"CLÁUSULA DE CONFIDENCIALIDAD" por Kamarati (02- CONTROL MENTAL) REPARADO

A sus diecinueve años Adela era la inconsciencia personificada. Tenía tantos pájaros en la cabeza como pocas ganas de hacer algo tangible con su vida. Pésima estudiante, había comenzado decenas de nuevos proyectos que dejaba a un lado al poco de empezar con mil y un excusas de lo más endebles.  “No era lo que tenía en mente”, “hubo un cambio en las condiciones” o “es que mis socios se han echado atrás”  - repetía una y otra vez a quien se interesaba por su futuro. Su último capricho consistía en hacerse youtuber famosa y vivir de ello. La idea no tenía fallos en su cabeza. El trabajo de su padre, director del teatro de una ciudad costera, le proporcionaba contactos con todos los artistas relevantes que pasaban por allí. Charlaba con ellos de forma informal y de esas conversaciones sacaba la información suficiente como para dar contenido al canal que empezaba a despuntar.  La chica tenía el desparpajo y desenvoltura suficiente como para hacer que sus videos fueran amenos. ...

"¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA?" Parte II por ZARRIO.

 Nota: Rompiendo una costumbre de años publicaré esta serie conforme la voy repasando, se trata de una vieja serie inconclusa que comencé a escribir por encargo. Esto implica que algunos detalles iniciales pueden ir variando según se va desarrollando la historia. Serán pequeños cambios que no afectarán a la trama. Gracias por su paciencia y sus comentarios.

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¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? Por Kamataruk

Parte 2: Serpiente

La semana previa a las vacaciones estivales del año siguiente fue especialmente calurosa. La casa familiar de la pequeña Elsa era lo más parecido a un horno, sin embargo eso a ella no le importaba, más bien todo lo contrario: adoraba el calor. Aun con diez años, seguía teniendo tendencia natural a vestir escasa de ropa mientras deambulaba por su hogar lo que le había granjeado no pocas broncas por parte de su mamá. No obstante, la temperatura ambiente era tan alta durante aquellos días que nadie osó reprenderla cuando iba de aquí para allá solamente vestida con sus braguitas. Nadie excepto Nancy, su hermana mayor y compañera de cuarto, que no perdía ocasión para atosigarla:

  • Pero, ¿te quieres poner algo encima? Guarra, que eres una guarra.

  • Pero… ¿por qué dices eso? No te entiendo, Nancy.

  • ¡Porque no está bien que andes por aquí enseñando las tetas!

  • ¿Tetas? ¿Qué tetas?

  • ¡Esas tetas! – chilló Nancy, apretando con su índice acusador el pezón izquierdo que adornaba el pecho blanquecino de su hermana mediana. 

Elsa miró su cuerpo y descubrió algo nuevo, algo que al comienzo del curso no estaba ahí: dos bultitos no más prominentes que una moneda bajo sus aréolas sonrosadas y claras. Juntó los hombros, logrando así que las protuberancias creciesen de forma fraudulenta.

  • ¡Tengo tetas! – Exclamó la niña muy entusiasmada por el efecto -. ¡Tengo tetas! 

  • ¡Que te tapes, guarra! – Ordenó la mayor cada vez más molesta.

  • ¡Ni hablar! – Chilló la pequeña rebelde.

  • ¡Te vas a enterar!

Cuando se trataba de correr entre sillas, muebles, juguetes y otro tipo de obstáculos, ser de pequeño tamaño resultaba ventajoso. Elsa se escurrió como una anguila esquivando los golpes de su hermana sin dificultad hasta encontrar refugio en el cuarto de baño de la planta superior.

  • ¡Si te veo esta tarde en el piso de abajo en tetas te mato! ¿me oyes? ¡TE MATO! – Chilló Nancy, aporreando con violencia la puerta.

Todas aquellas amenazas a la niña le traían sin cuidado; eran tan frecuentes como inocuas. Los golpes no le afectaban. De hecho, ya ni siquiera escuchaba a su hermana. Subida en un taburete, examinaba el reflejo de su busto que el espejo del baño le reflejaba. Pensaba en lo contento que se iba poner su Tata al verle los pechos. Tata era la forma cariñosa que tenía de llamar a su abuelo Leonardo, el papá de su madre. Elsa contaba las horas que faltaban para reencontrarse con él y pasar juntos todo el verano jugando a mil y cosas divertidas e interesantes, lejos de sus hermanos, de sus padres, y sobre todo de la tirana de Nancy. Le parecía sentir ya la lengua de su abuelo recorriendo sus pezones, embadurnándolos de saliva, succionándolos como dos tetinas. Casi de inmediato notó esas cosquillitas ricas en su zona genital aunque menos intensas que cuando estaba con su abuelo.

Elsa se sentó sobre la tapa del inodoro, cerró los ojos, metió su mano en el interior de su braguita… y mientras se acariciaba voló hasta casa de sus abuelos, a miles de kilómetros de allí.

*****

Con nueve miembros ocupándola, la organización dentro de la casa de los Calatrava era más bien caótica. Aun así las tardes de los miércoles solían ser tranquilas y en el hogar permanecían únicamente Nancy y Elsa. La mayor de las chicas aprovechaba la oportunidad para montar pequeñas fiestas clandestinas con sus amigos y amigas de no más de una o dos horas de duración. Las reuniones eran tan breves como intensas: en ellas había mucha música salsa, mucho alcohol y poca, muy poca vergüenza. 

Pero la fiesta de aquella tarde era especial ya que, por primera vez en mucho tiempo, el resto de la familia estaría ausente hasta el día siguiente, lo que suponía una oportunidad perfecta para que Nancy pudiese dar la fiesta del siglo hasta bien entrada la noche. Lo tenía todo previsto, hasta el último detalle: bebida, comida, buena música y la mejor compañía; nada podía fallar.

Para que todo fuese perfecto en el plan de la primogénita sólo había un pequeño problema que resolver, un escollo que solventar, un hilo suelto que enhebrar, un grano en el culo que reventar: un torbellino imprevisible que atendía al nombre de Elsa.

Para el resto del mundo, Elsa era un sol de niña, pero a los ojos de su hermana la mayoría de las veces era un fastidio y más aún durante sus fiestas. A Nancy le sacaba de los nervios verla corretear semi desnuda charlando con sus amigos, bailando con ellos e incluso tomando algún que otro sorbo de cerveza a escondidas. Y todavía le gustaba menos que estuviese presente cuando el ambiente se caldeaba y las parejas se dejaban llevar por la pasión en algún rincón de la casa. De hecho, durante la última fiesta, Nancy la había descubierto espiando a la mejor de sus amigas follando con su pareja mientras devoraba un bol lleno de palomitas, como si de una proyección cinematográfica se tratase. Aquella fue la gota que colmó el vaso.

Para evitar que el indecente episodio se repitiera, Nancy confinó a la chiquilla en su propia habitación durante la que iba a ser la mejor fiesta de toda la historia:

  • Si te veo por abajo… ¡Te partiré las piernas! ¿Entendido? – Aleccionó la hermana mayor a la chiquilla.

  • Que sí… que sí. 

  • ¡Y ponte algo encima de una puta vez!

Y cerró la puerta dando un portazo. A pesar de todo Elsa adoraba a su hermana mayor y hacía todo lo posible por obedecerla, lo que sucedía es que, unas veces, no prestaba la atención debida a sus órdenes y las otras no lograba retenerlas en la memoria. La información recibida se perdía en algún recoveco de su fabulosa imaginación. Podría decirse que estaba todo el tiempo en las nubes y allí era feliz.

Buscó en el cajón de la ropa interior de su hermana y comenzó a probarse braguitas para entretenerse. Tenía muchas y muy sexis. Obviamente la talla no era la apropiada, no obstante le gustaba sentir el suave tacto de aquellas vaporosas prendas sobre su piel. 

En el fondo del cajón, oculto dentro de una cajita de medias, encontró lo que buscaba: una caja de globos hinchables estuchados de forma individual. Elsa desconocía su utilidad y la razón por la cual su hermana los escondía tanto; sólo sabía que, cuando los inflaba, tenían una extraña forma alargada con una especie de pico redondeado en la punta. La niña se imaginaba que eran delfines y fantaseaba con nadar con ellos en mar abierto. No obstante, había otra cosa que le llamaba la atención de aquellos extraños globos. 

Desconocía el motivo por el cual, cuando los sacaba del paquete aluminado, estaban secos y olían a fresa pero cuando los encontraba debajo de la cama de su hermana, siempre después de que alguno de sus amigos fueran a visitarla por las noches, estaban húmedos y sabían igual que la pirula de su abuelo. En estos casos, le resultaba casi imposible inflarlos, y normalmente terminaba con la cara manchada de aquella sustancia grumosa y grasienta que su Tata llamaba de un montón de formas diferentes, antes o después de desparramarlas dentro de su boca: leche, semen, esperma, lefa… o incluso chuño.

Resignada, buscó entre su propia y aburrida ropa íntima algo que se asemejase a la lencería de su hermana. Finalmente, y tras mucho deliberar, optó por una de color rosa clarito, que si bien no llegaba a la consideración de tanga, sí que dejaba a la vista la práctica totalidad de sus glúteos. 

Después de un buen rato mirándose al espejo, comenzó a jugar delante de él como hacía con su abuelo. Eran posturas divertidas, burlonas y graciosas, que poco a poco se transformaron en pícaras para terminar en obscenas, a todas luces impropias de una niña tan pequeña, pero que, a fuerza de repetirlas, Elsa las encontraba de lo más convencionales. Contorsionaba su pequeño cuerpo para que sus zonas más impúdicas tomasen mayor protagonismo. Inclusive llegó un momento que apartó la ropa interior y mostró su zona genital, abriéndola para su Tata, al que imaginaba al otro lado del cristal. Posar para él de ese modo era algo que el adulto solía pedirle y a Elsa le gustaba que él la mirase porque, cuando lo hacía, pasaba de ser una más a ser el centro del universo.

Pronto se aburrió del juego. Era divertido cuando lo jugaba con su abuelo, hacerlo sola no la satisfizo por mucho tiempo. Optó por reventar el preservativo de un mordisco y pegar la oreja a la puerta de la habitación, intentando imaginar lo que estaba sucediendo en la parte baja de la vivienda. 

El tumulto era grande. Poco a poco el murmullo inicial se fue transformando en griterío, y el volumen de la música comenzó a crecer y crecer hasta que pudo identificarla con claridad.

  • ¡Chayane! – Exclamó Elsa.

Y dando un salto, comenzó a mover los pies siguiendo el compás de las canciones de su cantante preferido. Sin lugar a dudas su pasatiempo favorito era bailar y se le daba muy bien. Su menudo cuerpo parecía flotar de aquí para allá, con movimientos gráciles y coordinados. Descalza, semi desnuda y con el cabello alborotado, se asemejaba más a un ángel que a un diablillo. Y así pasó Elsa horas y horas bailando sola en su habitación. 

Al atardecer surgió el problema. Por un lado debía obedecer la orden de su hermana pero por otra… se moría de hambre. Se trataba de una cuestión de prioridades y la más básica ganó la partida. Elaboró una estrategia sencilla y bien estructurada: bajaría por las escaleras como una exhalación, se introduciría en la cocina, agarraría lo primero que viese, y después retornaría a su guarida tan rápido como había llegado. No más de un minuto: un golpe simple, rápido y sencillo. 

Elsa no era muy dada a complicarse la vida. Es más, solía hacer las cosas sin pensar, pero aquella vez se lo tomó en serio. Todavía le dolía el culo por los soberanos cachetazos con los que le obsequió su hermana dos días antes. La había descubierto utilizando su kit de manicura y por nada del mundo estaba dispuesta a repetir la experiencia. Ni se le pasó por la cabeza ponerse algo más de ropa cuando comenzó la misión. Casi desnuda, salió de su habitación como un rayo en busca de comida.

La misión comenzó bien. Todo el mundo estaba congregado en el salón por lo que llegar a la cocina fue coser y cantar. Una vez allí, tampoco hubo problemas: ágil como una gatita, se movió en la penumbra, eligió unos cuantos duraznos del frigorífico pero se lo pensó mejor; abrió el congelador y en el segundo cajón comenzando por arriba encontró el grial: una caja de helados de chocolate. El frescor que emanaba del electrodoméstico le erizó los pezones y esa sensación de frescor la hizo estremecer. Tal vez esa fue la causa por la que demoró unos cuantos segundos más de lo debido la operación retorno. Le sorprendió la sensibilidad adquirida por sus tetas recién descubiertas, aún así se sobrepuso a los deseos de su cuerpo, cerró la portezuela, se dio ánimos, y emprendió el camino de vuelta.

Sólo pudo andar dos pasos antes de detenerse. Sucedió algo que no había previsto, algo que hizo trizas sus planificaciones. No era algo negativo, ni mucho menos; todo lo contrario, algo bueno en el momento más inapropiado, un caramelo envenenado, una tentación demasiado grande como para no caer en ella: escuchó los acordes de su canción predilecta. 

A partir de ese momento, Elsa dejó de pensar en la comida; sólo quería bailar y bailar. Abrazó la caja con los helados, utilizándola como improvisada pareja, y la llevó de aquí para allá por toda la cocina en penumbras. El compás era pausado, se trataba de una canción lenta, una balada muy bonita y melodiosa:

  • “Quizás somos dos locos incurables, tal vez somos dos chispas en la oscuridad… “- canturreó muy bajito. 

Al llegar al estribillo, descubrió a alguien apoyado en el dintel de la puerta. Pese a la escasa iluminación, Elsa lo reconoció al momento y se paralizó. Haciendo gala a su apodo, Sombra permanecía quieto, expectante; observándola, acechándola más bien. La niña no llegaba a distinguir las facciones de su cara pero sabía que la estaba examinando con sus sombríos ojos negros, y que en su rostro se dibujaba esa falsa sonrisa amable que tanto repetía hacia ella. 

Elsa abrazó tan fuerte la caja que esta cedió ante su empuje y los helados chocaron contra el piso, saliendo desparramados en todas las direcciones. La reputación de Sombra en el vecindario era nefasta y se la tenía ganada a pulso. No había lío, suceso o pelea en la que él no estuviese involucrado. Pésimo estudiante y peor trabajador, no se le conocía oficio alguno, y aún así llevaba un nivel de vida poco acorde con su condición. Se murmuraba en el barrio que traficaba con drogas, pero también que violaba abuelas, que tragaba niños crudos y que tenía cola de diablo. Todo lo malo que sucedía en diez kilómetros a la redonda tenía en Sombra a su sospechoso habitual.

A la niña todas esas historias le traían sin cuidado. Con ella el muchacho siempre había sido muy amable, le daba caramelos e inclusive le dejaba subir en su impresionante motocicleta cuando venía a visitar a su hermana. Ni siquiera le intimidaba esa descarada forma que tenía de desnudarla con la mirada, no la identificaba como algo sucio o pervertido; lo que de verdad le impresionaba de Sombra era lo que le hacía a Nancy en la cama.

Por aquella época Nancy tenía un novio oficial, un cornudo desgraciado al que manejaba a su antojo, y amigos… muchos, muchos amigos. Amigos íntimos con derechos que solían visitarla por las noches, trepando por la fachada y que ella acogía en su cama. 

Elsa se hacía la dormida pero en realidad no perdía detalle de lo que sucedía en la cama de al lado. Había visto desfilar por la entrepierna de su promiscua hermana mayor a un montón de chicos del barrio, varios novios formales de sus mejores amigas, algún que otro hombre casado y muchos otros machos que la niña no conocía. A sus diez años había visto de todo; no había postura del kamasutra que no conociera. 

Entre todos los amantes de Nancy sin duda el que más le había impactado a Elsa era Sombra. Era muy diferente al resto. La mayoría eran amables y considerados con su hermana, él en cambio se comportaba como un animal. La ataba al cabecero de la cama, la amordazaba, la golpeaba; prácticamente la violaba de manera despiadada, parecía un lobo desbocado y rabioso. Le hacía todo lo que le venía en gana y su hermana, normalmente altiva y arrogante con los hombres, se transformaba en una sumisa corderita dispuesta a ir al matadero cuando follaba con él. Más de una vez el grado de violencia fue tal que la niña estuvo a punto de saltar e ir auxiliar a Nancy pero no lo hizo por temor a las represalias. Su hermana la hubiese matado de saber que estaba al tanto de lo que sucedía.

Con el tiempo, Elsa llegó a la acertada conclusión de que, si Nancy se dejaba follar de ese modo una y otra vez, era porque a su hermana mayor le gustaba que la tratasen así en la cama. 

Y en ese momento estaba a solas con él en la cocina, sin nada más que una breve braguita ocultando su piel. Por primera vez en su vida le incomodó estar casi desnuda delante de otra persona adulta y comenzó a temblar. 

Sombra se acercó lentamente, tomó a Elsa de una mano y apoyó la suya en la espalda de la chiquilla. Al principio ella no sabía qué pretendía aunque en poco tiempo lo adivinó.

El joven descarriado se destapó como un bailarín excelso. Pese a la diferencia de tamaño, llevó a Elsa con una precisión milimétrica por cada rincón de la cocina, esquivando los helados, las sillas y el resto de enseres. Superado el miedo inicial, Elsa estaba encantada con todo aquello. Fue un momento mágico que jamás olvidó en su vida; parecía que flotaba. Sus cuerpos se aproximaron y parecieron uno al ritmo de los sones latinos del artista Puertorriqueño. 

Aunque los jugosos senos de la preadolescente estaban pegados a su zona roja, Sombra no intentó nada sucio con ella.  Al contrario, se comportó como un auténtico caballero, marcando los pasos del baile con gracia y dulzura durante toda la pieza. Trató a Elsa como a una princesa; ni más ni menos, haciéndola sentir como la persona más importante del universo... tal y como hacía su abuelo.

Cuando la música cesó, permanecieron el uno frente al otro sin decirse nada, como temiendo que las palabras rompiesen la magia de la dulce experiencia vivida. Elsa no cabía en sí de gozo, se sentía feliz, muy feliz por el buen rato que el chico más indeseable del barrio le había hecho pasar aquella tarde. Estaba tan contenta que no se le ocurrió mejor manera de agradecerle el detalle a su improvisado compañero que alargar la mano y acariciarle la verga sobre el pantalón. No lo hizo por vicio ni por simple calentura, sólo por gratitud, como lo hacía con su abuelo.

La palpada fue lenta pero intensa, claramente voluntaria, aunque no se prolongó mucho en el tiempo ya que Sombra la detuvo. Aun así le dio tiempo a corroborar algo: desconocía si Sombra traficaba con drogas, tampoco si violaba viejas o si realmente comía niños para el desayuno como todo el mundo aseguraba. Lo que Elsa tuvo muy claro tras el breve magreo es que cola sí tenía… y más grande que la de su abuelo. 

  • ¡No! – Murmuró.

  • ¿Por qué? – se extrañó Elsa al verse rechazada -.

  • Eres demasiado pequeña para eso…

La niña no dio por buena la respuesta y volvió a la carga, aunque esta vez lo hizo piel con piel, introduciendo su mano de manera decidida por el resquicio que dejaba el pantalón y el abdomen.

  • Tranquilo. Yo ya sé... – dijo ella a media voz, intentando convencer al muchacho de su buen hacer.

Elsa demostró tanto su experiencia como su pericia a Sombra no sólo acariciándole el pene sino también los testículos sin ningún pudor. Presionó suavemente la verga a lo largo de toda su extensión, como queriendo adivinar su verdadera dimensión en pleno apogeo, para luego rozar el escroto con suavidad. Después, rozó la punta del glande notándola húmeda, caliente y huidiza debido a la secreción de fluidos preseminales. Utilizó su dedo índice para circunvalar el interior del prepucio con sumo cuidado, recogió con él cuantos restos le fue posible, lo sacó de la zona roja con firme intención de volver a por más y después, siguiendo su costumbre, se lo chupó.

La audaz maniobra y la cercanía de su cara con el sexo de Sombra le llenaron las fosas nasales de hormona masculina. Elsa comenzó a salivar de manera involuntaria ,y tras arrodillarse a toda velocidad, se dispuso a bajar la cremallera del pantalón al amante de su hermana para poner la boca a su entera disposición. Sombra negó tres veces pero ella, haciendo caso omiso, le regaló una mamada metódica, precisa y sobre todo muy efectiva.

Los ya de por sí escasos prejuicios de Sombra se hicieron añicos tras la primera chupada, al comprobar en sus propias carnes que aquella chiquilla podía parecer tímida y apocada, pero que iba sobrada de experiencia en las distancias cortas. 

Aprender a chuparle la verga a su abuelo de manera rápida y clandestina le fue muy útil para Elsa en aquella ocasión. No se anduvo con rodeos y desplegó lo mejor de su arsenal contra el extremo del glande. Fue intensa, podría decirse que por primera vez en su vida incluso lujuriosa, apremiada por la urgencia del momento y por las ganas tremendas de satisfacer al macho que de forma tan agradable la había tratado. No se anduvo con rodeos, ni con juegos, ni con caricias superfluas; contuvo la respiración y fue a saco, conocedora que de ese modo el final feliz sería inminente. Y así fue.

Sombra no tardó mucho en eyacular entre los dulces labios de Elsa, justo cuando un súbito incremento del volumen de la música les anticipó que alguien estaba a punto de interrumpirles.

  • ¡Mierda, alguien viene! – protestó el adulto quitando la polla del interior de la boca de la niña -. ¡Escóndete, deprisa!

Tras tragarse de un golpe todo el semen que llenaba su boca, Elsa se incorporó de un salto. El conocimiento del terreno una vez más le proporcionó a la chiquilla una ventaja. Solía esconderse muy a menudo huyendo de sus hermanos, de sus padres y sobre todo de Nancy. Aprovechando sus reducidas dimensiones, se metió en el escobero instantes antes de que la puerta de la cocina se abriese. No daba crédito a lo que había hecho, temblaba de puro miedo y sólo entonces se dio cuenta de que sentía el pulso en los pezones, ardor en las mejillas y que sus braguitas estaban tan húmedas que parecía que se acababa de orinar encima. 

  • Pero Sombra… ¿Qué haces aquí solo? Te estás perdiendo lo mejor de la fiesta.

  • Quería un helado Nancy, pero no sé qué he hecho y se me han caído por el suelo. 

  • ¡Qué desastre de hombre! Gracias a Dios no eres tan torpe para todo. Oye…parece que estás animado – rió la chica mirando el considerable bulto que marcaba la entrepierna del muchacho -.

Como respuesta, él le lanzó un cachete al culo de la anfitriona y no despegó la mano de allí.

  • Es tu culpa, sabes que no soporto ver cómo te come la boca ese desgraciado.

  • Eres malo, quita eso de ahí – rió la joven sin hacer nada por liberarse - … ¿quieres que mi novio nos pille y se enfade?

  • Ojalá, así le partiría la cara a ese cornudo…

  • Psss… pórtate bien, sé bueno… y te compensaré…

  • ¿Cuándo?

  • Pronto… muy pronto. 

  • ¿Podré entrar por aquí? – preguntó él apretando el glúteo con firmeza.

  • No, sabes que por ahí no puedo soportarlo, pero ahora vámonos, que no quiero que me haga una escena. La fiesta está siendo brutal… - apuntó Nancy, arrastrando a Sombra de nuevo a la multitud.

Elsa guardó un tiempo prudencial, y cuando se sintió segura, huyó de la cocina a la velocidad del rayo. Ni siquiera reparó en recoger los helados que, lentamente y debido a la temperatura reinante, se fueron derritiendo sobre el piso. Tenía otra necesidad más imperiosa que satisfacer.

Al llegar a su cuarto, se metió en la cama de Nancy en lugar de la suya, se quitó las bragas a toda prisa y, tras introducirlas en su boca imitando una de las innumerables vejaciones con las que Sombra sometía a su hermana, se ensartó dos dedos en la vulva en lugar de uno como hasta entonces; lo hizo de manera violenta, impersonal y sucia, y ni aun así tuvo suficiente. Como durante la mamada minutos antes, la lujuria se apoderó de ella a la hora de tocarse. Hasta ese día siempre lo había hecho de manera delicada, buscando el orgasmo como un simple juego o para complacer a su Tata pero aquella noche eso no era suficiente: necesitaba algo más. 

Elsa sentía algo novedoso en su cuerpo, algo muy intenso, algo diferente, algo que una simple paja, aunque fuese a dos dedos, no podía aplacar. Saltó de la cama como un resorte, buscó en el primer cajón de la cómoda, y tomando el cepillo del pelo preferido de su hermana, retomó su lugar en la cama de Nancy, agarró el útil capilar y se lo llevó a la boca. 

Mientras sus falanges entraban y salían percutiendo en su vulva, evocó el magnífico estilete de Sombra entre sus labios. Sintió una punzada en el pecho al recordar cómo él acariciaba el trasero de Nancy, y entonces recordó algo de lo acontecido que le pareció relevante, un detalle que podía darle cierta ventaja frente a su hermana a la hora de competir por los favores del matón del barrio. Arrollada por el cúmulo de sensaciones que le transmitía su cuerpo, llevó la punta del estilete a la entrada de su orto ,y exhalando un gemido, fue introduciéndoselo poco a poco en el intestino. 

Fueron suficientes unos pocos centímetros para que la intensidad de las contracciones de su vagina se multiplicasen tanto en intensidad como en frecuencia, hasta culminar en un estallido de flujos, gritos y convulsiones.

De no ser por el desmesurado volumen de la música de la fiesta, todos los presentes en la casa hubiesen escuchado el eco de su orgasmo. 

Cuando terminó de tocarse, Elsa volvió a su cama muy avergonzada. Por unos momentos, el sentimiento de temor que tenía hacia su hermana fue sustituido por otro más intenso, bastante más complicado de identificar y mucho más difícil de lidiar: los celos. 

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