Nota: Rompiendo una costumbre de años publicaré esta serie conforme la voy repasando, se trata de una vieja serie inconclusa que comencé a escribir por encargo. Esto implica que algunos detalles iniciales pueden ir variando según se va desarrollando la historia. Serán pequeños cambios que no afectarán a la trama. Gracias por su paciencia y sus comentarios.
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¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? Por Kamataruk
¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? Por Kamataruk
Parte 3: La amante
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El anuncio de un segundo verano consecutivo sin viaje familiar a Iquique no sorprendió a nadie. Las noticias que llegaban del norte no eran nada alentadoras. Por lo visto, la convivencia entre los abuelos se estaba haciendo insostenible, la presencia del resto de la familia allí no iba a hacer más que empeorarla. Tampoco el consiguiente viaje relámpago del patriarca en busca de Elsa armó tanto revuelo como el año anterior. Lo extraordinario deja de serlo cuando se repite.
El avión estaba atestado de gente, Elsa no pudo repetir el juego bajo la cobija, aunque sí contemplar de nuevo el amanecer entre las montañas paladeando el esperma de su tata. Lo primero que hizo su abuela cuando ella llegó a la casa familiar fue examinar su cara y dientes, como si fuese un caballo, aun antes de saludarla con la misma calidez de un témpano de hielo. Pareció relativamente conforme ante la ausencia de restos de origen orgánico. Don Leonardo, esta vez sí, había tomado las debidas precauciones antes de llegar a su hogar, borrando el rastro de su eyaculación en el interior de los labios de su nieta.
Lo que ya no le gustó tanto a la señora Graciela fueron los bultitos emergentes que habían brotado en el pecho de la niña, que se manifestaban claramente bajo la prenda que los cubría.
¿Por qué no llevas sostén, niña? – Preguntó arisca, como siempre.
No lo sé, yaya.
Deberías llevarlo ya. No es decente ir como vas, vestida con esas camisetas de tirantes tan holgados. Con eso puesto, se te ven las tetas desde aquí arriba, como si fueses una vulgar ramera…
¡Graciela, por favor…! – Intervino una vez más el abuelo en defensa de su nieta.
¿Qué pasa? ¿Acaso no puedo decir lo que pienso en mi propia casa? Te recuerdo que también es mi nieta, no me parece normal que parezca una buscona de esas que tanto frecuentas…
El hombre optó por no entrar al trapo y siguió con su argumento:
Elsa está cansada, el viaje ha sido largo. Además, no es más que una niña…
¿Una niña? Vaya, me alegra que digas eso. ¿De verdad piensas eso de ella? ¿que no es más que una niña? Pues no lo parece cuando haces ciertas cosas con ella. ¿Acaso crees que soy tonta? ¿que no me entero de nada? ¿que no sé por qué has ido a buscarla? ¿que no sé lo que haces con ella a mis espaldas? ¡No eres más que un viejo pervertido! ¡Me das asco! ¡Qué ganas tengo de que te mueras!
Elsa se sintió indefensa, no se esperaba semejante recibimiento. Los ojos de su abuela estaban llenos de odio, ira y resentimiento. Eso la entristeció mucho; en sus planes no entraba incomodar a nadie, sino pasar una vez más un verano estupendo en casa de sus abuelos.
¡Ya es suficiente! – sentenció el dueño de la casa, harto de tanta discusión -. Elsa, tomemos una ducha antes de ir a la cama…
¿Una ducha?
Pues sí.
¿Es que pretendes hacerlo los dos a la vez?
Siempre lo hemos hecho así, ¿cuál es el problema?
¿El problema? ¡Este es el problema! – gritó la señora fuera de sí, apuntando con su dedo inquisidor hacia las tetas de la niña, con tan poco cuidado que llegó a presionarlas de forma involuntaria -. Estas, más bien…
¡Ay! – Chilló Elsa.
No fue un quejido caprichoso, sus recién estrenados senos crecían rápidamente y de manera dolorosa. De hecho, su mamá se había alarmado tanto por el desarrollo de la niña, que acudieron a la consulta de un especialista en busca de consejo. El galeno tranquilizó a la buena señora diciéndole que era algo normal, aunque molesto.
¡Graciela, por dios: deja en paz a la niña!
¡Siempre la estás defendiendo, da igual lo que haga!
¡Es que la estás asustando! ¿Acaso no la ves? ¿Crees que esta es la mejor forma de recibir a tu nieta?
¡Ojalá se hubiese quedado con el inútil de tu hijo!
La abuela, enfadada, abandonó la habitación dando un portazo. Don Leonardo apretó los puños, murmuró algún juramento y resopló:
Tomemos una ducha, Bichita…
No… no te enfades, Tata, pero estoy muy cansada. Prefiero dormir un rato, si no te importa.
El hombre, lejos de enfadarse, le dio un besito en la frente y la acompañó a la alcoba. A Elsa le costó conciliar el sueño a pesar del agotamiento. La pelea verbal entre sus abuelos fue terrible. El matrimonio no volvió a compartir cama desde aquel día.
*****
El comienzo del verano transcurrió de manera extraña. Elsa intentaba reconciliarse con su abuela, hacer cosas juntas e incluso ayudarla en las tareas de la casa, pero esta la rechazaba una y otra vez, hasta el punto que dejó de insistir. El matrimonio no se hablaba entre sí, e incluso su abuelo se trasladó a una de las habitaciones de invitados. El ambiente era tenso, hostil y poco agradable, y más para una niña tan sensible como ella. Pensó incluso en volver a su casa; sin embargo, por nada del mundo quería disgustar a su querido Tata.
Como queriendo compensarla, Don Leonardo se deshacía en atenciones hacia la niña. Buena parte de su tiempo era para ella y, siempre que podía, la sacaba de la casa con cualquier excusa. Si bien es cierto que la principal motivación del señor para actuar de ese modo era la tranquilidad de su nieta, no es menos cierto que el hecho de que su pérfida esposa estuviese todo el tiempo al acecho le impedía consumar sus deseos carnales con la chiquilla. Una vez reducidas a la mínima expresión las duchas conjuntas, su vehículo se convirtió en su válvula de escape, y cualquier rincón apartado de las montañas su improvisada sala de juegos sexuales.
Otra de las cosas que Elsa notó diferente al período estival anterior fue la rutina matinal de los domingos. Veía a su abuelo acicalándose y poniéndose muy guapo, con su traje impoluto e incluso corbata con pañuelo a juego. Después, se marchaba y no llegaba hasta bien entrada la tarde, con olor a perfume de mujer y una sonrisa de oreja a oreja. La niña no terminaba de entender el motivo; pensó que tal vez fuese a la iglesia. Sin embargo, no le pareció una razón convincente, ya que su Tata no era un hombre especialmente religioso. Ella se aburría un poco aquellas mañanas: su abuela seguía ignorándola e invertía su tiempo investigando los mil y un rincones de la enorme casa familiar.
Un domingo fue diferente: Elsa se despertó de un brinco. Su Tata le había pedido que le acompañara; quería que conociese a alguien. Parco en palabras, el señor Leonardo no le había dicho nada más acerca de la identidad de esa persona, así que la poderosa imaginación de la chiquilla se encargó de rellenar los huecos producidos por la escasa información. Pensó que tal vez se tratase de un nuevo amigo de su abuelo, alguien interesante y divertido con quien practicar juegos “de mayores”.
Siguiendo su costumbre de pésima comedora, apenas probó un bocado durante el desayuno. Como única prenda para cubrir su cuerpo, se colocó el vestido amarillo. Era el favorito de su abuelo, ella lo sabía, por lo que, cada vez que tenía ocasión, se lo ponía. No era excesivamente corto, aunque sí tenía mucho vuelo. Un amplísimo escote dejaba al aire los morenos hombros de la chiquilla y le perfilaba las tetitas. La gasa era tan fina y clara, que era fácil intuir el contorno de sus pezones bajo ella, y si no se le transparentaba el vello púbico, era simplemente porque este todavía no había comenzado a aflorar en su entrepierna.
Media hora antes de la partida, Elsa ya estaba totalmente lista y canturreaba de un lado para otro, muy nerviosa y expectante.
Dejaron atrás a la abuela, que, siguiendo su costumbre, había invertido todo el ritual de despedida en criticar la impúdica forma de vestir de su nieta, y se pusieron en marcha.
Era habitual que, cada vez que Elsa montaba en el auto con su abuelo, este desviase la ruta en busca de algún paraje solitario donde practicar sexo oral. A veces, se daba la circunstancia de que el esperma de su abuelo era lo primero que entraba en su estómago cada mañana. Aquel día no ocurrió, circunstancia que extrañó a la pequeña.
¿No vamos a las montañas, Tata?
No. Hoy no, Bichita.
¿Vamos a casa del señor Monroy a conocer a ese amigo tuyo?
Tampoco – rió el abuelo -. Te gusta jugar con mis compañeros de partida, ¿eh?
La niña se tomó su tiempo para contestar.
Es divertido jugar dominó.
¿Sólo dominó?
Sin saber muy bien el motivo, Elsa se ruborizó. No hizo falta que dijese nada más. Estaba claro que las tardes de los sábados en casa del señor Monroy eran uno de sus momentos preferidos de la semana. Acostumbrada a la indiferencia que experimentaba en su hogar, le agradaba que aquellos cuatro adultos, incluido su abuelo, se deshiciesen en atenciones hacia ella, e identificaba las caricias, los tocamientos y el sexo oral como algo natural, divertido y gratificante.
Tras estacionar el auto, nieta y abuelo deambularon por las calles del centro de la ciudad. Elsa preguntó varias veces acerca de su destino, pero su abuelo no soltaba prenda.
No seas impaciente, Bichita. Ya falta poco. Mira, ahí es.
Elsa se extrañó mucho al ver el establecimiento. Pensaba que el encuentro con aquel extraño se llevaría a cabo en un restaurante, una pastelería o, tal vez, alguna terraza de un bar. En lugar de eso, estaban frente a un coqueto edificio de dos plantas, en cuya fachada colgaba un cartel de vivos colores.
¿Ga… gabinete de belleza? – leyó la niña - ¿Qué hacemos aquí, Tata?
Hemos venido a recoger a alguien muy especial para mí. Mira, ahí está. Esa es…
De la puerta del establecimiento salió una joven mujer que se les aproximó con una enorme sonrisa en la boca. Su elegante vestido malva y sus zapatos de tacón, a juego con su bolso, se le antojaron a Elsa tan caros como incómodos de llevar.
Sin duda, lo que más le llamó la atención de la desconocida no fue su vestido, ni sus labios pintados, ni su jovial sonrisa, ni su media melena castaña, ni su maquillaje, algo más intenso de lo habitual. Ni siquiera las joyas que colgaban de su cuello y de sus muñecas fueron objeto de la mirada curiosa de la niña.
Elsa se quedó embobada con las enormes y pulquérrimas uñas que presentaban los dedos de aquella señorita. Jamás había visto algo parecido. Eran extremadamente largas y brillantes, como el marfil pulido, semejantes a unas garras felinas.
Hola. Tú debes de ser Elsa, ¿verdad?
Así es.
Yo me llamo Sandra. ¡Eres mucho más linda de lo que me dijo tu abuelo! ¿Puedo darte un besito?
¡Claro!
A diferencia de algunas de sus compañeras de colegio, Elsa no estaba acostumbrada a ser saludada con un beso en la boca, y menos de una persona desconocida. La experiencia le agradó. No se trató de nada obsceno, como los besos que le daban los compañeros de partida de su abuelo, que solían atraparle la lengua con los dientes para succionarla después con ansia. Fue apenas un leve ósculo en los labios, poco más que un piquito, que humedeció los suyos y la envolvió con una fragancia que no pudo identificar. Al contrario del resto de los amigos de su Tata, cuya higiene dental dejaba mucho que desear, el beso de Sandra fue fresco y agradable, tanto que a la niña le produjo un cosquilleo en la nuca y ganas de recibir más cuando la otra hembra se separó.
¿Y para mí no hay? – Preguntó el tercero en discordia.
Por supuesto.
La joven posó sus manos sobre el torso de Don Leandro y repitió la maniobra ante la atenta mirada de Elsa. Esta vez el beso se prolongó más en el tiempo, e incluso la punta de la lengua de la joven llegó a humedecer los labios del hombre. La niña jamás había visto semejante muestra de cariño entre su abuelo y otra persona adulta, incluida su abuela. Lejos de sentirse celosa, se alegró al verle tan contento; la felicidad de su Tata era lo más importante para ella.
¿Vamos a almorzar? Estoy muerta de hambre.
¡Y yo! – Chilló Elsa.
¿En serio? – rió el abuelo – Eso sí es una novedad.
El singular grupo tomó asiento en una céntrica terraza. Tras realizar la comanda, las dos jóvenes iniciaron una animada conversación de tal forma que apenas hicieron caso al abuelo. Elsa congenió al instante con aquella agradable joven, que escuchaba atentamente su incontinente verborrea y sus locas y disparatadas historias.
Elsa, eres un cielo. No me extraña que a tu abuelo se le caiga la baba cuando habla de ti. Ah… se me olvidaba: tengo un regalo, preciosa.
¿Para mí? – chilló la niña, con los ojos muy abiertos.
Así es.
¿¡Qué es, qué es!?
Elsa, no seas ansiosa – la reprendió su abuelo -. Sandra, no era necesario…
Es sólo una tontería. Toma. Espero que te guste, mi vida.
El papel de regalo opuso una resistencia nimia ante el empuje de la chiquilla. Pronto, un estuche de vivos colores apareció bajo él.
¡Halaaa! ¡Qué chuloooo!
¿Qué es eso?
¡Tata, no sabes nada!
Es un set de manicura, cariño. Especial para niñas guapas y presumidas como tu nieta.
¿Puedo abrirlo? ¿Puedo abrirlo?
Ahora vamos a almorzar. Después podrás abrirlo.
¡Jo! – Protestó Elsa, frunciendo el ceño.
¿Nunca te has pintado las uñas? Sé que tienes una hermana de mi edad… ¿nunca has usado su maquillaje?
Me mata si toco alguna de sus cosas – suspiró la niña -. ¿De verdad que tienes la edad de Nancy?
Creo que así es… ¿por qué?
No sé. Pareces mayor…
¡Elsaaaa!
Lejos de sentirse ofendida, la joven se lo tomó a risa.
¿Por qué dices eso?
Tú eres mucho más guapa y elegante. Ella siempre va en vaqueros. Me grita constantemente y me echa la culpa de todo. Además se saca los mocos y los pega…
¡Elsa, por favor! – gritó Don Leandro, sin poder contener la risa.
Vaya, siento eso - repuso Sandra, intentando que las lágrimas no arruinasen su cuidado maquillaje -.
Eres muy amable y simpática. Ojalá fueras tú mi hermana en lugar de esa…
¡Por fin! Ahí está la comida.
… bruja, come mocos.
¡ELSAAAA!
El almuerzo transcurrió distendido. El abuelo sucumbió ante la insistencia de las dos hembras y accedió a la apertura del paquete antes de que la niña terminase su postre.
¿Te gusta?
Me encanta.
¿Quieres que te decore las uñas con Minnie Mouse?
¡Síii! Digo… no.
¿No? – Se extrañó Sandra.
A la abuela no le gustaría. Dice que soy muy pequeña para todas esas cosas.
Entiendo – repuso la joven, encogiéndose de hombros -. Aunque… ¿la ves por aquí cerca?
¡Dios nos libre…! – Murmuró el abuelo.
Pues… pues no.
¿Entonces?
A Elsa le faltó tiempo para extender la mano. Era un manojo de nervios, tanto que, olvidando sus modales, abrió sus piernas y, seguidamente, colocó uno de sus pies sobre el asiento, doblando la rodilla. La poco decorosa maniobra dejó a la vista de Sandra y de su abuelo su vulva infantil impoluta. La mujer se recreó contemplando el bultito sonrosado y sehumedeció los labios de manera casi imperceptible, conocedora de que era poco práctico para su negocio manifestar abiertamente su orientación sexual.
A pesar de su juventud, Sandra había vivido mucho ya. Su madrastra la echó de casa a los trece años, tuvo que buscarse la vida desde entonces allá en su Concepción natal. Tras varios intentos infructuosos por obtener un trabajo decente, viajó al norte, falsificó sus papeles y ejerció de gogó en un local de copas. Allí conoció a una amiga que, además de iniciarla en el sexo lésbico, le enseñó cómo engatusar a los hombres de cierta edad, haciéndolos bailar como ratones al son de la flauta a cambio de un poco de atención, algo de conversación y sobre todo mucho sexo.
A Sandra no le suponía ningún dilema moral aceptar regalos de hombres maduros a cambio de sus favores, dinero inclusive, ya que lo consideraba como un simple negocio; un impersonal intercambio comercial carente de sentimientos, al menos por su parte. Si bien es cierto que podía parecer la hembra más atenta y dulce del mundo con ellos, en el fondo de su ser los despreciaba. Su alma era fría como el hielo, su cabeza una caja registradora y su voluptuoso cuerpo una exprimidora que no dejaba de estrujar hasta dejar al incauto de turno sin un peso.
Para Sandra, Don Leandro Calatrava era un eslabón más en su larga cadena de daños colaterales, una muesca más en la culata de su revólver, un vago recuerdo más que dejar atrás cuando no pudiera financiar sus caprichos. En algunas ocasiones, el abuelo de Elsa había logrado hacerla gozar en la cama. Sin embargo, su verdadero objetivo con él era otro: conseguir que escriturase a su nombre el coqueto edificio donde se encontraba el centro estético que él le había montado, junto con el amplio apartamento de la planta superior. Y si para conseguir su propósito tenía que corromper a aquella pizpireta niña, tal y como él le había pedido, estaba decidida a hacerlo sin el menor remordimiento y obteniendo el mayor placer posible durante la ejecución de la tarea.
¡Ufff!
¿Qué sucede, Sandra?
Es que aquí, con este viento tan incómodo… ¿por qué no vamos a mi estudio? Allí será todo más fácil.
¡Sííí!
¡Pues marchando!
¿Es que yo no tengo nada que opinar? – Protestó el abuelo.
Puedes esperar aquí si es lo que quieres.
¿Seríais capaces de abandonarme?
¡Venga, Tata… no seas tonto!
¡Está bien, está bien!
El exceso de información hizo estragos en Elsa, no sabía dónde fijar la mirada. Cada recoveco del gabinete de belleza era una inyección de estímulos para su fértil imaginación.
Ven, siéntate ahí, Elsa.
¿En ese sillón?
Sí. Leonardo, cariño, ponte cómodo y sírvete una copa. Esto es cosa de chicas.
Por supuesto.
El abuelo tomó una generosa ración de su licor preferido, aflojó el nudo de su corbata y se dispuso a disfrutar del espectáculo sentado en uno de los amplios sofás del centro estético. No era tonto, sabía que su relación con Sandra tenía fecha de caducidad y, por eso, pretendía aprovechar el tiempo al máximo. No conocía a nadie más cualificada que ella para enseñar a Elsa las mil y una variantes del sexo, esas que a él tanto le gustaban y que la niña ni siquiera sospechaba de su existencia, al menos de momento.
¡Uhmm! – Murmuró la anfitriona, torciendo el gesto.
¿Qué pasa?
Elsa era impaciente por naturaleza. No veía el momento en que el resto de sus pequeñas uñas estuvieran decoradas con motivos infantiles, así que no entendía por qué tenían que parar.
No sucede nada, mi vida. Solo que tal vez deberías quitarte el vestido. No me perdonaría que se manchara por un descuido mío. A saber qué diría tu abuela…
¡Claro, claro! Ya me lo quito, ya me lo quito…
Mientras su nieta se despojaba de su indumentaria, Don Leandro sonreía de oreja a oreja. Era consciente de que, en realidad, todos aquellos preliminares eran del todo innecesarios. Hubiese bastado un breve susurro al oído de Elsa para que la niña iniciase el juego al que tantas veces habían jugado y pusiera su breve cuerpo a disposición de la adulta, pero no quería privarse del placer que le proporcionaba ver a Sandra en acción. Parecía una anaconda a punto de merendarse a una cabritilla, y eso le excitaba mucho.
Eso está mejor. Toma asiento de nuevo y coloca las piernas sobre los reposabrazos.
¿Así? – preguntó la niña, abriendo de ese modo su intimidad ante la atenta mirada de su abuelo.
Así está muy bien. Separa las piernas un poco más.
Vale.
Te brilla todo el cuerpo. ¿Tienes calor?
Mucho.
Espera. Se me ocurre algo…
¿Qué?
Un juego.
¿Un juego?
Te va a encantar.
La niña contempló boquiabierta las evoluciones de la joven. Conforme esta fue despojándose de la ropa que cubría su cuerpo, una expresión de incredulidad se dibujó en su rostro. Quedó prendada de la belleza singular de la hembra, la planicie de su vientre, la firmeza de sus muslos, sus caderas bien formada y, sobre todo, del tamaño de sus senos.
¡Hala, qué tetas! Son enormes.
¿Te gustan? - inquirió la esteticista, intentando no parecer demasiado ansiosa por la respuesta.
Su timbre de voz se resintió, ya no parecía estar tan segura de sí misma. Podía recibir mil halagos hacia su cuerpo de sus amantes masculinos, nada significaban en comparación de los recibidos por parte de otra hembra, aunque fuese una chiquilla. No podía quitar ojo de la sonrisa vertical que afloraba entre las piernas de la niña. Brillaba como el lucero del alba, con un sonrosado clítoris y unos labios vaginales del mismo color, cuya tonalidad rosácea se iba difuminando hacia el exterior. Nada le apetecía más que llevarse a la boca tan delicada ambrosía y dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Guardar las formas tanto tiempo estaba haciendo mella en ella, desde que había llegado a la ciudad seis meses antes, no había tocado el cuerpo de una mujer por miedo a las habladurías.
¡Mucho!
¿Son más bonitas que las de tu hermana mayor?
¡Ella parece una tabla a tu lado!
La adulta volvió a mostrar su impoluta sonrisa. Se acarició el cabello, intentando inútilmente disimular sus ganas, y miró de reojo al abuelo de la niña. El gesto de aprobación de su amante no se hizo esperar, dándole vía libre para llevar el juego hasta el final.
¿Quieres tocarlas? - preguntó, acariciando de forma aparentemente distraída el interior de los muslos de Elsa.
La niña no salía de su asombro.
¿Puedo? - preguntó, esperando la conformidad de su nueva amiga.
Por supuesto - contestó la ex prostituta, poniendo a disposición de la más joven sus generosos senos.
Le faltó tiempo a la niña para atrapar con sus manos el prominente par de melones. Al principio lo hizo con prudencia, ella misma había sentido en sus carnes el intenso dolor que podía provocar un mal gesto en sus tetas. Fue cuidadosa al sopesarlas, sorprendiéndose por su turgencia y dureza. Después, conforme fue tomando confianza, las amasó con bastante más intensidad, provocando la excitación de los pezones que las coronaban, y el consiguiente acaloramiento de la adulta.
¡Son enormes! - Chilló entusiasmada.
La gruesa capa de maquillaje no fue capaz de disimular el rubor reinante en las mejillas de Sandra. Su coño ardía ante la perspectiva de un nuevo encuentro sexual con una fémina, aunque fuese una niña. No obstante, recobró la cordura. Su futuro económico, más o menos inmediato, dependía de mantener la cabeza fría.
Ya… ya es suficiente.
Respiró un par de veces más profundo de lo habitual, retiró sutilmente las pequeñas manitas de sus tetas, recobró su sonrisa y se armó con un pulverizador que recogió sobre el estante
El rostro de Elsa dibujó cierta decepción al verse privada de tan soberbios juguetes, aunque pronto su atención se centró en el objeto en cuestión.
¿Para qué es?
¡Para esto! - contestó disparando unas cuantas ráfagas a quemarropa.
La primera andanada de agua pulverizada hizo blanco justo en el ombligo de Elsa, otras dos descargaron en sus tetitas en desarrollo y la última muy cerca del sexo.
¡Oye! - Chilló Elsa retorciéndose como una anguila- Me da risa.
Tranquila, tranquila - intervino la adulta comenzando a extender el líquido por aquellas partes del menudo cuerpo que habían sido blanco de sus disparos -. Es para el calor. Luego me lo haces tú, ¿te parece?
Elsa abrió la boca con la intención manifiesta de expresar su opinión al respecto, pero no dijo nada. Su cuerpo habló por ella: se estremeció como una hoja temblorosa bajo la caricia del viento.
Sandra se tomó su tiempo, quería disfrutar del momento, recorrer con la yema de los dedos el cuerpo de la niña, gozar del suave tacto de su piel, y en especial disfrutar de la tersura de sus reducidos pechos. Se centró en ellos algo más que en el resto; los estimuló con suavidad, consciente de que su sensibilidad podría jugarles una mala pasada. El demonio que llevaba dentro le incitaba a chuparlos, morderlos, retorcerlos con lujuria, incluso a hacerles daño. Sin embargo, reprimiendo su instinto primario, dejó a un lado sus tendencias sádicas y se portó bien en pos de un bien mayor: su negocio.
Tal vez en otra ocasión - musitó para sí.
¿Qué… qué dices? - Preguntó la niña, con un nudo en la garganta provocado por el placer.
Nada.
Y, como queriendo desterrar sus malos pensamientos, Sandra se armó de nuevo con el pulverizador. No se anduvo más por las ramas, estaba claro que la niña estaba loca por la música. Su siguiente andanada tuvo como primer y único objetivo el sexo de una Elsa nerviosa, que no paraba de reír y retorcerse de gusto.
Estás muy sudadita por aquí...
¡Sí! - Exclamó Elsa, notando cómo los disparos de la adulta refrescaban su acalorada vulva.
La calentura de Sandra también crecía exponencialmente conforme los jadeos de la chiquilla iban ganando en volumen y sensualidad. Llevaba demasiado tiempo ocultando su orientación sexual. Estaba claro que su abstinencia en cuanto a gozar de las excelencias de un cuerpo femenino le estaba pasando factura. Necesitaba llevarse a la boca aquel pequeño coñito que la tenía encandilada.
Sus caricias se acercaban de manera cada vez más explícita a los genitales de Alba, no obstante, no fue hasta la tercera o cuarta arremetida cuando se decidió a atacar la zona roja de la preadolescente de forma exclusiva.
Con la mirada perdida en el infinito, la niña se dejaba acariciar. Sentía la mano experta recorriendo las partes más prohibidas de su intimidad. La maniobra, lejos de incomodarla, elevaba su lujuria a lo más alto. También en eso Sandra era muy diferente a cualquiera de sus anteriores amantes masculinos: sabía cómo y dónde tocar en cada momento y en su justa medida; parecía anticiparse a sus deseos, rozando la parte externa de su vulva con delicadeza, siendo algo más vehemente atrapando con las yema de los dedos su pequeño clítoris y cuidadosa al penetrar levemente su cuerpo con una falange.
Tan extasiada estaba que no se percató del paulatino acercamiento de la cara de la otra a su entrepierna. Sólo al notar el suave roce de unos labios en lo más recóndito de su sexo, abrió los ojos de par en par, descubriendo a la bella Sandra con la lengua afuera, a punto de regalarle placer oral.
Al principio se alarmó, en su cabeza resonaron las palabras despectivas de su hermana refiriéndose al coito entre dos personas del mismo sexo. Nancy despreciaba el sexo lésbico, y eso había hecho mella en el subconsciente de su hermana menor. Buscó con la mirada a su Tata, y este la tranquilizó tanto con la mirada como con palabras de aprobación.
Bichita, juega con Sandra. Sé buena chica.
Sí, Tata.
A partir de ese momento todo le resultó más sencillo. Dejando a un lado sus prejuicios, Elsa relajó su pequeño cuerpo y simplemente disfrutó del momento, como era su costumbre.
Sandra notó el cambio de actitud de la niña, separando aún más sus piernas, dejándole vía libre hacia su intimidad. La ex prostituta a duras penas fue capaz de contenerse, los efluvios que emanaban de la pequeña rajita hipnotizaron su buen juicio. Aun así no se abalanzó contra el coñito, lamiéndolo, baboseándolo, comiéndoselo a dentelladas como hacían sus torpes amantes masculinos; se deleitó con el néctar como el niño que come el último pedazo de una tarta, saboreando los restos de orina y flujo reseco que lo adornaba, dejándolo limpio e impoluto con su hábil lengua moviéndose inquieta de aquí para allá.
Elsa tenía un nudo en el estómago. El ir y venir de la lengua en sus pliegues le estaba encantando. Encendida, se retorcía sobre el asiento hasta casi levitar de gozo, clavando sus recién decoradas uñas en los reposabrazos de cuero. La estilista la estaba matando de puro gusto, su mente volaba.
¡Aggg!
Jadeaba una y otra vez, hasta que el ansiado orgasmo llegó de manera escandalosa, inundando la peluquería de un intenso olor a hormona femenina que poco o nada tenía de infantil y mucho de desbordante lujuria.
La adulta, satisfecha y complacida al comprobar que sus habilidades lésbicas no habían menguado por la falta de práctica, paladeó el sorbo de néctar que resbalaba entre sus labios, como aquel que saborea un buen vino. A su mente volvieron lejano recuerdos de amantes femeninas casi olvidadas, todo gracias a la nimia entrepierna de una niña. Con los ojos fijos en el pueril sexo, permaneció en una nube unos instantes, hasta que el nada sutil carraspeo de Don Leonardo la trajo de vuelta a la tierra.
Es… es tu turno.
De… ¿de qué? -preguntó Lara, no sin dificultad.
¡De refrescarme, bonita! Yo también tengo calor, ¿sabes?
¡Siiii!
Entre risas y algarabía general, ambas féminas intercambiaron posiciones. Esta vez fue la adulta la que impúdicamente, se colocó sobre el asiento rematado en cuero marrón y abrió sus piernas de par en par, mostrando a la niña la totalidad de su sexo, ya humedecido por la excitación y las ganas.
Lara, curiosa por naturaleza, lo miró con atención. Aquello era mucho mejor que utilizar el espejo de mano de su hermana para observarse la rajita, podía verlo todo con total libertad. Se recreó la vista en todas y cada una de las partes del sexo femenino, esas que sólo había visto con dificultad a sí misma. Sus ojos brillaban, el coño de Sandra le parecía incluso más interesante que los voluptuosos senos de la esteticista. Por primera vez aparecía ante ella una vulva adulta en todo su esplendor, y le gustó su forma y, sobre todo, su fragancia.
Con todo, su rostro denotaba cierta inquietud, circunstancia que no pasó desapercibida a la otra:
¿Qué sucede?
Tú no tienes pelos.
Ni tú.
Ya, pero Nancy sí. Tiene un montón, todos negros y rizados, cosa que no entiendo porque ella es rubia ahora.
¿Y?
Creía que el color del pelo de la concha cambiaba cuando te teñías el de la cabeza.
¡LARAAAAA! - Intervino el abuelo desde su atalaya.
Sandra no pudo más que echarse a reír. Le tendió el pulverizador y se abrió el coño para que la niña pudiera deleitarse todavía más con él. Exhibirse ante una fémina siempre le había parecido algo muy morboso, aquella vez no fue una excepción. Estaba muy mojada ya.
Venga, ¿a qué estás esperando? ¡Dispara!
Elsa le lanzó una certera andanada justo en medio del sexo. A esa siguieron un par más con idéntico objetivo. Su boca entreabierta y la sutil manera de ladear la cabeza dejaron entrever una pregunta que no se atrevía a realizar.
Puedes tocarlo si quieres - le susurró Sandra, casi como un ruego -. No va a comerte.
¡Sí!
Curiosa, la preadolescente examinó la zona genital sin tapujos; con los deditos recorrió el clítoris, los labios vaginales y penetró con cierto reparo el agujero, que parecía llamarla con su abertura dispuesta en vertical.
Está muy caliente.
Pues venga, ¿A qué estás esperando? - gimió la otra, con un nudo en la garganta - ¡Dispara de nuevo!
Lara se afanó a la hora de manejar el pulverizador. Dada la cercanía, era imposible fallar y errar el blanco. Pronto, el coño de Sandra apareció recubierto de agua, y eso, unido a los flujos que supuraban desde su interior, le daba una apariencia gelatinosa, de la que Elsa no podía apartar la vista.
¿Qué… qué hago ahora? - Preguntó la niña, cándidamente.
¡Ven aquí, zorrita! - murmuró la adulta, perdiendo los modales.
Con el coño en carne viva, Sandra agarró a la chiquilla del cogote con ambas manos, llevando la cabecita infantil hasta su propio sexo, haciendo que la carita de Elsa se fundiese con su zona más caliente y comenzó a frotarse contra ella.
Elsa intentó recordar lo que la otra le había hecho. Apenas podía tomar aire, aún así puso su pequeña aspiradora bucal a trabajar. El sabor no le era desconocido, el doctor Rojas, uno de los amigos de su abuelo, solía darle a beber sus propios jugos durante las partidas de dominó de los sábados, aunque el flujo de la amante de su abuelo era mucho más ácido y envolvente que el suyo. Lamía y lamía con insistencia, aunque de vez en cuando se tomaba leves lapsos para tragar saliva y continuar chupando.
Sandra estaba en la gloria. La niña tenía un don innato para el sexo oral. Su lengua era prodigiosa. En unos pocos minutos ya se había mostrado como una lame coños infinitamente más certera que su torpe abuelo. No le extrañó en absoluto que el viejo baboso estuviera encoñado con su nieta, era un auténtico diamante en bruto, al menos con la boca.
¡Eso es, eso es! ¡Sigue, no te detengas por nada del mundo, pequeña!
Notó el calor que le salía de muy adentro. Desatada, agarró la cabecita de la niña con más fuerza, dispuesta a asfixiarla si era necesario. Con los ojos cerrados, sintió que su torrente interior estaba a punto de salir; los dedos de sus pies se entrelazaron, su cuerpo se tensó, y los movimientos espásmicos de su vagina pregonaron el inminente éxtasis, gracias a ese pequeño portento del sexo oral que tenía entre las piernas.
De improviso, una fuerza inconmensurable le arrancó de las manos su recién estrenado juguete de forma cruel, dejando su coño a punto de reventar, privandole de uno de los orgasmos más intensos de su vida.
¿Qué vas a hacer, Tata? - Escuchó de una vocecita asustada.
Frustrada y furiosa a partes iguales, la hembra abrió los ojos de par en par, buscando una explicación y, desolada, contempló como Don Leandro, con los pantalones a la altura de los tobillos, se disponía a penetrar a la pequeña Elsa vaginalmente, embistiéndola desde atrás sobre el frío suelo de su flamante centro de estética.
Asqueada, no fue capaz de contemplar la iniciación de la niña. Tampoco le hizo falta mirar para saber lo que estaba sucediendo: los bufidos del hombre, acompañados por los chillidos de Elsa al ser violada por su propio abuelo, fueron de lo más explícitos.
¡Tata…! ¡Tata…! ¡Para! ¡Me duele…! ¡Me duele…!
¡Ya… ya está, bichita! ¡Falta poco! ¡Falta poco!
El tipo se despachó a gusto. No dejó de perforar y perforar la angosta vagina, percutiendo el interior de un cuerpecito fibrado a medio hacer, mientras la pequeña Elsa no dejaba de retorcerse y chillar de puro dolor. Por fortuna para ella, a su abuelo le habían excitado tanto los preliminares, que no fue capaz de alargar el coito por mucho tiempo. De improviso, se lo echó todo muy adentro, y los vanos intentos de la niña por desacoplarse de él, lejos de conmoverle, le proporcionó un extra de placer durante la eyaculación
Elsa quedó tendida sobre el suelo, temblando de dolor, hecha un ovillo, despeinada y llorosa; con un pequeño hilito de esperma y sangre resbalando lentamente de su sexo, con el cabello enredado sobre la cara.
He… he de ir al baño - balbuceó torpemente Don Leandro tras incorporarse, como queriendo quitarle importancia al terrible acto que había cometido -. Vístete, bichita. Tenemos que irnos. Se hace tarde.
Sandra lo siguió con la mirada, no podía disimular su desprecio hacia él. Una vez más el género masculino le había decepcionado. Se le ocurrían mil y una formas para iniciar a la pequeña Elsa en el sexo y aquel abobinable ser había elegido la más traumática. La niña lo adoraba, él era su faro, su guía; estaba muy claro que quería tener sexo con él. Sólo por eso ya merecía recibir un trato mejor por parte de su abuelo, al menos en su primera vez.
Furiosa, Sandra no culpaba al viejo por lo que había hecho, sino por la manera en que lo hizo. Mientras iba en busca de una toalla húmeda para adecentar a la niña, se juró a sí misma que iba a dejarle sin un peso a ese monstruo: era lo menos que se merecía.
“Conchetumare, hijo de la gran puta” - masticó para sí.
*****
El viaje de vuelta a la hacienda familiar empezó distinto aquella vez. La habitual cháchara alocada de Elsa se convirtió en un incómodo silencio para Don Leandro, que miraba de reojo a su nieta mientras conducía por la serpenteante carretera.
La niña tenía la mirada fija en el horizonte y permanecía muda sin decir nada, con los brazos cruzados sobre su vientre para calmar el dolor.
El abuelo sabía que había metido la pata, nada más. No creía que fuese grave, hasta ahora. Pero verla así, muda y fría, le hizo pensar que tal vez había ido más lejos de lo que imaginaba. Eso le incomodaba, como un golpe inesperado de realidad que no sabía cómo enfrentar.
El nudo en la garganta no le dejaba pensar. No estaba hecho para estas situaciones. Elsa era lo único que realmente le importaba en el mundo; la idea de perderla lo paralizaba. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, incluso pedir perdón… algo que llevaba mucho tiempo sin hacer.
Tragó saliva antes de comenzar a hablar:
Yo…
¿Vamos a las montañas, Tata?
Le interrumpió Elsa mirándole directamente a los ojos, esbozando una sonrisa y cogiéndole del brazo. Cuando Don Leandro notó la cabecita de la niña apoyándose sobre él y una manita acariciándole el paquete, supo que la niña le había perdonado. Su corazón volvió a latir.
Por supuesto, Bichita.
Y tras darle un besito en la frente, en el siguiente recodo de la carretera cogió un desvío que les llevaría, una vez más, a un sitio donde dedicarse a su juego favorito.
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