"LA TAPADERA" por Kamarati (03- DOMINACIÓN)

La gente necesita creer que las buenas acciones que uno hace en la vida tienen su recompensa tarde o temprano, que a todos aquellos que transitamos el lado oscuro tendremos nuestro merecido para poder seguir adelante con sus miserables vidas. En mi caso, lo típico: un yonki puesto a las orejas que saca la navaja a destiempo para obtener su dosis, una bala perdida que impacta en mi frente durante una redada que sale mal o simplemente un camello rival que quiere ampliar su negocio a mi costa. Sencillamente eso no va a pasar, y si pasa, en ningún caso va a suponer algo positivo para nadie. Otro peor vendrá y ocupará mi puesto, es tan viejo como la vida. El mundo está lleno de hijos de puta: basta con dar una patada a una piedra para que salgamos tres o cuatro de debajo de ella dispuestos a joder la vida a los demás. Mi amargada esposa huyó de nuestra localidad buscando el frescor de su Suecia natal, llevándose al zoquete de nuestro hijo y dejándome a mí atrás, ocupándome de mis asuntos du...

"SÍNDROME DE STENDHAL" por Kamarati (01- LÉSBICO)

 Síndrome de Stendhal (Lésbico)




  • ¡Esta vez te pillaré! - Murmuré.


Como los días anteriores de esa semana, fingí no darme cuenta de su presencia en el fondo de la sala, en teoría desierta, y continué con la mirada fija en la partitura como si realmente necesitase valerme de ella. Me la sabía de memoria, igual que el resto de mi repertorio, una no llega a ser primera solista de la Orquesta Filarmónica de Nueva York por casualidad. 


Puede que parezca extraño, pero desde el principio su modus operandi no me alarmó. Si bien es cierto que el salón de conciertos teóricamente estaba habilitado sólo para mí, no lo es menos que una docena de personas trabajaban fuera de él y que, con un simple grito, el menor conato de agresión por parte del desconocido se daría por sofocado de inmediato. 


Justifiqué su presencia allí por otro motivo más elevado, soy una romántica sin remedio. Nadie mejor que yo conoce el tremendo efecto que la música en general y la clásica en particular tiene en las personas; he llegado a llorar como una magdalena desde los primeros acordes de una ópera hasta la ovación final. Para mí la música no es una forma de ganarme la vida, es la vida en sí misma y puedo entender que otras personas sientan  esa misma emoción al escucharme tocar. 


Desconocía su identidad aunque no su modo de actuar, todos los días era el mismo. Lo intuí joven por su forma de moverse. Aprovechaba el caos producido durante la salida de mis alumnos del curso avanzado de verano en una bonita ciudad a orillas del mediterráneo para colarse en el patio de butacas y se sentaba en una de las más próximas a la salida, supongo que con el fin de salir corriendo si la situación lo requería, aprovechando la distancia y  mi ceguera parcial producida por los focos. No obstante, durante una pieza en concreto, se dejaba llevar por la magia de la música y revelaba su presencia acompañando a la tonada con sutiles jadeos que llegaban a mis oídos. Cuando yo dejaba de tocar su canción favorita permanecía en su escondrijo inmóvil durante el resto del ensayo hasta que recogía mi violonchelo y abandonaba la platea. Mientras yo miraba discretamente entre bambalinas, abandonaba la sala con mucho sigilo, como un gato. Y así hasta ese viernes en el que decidí mover ficha, persuadí a un joven bedel con mi cara de pocos amigos y la puerta de escape no se abrió.


  • No te molestes, todas las puertas están cerradas - grité desde el escenario con voz firme una vez me aclaré la garganta–. Sólo se abren con una llave que obviamente tú no tienes.


Resuelta y decidida, dejé el violonchelo sobre el escenario, bajé con determinación las escaleras que dan acceso al patio de butacas y ascendí descalza por el pasillo central entre butacas armada con mi arco. Sé que no es un arma defensiva muy contundente y sin embargo he podido comprobar muchas veces el efecto disuasorio que tiene en las personas llevar un objeto puntiagudo en la mano. Una cosa es que no temiese ser atacada y otra que no tomase precaución alguna. 


  • No me como a nadie, ¿sabes? 


Por fortuna para mí el desconocido no actuó a la desesperada, ni intentó huir ni mucho menos agredirme; simplemente permaneció de pie junto a la puerta, impertérrito como una estatua.


  • Si quieres escucharme mientras toco, sólo tienes que pedirlo con educación, chico. No hace falta entrar y salir como un ladrón, es un comportamiento infantil, ¿no crees?.


No contestó. Iba a seguir con mi regañina cuando, al acercarme, reparé en el error de mi planteamiento.  


Mis ojos, ya acostumbrados a la penumbra, identificaron a una chica menuda y asustada, de piel oscura y vestida con el uniforme de limpieza del lugar mirándome con los ojos muy abiertos. Su joven rostro era la viva imagen del terror, las manos le temblaban tanto que creí que iba a entrar en pánico de un momento a otro o, todavía peor, que iba a desmayarse.


  • ¡Eh, eh! Tranquila, no pasa nada. ¿Estás bien? 


Estaba seriamente preocupada por ella, parecía estar a punto de desvanecerse. Me vi en la obligación de asistirle, haciéndome responsable de su estado. Para ser honesta ella no había hecho nada malo, fui yo la que me acerqué en tono amenazante blandiendo mi improvisada espada. La tomé de los hombros, conduciéndola  hacia la zona más iluminada del teatro y la ayudé a sentarse en la primera fila. Tardé un suspiro en ir y venir a mi camerino, entendí que un poco de zumo fresco y unas galletitas de té le ayudarían a reponerse del mal trago. 


Al principio no quiso tomar nada, tuve que insistir varias veces antes de que aceptase mi regalo. Vergonzosa, parecía no entenderme, no pronunció ni una palabra. Comió las galletas en pequeñas porciones, como si fuera el más delicado de los manjares. Mientras lo hacía, intenté averiguar más de ella. Por sus rasgos intuí que su origen no era africano sino más bien asiático, indio probablemente. A lo largo de mi ir y venir por el mundo gracias a la música he conocido todo tipo de etnias y la suya siempre me pareció de lo más atractiva: piel muy tostada, ojos oscuros y ligeramente rasgados, facciones suaves, cuerpos fibrosos y, por lo general, amplias sonrisas aunque no era el caso; más bien parecía que iba a echarse a llorar. A todo esto mi peculiar espectadora unía el cabello recogido en un coqueto moño muy apropiado para las labores de limpieza pero que no hacía justicia a su belleza.


Y es que, más allá de sus ojos llorosos y su gesto compungido, era muy bonita e insultantemente joven, aunque no soy una gran fisonomista y me fue imposible determinar su edad. Perfectamente hubiera podido ser mi hija aunque por aquel entonces, a mis cuarenta años, todavía no había encontrado tiempo, estabilidad, ni motivación para formar una pareja; el chelo lo era todo en mi vida. Poco o nada pude intuir más de su cuerpo, el uniforme unisex era horrible.


  • ¿Estás mejor?


Siguió con la ley en silencio, sólo pude arrancarle un gesto de asentimiento. Supe de esa forma que, por lo menos, algo me entendía. Cuando terminó de comer y beber hizo ademán de levantarse. La detuve firmemente, aunque con delicadeza.


  • ¡Tranquila, tranquila! No hay prisa. ¿Te gusta el violonchelo?


Me miró como si le estuviese hablando en chino, obviamente había sobreestimado su nivel de español. Solventé mi error imitando mis gestos al tocar. Recuerdo que se le iluminó la cara y sus delicados labios esbozaron una leve sonrisa que realzó todavía más su belleza natural.


  • ¿Quieres que toque para ti?


La chica negó, intuyo que por compromiso. No logró que me diese por vencida. Para llegar a donde yo he llegado la perseverancia es tan imprescindible como el talento.  


  • Lo haré con gusto. Me llamo Aday - insistí, acompañando mis palabras y mi acento canario con unos pequeños golpes en el pecho -, A-da-y.

  • Rea - me imitó -, R-e-a.


Reímos las dos. La noté más relajada y eso me reconfortó. Quería compensarla. Pensé que si alguien se jugaba el puesto de trabajo por escucharme tocar sin duda tenía mucho más mérito que aquel que se sentaba en un cómodo palco y pagaba una entrada, por muy cara que esta fuese.


No se alteró mientras me preparaba ni intentó escapar de nuevo. Miraba la funda de cuero del violonchelo como un niño su regalo bajo el árbol de navidad. Me coloqué frente a ella en el escenario, donde podía verla mejor, y empecé mi rutina. 


Me da igual actuar frente a un auditorio abarrotado o en la intimidad de mi casa, en el conservatorio o en medio del parque: el procedimiento siempre es el mismo. Con el arco en la mano en posición inicial cierro los ojos, contraigo ligeramente mis pies desnudos, acaricio el suelo con los dedos y visualizo las piezas de mi repertorio musical que se dibujan en mi cabeza en forma de paleta de colores. 


Considero incorrecto decir que padezco cromestesia musical, para mí es un don, todo un disfrute, una maravillosa variación sensorial que me hace percibir colores mientras toco apenas las cerdas del arco rasgan las cuerdas. Es algo complicado de explicar con palabras, no es que vea manchas de colores por aquí y por allá, es otra cosa; se trata de una percepción íntima que se combina con el efecto de la música, potenciándolo en mi interior, elevando mi espíritu, haciéndome vibrar. 


Repasé mentalmente las canciones más populares para el gran público pensando que serían de su agrado. 


  • “Empezaré por una azul cielo. Le calmará.” 


Como siempre, respiré profundamente para controlar mi nerviosismo. Por extraño que parezca por mi fuerte carácter y mi forma de actuar con la gente, me considero una persona tímida. Sí, ya sé que eso puede sonar raro para alguien que ha dado cientos de conciertos en solitario frente a un montón de espectadores por todo el mundo. Mi aparente desenvoltura en un escenario ha sido fraguada a lo largo de los años desde que era una niña a fuerza de insistir e insistir, pasarlo mal y algún que otro sonrojante ataque de pánico en mis inicios que prefiero olvidar.


Sin demorarme más comencé a tocar y mis nervios pasaron a mejor vida. Sólo entonces, cuando noté que todo fluía, abrí los párpados. Rea permanecía imbuida en su butaca, con sus increíbles ojos oscuros fijos en mí, con una expresión de total expectación. La noté más animada y eso me reconfortó pero aun así, tras interpretar varias canciones conocidas por el gran público, había algo en su mirada que no terminaba de encajar. Comencé a sobrepensar, como siempre me pasa cuando algo no va según mis planes::


  • “No le gusta, ¿Tal vez una suite verde pastel? ¿Una sonata en tonos amarillos quizás? “ 


Después de muchos años con el instrumento a cuestas tengo asumido que, pese a dominar con soltura la técnica, es imposible elegir un repertorio que agrade a todo el mundo. Sin embargo, al tratarse reducida audiencia de una única persona me resultaba un poco frustrante no dar con la tecla adecuada hasta que recordé su reacción al escuchar una pieza en concreto. Algo frustrada, deseché todo lo que tenía pensado, y fui directamente a ella.


  • “¡Vamos allá!” - me dije dispuesta a darlo todo. 


No tenía nada que reprochar a Rea en lo referente a su gusto musical. La pieza en cuestión es también una de mis preferidas a la hora de interpretarla, pese a no ser excesivamente conocida. La dificultad intrínseca de su partitura y su duración no la hacen apropiada para un concierto destinado al público general.


Apenas sonaron un par de acordes ya noté su reacción. Su cuerpo se tensó en la butaca como cuando suena un timbre inesperado. La pieza era pasional e íntima a la vez, policromada para mí. Comenzaba con un tono anaranjado con destellos rosáceos que hicieron que la chica se llevase ambas manos al exterior de los muslos y comenzó a frotarlos de manera casi imperceptible. Conforme la música sonaba, fue acariciándose lentamente  hasta llegar a la parte interior de las piernas de forma que los dorsos de las manos se tocaron entre sí, quedando atrapadas allí, como cuando uno tiene frío en invierno y pretende entrar en calor. 


Durante la parte blanca de la canción no hubo reacción alguna por su parte, permaneció quieta como una estatua de ébano, esperando el desenlace. Mientras mi arco iba y venía con melancolía, quedó inmóvil o tal vez meciéndose de una manera sutil. Al tercer movimiento, mucho más intenso que los anteriores, algo cambió. El color malva lo envolvió todo y con él, la reacción más visceral de la muchacha. Con la boca entreabierta comenzó a suspirar, separó sus piernas lo necesario para liberar sus manos y se las llevó cerca de su zona más caliente, allí donde el buen decoro no permite que se haga en público. Conforme la melodía sonaba los suspiros se convirtieron en jadeos para finalizar en gritos; los movimientos rítmicos pronto fueron espasmos y después convulsiones. Rea disfrutó allí mismo de un orgasmo escandalosamente intenso sin llegar a tocarse, con el único estímulo de la música y eso me maravilló, jamás había visto a nadie disfrutar de la música hasta ese punto.


Y para mi sorpresa y deleite no se detuvo ahí.


Al principio creí que el contraste de luces y sombras creados por los focos me estaban jugando una mala pasada. Pronto llegué a la conclusión de que no era así.  La chica se tocaba abiertamente el sexo aunque por encima del pantalón, eso sí.  Al principio solamente utilizó uno o dos apéndices para estimularse, sin embargo pronto cambió de estrategia y procedió a darse placer a través de su gruesa ropa con las yemas de sus dedos sin ningún reparo. 


Fallé varias notas, algo inaudito en mí, jamás me había visto en una situación como aquella. Había experimentado en mis carnes lo de quedarme paralizada delante de un cuadro o embobada viendo una escultura pero aquello estaba en otro nivel, era el síndrome de Stendalh en su máxima expresión. No tenía un concepto tan elevado de mí como para creerme la causante de dicha reacción, estaba claro que la chica gozaba sexualmente con aquella melodía en concreto por algún motivo que se me escapaba y quería averiguar. 


Sé que lo sensato hubiera sido terminar con todo aquello de un plumazo, levantarme dando un grito de diva demostrando indignación por faltarme al respeto y echarla de allí a patadas, sin embargo algo dentro de mí me impedía dejar de tocar. Se la veía disfrutar tanto y de una forma tan natural y pura que me excitó. Mi propio cuerpo comenzó a reaccionar al verla actuar de ese modo tan íntimo como poco decoroso. Su llegada al éxtasis me estaba calentando, negarlo sería obvio. 


Desde que fui consciente de mi identidad sexual, tras algunos escarceos decepcionantes con algún que otro chico, siempre me había considerado como una mujer de tendencias lésbicas sin tiempo para ejercer como tal. Había tenido algunas experiencias esporádicas que nunca habían llegado a buen puerto por considerarlas una distracción en mi carrera musical  No obstante, en ese momento, sentí una atracción física hacia Rea que jamás había sentido por otra persona desconocida, motivada tal vez por su reacción tan inusual frente a la música.


La parte final de la partitura era rojo fuego, intenso como un volcán en erupción que lo arrasa todo a su paso, que exigía de mí un considerable esfuerzo físico y mental. Al comenzar a escucharla, Rea echó la cabeza hacia atrás como poseída, abrió la boca buscando aire y se desprendió del poco pudor que le quedaba por perder frente a mí. Mientras mis dedos pulsaban con soltura las cuerdas contra el mástil, los suyos buceaban bajo su camiseta acariciando vehementemente sus pechos. A la vez que mi mano derecha movía vigorosa el arco de aquí para allá, la suya atravesaba la cinturilla de su pantalón de trabajo y se daba placer delante a mí. Pude distinguir el bulto que su acto onanista formaba en su entrepierna de manera intermitente y  los espasmos que recorrían su cuerpo mientras supuestamente se clavaba los dedos en el coño. Tal vez lo que más me turbó fue que, a pesar de la música, de nuevo pude escuchar sin dificultad los intensos jadeos que brotaron del interior de su garganta cuando eyaculó. No supe qué pensar hacia ella: admiración, lujuria, deseo, envidia… no lo sé; todas a la vez supongo. En cualquier caso estaba segura de que yo nunca había experimentado algo parecido y quería ser partícipe de ello.


Al terminar la música no hubo ovación ni aplausos, sólo un par de bragas húmedas, miradas cómplices y risas tontas entre dos mujeres que habían establecido un vínculo a pesar de que acababan de conocerse.


El sonido de una cerradura rompió la magia del momento. Estaba tan acalorada que tuve que darme aire con la partitura y Rea se levantó de su asiento como un rayo. Fue cuando pude ver sin problemas la mancha producida en su entrepierna que me hizo ruborizar hasta el extremo, si es que no lo estaba ya por la tensión sexual que reinaba en la sala.


  • ¿Todo bien por aquí? - dijo el director del teatro entrando en la sala - Tenemos que cerrar ya, señora. 

Se trataba de un hombre gordo, bigotudo y calvo seguido de su hija Adela, una joven bastante impertinente que tenía ganas de formar parte del mundo del espectáculo y siempre estaba preguntándome cosas. 


Estaba a punto de contestarle cuando se percató de la presencia de mi única espectadora: 


  • ¡Eh, qué haces aquí! Tu turno terminó hace un buen rato… 


La chica poco menos que salió corriendo sin ni siquiera despedirse pasando a su lado como una exhalación.


  • Yo le pedí que se quedase, no se lo tenga en cuenta. Es un poco incómodo tocar sola, no cree.

  • Sí, puede ser aunque por no sé qué mierdas de inspección de trabajo no nos está permitido estar en las instalaciones más allá de nuestra jornada laboral. Puede haber lío con las horas extras o algo así… 

  • Oh, no lo sabía. Lo siento. 

  • Tranquila, no pasa nada. Es una lástima que sea su último día. Es muy puntual, trabaja bien y no ha dado ningún problema… 


Eso me alarmó.


  • Pero… ¿por qué? ¿Es por lo de hoy?

  • No, no. No se preocupe, no tiene nada que ver. El lunes se reincorpora el inútil al que sustituye, ese sí que es un bueno para nada, créame; pero como tiene contrato fijo… ya sabe. Hay que apechugar con el producto nacional y echar pestes de todo lo que viene de fuera aunque, como en este caso, nos den mil vueltas...


Sinceramente dejé de escucharle, de repente tenía otras prioridades.


  • Disculpe, se me ha hecho tarde - le interrumpí -.

  • ¿Cómo? ¡Sí, claro! Por supuesto, no se preocupe…


Le dejé junto a su hija siguiendo su monólogo, no podía dejar ir a un ser tan extraordinario. Corrí, volé por los pasillos hasta el camerino, me puse las sandalia, cogí el paraguas, el bolso y el violonchelo e hice guardia al otro lado de la calle, frente a la salida del personal, con la vaga esperanza de que Rea no se hubiese evaporado entre el tumulto de la gente que caminaba por el bulevar cuando el sol empezaba a ocultarse.  


Comenzó a llover, el aspecto del horizonte era de todo menos tranquilizador. Las tormentas de verano son frecuentes allí, en la costa, y se desatan violentamente sin demasiados preámbulos sorprendiendo a los paseantes incautos que no hayan tomado precauciones.


Me costó reconocerla. No he conocido a nadie cuyo uniforme de trabajo le hiciera menos justicia que a Rea. Con su faldita tableada color canela entallada a la cintura y su top blanco por encima del ombligo podría haber pasado fácilmente por una de las turistas adolescentes británicas que corrían de un lado a otro queriendo guarecerse de los elementos. Estaba claro que la lluvia le había sorprendido ya que adoptó una divertida postura tapándose su largo cabello negro con su mochila.


  • ¡Eh, eh! ¡Rea! ¡Aquí, aquí!


Corrí hacia ella sin importarme pisar varios charcos y la protegí con mi paraguas. Tras la sorpresa inicial me regaló una amplia sonrisa cuando me reconoció. Su belleza exótica resultaba todavía más arrebatadora de cerca, y por su manera de mirarme, estaba claro que había algún tipo de conexión entre nosotras dos. 


  • ¡Aday! - Dijo con una voz melodiosa.


Me elevó el ánimo comprobar que se acordaba de mi nombre; a pesar de mi edad, apenas había tenido experiencias con otras mujeres y solía ser muy torpe a la hora de identificar las señales que ellas me mandaban. No había tiempo para más, la tormenta estaba a punto de desatarse. De hecho nos pilló a un centenar de metros del parkin donde tenía aparcado mi automóvil. Rea, con buen criterio, optó por proteger la funda del instrumento con el paraguas. Ese gesto tan loable tuvo consecuencias funestas en nuestras ropas. Llegamos literalmente caladas al todo terreno y, cuando ocupamos las plazas delanteras, las prendas estaban adheridas a nuestros cuerpos. Mi vestido de ensayos era de un azul marino de lo más discreto, en cambio su top blanco se tornó casi transparente, dejando prácticamente a la vista sus oscuros pezones. Me fue imposible no fijar la vista en ellos, parecían dos tetinas de biberón a punto de supurar leche; puntiagudas y desafiantes. Deliciosas. Obviamente se dio cuenta de mi indiscreción sin embargo, en lugar de cubrirse miró atentamente el cuadro de mandos, circunstancia que identifiqué como otra victoria personal. 


Dado nuestro estado era imposible buscar otra opción que no fuese deshacernos de la ropa mojada y entrar en calor de algún modo. Pese a estar en pleno verano, la tormenta trajo consigo un descenso considerable de temperatura.  La solución era obvia,  mi casa alquilada no estaba muy lejos, aún así quise evitar malos entendidos, había escuchado montones de historias sobre denuncias por acoso a chicas inmigrantes.


  • ¿Te apetece venir a mi casa? - Le pregunté.


Noté como mi timbre de voz temblaba y el frescor del ambiente no justificaba por sí solo esa circunstancia. Desde siempre gestionaba fatal el fracaso, y para una vez que lograba vencer mi timidez, no estaba preparada para recibir un no como respuesta. Tragué saliva angustiada, su silencio estuvo a punto de causarme un ataque de pánico. Aprovechando el rojo del semáforo la miré de nuevo, se encogió de hombros y volvió a sonreírme. Obviamente no me había entendido así que, olvidé mis miedos y volví a la carga.


  • ¡Tú! - le apunté con el dedo para después hacerlo hacia mí-, a mi casa ¿Sí?

  • ¡Sí, sí! - contestó muy animada.


Sus ojos brillaban como la luna y parecía muy receptiva, cada vez se me antojaba más bella y con el  pelo húmedo todavía más. 


La impaciencia del conductor de detrás me sacó del trance. Entre sonidos de bocinas e improperios salí derrapando de allí. Conduje con precaución, no quería que un inesperado aquaplaning me hiciera chocar contra una farola, destrozando de ese modo mis planes.  En realidad estos eran inexistentes, no tenía ni idea de qué hacer al llegar a casa. Suelo ser una persona metódica y calculadora, que rara vez me salgo del plan prefijado, incluso muchos me tachan de fría y apática por eso era tan extraordinario todo aquello que me estaba pasando de repente. 

 

Rea no reprimió una expresión de admiración al ver mi vivienda. Si bien no dejaba de ser un coqueto adosado en un barrio tranquilo alejado de la costa lo cierto es que el ir tocando de aquí para allá tenía su recompensa. Soy una de esas pocas personas privilegiadas cuya mayor pasión le permite ganarse la vida de forma holgada y puedo darme algún que otro capricho.


Una vez dentro subimos las escaleras del garaje riendo. Recuerdo que me quedé un poco atrás, el violonchelo es un instrumento que pesa menos de lo que la gente cree pero que es bastante voluminoso y nada cómodo de manejar.


Al llegar a la puerta que daba acceso al resto de la casa se calló de repente,


  • ¿Marido? - susurró en un español bastante rudimentario -. ¿Hijos?


  • No, no marido, no hijos - recalqué negando con la cabeza, elevando el tono de voz como si de esta forma fuese a comprenderme mejor -. Esta casa es sólo mía.  M-Í-A.


Su rostro se iluminó de nuevo. Ya no pude resistirme más y, en contra de mis principios, me lancé al vacío y la besé. Un escalón nos separaba y nos igualó en altura. Jamás había hecho algo así. Un piquito nada más. Sé que parece infantil y da risa pero para mí era un paso muy importante. Las pocas veces que había ligado  siempre había sido otra persona la que había dado el primer paso y yo me dejaba llevar. Jamás tomaba parte activa en el cortejo hasta esa noche. 


La miré muerta de miedo, su sonrisa no había disminuido un ápice. Otra victoria.  Iba a besarla de nuevo  y me di cuenta de que estaba temblando. Yo también tenía frío pero lo creí más propio del nerviosismo que del hecho de estar totalmente empapada.


Tiré de ella y la llevé en volandas hasta mi habitación, dejando el chelo en su atril.

Rea no dejaba de mirar cada detalle como quien entra en la cueva de Alí Babá. 

Deseché la opción de una ducha rápida. Entre caricias y piquitos en los labios preparamos las dos un baño caliente de espuma. Recuerdo que se le cayeron todas las sales dentro de la bañera. Una nube de tristeza pasó por su cara, sin embargo no me costó mucho darle a entender que no pasaba nada.


El agua caliente desprendía un vapor fragante a rosas que inundaba todos y cada uno de los rincones del baño. Por primera vez en mi vida sexual  mantuve una actitud proactiva y le quité la ropa a alguien. Con la falda no hubo problemas, solo el top y en menor parte las braguitas blancas pusieron algo de impedimento dada su humedad. Estaba muy segura de mi misma, igual que cuando empezaba a tocar en un concierto. Antes de meterla en el agua me recreé la vista con todo su cuerpo. Me fijé sin el menor recato en sus manos, en sus pechos, en sus muslos y en la matita de vello púbico perfectamente arreglada que adornaba su sexo. Incluso le hice darse una vuelta para así poder contemplar la delicada curva de su trasero. Parecía una muñequita; todo muy morenito, todo muy bonito, todo en su sitio aunque de reducidas dimensiones.


Yo me desnudé rápido. No es que mi físico tenga mucho que reseñar más allá de mi considerable altura y un cabello castaño y rizado imposible de domar. Tengo un cuerpo bastante fibroso, herencia materna, poco más hay que decir de él. En mi infancia quise ser bailarina pero un esguince de tobillo mal curado me echó en manos del chelo y ya no lo solté.


Dentro del agua los besos y los tocamientos se multiplicaron aunque sin llegar a desatarse totalmente las hostilidades. Durante el ir y venir de las manos rocé su sexo y ella el mío varias veces no obstante ambas mantuvimos relativamente la compostura y no fuimos más alla. Besaba maravillosamente bien y no quería incomodarla con mis prisas y necesidades.


Al salir de la bañera le tendí mi albornoz para que se secara. Fue entonces cuando la diferencia de tamaños se hizo más evidente, si a mí la prenda me llegaba hasta poco más allá de mis rodillas, cuando se la puso ella tocaba el suelo.


Ya no pude contenerme más y sin dejar de besarla, le agarré de la cadera, depositándola con suavidad sobre la cama. Sus labios fueron míos mil veces, sólo entonces, cuando templé mis nervios, tuve la confianza suficiente para explorar el resto de su cuerpo. Recorrí su cuello con mis labios, pronto sus breves pezones fueron un juguete en mi boca y los bultitos que los acompañaban un manjar que me era imposible dejar de chupar una y otra vez. Con todo, lo que más elevaba mi líbido era el suave tacto de su piel, especialmente la de su culito; suave y a la vez firme, con una textura similar a la del terciopelo. Pese a lo reducido de su tamaño, me faltaban manos para abarcar todo lo que quería tocar de ella al mismo tiempo.


Me sentía cómoda llevando las riendas de la situación puede que por primera vez en mi vida, intenté reproducir en ella todas aquellas cosas que me habían hecho vibrar en su día. No percibí ningún tipo de rechazo, sin embargo esperaba más de participación por su parte. Entendí entonces los reproches de mis anteriores amantes al respecto, mi forma de actuar en la cama hasta ese día había sido exactamente igual a la de Rea: pasiva y expectante. Es cierto que devolvía mis besos con rapidez y que su lengua hacía diabluras en el interior de mi boca con movimientos lúbricos y precisos que me volvían loca pero yo esperaba de ella una reacción más pasional a lo que  yo le proponía. En el teatro, tocándose sobre la butaca, me había parecido una chica mucho más racial y activa; en cambio en mi cama irradiaba una indolencia bastante frustrante para una persona insegura en el sexo como yo.


Culpé a mi inexperiencia por su falta de respuesta. Realmente me sentía atraída por Rea y no sabía qué más hacer para satisfacerla. No es que estuviera a punto, es que de hecho entré en pánico al ver que no me tocaba con el mismo interés que yo a ella. 


  • ¿Sucede algo? - pregunté desesperada con más miedo que vergüenza, temerosa de estropear algo bonito por mis miedos -. ¿No lo hago bien?¿No te gusto?


Una vez más el idioma creó una barrera entre las dos. Parecía querer hablar pero no decía nada. Por fortuna para mí fueron sus ojos los que se pusieron de mi parte, señalándome el camino correcto a la solución del problema.


Cuando mi mente vio la luz, sonreí aliviada; mi improvisada estrategia tenía un error de concepto descomunal. Dejé de acariciarle las aréolas con las yemas de los dedos y de besarla, pese a que me costó un mundo dejar de sentir la suavidad de sus labios en los míos. En cuanto me acerqué a mi instrumento su actitud ya cambió. De hecho separó ligeramente las piernas en cuanto abrí el estuche y el fulgor volvió a sus ojos.


Juro por Dios que jamás he estado tan nerviosa antes de tocar. Ni la primera vez en la función del colegio delante de mis padres, ni durante el exámen final en el último año del conservatorio o en mi debut como solista en el Teatro del Liceo. Sé que parece estúpido visto desde fuera, más que nunca sentí que mi futuro dependía de mi virtuosismo aquella noche.


Por primera vez en mi vida hice mi rutina con los ojos abiertos, deseaba ver a Rea hasta el último detalle. No perdí el tiempo con subterfugios, tenía una necesidad física por volver a la cama con ella así que fui directamente al grano, el repertorio se redujo a su canción favorita. Modestia aparte, creo que hice la mejor interpretación de mi vida, Rea se encendió como una olla al fuego a los primeros acordes, eso me motivó mucho. 


Al llegar el momento álgido de la pieza ese ser prodigioso se retorció sobre la cama al compás de la música, acarició su cuerpo, abrió su sexo y se masturbó de nuevo mientras yo tocaba para ella; diría que fue más vehemente que las anteriores. Uno, dos y hasta tres de sus dedos entraron en su sexo de forma simultánea con una facilidad pasmosa. Con la mano liberada oprimió su seno con lujuria aunque en ningún momento rayó la violencia. Poco antes de su cénit toda ella convulsionaba a cada arremetida, su largo cabello caía desordenado sobre su cara sin ningún orden y de su garganta brotaban gemidos de placer que me volvían loca. Su orgasmo fue majestuoso y de una intensidad fuera de lo común, tan inconmensurable que me contagió a mí. Deseaba fundir mi cuerpo al suyo y experimentar aunque fuese solo la décima parte del placer que ella sentía en ese momento. Aun así actué como la profesional que era, y a pesar de tener el sexo soldado al asiento por el flujo que fluía de él, terminé la sonata hasta la última nota. 


  • ¡Aday! - Susurró con la voz entrecortada al terminar, abriendo sus manos, invitándome a acompañarla sobre la cama.


Dejé el instrumento a toda prisa; si no cayó al piso fue por pura suerte, hubiera sido una auténtica desgracia. Me fundí con ella y su cambio de actitud fue evidente. Me acarició, tocó y besó apasionadamente. Apenas me dió opción a respirar, no hizo prisioneros. Lamió mis pechos, acarició mis muslo, estimuló mis pezones con sus labios y, cuando descendió hasta mi sexo, su lengua me hizo volar. Rozó donde tenía que rozar e insertó sus dedos en mi en el momento adecuado y en su justa medida; intensa pero sin brusquedades. Pura delicia. 


Rea, con su apariencia de mosquita muerta, se destapó como una experta en el sexo lésbico. No le hicieron falta artificios, florituras, penes de látex,  jadeos falsos o contorsiones forzadas; sabía muy bien el terreno que pisaba. Con su lengua rebañó con maestría los fluidos que ya mojaban mi sexo, y con apenas esfuerzo y mucha maestría, hizo que salieran más y más. Mis anteriores amantes me consideraban frígida, sin embargo los dedos de esa jovencita de piel tostada demostraron lo mucho que se equivocaban, eran ellas las que no sabían satisfacerme.  


Establecimos simbiosis. Si con el chelo y mis manos logré hacerla gozar, ella con las suyas en mi cuerpo no se quedaron atrás. Diría que fue una noche inolvidable pero mentiría si dijese que fue irrepetible ya que a aquella primera siguieron muchas más. 


El impacto que Rea tuvo en mí aquella noche fue inmediato. Compartir cama con ella fue la chispa que desencadenó una serie de cambios en mi vida que no me había atrevido a abordar hasta ese momento. Acepté el puesto que me ofrecieron en una orquesta cercana y establecí mi residencia allí, junto a ella. Rea me dio la paz y la estabilidad que llevaba años buscando y a la vez una pasión en la cama hasta entonces desconocida para mí. Con el tiempo y mediante el método de la prueba y el error fuimos ampliando nuestro particular repertorio musical favorito.


Y aquí seguimos, dos años después de toda aquella locura, a punto de ser madres de una niña mestiza, luchando frente a todo y frente a todos pero muy felices compartiendo nuestra pasión por la música cada una a su modo.


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