"CLÁUSULA DE CONFIDENCIALIDAD" por Kamarati (02- CONTROL MENTAL)




A sus diecinueve años Adela era la inconsciencia personificada. Tenía tantos pájaros en la cabeza como pocas ganas de hacer algo tangible con su vida. Pésima estudiante, había comenzado decenas de nuevos proyectos que dejaba a un lado al poco de empezar con mil y un excusas de lo más endebles. 


  • “No era lo que tenía en mente”, “hubo un cambio en las condiciones” o “es que mis socios se han echado atrás”  - repetía una y otra vez a quien se interesaba por su futuro.


Su último capricho consistía en hacerse youtuber famosa y vivir de ello. La idea no tenía fallos en su cabeza. El trabajo de su padre, director del teatro de una ciudad costera, le proporcionaba contactos con todos los artistas relevantes que pasaban por allí. Charlaba con ellos de forma informal y de esas conversaciones sacaba la información suficiente como para dar contenido al canal que empezaba a despuntar. 


La chica tenía el desparpajo y desenvoltura suficiente como para hacer que sus videos fueran amenos. Cojeaba de cultura general y sus meteduras de pata, lejos de penalizarle, se hacían virales y eso le proporcionaba un publicidad y unos suscriptores extra. Además era una joven atractiva, morena, con unos ojos azules extraordinariamente claros; no muy alta, eso sí,  aunque bastante bien dotada de pecho. Realzaba la voluptuosidad de su cuerpo con ropas ceñidas y pronunciados escotes que le reportaban una nada desdeñable cantidad de espectadores del sexo masculino que podrían ser su padre. Que hubiese tipos maduros pajeándose viendo bastante más que el inicio de sus bonitas tetas le tenía sin cuidado, ella sólo quería que su número de visitas y “likes” fuese en aumento, y si tenía que marcar pezones delante de la cámara, lo hacía sin remilgos.


Siendo objetivos el asunto le iba relativamente bien, el principal problema de Adela en ese caso, como tantas veces antes, partía de ella misma: carecía de la paciencia y la constancia necesarias para labrarse un futuro en aquello a lo que se dedicase. Quería la fama y la quería ya. Tal vez por eso, en algunas ocasiones, perdía las formas con sus invitados para buscar la polémica, como cuando le preguntó a una violoncelista de cierto renombre sobre el lesbianismo en el mundo de la música clásica. Su padre y ella la habían pillado bastante ruborizada encerrada en la sala de conciertos con una empleada de la limpieza y quiso ponerla en un aprieto burdamente en busca de una exclusiva con algo de impacto a nivel nacional.


  • La semana que viene actúa en el teatro Mateo Rossi, ¿sabes quién es? - le dijo un día su padre durante el almuerzo.


Ya eran más de las tres de la tarde y Adela acababa de levantarse, no tenía humor para los acertijos de su padre. Sus ojos todavía no se habían acostumbrado al exceso de luz.

 

  • Ni idea. ¿Debería?

  • ¿No sabes quién es? Es un mentalista argentino bastante famoso allá que ha venido a España a promocionar sus libros. Ha estado en varios programas de televisión hipnotizando a la gente…


Adela solía desconectar durante las largas explicaciones paternas, a su padre le gustaba escucharse y alargaba sus conversaciones de una forma a menudo exasperante. Su cabeza se regía por otras normas: todo lo que no podía resumirse en menos de un minuto carecía de interés. Sin embargo esta vez la joven sí prestó atención, sobre todo al escuchar los nombres de los programas de televisión de máxima audiencia en los que había actuado ese tipo. 


  • …  y me han pedido que busque gente para su espectáculo. Una especie de prueba…


Adela mostró un aplomo poco habitual en ella a esas horas para interrumpir a su padre. 


  • ¡Me apunto! 

  • ¿Tú? ¡Qué va! 

  • Pero… ¿por qué? Ya he trabajado en el teatro otras veces. 

  • Sí, y agradecería que no me lo recordases, la verdad.

  • Jo, papá. Me quedé dormida, ya te lo dije.

  • Si en lugar de trasnochar tanto haciendo esos videos estudiaras más te iría mejor. Hace dos años que deberías haber terminado el grado de Formación profesional. 

  • Venga, va, papá… además es sólo una prueba. Si me aceptan, genial y si no no, no pasa nada. Al menos podré sacar una buena historia de todo esto.

  • No. De eso nada - se apresuró a apuntar su padre muy serio -. Ya nos advirtieron que harían firmar un documento de confidencialidad a todos los presentes. 

  • Y eso… ¿Qué quiere decir?¿Que no puedo contar nada de una función que van a ver cientos de personas?

  • No, no es eso. Eso sí puedes contarlo obviamente, aunque no están permitidos los móviles. Lo de la selección es lo que no conviene que se sepa. 

  • Pues no lo entiendo.

  • Ay, hija con lo morena que tú eres y lo rubia que pareces a veces.

  • ¡Papá!

  • Se supone que la gente que sale al escenario se elige al azar entre todos los espectadores de la sala. Si se supiera que está todo dirigido, la gente dejaría de ir al espectáculo, perdería la gracia.


A Adela se le erizó la piel mientras asentía, aquella historia podía darle mucho juego a su canal. Poner en evidencia a un tipo famoso le reportaría un montón de visitas. Era la oportunidad que estaba esperando, un auténtico pelotazo.


  • Entonces… ¿ te hipnotiza o no?

  • Que sí, que sí. Claro que te hipnotiza. He visto su espectáculo en Barcelona y es una máquina. El asunto es que, por lo visto, no todo el mundo vale para ser hipnotizado. Por eso se hace una prueba cada mañana, para separar el grano de la paja.

  • ¡Qué guay! Entonces… ¿voy o no voy?

  • Hija, ya eres mayorcita para tomar tus propias decisiones. Toma, rellena el impreso pero si te hacen buscar una bola de billar y me agarras de la cabeza delante de mis empleados te quito la paga de un mes, te lo advierto. ¡Y no llegues tarde!

  • ¡Que no, joder! ¡Qué pesado eres!

 

Por una vez y sin que sirviera de precedente Adela se tomó aquello en serio. Invirtió buena parte de la tarde en recopilar datos del personaje y ver alguna entrevista. También visionó algunos videos piratas en internet y lo que contempló le pareció tan increíble que pensó que todo resultaba un montaje. Había que ser un estúpido para hacer esas cosas encima de un escenario. Estaba convencida de que todo era una farsa y el tema de la selección previa no hacía más que reafirmar sus convicciones


Aun sin haber llegado a conocerle le gustaba ese tipo; en realidad le producía lástima, tenía cara de ser buena gente. Estaba segura de que, cuando acabase con él, volvería a su Argentina natal a criar ovejas y a beber mate en una alejada cabaña de la Pampa. Se le veía un tío normal, con un bigotito anacrónico,algo bajito y regordete, muy cordial y atento; que trataba a las personas que salían al escenario con buen gusto. No se reía de ellos, ni se metía con su aspecto o cosas así, como hacían muchos supuestos humoristas de moda. Cierto era que les ponía en situaciones comprometidas pero jamás se pasaba de la raya o les faltaba al respeto. En definitiva, se trataba de un espectáculo vainilla, apto para todos los públicos aunque aburrido para Adela. 


Al día siguiente la joven correteó por el hall del teatro como cuando era una niña y acompañaba a su papá al trabajo. Llegaba tarde, estar lista a esa hora le supuso un madrugón considerable. Una amiga le había hecho las uñas y peinado con un recogido muy elaborado. Los tacones de plataforma le impedían correr más rápido. Cuando llegó al salón principal del teatro la reunión ya había empezado. Se sorprendió de que el resto de los integrantes del grupo vistieran ropas informales, incluidas las chicas. Su aspecto estaba fuera de lugar, su mini vestido daba poco de sí y tenía que estar todo el tiempo recomponiéndolo para que no se le vieran las bragas cuando subió al escenario. 


  • ¿Ven? Esto les decía. Por favor, los que estén seleccionados para esta noche venid vestidos con ropa cómoda. Las chicas, nada de minifaldas. Tienen que estar relajadas y no pendientes de que no se vea nada indebido. Y por favor… no lleguen tarde. 

  • Perdón, es que…

  • Bienvenida, señorita Adela. Gracias por obsequiarnos con su presencia.


La chica quedó muda. 


  • ¿Cómo sabe mi nombre?

  • Soy mago… ¿recuerda? - devolvió él la pregunta con una mueca.


Ella abrió los ojos de par en par.


  • ¡Me quedo muerta! - Dijo con sinceridad -. 

  • En realidad es usted la única de la lista que faltaba por llegar, querida. Disculpe por la broma.

  • ¡Ah… qué idiota!  - se reprochó a sí misma en voz alta -.


Adela Intentó reponerse de forma educada, pensaba que dar una buena impresión era fundamental para ser escogida así que fingió un pesar que no sentía -. Siento haber llegado tarde.


  • No se preocupe, apenas habíamos comenzado - repuso él en tono educado, aunque sin llegar a ser condescendiente -. Tampoco quise criticar su modo de vestir, usted es una muchacha muy linda; simplemente estaba dando unos pequeños consejos, nada más.


El hombre fijó sus ojos marrones en los de la joven. Adela percibió un fulgor extraño en ellos e incluso notó cierto cambio en su forma de hablar. Seguía siendo educado aunque algo más incisivo, más directo, casi dominante pero sin llegar a ser molesto. Se inquietó.


  • ¿Trae el impreso de la confidencialidad, señorita Adela?

  • Sí, aquí está - se apresuró a contestar sacando de su pequeño bolsito de mano el papel que le dio su papá muy arrugado.

  • ¡Qué lindo! Adela, sería conveniente que lo firmase con su nombre… completo…


Adela se quedó lívida. Por un  instante no fue capaz de aguantar la mirada del tipo. Estaba un poco desorientada. Desplegó el papel y comprobó que lo que él decía tenía sentido. En efecto, había rellenado el impreso con su nombre de pila pero utilizando unos apellidos falsos. Sin embargo, con las prisas, había olvidado algo imprescindible. Resuelta, se dispuso a firmar el impreso pero cuando llegó a los apellidos fraudulentos le costó más de la cuenta escribirlos en la rúbrica.


  • ¡Mierda! - musitó cuando lo consiguió.


Le tendió el papel él lo recibió con una sonrisa algo diferente a las anteriores. Se sintió mal, como cuando era niña y le mentía a su papá. Intentó disimular fingiendo una sonrisa que hasta ella identificó como falsa sin verla.


  • Muchas gracias. Adela, sería conveniente que se relajase y  tomase asiento ahí, frente al público, con el resto de sus compañeros.


El tipo ganaba en las distancias cortas, hasta ella tenía que reconocerlo. Su voz profunda y ese acento porteño daban notoriedad a lo que decía. Resultaba agradable escucharle, utilizaba palabras sencillas y claras; y no se iba por las ramas. Bien afeitado y pulcro, le calculó unos cuarenta y muchos años, aunque las canas le daban un aspecto algo mayor. Saltaba a la vista que el tipo tenía tablas para hablar en público. Modulaba la voz, les miraba a los ojos conforme les iba hablando, utilizaba los nombres propios de todo aquel al que se dirigía y movía mucho las manos con las palmas hacia arriba descartando cualquier atisbo de hostilidad.


La charla preliminar no fue gran cosa. En primer lugar justificó la existencia de esa preselección, cosa que a Adela no le sorprendió. Confiada en su premisa de que todo aquello no era más que una farsa, identificó el gesto como una especie de “curarse en salud”,  buscar la complicidad de todos. Les explicó lo que ya sabía, que no todo el mundo es susceptible de ser hipnotizado y que se trataba de hacer una especie de criba inicial para que el dinero pagado por el espectáculo valiese la pena al público. También insistió en que era un acto voluntario, que no iba a pagar dinero por subir al escenario, pero que los seleccionados estaban invitados a una especie de aperitivo después de la función junto con el personal de la compañía y los trabajadores del teatro. Por último les indicó que quien no estuviese cómodo con lo sucedía en cualquier momento podía irse libremente, estaban allí por iniciativa propia. 


  • No quiero saber nada de ustedes más allá de sus nombres, eso lo dejaremos para el espectáculo, ahora no es importante - gritó el mentalista proyectando su voz -. Les explicaré lo que va a pasar esta noche. Primero les invitaré a subir al escenario, les preguntaré su nombre y su lugar de procedencia, puede que algo trivial si viene al caso, tal vez una pequeña broma por la que les pido disculpas anticipadamente. Después les invitaré a sentarse en las sillas que están ahora y les iré llamando uno a uno o en parejas para las demostraciones y se colocarán en estas que están libres en medio de los focos. Que les seleccione para sentarse en las sillas exteriores no significa que interactuemos en el escenario, el tiempo que disponemos es limitado. Si no son elegidos, al menos tendrán una perspectiva privilegiada de lo que acontece. Sé que no es mucho, de verdad que lo siento.


Uno a uno fue buscando el gesto de asentimiento de todos los presentes.


  • Perfecto. Ahora hagamos un pequeño ejercicio de relajación. Sería conveniente que cerrasen los ojos e imaginaran una esfera blanca…


Adela decidió seguir el rollo, convencida de que todo aquello no era más que una patraña. Hubo quien no logró concentrarse aunque ella se sintió realmente bien, relajada y tranquila mientras lo hacía. Pese a su total escepticismo, tenía que parecer receptiva, si no lo hacía corría el riesgo de quedar excluida y toda su estratagema no serviría para nada. 


  • Bien. Ahora quiero que estén atentos. Yo haré una serie de cuestiones a todos en general. No tienen que hablar, simplemente sería conveniente que alzasen la mano cuando estén de acuerdo, ¿correcto?


Alguno de los presentes dijo que sí y otros asintieron con la cabeza. Sólo Adela levantó la mano, lo que provocó la risa de alguno de sus compañeros. Ella fue la primera sorprendida, lo había hecho sin pensar, su gesto no pasó desapercibido para el mentalista que volvió a mirarla con ojos brillantes. La joven en cierto modo se sintió desnuda.


Las preguntas siguientes eran de lo más triviales, casi infantiles, en un ambiente de lo más relajado pero siempre formuladas de la misma manera, con la misma cantinela como si fuese un poema infantil cuyo comienzo de verso fuera siempre igual.


  • Bien, estén atentos, esta es la última. Sería conveniente que levantase la mano quien haya venido aquí a reventarme el espectáculo de esta noche…


Todo el mundo miró a Adela murmurando con estupor. Al principio la joven desconocía el motivo. Aterrada vio su mano alzada sin que ella hubiera dado la orden conscientemente y la bajó a toda prisa. Se produjo un silencio tenso en el grupo, luego risas burlona. Por fortuna para ella fue el propio artista el que se encargó de romperlo sin dar más importancia a lo ocurrido.


  • ¡Perfecto, perfecto! Ya es suficiente. Muchas gracias, de verdad. Si no son elegidos, no se lo tomen a mal. No olviden lo de la ropa y, por favor, no lleguen tarde. Les espero esta noche… - hizo una pausa fijando la mirada  en Adela -... a todos.

*****

  • ¡Cómo eres tan tonta! - se dijo Adela mirando al espejo de su cuarto de baño un par de horas más tarde.


Ya era la tercera vez que se lavaba la cara y aun así no lograba salir de su aturdimiento. Tras lo ocurrido, no tenía ganas de ir a la función, era imposible que el mentalista la eligiese a ella para subir al escenario. Estaba frustrada y no sabía cómo gestionarlo. Por otro lado no quería hacer quedar mal a su padre, había movido los hilos para hacerle un hueco y no era cuestión de joderle. Más allá de sus ideas anticuadas sobre cómo ganarse la vida era un buen tipo, todos le tenían mucho respeto y eso ella lo valoraba aunque era lo suficientemente orgullosa como para no decírselo.. 


Esa noche no se esmeró mucho en mejorar su aspecto. Los zapatos de la mañana le habían producido daño en los talones así que se puso sus deportivas rojas, pantalones cortos y camiseta sin mangas con cuello alto, nada de escotada pero lo suficientemente ceñida para que se le marcasen bien sus generosos pechos, como sucedía con toda su ropa. Tampoco usó lentillas como de costumbre sino sus funcionales gafas de pasta fina. Seguía sintiendo una especie de entumecimiento general que le impedía reaccionar a las palabras con la mordacidad acostumbrada. Apenas se maquilló, aunque tampoco le hacía falta mucho para estar bonita, a su privilegiada anatomía no le hacía falta aderezo. Era una chica muy atractiva, lo sabía y se aprovechaba de ello especialmente con los hombres de cierta edad que la devoraban con la mirada. 


Como la esperanza de ser elegida era nula Adela se relajó y dejó a un lado sus ansias de notoriedad. Al inicio del espectáculo el tipo no hizo mucho paripé y fue al grano. Pidió voluntarios entre el público y un mar de manos se alzaron. Ella los imitó de mala gana, por puro compromiso y sin apenas motivación ya que su padre podría estar mirando y no esperaría otra cosa de ella.


Para su sorpresa el artista eligió a gente que no había pasado la prueba y a otros que sí. Intuyó que lo hacía para embellecer el escenario; todos los desconocidos eran jóvenes y bien parecidos. Ninguno de los que no habían conseguido concentrarse durante la mañana fue seleccionado, ya fuese feo o bonito. 


  • Bien, calma, calma. Sólo elegiré a una persona más…


Adela ya se estaba dispuesta a abandonar la sala cuando… sorpresivamente…  Mateo Rossi alzó su mano y la señaló. 


  • “¡Qué cabrón!” - pensó bastante enojada entre una nube de miradas - “Quiere reírse de mí, tenerme de florero y no dejarme hacer nada. ¡Se va a enterar, descubriré a todo el mundo que no es más que un fraude!”

  • Sería conveniente que esa señorita subiera al escenario y ocupase el último asiento libre, por favor.


Esbozando una sonrisa esta vez mucho más lograda que la de la mañana, la joven hizo su papel. Contestó a las preguntas triviales, nombre y localidad de procedencia nada más.


  • Perfecto, Adela. Sería conveniente que ocupases esa silla que queda libre y te relajases.


Al poco tiempo la joven permanecía sentada, algo cegada por las luces y extrañamente cómoda frente a las miradas de todo el mundo. Pronto se sumergió en el espectáculo, y si bien no olvidó su verdadero objetivo, lo pospuso para más adelante: procrastinar era una constante en su vida.


  • “Si le monto un pollo al final tendrá más impacto. Gritaré ahí delante que todo es un engaño, que todos los colaboradores estaban elegidos, que no es más que un cuento” - pensó muy satisfecha con su plan -.


La primera de las sorpresas para Adela fue que el mentalista elegía para la mayoría de sus números más arriesgados a personas que no habían estado en la reunión matinal.


  • “Seguramente son actores seleccionados previamente. Casi seguro que son los mismos en todos los espectáculos” - dijo para sí cuando vió a todos ellos ocupando la parte principal del escenario -”. Formarán parte de la compañía de ese desgraciado, seguro.” 


Independientemente de que fuese un engaño o no, cada número superaba al anterior en diversión y dificultad. Cuando terminaba, el hombre invitaba a sus colaboradores a que saliesen del escenario por lo cual el número de personas sobre el mismo iba disminuyendo de forma progresiva. 


Adela alucinaba, hasta ella tenía que reconocer que el mentalista se ganó cada uno de los euros que cobró por cada entrada. La gente reía a carcajadas y no dejaba de aplaudir. La influencer fue en parte protagonista secundaria de lo que creía el número final cuando ella  y el último de los chicos se sentaron en el vientre de una joven cuyo menudo cuerpo, tieso como una tabla, tan sólo se apoyaba en dos sillas colocadas bajo la nuca y los talones. Por mucho que la joven youtuber miró e inspeccionó no pudo detectar artilugio o soporte alguno que justificase tanta rigidez y eso la impresionó.


  • ¡Este tío es bueno de narices! - murmuró reconociéndole el mérito. 

  • Bien, gracias a todos por haber tenido la amabilidad de colaborar conmigo - dijo a la joven y a las otras tres personas que, junto a ella, no habían sido seleccionados -. Pueden ocupar su localidad para la despedida.


La cara de decepción se dibujó en alguno de los mencionados que se dispusieron a bajar del escenario. En cambio Adela se colocó justo en el centro, se arregló rápidamente su larga melena, tragó saliva y se dispuso a lanzar a los cuatro vientos su proclama. Su momento de fama había llegado, sólo esperaba que alguien entre el público lo estuviera grabando de forma clandestina.


  • Adela - la llamó el hombre justo antes de comenzar a hablar -, Adela sería conveniente que usted se quedase conmigo.


La volvió a atravesar con esa mirada extrañamente fría que le hizo olvidar su propósito. En lugar de su discurso revelador sólo pudo balbucear un mediocre:


  • ¡Sí…, sí señor!


Sin saber muy bien por qué, obedeció.


  • Bien, señores - gritó él incitando a los espectadores a permanecer en sus asientos -. Normalmente el espectáculo ya terminaría aquí pero como son ustedes un público tan maravilloso haremos un último experimento con esta bonita señorita que tiene un nombre tan precioso como ella.


El tipo se aclaró la garganta antes de proseguir:


  • Adela,  ahora sería conveniente que se sentara ahí en medio y que cerrase los ojos…


Adela percibió que todo el mundo se fijaba en ella. La embargó una dulce sensación de bienestar y, lejos de sentirse coaccionada, le apetecía hacerlo:


  • Muy bien, Adela. sería conveniente que, cuando abras los ojos, fueras una perrita; una perrita pequeña, muy nerviosa y complaciente conmigo. ¿Sí?


La joven asintió abriendo los párpados, intentó acompañar su gesto con palabras pero de su boca sólo partieron algunos ladridos agudos. Un coro de risitas brotó en el patio de butacas, en cambio ella estaba muy contrariada. Si a ella le apetecía ladrar en lugar de hablar no entendía la burla.


  • Perfecto, buena chica.


Los siguientes minutos, con Adela evolucionando sobre el escenario, provocaron la hilaridad de todos los presentes. Postrada a cuatro patas, hizo todo lo que el mentalista le pidió sin dejar de adoptar su faceta canina en ningún momento. Gateó gustosamente tras una pelota, bebió agua de un cuenco utilizando su lengua e incluso le llevó a su improvisado amo el extremo de una correa que ella misma se había colocado al cuello previamente.  


Mientras deambulaba de aquí para allá por encima de las tablas Adela era consciente de lo que hacía todo el tiempo. No se sentía forzada, todo lo contrario, estaba relajada, muy cómoda; de su mente no sólo desaparecieron de un plumazo sus ansias de fama, sino que sentía la necesidad imperiosa de obedecer cada uno de los mandatos que recibía por parte de aquel tipo y las caricias que él le proporcionaba tras la oreja cuando lo hacían era su única motivación, como un cánido de verdad.


El tipo la tuvo más de diez minutos actuando como un cánido, haciendo todo tipo de encargos típicos de una perrita bien amaestrada. 


  • Ya es suficiente por hoy, Adela - dijo el hombre acariciándole el cuello - sería conveniente que se relajara, se levantase y  volviera a actuar como una persona.


De inmediato el gesto del rostro de ella cambió. El rubor comenzó a anidar en sus mejillas. Lentamente se levantó del suelo y se quitó la correa algo cohibida por la expectación creada hacia su persona.


  • Gracias Adela, has estado fantástica. ¡Un aplauso muy fuerte para ella, por favor! 


La ovación fue atronadora, eso ayudó a que Adela reaccionase. No sabía muy bien lo que le había sucedido, desde luego nada acorde con lo planeado. Una sensación reconfortante la invadía mientras permanecía de pie en medio del escenario, igual que la que se experimenta con el deber cumplido.


  • Muy bien Adela, puede volver a su sitio pero antes sería conveniente que le dijese a estos señores lo que ha venido a hacer realmente esta noche al teatro.


La chica se aclaró la voz y dijo de forma muy clara:


  • He venido a boicotear el espectáculo - repuso la joven sin que le temblase la voz para, de inmediato, taparse la cara muerta de vergüenza -. ¡Joder, mierda!


Esta vez la cantidad de risas y aplausos que llenaron la sala fueron todavía más ensordecedores. Adela se puso colorada como un tomate, mucho más que cuando metía la pata en algún video de los que subía a la red.


  • ¿En serio? Me temo que no le ha salido muy bien, la verdad. Vuelva a su asiento, por favor y muchas gracias. Sin duda ha sido una chica muy servicial

  • Sí. Gracias. Perdón.


Adela poco menos que voló hasta su asiento y aguantó como pudo las miradas de sus vecinos de butaca. Alguno le lanzó un ladrido a modo de chanza pero ella estaba intentando analizar lo que le había sucedido y pasó de él. No había sido capaz de esquivar la pregunta o de inventar una mentira plausible, de su interior había surgido de improviso la necesidad imperiosa de decir la verdad.


Durante el aperitivo de cortesía tras la función todo el mundo hablaba del espectáculo en general y del número de Adela en particular. No fueron pocos los que la interrogaron intentando sonsacar algo de información pero ella no sabía muy bien lo que había sucedido, todavía no le encontraba explicación ni a su forma de actuar ni a su reacción posterior, lo único que sabía es que se encontraba más reconfortada por lo que había hecho que con un millón de nuevos “likes” en su canal y eso la tenía desconcertada.


El mentalista iba de un lado para otro, muy sonriente, midiendo las palabras, saboreando su éxito. Como buen anfitrión iba regalando los oídos a cada uno de todos los presentes. Llegó el turno de Adela  y no se salió del guión hasta que de manera discreta le susurró algo al oído.


  • Adela, sería conveniente que nos viésemos en diez minutos en el almacén.

  • ¿El almacén? - pensó la joven en un primer momento -. ¡Este de qué va!


Pero, tras la sorpresa inicial, pronto surgió en ella la necesidad imperiosa de acudir a la cita; sólo cuando abandonó al bullicioso grupo de personas y se escabulló discretamente comenzó a sentirse mejor. 


La chica conocía las instalaciones de memoria pese a que hacía años que no deambulaba por las tripas más profundas del teatro. De niña solía esconderse entre bambalinas, en la zona del gallinero o en los sótanos. El almacén era amplio aunque no tanto como le hubiese gustado a su padre; en él se guardaban un montón de muebles, trajes y material de atrezzo de antiguos y futuros espectáculos. El presupuesto de la institución era escaso y era habitual aprovechar componentes viejos en los nuevos proyectos por lo que estaba abarrotado de todo tipo de cachivaches.


En realidad Adela no sabía muy bien qué estaba haciendo allí, sólo que lo más conveniente para ella era encontrarse con aquel hombre. Tampoco sabía muy bien dónde ir así que se movía de aquí para allá entre los bultos sin un rumbo fijo, iluminada por el tenue destello de su teléfono móvil y las luces de emergencia. De repente, tras un sarcófago egipcio de cartón piedra, apareció el mentalista. Lejos de las miradas de terceros su sonrisa ya no se mostraba tan amable y el fulgor de sus ojos rayaba el propio de la locura o por lo menos el de alguien peligroso. La joven no se dio cuenta de que la silueta de sus senos eran el blanco de aquellos ojos lascivos y, en lugar de cruzar  los brazos intentando protegerlos de algún modo, sintió una tremenda satisfacción por la presencia del mentalista y se relajó.


  • Hola Adela. sería conveniente que me siguiera.


Ella no contestó.Conforme el número de órdenes iba aumentando, la necesidad perentoria de cumplirlas iba creciendo de forma exponencial. Como una corderita caminó tras él sin rechistar. Pronto llegaron a la zona más profunda del sótano donde un colchón desnudo sobre una cama con dosel algo ajada esperaba rememorar viejas glorias. El rincón estaba bastante más iluminado que el resto de la estancia, potentes focos alumbraban la cama. Adela pudo distinguir entre ellos una cámara de video sobre un trípode. Iba a preguntar algo al respecto pero la voz serena del argentino la interrumpió.


  • Adela, sería conveniente que se quitase toda la ropa para mí, - dijo de forma cortante, casi brusca - y que se excitase al hacerlo.


De repente las prioridades de Adela cambiaron. Ya no tenía la necesidad de conocer el motivo por el cual la lucecita roja de la cámara no dejaba de parpadear, lo que realmente le apetecía hacer era desnudarse completamente de manera inmediata delante de ese desconocido. 


Tras deshacerse de las gafas, sus prendas fueron cayendo lentamente una tras otra formando un montoncito desordenado sobre el suelo. Cada vez que se quitaba una su grado de satisfacción aumentaba y experimentaba una dulce sensación interior de placer que le resultaba adictiva y le incitaba a seguir. De hecho, cuando llegó el turno del sostén, poco menos que se abalanzó hacia el cierre frontal del mismo para abrirlo de par en par frente al mentalista y su tanga negro ya húmedo por sus primeros jugos íntimos cayó al piso casi a la vez de forma desordenada. Sólo cuando cumplió la sugerencia de él se sintió satisfecha y completamente realizada y, si bien no alcanzó un orgasmo en su integridad, sí que experimentó los prolegómenos del mismo. Sus pezones se endurecieron y sus labios se abrieron algo más de la cuenta en busca de aire fresco para compensar la calentura.


Adela, sería conveniente que se excitase con cada uno de mis halagos.


Como la chica pareció no comprender, él decidió predicar con el ejemplo:


  •  Adela, es usted una joven muy hermosa.


La joven experimentó una leve punzada en su vulva. Sorprendida, acusó el golpe, entornó los ojos y murmuró:


  • Gra… gracias.


El adulto se acercó y extendió su brazo. A ella le entró un escalofrío por la espalda. Tenía unas ganas locas de permanecer desnuda, que los ojos del maduro se recrearan en su cuerpo y le que le dijese cosas bonitas de él, sin embargo su extraño deseo no iba más allá. Se tranquilizó un poco al descubrir que el tipo llevaba algo en la mano y que, en lugar de abalanzarse contra sus tetas como daba la impresión, simplemente le tendía un rotulador, más bien un  delineador de ojos de color negro. 


  • Señorita Adela - prosiguió el tipo siempre en el mismo tono sereno -. sería conveniente que escribiese su nombre verdadero en su pecho. 


De nuevo el desasosiego invadió el cuerpo de la muchacha. Comenzó a sentirse mal y notó una opresión en el pecho. Su mente nublada sólo halló una forma de solucionarlo. En menos de un minuto sobre sus tetas podían leerse de forma nítida ya no sólo su nombre de pila al completo sino también sus dos apellidos.


  • Muy bien, muy bien. Adela, sería conveniente que no fuese tímida y se acercase más a la cámara para que pueda leerse bien eso que ha escrito.


Ella obedeció, exhibiéndose de forma impúdica delante del objetivo.


  • Perfecto, perfecto. ¿Ve cómo no era tan difícil firmar correctamente mi cláusula de confidencialidad, señorita Adela? Me molesta bastante que me mientan. Eso dificulta las cosas y va en demérito del espectáculo. 

  • Lo siento - musitó ella mientras alzaba sus senos para ensalzar las letras, era plenamente consciente de que no había actuado bien -.

  • No pasa nada - se apresuró él a apuntar -.


Aprovechó el compás de espera recreándose la vista en las mareantes curvas de la joven; en sus oscuros pezones, en su pubis rasurado y en la inscripción que iba formándose en esas tetas juveniles y bien proporcionadas -.


  •  Es usted muy bonita - prosiguió - y tiene un cuerpo precioso. 


La joven suspiró. 


  • … sus senos son soberbios.


El suspiro se tornó gemido. Cada halago le reportaba un estímulo adicional a su vulva y eso tenía reflejo en su rostro, cada vez más arrebolado.


  • Adela, sería conveniente que diese una vuelta completa para que le pudiera ver bien y luego se tumbase sobre la cama con las piernas bien abiertas.


Igual que minutos antes sobre el escenario y utilizando la misma fórmula, el mentalista fue dándole órdenes disfrazadas de sugerencias a la joven y gracias a ellas fue consiguiendo una serie de poses frente a la cámara que, más allá de sugerentes, cada vez eran más explícitas y obscenas. 


La joven se sentía como pez en el agua. A pesar de su natural descaro siempre había sido una chica muy celosa de su intimidad. Apenas un noviete le había robado un par de fotos en top less y eso le había costado la relación, un teléfono móvil de última generación y un bochornoso tortazo. En general ella era más de insinuar que de mostrar, en cambio, esa noche, en ese momento, en ese lugar, nada le apetecía más que exhibirse ante ese desconocido y que le dijese cosas bonitas sobre su cuerpo. Sus comentarios hacia él le producían un intenso calor en su intimidad por lo que no dudaba en adoptar poses que iban mucho más allá del decoro para obtenerlos. Él se los regalaba con cuenta gotas para prolongar su agonía, consciente del poder que tenía sobre ella.


  • Adela, sería conveniente que se masturbara para mí - dijo él finalmente justo en el momento en el que los genitales de la joven se mostraron claramente frente a la cámara, junto con su cara, la inscripción de su pecho y su fuego interno  -.


La morena experimentó de inmediato un deseo animal de darse placer. Cada sugerencia se le hacía más atractiva que la anterior y, lejos de parecerle inadecuada, cuadraba en su cabeza como la última pieza de un puzle. Resuelta, abrió su sexo, separó completamente las piernas y se masturbó frente a la cámara sin tapujos como lo hacía en la intimidad de su cuarto o durante sus largos baños de espuma. 


El  mentalista no dejaba de sonreír mientras la joven acariciaba su clítoris con vehemencia, y pese a estar satisfecho por su victoria quería forzar las cosas mucho más.


  • Adela, sería conveniente que se metiera los dedos muy adentro - dijo él en un tono cada vez más áspero y dominante, y haciendo una pausa prosiguió -, y  que no se corriera hasta que yo se lo permita.


La joven asintió, cambió de objetivo, dejó de frotarse el botoncito de placer, tornándose más lasciva, más intensa, hasta llegar al punto de no reservar nada a la hora de penetrarse. Sus ágiles dedos entraban y salían de su cuerpo a toda velocidad mientras su rostro se iba descomponiendo tanto por el placer que iba sintiendo como por la imposibilidad de consumarlo. 


  • Adela, sería conveniente que se diera más duro…


Las falanges de la joven alcanzaron un ritmo vertiginoso en su entraña y de su garganta comenzaron a manar jadeos y gruñidos poco compatibles con los de la especie humana. Se derretía por dentro, no es que no pudiera parar, es que por nada del mundo quería hacerlo. En su interior se libraba una batalla casi cruenta que tenía su reflejo en el exterior. Una parte de ella, sus dedos y genitales, deseaba arrancarle de lo más profundo el más salvaje y desgarrador de los orgasmos. Otra parte, su mente, se negaba tal y como indicaba el mandato recibido.



  • …  mucho más duro…


Adela rompió a sudar. Su sexo brillaba como la luna llena totalmente empapado de jugos íntimos que indicaban que su impetuoso final estaba cerca. Con el cabello cayendo desordenadamente sobre su pechos, se acuchillaba el sexo con los dedos frenéticamente, incluso meneaba la cadera al compás para que la inserción digital fuese más profunda y efectiva. Ebria de deseo, buscaba desaforadamente el orgasmo, un cénit al que, por otra parte, no le estaba permitido llegar pese a su esfuerzo. 


  • … más, más…


Con la mandíbula casi desencajada, los ojos en blanco y las piernas abiertas Adela estaba irreconocible. La joven arrogante se había convertido en un animal sexual totalmente plegada a los designios del mentalista. A los dos dedos que taladraban inmisericordes su coño se unió un tercero, ensanchando con ello las paredes de su vagina más allá de los límites nunca antes explorado. Los flujos resbalaban por su mano, envolviéndola de moco íntimo que facilitaban la maniobra percutora. Se daba tan duro que poco menos levitaba sobre la cama por los espasmos; sin embargo, por mucha y muy intensa que fuese la penetración, la joven no alcanzaba el clímax redentor. Su mente estaba a punto de quebrarse luchando contra un cuerpo que no quería obedecer a sus deseos y que se moría por estallar pero que no lo hacía, subyugado por la férrea dictadura de la hipnosis.


El argentino no cabía en sí de gozo. Aquella joven era un diamante en bruto, el Santo Grial de cualquier mentalista. Sólo con una persona entre un millón era capaz de alcanzar ese grado de control  y rara vez coincidía con un cuerpo tan soberbio como el suyo. Llegado ese punto, estaba convencido de que podría hacer todo, absolutamente todo con ella aunque, para su desgracia, el tiempo que disponía no era infinito y pronto el papá de la muchacha la echaría de menos, eso sin contar que mantener a la joven en ese punto de excitación tan extrema podría tener consecuencias irreversibles para ella. Había conocido a muchas chicas como ella y por muy insolente y malcriada que fuera la presunta influencer en el fondo no quería lastimarla, solo  darle una lección y, ya que se le había puesto a tiro, pasar un buen rato con ella. 


Tras unos minutos de sexo onanista extremo el mentalista decidió darle un respiro a la joven:


  • Adela, sería conveniente que eyaculase - accedió al fin -.


La mente de Adela por fin dejó de pelear con su cuerpo. Los deseos de ambas partes de su ser tomaron la misma dirección e idéntico sentido. El orgasmo llegó casi de forma simultánea a la última palabra de su mentor y fue acorde a la orden envuelta en sugerencia recibida. Liberada de trabas, lanzó un alarido de placer y literalmente explotó. De su vientre surgió un torrente de flujo vaginal que lo anegó todo en un radio de un par de palmos de su sexo y las contracciones de su vagina fueron tan intensas y eléctricas que hicieron que el clímax se prolongase más que nunca. El corazón de Adela latía a mil por hora mientras y  de su coño brotaban, uno tras otro, chorritos de flujo aromático y caliente, que formaron un charquito de humedad y lujuria entre sus piernas. 


  • ¿Qué demonios ha sido eso? ¿cómo es posible sentir algo así? - se preguntaba en silencio una y otra vez la muchacha, rota de gusto, con la mirada perdida en alguna parte del  techo del viejo almacén.


Adela sentía el pulso en su coño y cómo los últimos borbotones de su esencia abandonaban su cuerpo y resbalaban por la cara interna sus muslos. No daba crédito. Probablemente había sido uno de los orgasmos más intensos de su vida y lo había alcanzado gracias a las teóricamente inocentes sugerencias un tipo gordo, medio calvo,  de lo más vulgar… que en realidad ni la había tocado.


Mateo Rossy apagó la cámara cuando la joven todavía se consumía de placer sobre la cama. Era un tipo listo, no quería exponerse de manera innecesaria más de la cuenta, tenía mucho que perder. Una vez obtenida la cláusula de confidencialidad verdadera era el momento de disfrutar del cuerpo de la joven. Era algo soberbio que merecía dedicarle toda su atención sin preocuparse de que su propia cara apareciese o no en el video que estaba grabando. A él tampoco le interesaba ese tipo de publicidad, su espectáculo era para todos los públicos, sabía lo que se hacía. 


Adela estaba exhausta, realizada y satisfecha sexualmente como pocas veces antes. Según su percepción no era consciente de haber sido forzada, había hecho todo aquello de manera voluntaria, por puro deseo aunque en realidad desconocía el auténtico origen macabro del mismo.


El mentalista contempló su última víctima, abierta de piernas sobre la cama, sudorosa y húmeda, que le miraba desconcertada. Hasta él mismo, a pesar de sus muchos años de experiencia en el tema del control mental, se sorprendía del grado de sumisión que lograba sobre ese tipo de personas tan receptivas como Adela. Sabía que, en ese estado, técnicamente el placer sexual para ella era secundario, que su verdadera motivación era cumplir las órdenes recibidas y que cada nueva sugerencia suponía para ella una dosis de la droga más fuerte y adictiva que la anterior.


Pronto su mente se centró en objetivos más prosaicos. La joven tenía un cuerpo de escándalo y la tenía justo en el punto de mira. Si quería tirársela simplemente tenía que dar la orden velada concreta, colocarse sobre ella y darse un homenaje. Sin embargo estaba cansado, controlar a otra persona siempre lo dejaba exhausto, suponía para él un desgaste tanto físico como mental así que buscó una alternativa tanto o más placentera que la anterior y bastante menos agotadora y pronunció las palabras adecuadas para ello.


Adela se fijó en el tipo con otros ojos. Había pasado un buen rato y sin embargo todavía quería más. El cuarentón ya no le pareció tan intranscendente sino todo lo contrario. Su bigotito, lejos de resultarle fuera de lugar, se le antojó atractivo. La curva de su barriga le pareció adorable y la más que incipiente calvicie la identificó como un signo de virilidad. Con todo, lo que más le atraía de él era el bulto que mostraba en su entrepierna. Era de dimensiones bastante notables y, al menos en esto, la sugestión mental de la que era objeto la joven tenía poco o nada que ver. 


  • ¡Ven aquí, no seas tímido! - suplicó gateando sensualmente hasta el borde de la cama.  


Su mirada entró en túnel con el objetivo en la bragueta del hombre. Se sentó sobre el lecho, estiró los brazos y él no se hizo de rogar. Confiada, agarró el cinturón de cuero que rodeaba la generosa cintura del mentalista y lo trajo hacia sí. Sin dejar de mirar su objetivo, utilizó las manos con precisión, liberando la correa primero, desabrochando el botón del pantalón después y finalmente bajando la bragueta que los acompañaba con gracia. Resuelta y decidida, introdujo la mano bajo el slip y enseguida encontró lo que buscaba: un miembro viril caliente, fragante, medio desperezado y, sorprendentemente, más grande de lo que cabría esperar sin llegar a ser excesivo, justo del tamaño que a ella le gustaban. Lo masajeó delicadamente incluidos los testículos con mucho cuidado. El tacto cálido y suave le resultaba agradable, no obstante su deseo iba más allá. Sin el menor signo de asco liberó a la serpiente y se la metió en la boca sin más preámbulos. El sudor que impregnaba a la verga no la frenó, más bien le supuso un acicate para seguir mamándola con vehemencia. De tanto en cuanto se la sacaba de la boca y utilizaba la lengua para circunvalarla bajo la atenta mirada del argentino que no cabía en sí de gozo, el que pasó a suspirar a partir de entonces fue él.


Cuando la verga alcanzó el grado de dureza requerido por Adela ella tiró al mentalista sobre la cama. Entre risas, besos y tocamientos, fue reptando sobre él. La parsimonia inicial fue dando paso a las prisas, el calor de su coño apenas la dejaba respirar.  De hecho ni siquiera lo desnudó del todo, apenas la polla quedó a la altura de su sexo la joven se auto inmoló. El pene entró en su vagina como cuchillo en mantequilla, como una espada encaja en su vaina; los órganos sexuales se acoplaron el uno en el otro como hechos a medida


Adela bramó totalmente empalada. Agarró las manos de su mentor y se las llevó a las tetas. Cuando él se las estrujó su sensible vagina le regaló un espasmo al que siguió otro más intenso cuando él le pellizcó los pezones. Instigada por una calentura creciente, comenzó a menear la cadera hacia delante y hacia atrás. Pronto el sensual movimiento se hizo más vehemente, transformándose en un ligero trote que facilitaba la penetración y proporcionaba a ambos amantes un torrente de sensaciones de lo más agradables. 


El adulto no perdió el control sobre el cuerpo en ningún momento. No buscó un polvo rápido, siendo cabalgado por la amazona a pleno galope, algo que podría haber tenido resultado funesto para él, sino que mantuvo una velocidad de crucero de lo más placentera en el ir y venir de Adela con su verga madura en su interior.  La cama crujía, el dosel se meneaba frenéticamente y el sexo de la joven se iba encharcando más y más. Cuando ya no pudo contenerse más dió el golpe de gracia:


  • Se… señorita Adela. Se… sería conveniente que se viniese ahora mismo. 


El orgasmo le sobrevino a ambos de manera casi simultánea gracias a la templanza del argentino. Si Adela había sentido placer a la hora de masturbarse, este se había quedado en nada comparado con el que experimentó durante la culminación delcoito. Los chorros de esperma se derramaron en el interior de su vagina provocando tremendas contracciones y espasmos de placer en su vientre. La joven no se detuvo hasta que la verga que le colmaba la entraña fue perdiendo vigor tras el coito.


Cuando todo terminó sobre la cama de atrezzo se desparramaban dos cuerpos satisfechos, derrotados por los recientes recuerdos y la lujuria.


Adela despertó lo hizo sola, no halló rastro de las cámaras ni de su desconcertante amante, lo último que recordaba de él eran unos susurros apenas perceptibles para su oído. De hecho su cabeza seguía entumecida y de no ser por la permanencia de su nombre en su pecho hubiera podido pensar que todo aquello no había sido más que un sueño. Los recuerdos volvían una y otra vez a su mente no como algo negativo o una pesadilla sino que se trataba de un episodio onírico agradable y placentero. Su coño todavía estaba húmedo.  


Se vistió lentamente y recompuso la cama lo mejor que pudo. Pese a la penumbra, la enorme mancha húmeda que presentaba el colchón era imposible de disimular, así que optó por ocultarla bajo unas cuantas cajas de adornos navideños. Encontró un espejo gracias a la linterna de su teléfono y, al mirarse, le gustó lo que vio reflejado en él.


Cierto era que tenía todo el pelo alborotado y que necesitaba una buena ducha, pero también parecía más relajada, e identificó en sus ojos claros y en su media sonrisa evidentes signos de satisfacción.


Enfrascada en su despegue como «influencer», últimamente pasaba mucho de los chicos. Se había vuelto muy selectiva con sus ligues para no perjudicar su imagen pública; temía que su número de seguidores se resintiera si alguien la veía con alguien mayor, con un chico poco agraciado o directamente feo. Algo en su interior le decía lo conveniente que sería para ella que eso cambiase, especialmente lo primero, y que cualquier hombre de cierta edad era un amante espectacular en potencia.


Adela hizo una mueca de desaprobación al revisar la hora en su teléfono móvil y la cantidad de llamadas perdidas, su padre estaría hecho una furia, casi todas eran de él. Salió del almacén y se dirigió a la salida intentando elaborar una buena excusa. Las puertas del teatro estaban cerradas a cal y canto aunque no llegó tocarlas, una atronadora alarma empezó a sonar apenas se acercó a ellas y las sirenas policiales no tardaron mucho en escucharse en la lejanía. 


Aquella noche se montó un lío tremendo en el teatro. El padre de Adela tuvo que ir a sacarla del cuartel de policía, lo que le valió una buena reprimenda y la retirada de la paga, el teléfono y la conexión a internet durante un mes.


Eso a ella tuvo sin cuidado, de hecho le vino bien para reorganizar sus ideas y retomar su vida sexual. Comenzó a fijarse más en los hombres maduros que le resultaban mucho más apetecibles que los chicos de su edad. Se hizo la encontradiza varias veces con su vecino del quinto, un baboso propietario del último


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