo, incluso una señora mayor que, en lugar de sobar el trasero como a cualquier otro alumno, acarició mi cabello, divertida. 

Estaba muy nerviosa, un extraño jamás me había tocado ni siquiera el pelo, aunque recordé las enseñanzas de los libros de Sven y no rehuí el contacto. Me dejé hacer, imitando al resto de los internos para no levantar sospechas.

Sin saber el motivo, creé tanta expectación que me pareció demasiado arriesgado entrar en el salón de actos para ver las actuaciones; sin embargo, no pude resistirme a mezclarme con el resto de la gente durante el banquete que se celebró a continuación. Literalmente, había de todo. Las mesas estaban atestadas de los manjares más selectos y raros, de algunos ni siquiera conocía su nombre. 

Familias Anfitrionas, profesores y alumnos se entremezclaban  alrededor de las viandas y licores. Los Huéspedes de Libre Uso les acompañaban, mostrando orgullosos las medallas de sus respectivas familias, marcadas a fuego en los hombros.

El jolgorio y las risas eran constantes, así que supuse que nadie repararía en una niña pequeña que mojaba malvaviscos en la fuente de chocolate. Estaba tan enfrascada en mi dulce tarea que no advertí cómo el ambiente se iba caldeando, y que varios de los alumnos estaban siendo requeridos por los anfitriones para mostrar lo aprendido durante el curso.  

Justo a mi lado, uno de los visitantes que departía animadamente con un par de señoras, se dirigió a un alumno de último año. Era un jovenzuelo espigado, cuyo rostro cubierto de pecas competía en blancura con el mío. Él que les recibió con una franca sonrisa.

  • Pequeño… ¿eres tan amable…? - le dijo tocando levemente el hombro izquierdo del muchacho.

Era la señal convenida por el Código. Sin el menor titubeo, el interno se arrodilló y allí mismo, delante de todo el mundo, echó mano a la bragueta del buen señor, introdujo su mano en ella para, acto seguido, sacar a la luz la polla flácida que guardaba. Sin más preámbulo, se la metió en la boca y comenzó a mamarla con gracia. 

Nadie se inmutó, de hecho ni siquiera el agasajado dejó de conversar con sus acompañantes mientras su miembro viril iba adquiriendo dureza. Solo le tembló ligeramente la voz cuando advertí que estaba a punto de aliviarse. Hizo una breve parada en su cháchara, agarró al chico del cabello con rabia y le folló la boca con violencia. Recuerdo cómo le brillaban los ojos mientras forzaba la garganta de mi compañero, obligándole a alojar en su boca la totalidad de su polla. 

Con los años, he aprendido a identificar así el sadismo que ocultan algunos Anfitriones aparentemente amables y educados. Pese a su buena reputación pública, en privado llevan la norma al límite e inventan subterfugios para traspasarla cuando les interesa. Pero, por aquel entonces, yo era una niña incapaz de percatarme de esos detalles y lo consideré una forma de actuar normal. 

Los breves espasmos en la cadera del adulto me hicieron saber el momento justo de su eyaculación. 

  • Eres bueno, jovencito… - jadeó el hombre, guardando su verga con dificultad- ¿ya sabes a quién van a asignarte?

El chico asintió mientras se incorporaba, tragando lentamente el esperma, teniendo mucho cuidado de no desperdiciar una gota.

  • ¡Sí, señor! - Dijo el interno en cuanto le fue posible hablar.

  • ¡Qué lástima! Al menos me queda el consuelo de que mi esposa y yo podremos hacerte alguna visita antes de que termine el curso - se lamentó el adulto, mirando sibilinamente el trasero del muchacho.

  • Cuando ustedes quieran, señor - repuso el otro muy sonriente, feliz de ser del agrado del visitante.

Una vez más, mi curiosidad innata me jugó una mala pasada. Me quedé mirando boquiabierta el pene semi erecto y el hilito de esperma y babas que caía de él. Nunca había visto uno tan de cerca, de hecho sólo conocía sus detalles por dibujos y textos. Sven era tremendamente celoso a la hora de salvaguardar su intimidad: jamás había visto su polla, ni siquiera por un desliz mientras dormía, y las veces que había podido espiar al jardinero teniendo sexo con alguna de las alumnas, no era lo suficientemente cerca como para poder distinguir ese detalle.

  • Pero, ¡qué cosita tan curiosa tenemos aquí! - escuché aterrada mientras me volteaban - ¿Y tú de dónde has salido, bichita?

No contesté, me quedé petrificada. Él rió y contagió su risa al grupo de mujeres. De repente, me vi rodeada de tres adultos que clavaban sus curiosas miradas en mí.

  • ¡Alumnos de primer año, son tan deliciosos! - prosiguió el hombre, acariciando mi mejilla -. ¡Me encantan!

Sin tiempo a reaccionar, me alzó como una pluma, dándome vueltas y más vueltas alrededor de él, sin dejar de reír.

  • ¡Eres una preciosidad! - estaba entusiasmado - ¡Jamás había visto algo así! ¿Eres nueva?  No recuerdo haberte visto por aquí antes. Seguro que me acordaría, con ese pelo tan exótico y esos ojazos azules tan bonitos que tienes, princesita. 

El adulto aprovechó un espacio libre en una de las mesas y me colocó sobre ella con cuidado. Impunemente, introdujo sus manos bajo mi falda escolar. Haciendo gala de su experiencia, me quitó las braguitas con soltura, se las llevó a la nariz e inhaló con fuerza a través de ellas mientras el resto de adultos reía. Yo no sabía qué hacer, solo podía dejarme llevar. 

  • ¡Me turba este aroma de inocencia! 

Y dirigiéndose a sus acompañantes preguntó: 

  • ¿Crees que tendrá los pelitos de ahí abajo del mismo color? Comprobémoslo, Mery Anne.

Sin darme tiempo a asimilar lo que estaba pasando, la más joven de las mujeres me abrió en canal, dejando expedito el camino hacia mi sexo. A pesar de la cercanía la postura no ayudaba, aun así me pareció distinguir la marca de fuego igual que la mía impresa en su hombro. Como yo, era una persona de Libre Uso de la misma familia.

  • ¡Eso es bueno! - musité, reconfortada.

Si había algo con lo que Sven me martirizaba día y noche era el hecho de que, al estar ya marcada, sólo podría ser usada por miembros de mi propia familia sin el preceptivo ofrecimiento. Incumplir esta premisa básica se castigaba con la máxima severidad para cualquier otra persona que mancillara mi cuerpo sin permiso, aunque nunca quiso aclararme en qué consistía esa pena, yo era lo suficientemente lista como para intuir que nada bueno. 

Mi primer beso libidinoso me lo robó una hermosa joven de Libre Uso encinta, de labios carnosos e hinchados senos. Fue dulce, pausado y lo suficientemente lúbrico como para humedecer mis labios y darles brillo. Conservé el recuerdo de ese beso e intenté reproducirlo cuando tuve que complacer a mis Anfitriones más jóvenes. A pesar de mi inquietud, fue algo maravilloso.   

  • ¡Tranquila! - Me susurró al oído, notando mi nerviosismo -. Relájate y todo irá bien.

Recuerdo el centelleo en los ojos del adulto clavados en mi sexo abierto. Lo examinó con vehemencia, palpando el interior de mis muslos con ambas manos mientras la más joven de sus acompañantes acariciaba mi pelo. Por extraño que parezca, su maniobra me tranquilizó; me transmitió calidez y complicidad mientras los otros dos me examinaban los genitales como si fuesen la dentadura de un caballo por comprar. 

La sorpresa se dibujó en la cara del hombre al separar mis labios vaginales:

  • Está toda peladita todavía…

  • Parece muy pequeña…

  • ¿Mira, cariño? ¡Si tiene el himen intacto! ¡Qué ricura!

  • ¿En serio? - preguntó su pareja, incrédula, acercándose un poco más - Pero… ¿cómo es posible? ¿A estas alturas del curso? ¡No puede ser!

  • ¡Compruébalo tú misma, la telita se ve sin dificultad!

Por un momento, la integridad de mi himen quitó protagonismo al color de mi pelo.

  • ¡Tienes razón!

  • ¡¿Cómo es posible?! - chilló aquel tipo con gran excitación.

La pareja miraba mi vulva como si fuese un bicho raro, por fortuna no se acercaron más curiosos alertados por sus palabras. Abierta de piernas ante esos dos miembros de la Hermandad, sentí vergüenza; no por mi desnudez sino por mi falta de experiencia en ese tipo de situaciones. Sin duda una alumna de verdad hubiera sabido cómo actuar en ese momento, abriendo sus genitales para facilitar la visión de su intimidad al adulto, ofreciéndose para su disfrute. En cambio yo estaba paralizada como una estatua de sal sin hacer nada. Conocía la teoría, pero era una neófita en la práctica.

Los libros de Sven me habían enseñado decenas de formas de complacer sexualmente a mis futuros Anfitriones; sin embargo carecía de la práctica de mis supuestos compañeros de primer curso. Si ponían a prueba mis habilidades en el sexo, mi falsa identidad estaba más que comprometida. Cada vez estaba más nerviosa.

Nuestro objetivo como alumno es dar satisfacción sexual a un adulto lo antes posible. Todas las enseñanzas impartidas en la Residencia responden a ese objetivo. La dilatación de vulvas y esfínteres anales es una constante durante nuestro periodo de aprendizaje. El entrenamiento comienza desde el mismo día de nuestro ingreso. No se trata tanto de maximizar el placer de los Libre Uso sino de minimizar el dolor y ,sobre todo, los daños: los Anfitriones requieren de nuestras atenciones varias veces al día y no llevan nada bien eso de tener que contenerse porque alguno de nuestros orificios no esté disponible para ellos por un mal adiestramiento previo. 

A esas alturas del año, los alumnos de primero ya habían tenido las suficientes clases prácticas como para alojar en sus ortos una polla de tamaño medio como aquella sin relativos problemas, y sin duda, más de una niña ya habría hecho sus pinitos a la hora de practicar el sexo vaginal con algún profesor, alumno del cursos superiores o visitantes.

Si bien asimilar una verga adulta completamente por una vagina infantil era algo improbable a esa edad, no ocurría así con otra clase de juguetes sexuales de tamaño reducido con los que contaba el centro, cuyo uso recurrente se llevaba por delante nuestro himen prácticamente desde el primer día en el internado. A finales de diciembre, la membrana que adorna la entrada de nuestra vagina debía ser historia, un vago e incómodo recuerdo que quedaba atrás. 

En mi caso no era así. Yo era virgen en el sentido integral de la palabra: ni siquiera me había tocado a mí misma.

  • ¡Cómeselo! - Apremió la mujer, sin apartar la mirada de la tela que adornaba mi sexo.

  • Sí, tengo curiosidad.

El marido me abrió el coño y lo lamió con una torpeza sorprendente. Me lo estuvo chupando un rato con tantas ganas como poco acierto. Recuerdo que, lejos de experimentar placer, me entraron unas ganas de hacer pipí tremendas. Me contuve, algo me decía que no era el momento, aunque me costó bastante. 

Después me pasó a sus dos acompañantes, que procedieron a imitar su gesto. Mi coñito pasó de boca en boca como si de un dulce se tratase. Nerviosa, eché la cabeza a un lado y descubrí que cada vez más niños estaban en idéntica o similar situación a la mía. Sus agudos chillidos al ser penetrados se escuchaban por encima del murmullo general. 

Nadie intercedió por ellos: tampoco iban a hacerlo por mí.

Enseguida me di cuenta de algo que he ido corroborando con los años de práctica: hombres y mujeres comen el coño de forma distinta. Por mucho que ellos se esfuercen, jamás logran igualar la experiencia que se adquiere cuando te lo hacen a una misma. De ese modo, nos es más sencillo reproducir en otra hembra todo lo que experimentamos en carne propia. 

La señora lo hizo bien, no obstante, sin duda, fue mi colega Libre Uso la que consiguió elevarme hasta el cielo apenas entró en acción y me mantuvo ahí hasta que me corrí en su cara. Fue mi primer orgasmo, el primero de miles. 

Me gustó tanto lo que la embarazada me estaba haciendo que incluso protesté cuando ella dejó su lugar de nuevo a su Anfitrión, bastante más torpe con la lengua, que se bebió el néctar que la otra había libado con avidez.

  • ¡Delicioso!

Tras esa iniciación, relajé mi cuerpo y mi mente se evaporó. Con los párpados entornados, noté cómo alguien me lamía el culo suavemente. No me hizo falta abrirlos para identificar cuál de mis tres amantes estaba haciendo un trabajo tan sublime. Noté cómo la suave lengua femenina jugaba con mi esfínter, humedeciéndolo, dilatándolo lentamente, preparándolo para lo que iba a venir después. 

Escuché el sonido metálico de la hebilla de un cinturón golpeando contra el suelo. Al abrir los ojos, descubrí al señor verga en mano, con los ojos encendidos fijos en mí. Ya no hablaba, solo babeaba como un perro, poseído por las ganas de poseerme.

Cuando la futura mamá separó mis glúteos, fui consciente de que mi iniciación anal era inminente. Estaba asustada, creía que iba a dolerme; aún así me prometí a mí misma que, pasara lo que pasara, no iba a gritar. Si montaba un escándalo, Sven me descubriría y probablemente pasaría el resto del curso encerrada a cal y canto en su habitación cubierta de grilletes. No saldría de allí ni para orinar en meses. 

Las dos mujeres me abrieron en canal, estirando y elevando mis piernas de manera que la entrada de mi orto quedase a merced del hombre, que no dejaba de acariciar su herramienta para endurecerla.

  • Por favor señor, tenga cuidado - susurró mi colega en voz baja cuando él enfiló su estoque hacia mi abertura trasera -. Es muy pequeña.

Jamás olvidaré la cara de odio que se dibujó en el rostro de ese animal. Entrometerse en una acción sexual de un Anfitrión tampoco estaba permitido, y menos delante de todo el mundo. A traición, soltó una sonora bofetada que impactó en la cara de la joven. Esta perdió el equilibrio, trastabilló y cayó, golpeándose la cara contra el suelo. 

Nadie la asistió, pese a su estado de buena esperanza: según el código, se lo había ganado.

  • ¡Ya aclararemos esto tú y yo en privado! - gruñó él, encendido -¡Ahora te callas y obedeces, como es tu obligación!

  • ¡Sí, sí señor! - murmuró la chica incorporándose, avergonzada por su desliz.

  • ¡Abrela todo lo que puedas! ¡Quiero que todos la oigan gritar! - Bramó aquel tipo, esputando babas y odio al hablar.

La intervención de la joven, lejos de mejorar mi situación, la empeoró de manera considerable. El tipo aquel estaba muy enfadado, sus pupilas echaban fuego. Sus supuestos buenos modales desaparecieron de repente. Su aspecto era aterrador para una niña como yo.

Intenté relajarme y no pensar en lo que iba a suceder. Tampoco quería mirar, creyendo que de este modo el mal trago sería menor, así que me fijé en la chica de Libre Uso que forzaba su cuerpo hasta tensar los tendones al máximo. Era bonita, muy bonita, a pesar de estar sangrando por la nariz.

Tenía los pómulos marcados y una mirada franca, con unos ojos marrones que se clavaban en los míos como dardos sedantes. Su vientre abultado, lejos de afearla, embellecía el resto de sus facciones, dulcificándolas con elegancia. Parecía un ángel.

Fue entonces cuando vi la huella de la medalla impresa en su hombro con más nitidez. El marcado era burdo, la cicatriz era horrible. En ese preciso instante caí en mi error: su marca era similar, pero no idéntica a la mía. Me había equivocado.

Angustiada, busqué con ahínco el dorso de la mano del hombre que la acompañaba. Quise morirme: definitivamente aquel matrimonio no pertenecía a la familia del Prelado. 

  • ¡No! ¡No! - Chillé de inmediato.

Comencé a gritar y a retorcerme, intentando salvaguardar la integridad de mi orto. Creo que hasta liberé una de mis piernas y llegué a golpear el pene del que iba a ser mi primer amante si nadie lo remediaba.

  • ¡Pero qué haces, puta! - Gruñó el tipo, molesto.

  • ¡Habrase visto, qué desfachatez! - Protestó su mujer, tanto o más enfadada que él.

  • ¡Tranquila, tranquila! - Me decía la chica una y otra vez, con cara de asombro por mi reacción. 

El tipo se ofendió, y sin darse por vencido, agarró de nuevo su estoque y arremetió contra mí con todavía más ganas. Olvidados sus falsos modales, sacó toda su rabia por el agravio público. Quería reventarme el culo, estaba claro.

  • ¡Abridla bien, se va a enterar esta zorra! ¡Se la voy a clavar hasta los huevos…! ¡Maldita hija de puta…!

Se formó un tumulto a mi alrededor; que una estudiante de primer año se resistiese a ser usada no era extraño, aunque sí poco habitual y más en ese día tan señalado. Normalmente, si algún alumno o alumna de primero todavía no estaba listo para atender a los mayores antes de la gala navideña, se buscaba alguna excusa; alguna falsa indisposición para justificar así su ausencia y evitar problemas.

  • ¡SVEN, SVEN!… - comencé a chillar, angustiada, mirando a un lado y a otro, buscando desesperadamente a mi mentor.

Mis gritos alertaron todavía más a la concurrencia, y lo que iba a ser una simple sodomía a una estudiante de la Academia, se tornó en un espectáculo aleccionador para todos los alumnos presentes. Resistirse estaba mal, muy mal visto. 

Impotente, y a pesar de mis protestas, fui de nuevo inmovilizada esta vez por dos fornidos señores de los que me fue imposible zafarme. No fueron tan delicados como las hembras, tensaron mi cuerpo infantil como si fuesen la cuerda de un arco, separando mis piernas hasta casi desmembrarme, ofreciendo al vejado la entrada de mi culo a su total disposición para compensar el agravio.

  • ¡Eso es! ¡Te vas a enterar, niña! - Bufó aquel tipo, abalanzándose contra mí.

Por fortuna para todos, estaba tan cabreado, y la entrada de mi culo era tan pequeña, que su primera arremetida pinchó en hueso. Noté un primer puyazo cercano, pero no certero.

  • ¡Mierda! - Gruñó.

Consciente de su error, se lo tomó con algo más de calma. Utilizó una mano para abrirme los glúteos, mientras dirigía su estoque hacia la minúscula diana con la otra. Intenté seguir gritando, sin embargo alguien me tapó la boca con violencia. Casi no podía respirar.

Desesperada, ya notaba la polla presionando mi esfínter, cuando una enorme mole salió de la nada y empujó violentamente a aquel desgraciado. El tipo golpeó la fuente de chocolate, rebotó en ella y cayó de bruces contra el piso. 

El estruendo de la vajilla al caer haciéndose añicos fue tremendo, concentrando las miradas de todos los asistentes en lo que estaba sucediendo. Si mi intención era pasar desapercibida aquella tarde, estaba claro que no lo había conseguido.

  • ¡Qué demonios! - Gruñó el humillado, totalmente embadurnado de chocolate y malvaviscos.

Todo el mundo calló y se hizo a un lado, dando espacio al recién llegado. Yo, todavía expuesta sobre la mesa, no sabía qué hacer. Liberada de repente, cerré las piernas a toda prisa y tragué saliva cuando los ojos envueltos en ira de aquel desconocido se clavaron en los míos. 

Supe de inmediato de quién se trataba, aunque jamás le había visto hasta ese momento. Sólo había escuchado su voz ronca hablando a gritos con Sven. Era mucho más grande que su hermano menor, imponía por sus ojos oscuros, negros y desafiantes, aunque no más que  porel resto de su fornido cuerpo. 

  • ¡Prelado! - Bramó el Anfitrión ultrajado muy desconcertado, todavía desde el suelo - ¿Qué demonios pasa?

El recién llegado apretó los puños y respiró un par de veces hasta que se tranquilizó ligeramente. Creo que me habría estrangulado allí mismo de haber estado a solas conmigo. Jamás olvidaré su mirada, parecía un león enjaulado a punto de liberarse. 

Después, creo que  fue consciente de la situación, recobró una brizna de raciocinio, compuso la figura y tendió la mano al vencido. 

  • ¡Einar! ¡Amigo!, ¿qué demonios pasa? - preguntó el otro aceptando la ayuda.

El gigantón lo atrajo para sí, buscando la discreción que el otro le negaba. 

  • Está asignada - le anunció con un susurro ronco, reprimiendo su furia -. 

  • ¿Como? 

  • Esa niña: ya está asignada. No puedes tocarla.

  • ¿Ya? ¿Tan joven?

  • ¡Sí!

Hasta yo noté cómo el Prelado volvía a tensarse. Sin embargo, la torpeza de aquel otro tipo era infinita, y en lugar de callar, siguió sin darse por vencido.

  • ¿En serio? ¿a quién? Tú ya no puedes tener a otra Huésped, renunciaste a Amber…

  • ¡Será Huésped de mi hijo! - le interrumpió el otro, cada vez más molesto. 

  • ¿De Ben? Pero… pero siempre ha dicho que él no...

  • ¡HE DICHO QUE ESTA NIÑA ES PARA BEN Y PUNTO! 

Tras el anuncio, los puños del gigante volvieron a cerrarse y su gesto comenzó a perder la compostura de nuevo.

  • Pero… - siguió insistiendo el tipo, sin ser consciente del peligro que corría cuestionando al Prelado de la Hermandad en público.

  •  ¡HE DICHO QUE ESA ALUMNA YA ESTÁ ASIGNADA! ¡LEAH YA ESTÁ ASIGNADA! - bramó el Prelado con furia, perdiendo la compostur - ¿COMPRENDES? ¡LEAH!

Jamás olvidaré la expresión de aquel idiota al escuchar mi nombre. Supongo que, como miembro del consejo, conocía de mi existencia y la marca que guardaba mi hombro, aunque no mi aspecto físico, por lo visto. Como de todo lo que resultaba molesto, esa gente no se preocupaba de mí y preferían ignorarme. 

  • ¿Ella es…?

  • ¡SÍ! ¡LEAH, PEDAZO DE INÚTIL!

Ya no había ni rastro de esa suficiencia mal camuflada de amabilidad que destilaba aquel individuo minutos atrás; ahora era la viva imagen del terror, lívido como la nieve al ser consciente de su situación. 

  • ¡No… no la he tocado! -  suplicó, su miedo era tal que comenzó a temblar y balbucear como una vieja asustada - ¡Lo juro…!

  • ¡CÁLLATE! - lo cortó en seco el Prelado, no queriendo dar más que hablar. 

Ya era tarde, todo el mundo había escuchado aquella sorprendente revelación.

La asignación de un alumno no era un simple formalismo. Hasta la Ceremonia de la Moneda, cualquier miembro de la Hermandad podía disponer de nuestro cuerpo con total libertad. Se organizaban visitas a la academia en las que los adultos ponían a prueba nuestras evoluciones en el sexo. Tríos, cuartetos, incluso orgías multitudinarias en algunas ocasiones se consumaban dentro de aquellos antiguos muros, aunque normalmente se trataban de encuentros más íntimos y reservados entre un adulto y un niño.

Tras la el marcado a fuego de la moneda en el hombro, todo eso cambiaba de forma radical. Solo los miembros de la Familia Anfitriona tienen derecho carnal sobre el Libre Uso asignado y sólo ellos tienen potestad para decidir cuándo, cómo y quién disfruta de nosotros. Contravenir esta norma tenía consecuencias irreparables para el infractor.

La mirada de Einar me atravesó las pupilas. Parecía muy enfadado, como cuando discutía con su hermano pequeño sobre mí en sus contadas visitas nocturnas a la Residencia. Insistía en que el bibliotecario debía iniciar mi entrenamiento corporal cuanto antes, a lo que el otro se negaba escudándose en su celibato. Los gritos resonaban por toda la habitación mientras yo permanecía oculta bajo las mantas haciéndome la dormida. Y en ese momento el gigante estaba frente a mí, conteniendo su rabia, mirándome con un odio visceral por haber perdido mi anonimato.

Algo en mí despertó. No sé qué sucedió, diría que mi cuerpo actuó con criterio propio, tomando el relevo de mi mente bloqueada por la situación. En lugar de llorar, pedir perdón o intentar huir, agarré mis piernas por las rodillas, las acerqué a mi pecho cuanto pude, para luego abrirlas totalmente, ofreciendo de este modo al adulto el camino expedito a mis genitales. Forcé la postura flexionando la cadera, consiguiendo que mi ano también quedara expuesto. Finalmente, separé mis labios, resecos eso sí por el miedo, poniendo mi boca inexperta a disposición de la voluntad del adulto.  

Mi acción poco previsible tuvo efecto, Einar se quedó paralizado. No sé el tiempo que permanecimos conectados por la mirada: segundos, minutos… a mí me parecieron horas. Parsimoniosamente, el miembro más importante de la Hermandad se colocó entre mis piernas, sacó su verga adormecida y comenzó a rozar con ella mi zona genital. La diferencia de tamaños entre él y yo era enorme y se puso de manifiesto en la cercanía.

Sven se adelantó al resto de los presentes. Quiso decir algo, pero su hermano mayor lo silenció con una mirada. Ni nada ni nadie podían detenerle, mi suerte estaba echada.

Entorné un poco los párpados y suspiré. Me gustó el dulce cosquilleo que su polla provocó en mi sexo. Era un roce suave, cálido y pausado, que recogía los restos visibles de mi anterior orgasmo y los extendía por mi minúsculo Monte de Venus. Pese a ser totalmente neófita en el asunto, noté que el miembro viril era bastante voluminoso, acorde al tamaño del cuerpo al que acompañaba. Con la mano libre, Einar me acariciaba el muslo, sus dedos eran tan largos que podían rodearlo por completo. Su piel era áspera, inquietante, más propia de un leñador que de un hombre de despacho, sin embargo fue delicado, y sus tocamientos en mi zona más íntima resultaron mucho más placenteros para mí que los recibidos por su torpe antecesor. 

Noté su dedo jugueteando con mi sexo, recolectando los últimos rescoldos de flujo, uniéndolos a su saliva formando una mezcla con la que lubricó mi ojete. Cuando sentí la opresión en mi culo supe que mi momento había llegado. No rehuí el envite, ni hice mención de cerrar las piernas: seguí ofreciendo mi cuerpo como la más entregada persona de Libre Uso.

  • ¡Mírame!

Obedecí. Me sumergí en sus ojos oscuros mientras sentía cómo mi cuerpo se abría milímetro a milímetro alojando su ariete. Sé que suena increíble, pero no sentí nada durante mi primera sodomía: ni placer, ni gusto, ni dicha... ni, para mi sorpresa, el dolor que se suponía debía sentir. Nada. 

También en eso fui un caso excepcional. Debería haber gritado, chillado, retorcido de dolor, llorado a lágrima viva como hubiera correspondido a una niña de mi edad siendo penetrada de ese modo. En cambio, yo permanecí imóvil, reteniendo mis piernas en esa posición para favorecer la perforación de mi ano, con los ojos conectados a los del Prelado.  

Yo no lo recuerdo exactamente pero Sven siempre me ha contado que ni siquiera parpadeé cuando su hermano me empaló muy adentro. Nunca había visto algo igual. Todos los que estaban a nuestro alrededor callaron.

Durante las siguientes penetraciones tampoco mis sensaciones fueron muy distintas. Símplemente notaba cómo mis carnes se abrían, cómo mis órganos internos se iban reordenando al tiempo que la serpiente de Einar se acomodaba en mi interior, y cómo, tras su salida, estos se colocaban de nuevo en su lugar original antes de reiniciar el proceso, cada vez a más velocidad. Era una sensación extraña en mi ojete, ni siquiera molesta, ni mucho menos dolorosa. Mi cuerpo ni siquiera protestó cuando el Prelado, tal vez herido en su orgullo o embriagado por la lujuria, se empleó más a fondo y subió tanto el ritmo como la profundidad de las perforaciones.

Lo que sí que recuerdo es la cara de asombro de los presentes en general y de Sven en particular mientras el Prelado me usaba por primera vez. Obviamente no esperaba una reacción así por mi parte. 

También la rabia había desaparecido del rostro de Einar, transformandose en un placer mal disimulado, mientras su polla transitaba libremente a través de mi esfínter anal. Tal vez me resultaron molestos sus tres o cuatro arreones finales más que nada porque, debido a su ímpetu en la enculada, aplastó mi cuerpecito contra la mesa con su mole de músculos y huesos. 

Cuando lo consideró oportuno, Einar dejó de sodomizarme, sacó su verga de mi culo y eyaculó sobre mi pecho, dibujando manchas desordenadas sobre mi vestido escolar y cara.

El prelado se incorporó, se subió los pantalones a toda prisa y atravesó la muchedumbre que nos rodeaba sin ni siquiera despedirse, con el mismo ímpetu que a su llegada. 

Yo continué expuesta e inmovil, con el olor a esperma inundando mi nariz e irritando mis ojos. La gente a mi alrededor no dejaba de murmurar a mi costa, sin embargo nadie me tocaba.

  • ¡Mirad eso!

  • ¡Ni siquiera ha sangrado!

  • ¡Qué maravilla!

  • Y más siendo tan pequeña…

Tan sólo la chica embarazada se acercó a mí, me dio un besito en la frente y me susurró un reconfortante:

  • Lo has hecho muy bien, pequeña Leah.

Mi momento de gloria resultó efímero: Sven me cogió en brazos y me sacó de allí en volandas entre cumplidos y palabras de admiración de los presentes.

  • ¡En menudo lío nos has metido! ¡¿En qué demonios estabas pensando?! –repetía una y otra vez mientras nos dirigíamos a nuestra habitación a toda prisa– ¡Y si ese desgraciado llega a metértela! ¡Probablemente estaría muerto ahora mismo! 

En contra de mi naturaleza alocada opté por callar. Había hecho mal en acudir a la fiesta, traicionando su confianza y poniendo en peligro a gente inocente. Sven me metió en la cama sin ni siquiera desnudarme. Agotada por el torrente de emociones, me dormí con el intenso aroma del esperma del Prelado sobre mi piel. Estaba tan cansada que no fui consciente de que la persona que ocupó un lugar a mi lado horas después no era mi tutor. Sólo cuando el desconocido se colocó sobre mí, guió su pene hacia la entrada de mi vagina y me aplastó con su corpachón, adiviné su identidad. Einar quiso ser el primero en usarme vaginalmente también. 

La agenda del Prelado hasta entonces había sido tan apretada que rara vez tenía tiempo para pasarse por la Residencia una o dos veces al mes. A partir de entonces vino todas las noches, asumiendo en primera persona todo lo concerniente a mi educación sexual hasta que el siguiente curso comenzó. 

También en eso fui un caso excepcional.


Fin del capítulo 2

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