Capítulo 2: Un caso excepcional
Entre las personas de Libre Uso es habitual hablar de nuestro respectivo primer día en la Residencia. Cada cual lo recuerda de forma distinta. Para algunos es una despedida difícil de comprender a los ocho años; para otros, el orgullo de pasar a formar parte de la Hermandad. La mayoría, en cambio, lo aceptan con la resignación de quien entiende que no hay vuelta atrás. Sus papás les dicen que es la manera de asegurar su futuro, algo entendible si eres adulto, difícil de asumir para un niño.
Gran parte de los padres ingresan a sus hijos en la Academia para proporcionarles un futuro alejado de sus penurias y apreturas más que por preservar la costumbre más controversial de nuestra isla, algo que nos hace únicos en el mundo. Los Libre Uso tenemos asegurada una vida acomodada. La Hermandad se ocupa de ello desde nuestro aprendizaje, pasando por la Ceremonia de la Medalla, y a lo largo de toda nuestra vida junto a la Familia Anfitriona, hasta el momento de la muerte. En mi caso no se daba ninguna de esas circunstancias, o para ser más precisa, me resultaba imposible saberlo.
La Residencia no es un orfanato; los que allí ingresan lo hacen siempre tras un riguroso proceso de selección. Todo se hace de manera pública durante las pruebas de ingreso; no hay oscurantismo ni nada que ocultar, a pesar de lo que algunos dicen. De un tiempo a esta parte nuestras ancestrales costumbres no están muy bien vistas por el resto de la sociedad, incluso dentro de nuestra propia isla, y eso supone momentos incómodos durante el día a día. Los miembros de la Hermandad hemos pasado de ser la clase dominante a unos marginados en nuestro propio hogar.
De mi madre biológica sólo sé la inicial de su nombre, una “A” estampada en una nota de disculpa, y que me dejó en la puerta trasera la Residencia unos quince días después de nacer. Aquello no era algo habitual pero tampoco extraordinario, había gente que no conocía el Código y tenía un concepto erróneo de la Hermandad y su verdadera naturaleza. En esos casos, una vez atendido y alimentado de forma adecuada, son las instituciones locales las que se encargan del bebé, como cualquier niño dado en adopción de forma anónima.
Y así hubiera ocurrido conmigo si a la hora del aseo, la mujer del jardinero no hubiera descubierto la marca esculpida a fuego en mi hombro izquierdo. Eso sí era alarmante y una infracción severa del Código, una de las pocas que todavía conllevan la pena capital.
No es hasta la Ceremonia de la Moneda, la que marca nuestro inicio de vida pública como personas de Libre Uso, cuando se plasma sobre la piel el emblema característico del Clan de nuestra Familia Anfitriona, y eso nunca sucede antes de los catorce años. La norma es clara, no deja lugar a la duda.
La tensión aumentó todavía más cuando se identificó en mi piel blanca como la nieve el blasón del Clan del Prelado, impreso con una nitidez extraordinaria, impropia de un marcaje común. Nadie, ni siquiera los más viejos del lugar, había visto algo semejante.
Tras una larga investigación Sven, el bibliotecario, concluyó que la moneda utilizada para marcarme no era de metal alguno, sino de un cuarzo de una pureza inexistente en toda la isla. También determinó que su tamaño había sido inferior al convencional, que se trataba de un trabajo más propio de un fino tallador de piedras preciosas que de un orfebre común: aquí no había nadie capaz de fabricar una pieza semejante.
Las monedas de cuarzo habían dejado de utilizarse en las Ceremonias de la Moneda hacía más de un siglo, debido a la elevada mortalidad asociada al proceso. A diferencia del metal, el mineral no disipa el calor con rapidez y exige una presión prolongada sobre la piel, lo que incrementa el daño más allá de lo tolerable en algunos casos. Tras el contacto, la pieza se fractura por la diferencia térmica, convirtiéndose en un objeto suntuario y de un solo uso, lo que la encarece aún más.
Un instrumento suntuario, deliberadamente doloroso y aplicado, además, sobre un cuerpo menudo que aún no había alcanzado un mínimo de desarrollo. A todas luces no debería haber sobrevivido a aquella traumática experiencia, y sin embargo, así fue. Gracias a eso sé que mi relación con el dolor es especial desde mi nacimiento.
El Consejo de la Hermandad se reunió durante dos días. Mi existencia era un problema: demasiado joven para iniciar la formación, pero con una marca en el hombro que, de hacerse pública, ofrecía a nuestros detractores la excusa perfecta para volcar a la gente indecisa contra nosotros. Si ya tenían mala prensa el marcado a fuego de adolescentes, trasladar ese ritual a un bebé podría resultar demoledor.
Se barajaron distintas posibilidades, incluso las más radicales. El Prelado intercedió por mi vida. Finalmente se decidió que viviría confinada en el edificio del profesorado de la Residencia. El resto de alumnos tenían vetada la entrada a allí. Quedé oculta al resto del mundo, bajo la tutela de Sven, bibliotecario de la Hermandad y el único miembro de mi Clan que residía entre aquellos muros, pues, una vez marcada, solo alguien del mismo linaje podía hacerse cargo de mí y usarme. Infringir esa norma tenía funestas consecuencias para cualquier otro miembro que mancillase mi cuerpo, la Hermandad no se andaba con chiquitas.
Sven era el hermano menor de Einar, el Prelado por aquel entonces. Quería mantenerse célibe, y dedicarse sólo a los libros. Esa circunstancia no facilitó las cosas entre nosotros, ni hizo que aceptara de buen grado hacerse cargo de mí. Lo que sí sé es que, gracias a su perseverancia, aprendí a leer y a escribir mucho antes de lo que correspondía a mi edad. Eso me abrió un mundo inesperado y me familiarizó pronto no sólo con los preceptos y costumbres de una persona de Libre Uso sino también muchas cosas.
A cambio de esa amplitud de conocimientos, crecí siempre rodeada de adultos. No tuve amigos con los que correr o jugar al aire libre en el magnífico jardín de la Residencia. Lo más que se me permitía era salir unos minutos al día al huerto trasero, un lugar apartado de miradas curiosas, donde podía desahogarme a costa de arruinar las cosechas del pobre jardinero que temblaba cada vez que me veía aparecer por allí.
Compartíamos cama, pero Sven jamás me tocó. Dormía desnuda a su lado, como corresponde a un alumno y su mentor, pero en lugar de practicar sexo como indicaba el Código, me leía historias. Pasaba horas y horas contándome cómo los primeros navegantes que descubrieron la isla crearon la Hermandad y cuáles fueron sus momentos de esplendor. Mientras tanto, yo repasaba con el dedo el tatuaje de nuestro clan, impreso con tinta en el dorso de su mano, para memorizarlo hasta que me quedaba dormida en su regazo.
Como es lógico, no recuerdo mucho de mis primeros años allí. Al crecer me contaron que cuando aprendí a caminar, fui un terremoto de niña, lo peor. Me aburría como una ostra siempre encerrada en la parte aislada del complejo. Pese a no estar autorizada a ir a la zona de aulas, hacía todo lo posible por colarme en ellas. A escondidas, veía cómo los profesores instruían a los alumnos tanto en asignaturas convencionales como en diversas artes amatorias, sin hacer distinción entre niños y niñas.
Las ilustraciones y textos de los libros de Sven me habían enseñado cómo una persona de Libre Uso podía satisfacer sexualmente a cualquier miembro de su Familia Anfitriona, independientemente de que fuese un hombre o una mujer. Se trata de un vínculo que va más allá de las tendencias sexuales de cada uno, es algo más fuerte que la mera atracción carnal.
Gracias a las enseñanzas del bibliotecario, mediante palabras y dibujos, nada de lo que vi a hurtadillas me pareció escandaloso y encontré de lo más natural lo que allí sucedía. Felaciones y sodomías sobre todo aunque si la niña estaba lo suficientemente desarrollada, no era extraño ver algún que otro episodio de sexo vaginal junto a algún compañero o profesor.
Estuvieron a punto de pillarme varias veces. De hecho, la gobernanta me insinuó en más de una ocasión que estaba al tanto de mis andanzas; incluso me advertía cuando sabía que habría algún tipo de visita por los pasillos no prevista para que no me arriesgase más de la cuenta y me estuviera quietecita en mi habitación.
Con el tiempo, mis incursiones en la zona prohibida se volvieron más frecuentes y osadas. Era lista como el hambre y, al cumplir los siete años, me hice con el uniforme de una interna en la lavandería para disimular mi presencia si, por desgracia, algún profesor me sorprendía en los pasillos.
Obviamente, mi precaución era de una candidez sonrojante: la mayoría de las aulas estaban vacías y, en aquellas donde se impartía clase, no asistían más de una docena de alumnos. No siempre había sido así; en los años de esplendor de la Hermandad aquellas mismas aulas hubieran estado abarrotadas. Sin embargo, en aquellos días la afluencia de niños había descendido bastante, allí se conocían todos; una cara nueva no habría pasado desapercibida.
Por si esto fuera poco había otra característica en mí que me hacía totalmente inconfundible: el color anaranjado de mi cabello, toda una rareza en la isla; que además mis ojos fueran claros me convertía en un caso único, aunque para mi descargo he de decir que yo no fui consciente de eso hasta que salí por primera vez de aquellos muros al cumplir los catorce años.
Si bien mi primera infancia es una nebulosa en mi mente, la bruma se disipa el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad de ese año. Apenas faltaban unos meses para mi ingreso oficial en la Residencia, lo más prudente hubiera sido permanecer oculta en la habitación de Sven, no obstante mi enorme curiosidad me jugó una mala pasada.
Era un día especial en la Residencia, las puertas estaban abiertas a todos los clanes de la Hermandad, las futuras Familias Anfitrionas acompañadas de sus Huéspedes de Libre Uso tenían acceso libre al colegio. Los internos preparaban diferentes actuaciones musicales o pequeños sainetes teatrales que eran disfrutado con agrado por los asistentes.
Tanto Sven como el resto de los profesores estuvieron enfrascados en los preparativos, así que no me resultó complicado ponerme el uniforme robado y escabullirme. Como me quedaba algo grande, caminaba muy erguida para parecer mayor. Pude ver la sorpresa dibujada en la cara de varios visitantes que se cruzaron conmigo, incluso una señora mayor me sobó el trasero como a cualquier otro alumno para luego acariciar mi cabello, divertida. Estaba muy nerviosa, jamás me habían tocado de forma obscena aunque recordé las enseñanzas y no rehuí el contacto. Me dejé hacer, imitando al resto de los internos para no levantar sospechas.
Sin saber el motivo, creé tanta expectación que me pareció demasiado arriesgado entrar en el salón de actos para ver las actuaciones; sin embargo, no pude resistirme a mezclarme con el resto de la gente durante el banquete que se celebró a continuación. Literalmente, había de todo. Las mesas estaban atestadas de los manjares más selectos, de algunos ni siquiera conocía su nombre.
Familias Anfitrionas, profesores y alumnos se entremezclaban alrededor de las viandas y licores. Los Huéspedes de Libre Uso les acompañaban, mostrando orgullosos las medallas de sus respectivos Clanes marcadas a fuego en sus hombros.
El jolgorio y las risas eran constantes, así que supuse que nadie repararía en una niña pequeña que mojaba malvaviscos en la fuente de chocolate. Estaba tan enfrascada en mi dulce tarea que no advertí cómo el ambiente se iba caldeando y que varios de los alumnos estaban siendo requeridos por los anfitriones para mostrar lo aprendido durante el curso.
Justo a mi lado, uno de los visitantes que departía animadamente con un par de señoras, se dirigió a un alumno de último año. Era un jovenzuelo espigado, cuyo rostro cubierto de pecas competía en blancura con el mío, que les recibió con una franca sonrisa.
Pequeño… ¿eres tan amable…?
Era la señal convenida. A veces se trataba de una frase, otras un simple toque sutil en el brazo. Sin el menor titubeo el interno se arrodilló y allí mismo, delante de todo el mundo, echó mano a la bragueta del buen señor, introdujo su mano en ella para, acto seguido, sacar a la luz la polla flácida que guardaba. Sin más preámbulo, se la metió en la boca y comenzó a mamarla delante de todo el mundo. Nadie se inmutó por su acto, de hecho ni siquiera el agasajado dejó de conversar con sus acompañantes mientras su miembro viril iba adquiriendo dureza. Sólo le tembló ligeramente la voz cuando estaba a punto en el interior de la boca del chaval. Hizo una breve parada en su cháchara, agarró al chico del cabello con cierta violencia y descargó toda la simiente en su boca. Recuerdo cómo le brillaban los ojos mientras forzaba la garganta de mi compañero, con los años he aprendido a identificar así el sadismo que ocultan algunos Anfitriones aparentemente amables y educados. Pese a su buena reputación pública, en privado llevan a la norma al límite e inventan subterfugios para traspasarla cuando les interesa.
Eres bueno, jovencito… ¿ya tienes asignada una familia?
El chico asintió mientras se incorporaba, tragando lentamente el esperma, teniendo mucho cuidado de no desperdiciar una gota.
¡Sí, señor!
¡Qué lástima! Al menos me queda el consuelo de que mi esposa y yo podremos hacerte alguna visita antes de que termine el curso - protestó el adulto mirando sibilinamente el trasero del muchacho.
Cuando ustedes quieran, señor - repuso el otro muy sonriente, feliz de ser del agrado del visitante -.
Una vez más mi curiosidad innata me jugó una mala pasada. Me quedé mirando boquiabierta el pene semi erecto y el hilito de esperma y babas que caía de él. Nunca había visto uno tan de cerca, de hecho sólo conocía sus detalles por dibujos y textos. Sven era tremendamente celoso a la hora de salvaguardar su intimidad, jamás había visto su polla, ni siquiera por un desliz mientras dormía y las veces que había podido espiar al jardinero teniendo sexo con alguna de las alumnas no era lo suficientemente cerca como para poder distinguir ese detalle.
Pero, ¡qué cosita tan curiosa tenemos aquí! ¿Y tú de dónde has salido?
No contesté, me quedé petrificada. Él rió y contagió su risa al grupo de mujeres. De repente me vi rodeada de tres adultos que clavaban sus curiosas miradas en mí.
¡Alumnos de primer año, son tan deliciosos! - prosiguió el hombre acariciando mi mejilla -. ¡Me encantan!
Sin darme tiempo a reaccionar me alzó como una pluma, dándome vueltas y más vueltas junto a él sin dejar de reír.
¡Eres una preciosidad! - estaba entusiasmado - ¡Jamás había visto algo así! ¿Eres nueva? No recuerdo haberte visto por aquí antes. Seguro que me acordaría, con ese pelo tan exótico y esos ojazos azules tan bonitos que tienes, princesa.
Aprovechó un espacio libre en una de las mesas, me colocó sobre ella con cuidado e impunemente introdujo sus manos bajo mi falda escolar. Haciendo gala de su experiencia, me quitó las braguitas con soltura, se las llevó a la nariz e inhaló con fuerza a través de ellas mientras el resto de adultos reía. Yo no sabía qué hacer.
¡Me turba este aroma de inocencia!
Y dirigiéndose a sus acompañantes preguntó:
¿Crees que tendrá los pelitos de ahí abajo del mismo color? Comprobémoslo, Mery Anne.
Sin darme tiempo a asimilar lo que estaba pasando, la más joven de las mujeres me abrió en canal, dejando expedito el camino hacia mi sexo. A pesar de la cercanía la postura no ayudaba, aun así me pareció distinguir la marca de fuego del Clan del Prelado impresa en su hombro. Como yo, era una persona de Libre Uso.
¡Eso es bueno! - musité, reconfortada.
Si había algo con lo que Sven me martirizaba día y noche era el hecho de que, al estar ya marcada, sólo podría ser usada por miembros de mi propio Clan. Incumplir esta premisa básica se castigaba con la máxima severidad para cualquier otra persona que mancillara mi cuerpo, aunque nunca quiso aclararme en qué consistía esa pena yo era lo suficientemente lista como para intuir que nada bueno.
Mi primer beso libidinoso me lo robó una hermosa joven de Libre Uso que estaba encinta, de labios carnosos e hinchados senos: dulce, pausado y lo suficientemente lúbrico como para humedecer mis labios y darles brillo. Conservé el recuerdo de ese beso e intenté reproducirlo cuando tuve que complacer a mis Anfitriones más jóvenes. A pesar de mi inquietud, fue algo maravilloso.
¡Tranquila! - Me susurró al oído, notando mi nerviosismo -. Relájate y todo irá bien.
Recuerdo el centelleo en los ojos del adulto clavados en mi sexo abierto. Lo examinó con vehemencia, palpando el interior de mis muslos con ambas manos mientras la más joven de sus acompañantes acariciaba mi pelo. Por extraño que parezca, su maniobra me tranquilizó; me transmitió calidez y complicidad mientras los otros dos me examinaban los genitales como si fuesen la dentadura de un caballo por comprar.
La sorpresa se dibujó en la cara del hombre al separar mis labios vaginales:
Está toda peladita todavía…
¿Mira, cariño? ¡Si tiene el himen intacto! ¡Qué ricura!
¿En serio? - preguntó su pareja, incrédula, acercándose un poco más - Pero… ¿cómo es posible? ¿A estas alturas del curso? ¡No puede ser!
¡Compruébalo tú misma!
¡Tienes razón!
La pareja miraba mi coño como si fuese un bicho raro, por fortuna no se acercaron más curiosos alertados por sus palabras. Abierta de piernas ante esos dos miembros de la Hermandad sentí vergüenza, no por mi desnudez sino por mi falta de experiencia en ese tipo de situaciones. Sin duda una alumna al uso hubiera sabido cómo actuar en ese momento, abriendo sus genitales para facilitar la visión de su intimidad al adulto, ofreciéndoselos para su disfrute.
Los libros de Sven me habían enseñado la teoría sobre decenas de formas de complacer sexualmente a mis futuros Anfitriones; sin embargo carecía de la práctica de mis supuestos compañeros de primer curso. Si ponían a prueba mis habilidades en el sexo, mi falsa identidad estaba más que comprometida.
Nuestro objetivo como persona de Libre Uso es dar satisfacción sexual a un Anfitrión adulto lo antes posible y todas las enseñanzas impartidas en la Residencia responden a ese objetivo. La dilatación de vulvas y esfínteres anales es una constante durante nuestro periodo de aprendizaje desde el mismo día de nuestro ingreso. No se trata tanto de maximizar nuestro placer sino de minimizar el dolor y sobre todo los daños: algunos anfitriones requieren de nuestras atenciones varias veces al día y no llevan nada bien eso de tener que contenerse porque alguno de nuestros orificios no esté disponible para ellos por un uso previo.
A esas alturas del año, los alumnos de primero ya habían tenido las suficientes clases prácticas para alojar en sus ortos una polla de tamaño medio como aquella sin relativos problemas, y sin duda más de una niña ya habría hecho sus pinitos a la hora de practicar el sexo vaginal.
En el caso de las chicas, si bien asimilar una verga adulta completamente por una vagina infantil era algo improbable a esa edad, no ocurría así con otra clase de juguetes sexuales de tamaño reducido con los que contaba el centro, cuyo uso recurrente se llevaba por delante nuestro himen prácticamente desde el primer día. A finales de diciembre, la membrana que adorna la entrada de nuestra vagina debía ser historia, y en mi caso no era así.
¡Cómeselo! - Indicó la mujer, sin apartar la mirada de la tela que adornaba mi sexo.
Sí, tengo curiosidad.
Su marido me abrió el coño y lo lamió con una naturalidad pasmosa. Me lo estuvo chupando un rato, recuerdo que me entraron unas ganas de hacer pipí tremendas. Me contuve, algo me decía que no era el momento. Después me pasó a sus dos acompañantes que procedieron a imitar su gesto. Mi coñito virginal pasó de boca en boca como si de un dulce se tratase. Nerviosa, eché la cabeza a un lado y descubrí que cada vez más niños estaban en idéntica o similar situación a la mía. Sus agudos chillidos al ser penetrados se escuchaban por encima del murmullo general.
Enseguida me di cuenta de algo que con los años de práctica he ido corroborando: hombres y mujeres comen el coño de forma distinta. Por mucho que ellos se esfuercen, jamás logran igualar la experiencia que se adquiere cuando te lo hacen a una misma. De ese modo nos es más sencillo reproducir en otra hembra todo lo que experimentamos en carne propia. La señora lo hizo bien, no obstante sin duda fue mi colega la que consiguió elevarme hasta el cielo apenas entró en acción, y me mantuvo ahí hasta que me corrí en su cara. Fue mi primer orgasmo y me gustó tanto que incluso protesté cuando ella dejó su lugar a su Anfitrión, bastante más torpe con la lengua, que se bebió el néctar que la otra había libado con maestría.
¡Delicioso!
Tras ese primer orgasmo, relajé mi cuerpo y mi mente se evaporó. Con los párpados entornados, noté cómo alguien me lamía el culo suavemente. No me hizo falta abrirlos para identificar quién de mis tres amantes estaba haciendo un trabajo tan sublime. Noté cómo su suave lengua jugaba con mi esfínter, humedeciéndolo, dilatándolo suavemente, preparándolo para lo que iba a venir después. Escuché el sonido metálico de la hebilla de un cinturón golpeando contra el suelo. Al abrir los ojos descubrí al Anfitrión parlanchín verga en mano, con los ojos encendidos fijos en mí. Cuando la futura mamá separó mis glúteos fui consciente de que mi iniciación anal era inminente. Estaba asustada, creía que iba a dolerme, aún así me prometí a mí misma que, pasara lo que pasara, no iba a gritar. Si montaba un escándalo, Sven me descubriría, y probablemente pasaría el resto del curso encerrada a cal y canto en su habitación, cubierta de grilletes para no poder salir de allí ni para orinar.
Las dos mujeres me abrieron en canal, estirando y elevando mis piernas de manera que la entrada de mi orto quedase a merced del Anfitrión, que no dejaba de acariciar su herramienta para endurecerla.
Por favor señor, tenga cuidado - susurró mi colega en voz baja cuando él enfiló su estoque hacia mi abertura trasera.
Jamás olvidaré la cara de odio que se dibujó en la cara del hombre. Entrometerse en una acción sexual de un Anfitrión tampoco estaba permitido.
¡Ya aclararemos esto tú y yo en privado! Ahora te callas y obedeces, como es tu obligación.
Sí, señor - musitó la chica, avergonzada por su desliz-.
¡Abrela todo lo que puedas! ¡Quiero que todos la oigan gritar!
La intervención de la joven, lejos de mejorar mi situación, la empeoró de manera considerable. El tipo aquel estaba muy enfadado, sus pupilas echaban fuego.
Intenté relajarme y no pensar en lo que iba a suceder. Tampoco quería mirar, creyendo que de este modo el mal trago sería algo menor, así que me fijé en la chica Libre Uso que forzaba mi cuerpo hasta tensar los tendones al máximo. Era bonita, muy bonita. Tenía los pómulos marcados y una mirada franca, con unos ojos marrones que se clavaban en los míos intentando tranquilizarme. La barriguita, lejos de afearla, embellecía el resto de sus facciones, dulcificándolas. Fue entonces cuando vi la huella de la medalla impresa en su hombro con más nitidez. El marcado era burdo, la cicatriz era horrible. Fue entonces cuando caí en mi error: su marca era similar aunque no idéntica a la mía.
Angustiada, busqué con ahínco el dorso de las manos de los Anfitriones que iban a usarme. Quise morirme: definitivamente no eran de mi clan.
¡No! ¡No! - Chillé de inmediato.
Comencé a gritar y a retorcerme, intentando salvaguardar la integridad de mi orto. Creo que hasta liberé una de mis piernas y llegué a golpearle el pene del que iba a ser mi primer amante con mi talón.
¡Pero qué haces, niña! - Gruñó el tipo, molesto.
¡Habrase visto, qué desfachatez! - Protestó su mujer tanto o más enfadada que él.
¡Tranquila, tranquila! - Me decía la chica una y otra vez, con cara de asombro.
El tipo se ofendió, y sin darse por vencido, agarró de nuevo su estoque y arremetió contra mí con todavía más ganas. Olvidó sus falsos modales y sacó toda su rabia por el agravio público.
¡Abridla bien, se va a enterar esta zorra! ¡Se la voy a clavar hasta los huevos…! ¡Maldita hija de puta…!
Se formó un tumulto a mi alrededor; que una estudiante de primer año se resistiese a ser usada no era extraño, aunque sí poco habitual y más en ese día tan señalado. Normalmente, si algún alumno o alumna de primero todavía no estaba listo para atender a los mayores antes de la gala navideña, se buscaba alguna excusa, alguna falsa indisposición para justificar así su ausencia y evitar problemas.
¡SVEN, SVEN!… - comencé a chillar, angustiada, mirando a un lado y a otro, buscando desesperadamente a mi mentor.
Mis gritos alertaron todavía más a la concurrencia, y lo que iba a ser una simple sodomía a una estudiante de la Academia, se tornó en un espectáculo aleccionador para todos los alumnos presentes.
Impotente, y a pesar de mis protestas, fui de nuevo inmovilizada esta vez por dos fornidos señores de los que me fue imposible zafarme. No fueron tan delicados como las hembras, tensaron mi cuerpo infantil como si fuesen la cuerda de un arco, separando mis piernas hasta casi desencajarlas de las caderas, ofreciendo al vejado la entrada de mi culo a su total disposición.
¡Eso es! ¡Te vas a enterar, niña! - Bufó aquel tipo, abalanzándose contra mí.
Por fortuna para todos, estaba tan cabreado y la entrada de mi culo era tan pequeña que su primera arremetida pinchó en hueso.
¡Mierda! - Gruñó.
Enmendando su error, se lo tomó con algo más de calma, y utilizó una mano para abrirme los glúteos mientras dirigía su estoque hacia la minúscula diana con la otra. Ya notaba su polla presionando mi esfínter cuando una enorme mole salió de la nada y empujó al buen señor contra la mesa, que cayó de bruces contra la fuente de chocolate, rebotó en ella, dando con sus huesos en el piso.
El estruendo de la vajilla al caer haciéndose añicos fue tremendo, concentrando las miradas de todos los asistentes en lo que estaba sucediendo. Si mi intención era pasar desapercibida, estaba claro que no lo había conseguido.
¡Qué demonios! - Gruñó el tipo, totalmente embadurnado de chocolate y malvaviscos.
Todo el mundo calló y se hizo a un lado, dando espacio al recién llegado. Yo, todavía expuesta sobre la mesa, no sabía qué hacer. Liberada, cerré las piernas a toda prisa, tragué saliva cuando sus ojos envueltos en ira se clavaron en los míos. Jamás le había visto hasta ese momento. Sólo había escuchado su voz ronca hablando a gritos con Sven. Era mucho más grande que él, imponían sus ojos oscuros, negros y desafiantes, aunque no más que el resto de su fornido cuerpo.
¡Prelado! - Bramó el Anfitrión ultrajado, todavía desde el suelo - ¿Qué demonios pasa?
El recién llegado apretó los puños y respiró un par de veces hasta que se tranquilizó. Creo que me habría estrangulado allí mismo de haber estado a solas conmigo. Jamás olvidaré su mirada, parecía un león enjaulado. Después, recobró una brizna de raciocinio y tendió la mano al vencido:
Está asignada - le anunció con voz ronca, reprimiendo su furia -.
¿Como? - Preguntó el otro, aceptando la ayuda.
Esa niña, ya está asignada.
¿Ya? ¿Tan joven?
Sí.
Hasta yo noté como el Prelado volvía a tensarse, sin embargo la torpeza de aquel otro tipo era infinita, y en lugar de callar, no se dio por vencido.
¿En serio? ¿a quién? Tú renunciaste a Amber…
¡En su día será Huésped de mi hijo! - le interrumpió el otro sin el menor miramiento.
¿De Ben? Pero… pero siempre ha dicho que él no...
¡HE DICHO QUE ESTA NIÑA SERÁ PARA ÉL!
Los puños del gigante volvieron a cerrarse y su gesto comenzaba a perder la compostura.
Pero… - siguió insistiendo el tipo sin ser consciente del peligro que corría cuestionando al Prelado de la Hermandad en público.
¡HE DICHO QUE ESA ALUMNA YA ESTÁ ASIGNADA! ¡LEAH YA ESTÁ ASIGNADA! - bramó el Prelado con furia - ¿COMPRENDES? ¡LEAH!
Jamás olvidaré la expresión de aquel idiota al escuchar mi nombre. Supongo que, como miembro del consejo, conocía de mi existencia aunque no mi aspecto físico. Se puso lívido como la nieve al ser consciente de su situación.
¿¡Leah!?
¡Sí!
Al tipo aquel le cambió la cara. Ya no había rastro en ella de su suficiencia mal camuflada de amabilidad.
¡No… no la he tocado! - su mentira era tan flagrante que comenzó a temblar y balbucear como una vieja asustada - ¡Lo juro…!
¡CÁLLATE! - lo cortó en seco el Prelado, no queriendo dar más que hablar.
La asignación de un alumno era un simple formalismo. Hasta la Ceremonia de la Medalla, cualquier miembro de la Hermandad podía usar nuestro cuerpo con total libertad. De hecho la Academia agradecía mucho las visitas de adultos, que colaboraban en nuestra formación especialmente en cuestiones de sexo; era inviable que dos o tres profesores pudiera dar abasto con toda una clase de niños llenos de energía con ganas de aprender. Tales actividades entraban en conflicto con el hecho de que yo ya estuviera marcada. Debía aprender todas y cada una de las variables del sexo, y a la vez reservarme exclusivamente para el Clan al que pertenecía, manteniendo mi peculiar condición en secreto. Resultaba todo un reto que en ese momento ni el mismísimo Prelado sabía cómo afrontar.
La mirada de Einar me atravesó las pupilas. Parecía muy enfadado, como cuando discutía con su hermano pequeño sobre mí en sus contadas visitas nocturnas a la Residencia. Insistía en que el bibliotecario debía iniciar mi entrenamiento corporal cuanto antes, a lo que el otro se negaba escudándose en su celibato. Los gritos resonaban por toda la habitación mientras yo permanecía oculta bajo las mantas haciéndome la dormida. Y en ese momento el gigantó estaba frente a mí, conteniendo su rabia, mirándome con un odio visceral por haber perdido mi anonimato.
Algo en mí despertó. No sé qué sucedió, diría que mi cuerpo actuó con criterio propio, tomando el relevo de mi mente bloqueada por la situación. En lugar de llorar, pedir perdón o intentar huir, agarré mis piernas por las rodillas, las acerqué a mi pecho para luego abrirlas totalmente, ofreciendo de este modo al adulto el camino expedito a mis genitales. Forcé la postura para flexionar la cadera consiguiendo que mi ano también quedara expuesto. Finalmente, separé mis labios, resecos por el miedo, poniendo mi boca inexperta a disposición de la voluntad adulto.
Mi acción irracional tuvo efecto, Einar se quedó paralizado. No sé el tiempo que permanecimos conectados por la mirada: segundos, minutos… a mí me parecieron horas. Parsimoniosamente, el miembro más importante de la Hermandad se colocó entre mis piernas, sacó su verga adormecida y comenzó a rozar con ella mi zona genital. La diferencia de tamaños entre él y yo era enorme y se puso de manifiesto en la cercanía.
Sven se adelantó al resto de los presentes. Quiso decir algo pero su hermano mayor lo silenció con una mirada. Ni nada ni nadie podían detenerle, mi suerte estaba echada.
Entorné un poco los párpados y suspiré. Me gustó el dulce cosquilleo que su polla provocó en mi sexo. Era un roce suave, cálido y pausado, que recogía los restos visibles de mi anterior orgasmo y los extendía por mi minúsculo Monte de Venus. Pese a ser totalmente neófita en el asunto, noté que el miembro viril era bastante voluminoso, acorde al tamaño del cuerpo al que acompañaba. Con la mano libre, Einar me acariciaba el muslo, sus dedos eran tan largos que podían rodearlo por completo. Su piel era áspera, inquietante, más propia de un leñador que de un hombre de despacho, sin embargo fue delicado y sus tocamientos en mi zona más íntima resultaron mucho más placenteros para mí que los recibidos por su torpe antecesor.
Noté su dedo jugueteando con mi sexo, recolectando los últimos rescoldos de flujo, uniéndolos a su saliva formando una mezcla con la que lubricó mi ojete. Cuando sentí la opresión en mi culo supe que mi momento había llegado, sin embargo, no rehuí el envite ni hice mención de cerrar las piernas: seguí ofreciendo mi cuerpo como las más avezada persona de Libre Uso.
¡Mírame!
Obedecí. Me sumergí en sus ojos oscuros mientras sentía cómo mi cuerpo se abría milímetro a milímetro alojando su ariete. Sé que suena increíble pero no sentí nada durante mi primera sodomía: ni bueno ni malo, ni placer ni dolor, ni gusto ni dicha; nada.
También en eso fui un caso excepcional. Debería haber gritado, chillado, retorcido de dolor, llorado a lágrima viva como hubiera correspondido a una niña de mi edad siendo usada. En cambio yo permanecí imóvil, reteniendo mis piernas en esa posición para favorecer la perforación de mi ano, con los ojos conectados a los del Prelado. Yo no lo recuerdo exactamente pero Sven siempre me ha contado que ni siquiera parpadeé cuando su hermano me empaló muy adentro: nunca había visto algo igual.
Durante las siguientes penetraciones tampoco mis sensaciones fueron muy distintas. Símplemente notaba cómo mis carnes se abrían, cómo mis órganos internos se iban reordenando al tiempo que la serpiente de Einar se acomodaba en mi interior, y cómo, tras su salida, estos se colocaban de nuevo en su lugar original antes de reiniciar el proceso, cada vez a más velocidad. Era una sensación extraña en mi ojete, ni siquiera molesta, ni mucho menos dolorosa. Mi cuerpo ni siquiera protestó cuando el Prelado, tal vez herido en su orgullo o embriagado por la lujuria, se empleó más a fondo, y subió tanto el ritmo como la profundidad de las penetraciones.
Recuerdo la cara de asombro de todos los presentes en general y de Sven en particular mientras el Prelado me usaba por primera vez. Obviamente no esperaba una reacción así por mi parte. También la rabia había desaparecido del rostro de Einar transformandose en un placer mal disimulado, mientras su polla transitaba libremente a través de mi esfínter anal. Tal vez me resultaron molestos sus tres o cuatro arreones finales más que nada porque, debido a su ímpetu en la enculada, aplastó mi cuerpecito contra la mesa con su mole de músculos.
Cuando lo consideró oportuno, Einar dejó de sodomizarme, sacó su verga de mi culo y eyaculó sobre mi pecho, dibujando manchas desordenadas sobre mi vestido escolar.
El prelado se incorporó, se subió los pantalones a toda prisa y atravesó a toda prisa la muchedumbre que nos rodeaba sin ni siquiera despedirse, con el mismo ímpetu que a su llegada.
Yo continué expuesta e inmovil, con el olor a esperma inundando mi nariz e irritando mis ojos. La gente a mi alrededor no dejaba de murmurar a mi costa.
¡Mirad eso!
¡Ni siquiera ha sangrado!
¡Qué maravilla!
Y más siendo tan pequeña…
Tan sólo la chica embarazada se acercó a mí, me dio un besito en la frente y me susurró un reconfortante:
Lo has hecho muy bien, pequeña Leah.
Mi momento de gloria resultó efímero: Sven me cogió en brazos y me sacó de allí en volandas entre cumplidos y palabras de admiración de los presentes.
¡En menudo lío nos has metido! ¡¿En qué demonios estabas pensando?! –repetía una y otra vez mientras nos dirigíamos a nuestra habitación a toda prisa– ¡Y si ese desgraciado llega a metértela! ¡Probablemente estaría muerto ahora mismo!
En contra de mi naturaleza alocada opté por callar. Había hecho mal en acudir a la fiesta, traicionando su confianza y poniendo en peligro a gente inocente. Sven me metió en la cama sin ni siquiera desnudarme. Agotada por el torrente de emociones, me dormí con el intenso aroma del esperma sobre mi piel. Estaba tan cansada que no fui consciente de que la persona que ocupó un lugar a mi lado horas después no era mi tutor. Sólo cuando el desconocido se colocó sobre mí, guió su pene hacia la entrada de mi vagina y me aplastó con su corpachón, adiviné su identidad. Einar quiso ser el primero en usarme vaginalmente también.
La agenda del Prelado hasta entonces había sido tan apretada que rara vez tenía tiempo para pasarse por la Residencia una o dos veces al mes. A partir de entonces vino todas las noches, asumiendo en primera persona todo lo concerniente a mi educación sexual. También en eso fui un caso excepcional.
Fin del capítulo 1
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