Nota: Rompiendo una costumbre de años publicaré esta serie conforme la voy repasando, se trata de una vieja serie inconclusa que comencé a escribir por encargo. Esto implica que algunos detalles iniciales pueden ir variando según se va desarrollando la historia. Serán pequeños cambios que no afectarán a la trama. Gracias por su paciencia y sus comentarios.
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¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? Por Kamataruk
Parte I: Los primeros años.
Pocas cosas en este mundo le hacían tan feliz a Elsa como escuchar su nombre en boca de Sergio, su profesor, minutos antes del comienzo del periodo de recreo. El resto de niños y niñas de su clase preferían salir al patio a jugar con muñecas, al balón, a la goma elástica o a la comba; a ella en cambio le llenaba de gozo invertir el tiempo del receso en ayudar a su maestro favorito. Ser la mediana de siete hermanos no era precisamente una ventaja a la hora de competir con el afecto de sus padres y la niña tenía ciertas carencias al respecto que llenaba como podía. Cierto es que se sentía querida por sus progenitores pero no especial, al menos tan especial como cuando el señor Covarrubias la elegía para ayudarle en sus asuntos privados. A sus nueve años era todavía muy jovencita para conocer el amor pero no así el cariño. Estaba claro que su profesor se deshacía en atenciones hacia ella y ella era capaz de percibirlo. Sin ninguna duda Elsa era su favorita entre todo el alumnado, y eso la convertía en la niña más feliz del colegio.
Apenas segundos después de que el último de sus compañeros abandonase el aula, Elsa se dirigió presta a tomar asiento sobre las rodillas de su mentor.
Espera, espera. Cerraré la puerta primero – la contuvo a duras penas el profesor, intranquilo ante la posibilidad de poder ser descubierto en una situación comprometida por terceras personas.
Vale – repuso la niña con su dulce sonrisa, esperando impaciente a que el adulto girase la llave de la cerradura -. ¿Ya?
Ya – contestó él mucho más relajado y seguro -.
Elsa ni siquiera esperó la orden. Era una alumna de lo más aplicada, conocía la lección, solía repetirla dos o tres veces por semana. Rápidamente introdujo sus manos bajo la falda de su uniforme escolar y, en un abrir y cerrar de ojos, se bajó la braguita hasta los tobillos. Debido a su ímpetu y a sus ganas de agradar tuvo algún problema a la hora de hacerla pasar a través de sus talones, la prenda estaba algo húmeda y se adhirió a la parte inferior de su zapato lo que estuvo a punto de hacerla caer.
¡Aaay! – Protestó Elsa peleando contra su torpeza.
Despacio, no vayas a lastimarte – sugirió el adulto, apartándole un mechón de cabello rebelde que amenazaba los pequeños ojitos castaños de la chiquilla.
Ya – dijo la niña eufórica, ofreciéndole la prenda al adulto.
El receso de media mañana no era demasiado largo así que el hombre las agarró con ansia. No era el momento de perder el tiempo. Aun así no pudo evitar exclamar:
¡Están muy mojadas!
¿Eso es malo? – Preguntó la chiquilla algo contrariada.
Al contrario. Eso… eso es… es perfecto… es perfecto, como tú.
A Elsa le agradaban los piropos y más si procedían de su maestro favorito. Se sentía eufórica, daba saltitos de alegría al verle tan contento.
¿Te has acariciado esta noche? – preguntó él a la vez que se bajaba la cremallera del pantalón - ¿Lo has hecho tal y como yo te dije?
Ella asintió con la cabeza sin dejar de sonreír. En realidad no encontraba diferencia entre la manera de tocarse que su profesor le había enseñado con la que ella utilizaba habitualmente. Se acariciaba su botón desde su memoria le alcanzaba y lo hacía bastante a menudo. Compartir habitación con su hermana Nancy, catorce años mayor que ella, le había permitido aprender ciertas cosas sobre el cuerpo humano femenino que le habían reportado mucho placer en su inquieta entrepierna. La discreción y el recato no eran virtudes propias de la primogénita de la familia y Elsa tenía un sueño muy ligero: al igual que a su abuelo le encantaba mirar.
Él permaneció en éxtasis unos segundos respirando a través de ellas, embriagándose con el aroma de los flujos infantiles. Efluvios frescos, apenas hormonados pero bastante abundantes, y más teniendo en cuenta la edad y el tamaño de la vulva que los había generado. Elsa era una niña muy pequeña, aun comparada con el resto de chiquillas de su edad, y a Sergio le parecía imposible, por más que la circunstancia se repitiese casi a diario, que unos genitales tan diminutos fuesen capaces de segregar tantos jugos. Sin duda Elsa era la niña más ardiente y servicial que se había encontrado a lo largo de su carrera docente. Su verga se le endurecía con sólo pensar en el suave tacto de su piel.
La alumna se mantuvo a la espera sin perderse detalle de las maniobras del enseñante. Los ojos le brillaban como las ascuas de una hoguera, tiraba de sus dedos impaciente a que llegase el momento de actuar. Lo encontraba tan apuesto con sus ojos claros, su impoluta camisa de cuadros y su incipiente barba de tres días que se ponía muy nerviosa cuando él la miraba. El adulto sacó su verga con cierta dificultad y comenzó a masturbarse delante de su alumna sin dejar de empaparse la cara con flujos infantiloides.
Ella no perdió detalle, le resultó imposible apartar la mirada de la polla. Por más que lo veía, a Elsa siempre se le antojaba algo mágico contemplar cómo aquella especie de salchicha retorcida y flácida se iba poco a poco desperezando hasta alcanzar un estado de plena erección apuntando a su cara. Le pareció hermosa, con todos aquellos pelos rizados rodeándola y una ligera curvatura a la derecha. Con todo, no era la más grande que había visto a lo largo de su existencia: su abuelo la tenía mucho más grande.
Su querido profesor le había asegurado decenas de veces que el excitarse de esa manera era de lo más placentero para él, y que si su polla estaba así de erguida era gracias al olor de sus braguitas húmedas. Tal circunstancia la llenaba de gozo: consideraba que prestarle su ropa íntima a su profesor era algo insignificante comparada con la atención que él le prestaba.
Ven… súbete encima de mí – le indicó él después de tomar asiento en su sillón.
La niña dudó un instante. No por el hecho de ocupar esa posición para que el adulto acariciase su zona íntima sino sobre la manera de cumplir el mandato sin dañar el miembro viril erecto. Sabía que aquella era una zona delicada para los chicos; todavía recordaba los alaridos de Alfredo, uno de sus hermanos mayores, cuando una pelota de fútbol le golpeó en dicha parte blanda de forma inmisericorde, poco después del comienzo del curso.
El adulto estaba caliente, muy caliente y no pudo esperar más. La alzó como si de una pluma se tratase colocándola sobre su regazo de forma que su falo enhiesto quedó enclavado en el triángulo formado por los muslos y los genitales de la niña, oculto bajo su falda, piel con piel contra su vulva.
¡Parece que tenga pirula! – Exclamó Elsa señalando el considerable abultamiento formado de repente en su uniforme.
Los genitales masculinos siempre habían llamado la atención de Elsa. Veía a sus hermanos hacer pipí de manera regular y solía preguntar a su mamá sobre el motivo por el cual ella carecía de miembro viril. Por más que la respuesta siempre era la misma, no se daba por satisfecha y tiraba de su ombligo abultado pensando que, de este modo, le saldría un pene tarde o temprano.
Así es – apuntó el hombre divertido por la ocurrencia -.
Apremiado por la calentura, el profesor prosiguió con su maniobra onanista utilizando la ropa interior de la niña cubriendo su glande y la falda de su uniforme como tapadera. A Elsa le agradaba el roce que el pene le producía en el bajo vientre, tanto que ella misma se contorsionaba para hacerlo más intenso, abriéndose de piernas y moviendo la cadera tanto como le era posible. El adulto se percató de la maniobra, dejó de masturbarse y puso a disposición de la niña la totalidad de su falo.
En cualquier otra circunstancia a Sergio no le hubiese importado dejarse hacer y esperar a que su alumna se diese un homenaje a costa de su verga, pero el reloj era implacable y no atendía a razones. Podía contar con los dedos de la mano las veces en las que alguna de sus favoritas tomaba una actitud activa durante los encuentros íntimos; normalmente eran tímidas, pasivas e incluso lloronas, en cambio Elsa era diferente al resto, única en realidad: constantemente le sorprendía, iba un poco más allá de sus expectativas y siempre con una sonrisa divertida en la cara… y eso le volvía loco.
De hecho la reacción que Elsa tenía hacía ante ciertas situaciones le hacían pensar que no le eran nuevas en absoluto: la manera que tenía de sentarse sobre él, la forma de dejarse tocar bajo la ropa, la posición adoptada cuando colocaba su pecho para que él lo lamiera, la soltura a la hora de abrirse de piernas constantemente o inclusive el nulo rechazo ante la ligeras penetraciones digitales que él le hacía en sus orificios… no eran propias de la niña inexperta e inocente que aparentaba ser.
El profesor estaba casi seguro de que alguien más aparte de él disfrutaba del cuerpo de la chiquilla. Quiso indagar con preguntas indirectas, Elsa no soltó prenda al respecto con lo que llegó a la conclusión de que era mejor disfrutar del regalo que el destino le había puesto en las manos y no ir más allá en sus investigaciones.
Una vez más, la curiosidad de Elsa fue la que guió sus acciones aquella mañana. Alzó su falda escolar y descubrió de nuevo el miembro viril erecto aunque semioculto bajo el frontal de sus braguitas preferidas. Le pareció divertida la apariencia del dibujo de la ratoncita Minnie Mouse, ese que abarcaba casi la totalidad del triangulito delantero de su ropa interior, hinchada por la presión de la punta del glande enarbolado. Siguiendo su experiencia, actuó como sabía.
¡Diosss! – exclamó Sergio dando un respingo.
Una vez más la niña le sorprendió. Ni en el mejor de sus sueños podía llegar a imaginar lo que estaba sucediendo: Elsa lo estaba pajeando.
En efecto, la intrépida chiquilla daba brillo al manubrio de su maestro utilizando las dos manos. Enseguida alcanzó la velocidad de crucero adecuada y el docente sintió que la vida se le iba por la punta del rabo. Si quedaba algún atisbo de duda aquella maniobra la disipó de inmediato: Elsa, a sus nueve años, sabía muy bien cómo dejar satisfecho a un hombre adulto.
Sergio se volvió loco. Las sensaciones que le transmitía su rabo eran excelsas pero tenía la convicción de que todavía podían mejorarse, y más tratándose de un voyeur fetichista como él: quería ver a la niña en acción, quería verla dándole placer. Por eso, la agarró con fuerza de las caderas, la alzó, la giró y volvió a dejarla caer sobre sus rodillas aunque esta vez cara a cara con ella.
Apenas tuvo oportunidad, Elsa reemprendió la tarea ante los ojos de Sergio. Sus manitas volaban, sus movimientos eran precisos y rápidos; tan rápidos que quebraron la resistencia del profesor en mil pedazos apenas un par de minutos después de machacarle la polla a dos manos.
¡Joder! – gritó el adulto mientras su simiente regaba la ya de por sí pegajosa prenda íntima de la niña.
No sabía qué le había excitado más: la masturbación en sí o la carita inocente de Elsa mientras se lo hacía. En cualquier caso había sido una de las corridas de su vida y gracias a una chiquilla con el cuerpo sin desarrollar.
La cantidad de semen fue tal que la braguita no dio de sí y el esperma la atravesó como una daga, formando una graciosa burbuja blanca y grumosa justo encima de la cara de la ratoncita dibujada.
Le queda gracioso, parece una máscara – murmuró Elsa contemplando el detalle de su ropa interior sin darle más importancia -.
Sergio respiró hondo, intentando de esta manera que el corazón no se le saliese del pecho. No fue suficiente, el latido se aceleró a mil por hora al ver a su joven amante extender el dedo, tomar una generosa porción de semen con él, llevárselo a la boca y tragarlo sin titubear.
El bramido del timbre puso fin al encuentro sexual entre maestro y alumna. La niña prosiguió su jornada escolar sin mayor novedad que el tener su braga adherida a su ingle todo el tiempo. Mientras caminaba hacia su casa, y tras mucho pensar, llegó a una decepcionante conclusión:
“Su leche sabe igual a la del abuelo…”
*****
Comenzaba el verano del año noventa y tres. La visita estival a casa de los abuelos paternos en Iquique, allá en el Norte Grande de Chile, era asumida por los diferentes miembros de la familia Calatrava con disparidad de criterios. Para los padres, un suplicio; por entonces los medios de transporte no estaban tan desarrollados y movilizar a siete hijos para desplazarse a casi mil ochocientos kilómetros era pesado… y caro, ya que suponía varias jornadas de viaje en automóvil tanto para la ida como para la vuelta. Para los hermanos mayores suponía una tortura. Comparada con la capital, la ciudad de donde era oriundo su padre era calurosa, aburrida y llena de paletos ignorantes. Para los hermanos pequeños era algo terrorífico. Les aterraba visitar la casa del ogro, que era la forma que tenían de llamar a su abuelo; un ser huraño y malhumorado que no dejaba de gruñir y ponerles mala cara todo el tiempo.
Entre todos los componentes de la posible expedición sólo había una persona a la que realmente le entusiasmaba la expectativa de pasar quince días en casa de sus abuelos norteños: Elsa.
Para la chiquilla el viaje de ida era una fiesta, aunque no así el de la vuelta, similar a un velorio. Se manejaba en la canícula como pez en el agua gracias a su afición a la ropa ligera. Cada día en casa de sus abuelos era una aventura diferente, la palabra aburrimiento no existía en su vocabulario. Es cierto que en ese lugar de gente extraña no tenía amigos, ni falta que le hacían: tenía alguien muy especial; una persona que comenzó siendo su amigo, luego su confidente y, pese a que ella no era muy consciente de tal circunstancia, su amante. Se trataba de la persona que más quería en el mundo y esta no era otra más que su abuelo Leonardo o, como ella lo llamaba desde muy chiquitita… su Tata.
Sin lugar a dudas Elsa era la favorita del señor Leonardo y él no lo escondía, lo que generaba la envidia del resto de sus nietos e inclusive de su abuela. La defendía a capa y espada en todo momento, en cualquier circunstancia; jamás le faltaba nada cuando estaba con él y se deshacía en atenciones con la chiquilla de piel clara y ojitos picarones que le alegraba la vida durante el estío. Como buen abuelo, enseñó muchas cosas a la niña, algunas bastante alejadas de lo convencional o de lo políticamente correcto, pero siempre divertidas y placenteras. Tanto Elsa como él tenían la sangre caliente, el corazón en la boca… y el ardor en el sexo.
La devoción, el cariño y la complicidad que sentían entre ellos eran recíprocos: Elsa adoraba a su Tata. Era su faro, su guía, su credo. Como muchas de las nietas de este mundo, tenía siempre a su abuelo en la boca; lo excepcional en su caso es que, en bastantes ocasiones, esa frase hecha se tornaba literal y no figurada.
Durante el año, cuando estaba en Santiago, la capital del país, Elsa recordaba todo lo vivido con su Tata durante las vacaciones estivales: sus escapadas a la playa, sus juegos de prendas, sus caricias especiales, sus paseos por las dunas, las visitas a la casa de sus compañeros de partida de dominó o la densidad de su esperma. La relación entre ambos iba mucho más allá de la convencional, eran uña y carne, su vínculo era mucho más fuerte que la distancia.
Por las noches Elsa solía acostarse temprano, antes de que hermana Nancy ocupase la cama vecina, y se daba placer jugando con su vulva tal y como su Tata le había enseñado desde que tenía uso de razón. Recordaba esas tardes asfixiantes, justo después del almuerzo, en las que ella se acercaba a su abuelo y le decía la frase mágica al oído a la vez que ponía la mano sobre su muslo, casi sobre su pene:
“¿Qué quieres que te haga, Tata?”
Entonces ambos se escabullían, buscaban algún rincón secreto donde estar solos, lejos miradas curiosas; ya fuera en la parte de atrás del patio o en la cochera. Alejados del peligro, la niña levantaba su vestido y ponía a disposición de su Tata su cuerpo y él lo recorría con su lengua sin dejarse un milímetro de piel por lamer. A ella le agradaba el suave tacto de la lengua del adulto mojando sus pezones, bajando por su abdomen, jugando con su ombligo o haciendo tañer su diminuto clítoris.
Otras veces era ella la que, cumpliendo los deseos de su abuelo, se arrodillaba entre las piernas del adulto, buceaba en su bragueta, liberaba su polla y le daba placer siguiendo sus enseñanzas. Tras horas y horas de aprendizaje era capaz de dejarle satisfecho utilizando la mano, la boca o ambas cosas al mismo tiempo, lo que él quisiera, y ella era la niña más feliz del mundo complaciéndole.
A Elsa no le interesaba el sabor del esperma; lo encontraba algo neutro, casi insípido, intrascendente más bien. Le parecía mucho más interesante su textura cremosa, totalmente distinta a cualquier cosa que había probado. Le divertía ese juego que le proponía su abuelo, ese que consistía en hacerlo pasar por el hueco que dejaban sus dientes a medio salir o inclusive hacer gárgaras con él, aunque a veces, la cantidad de ungüento era tan copiosa que su cavidad bucal no daba de sí y parte se escapaba por la comisura de los labios. Algunas veces a su abuelo se le olvidaba limpiarla después de eyacular en su boca y en más de una ocasión se había producido una situación incómoda con su abuela, que preguntaba una y otra vez intentando averiguar el origen de las manchas en su cara, pero ella le daba evasivas o huía corriendo a refugiarse en su Tata.
Los encuentros clandestinos entre nieta y abuelo eran frecuentes e intensos, aunque forzosamente breves, dada la cantidad de personas que habitaban en el hogar de los patriarcas durante el periodo vacacional. Más de una vez estuvieron a punto de sorprenderles en plena faena, sobre todo su abuela, que miraba a Elsa con rabia, como si sospechara algo de aquel juego clandestino que se traían entre ellos.
Entre juegos, risas, lamidas, mamadas y eyaculaciones, transcurrieron los primeros veranos de la vida de Elsa pero durante aquel, el correspondiente a su noveno año de vida, algo cambió.
¡¿Quééé?! – Chilló Elsa desencajada.
Sabía que ibas a enfadarte. Por favor no me hagas una escena. No vamos a ir a casa de los abuelos este año, te pongas como te pongas – se defendió como pudo Antonio, su padre.
¡Pero… ¿por qué?!
Son muchas cosas y ninguna. No vamos muy bien de dinero, tu hermana Nancy ha suspendido varias asignaturas y tiene que estudiar para recuperarlas. Tu madre se agobia con tanto viaje y mi padre no es que sea especialmente amable con tus hermanos pequeños. Apenas duermen cuando están allí: le tienen miedo.
¡Pero yo sí quiero ir, no es justo! – Bramó la chiquilla con los ojos anegados en lágrimas.
Apretó tan fuerte los puños que inclusive se rasgó la piel.
La vida no es justa, Elsa… - dijo su padre como única justificación -.
¡Pero…!
Ya está todo dicho. No hay nada más que añadir…
La niña dejó salir su genio. Pataleando y chillando, pronunció juramentos e insultos que nunca antes de su boca para finalizar en un rotundo:
¡Te odio…! ¡Ojalá te mueras…, ojalá os muráis todos…!
¡Elsa! – Exclamó Ana, su madre, escandalizada.
¡Vete a tu cuarto y no salgas hasta que pidas perdón! – Bramó su padre, conteniéndose para no partirle la cara a su insolente hija.
El golpe que dio Elsa al encerrarse en su cuarto a punto estuvo de desencajar la puerta. Tan cabreada estaba que ni siquiera su hermana Nancy tuvo el valor de soltar alguna de esas frasecitas hirientes que tanto le gustaban.
¡Es tan cabezota como su abuelo! No me extraña que se lleven tan bien – apuntó Ana con resignación.
¡Uhmm!
¿Qué sucede, cariño?
Estaba pensando que si ella se lo ha tomado así de mal… imagínate mi padre.
¿Todavía no se lo has dicho?
No… no he tenido el valor de hacerlo.
Su… suerte con eso.
Ya. La voy a necesitar.
Elsa lloró un mar y después otro; incluso inició una huelga de hambre escondida bajo su cama que se prolongó durante dos días. Sus padres estaban desesperados, era bastante mal comedora, era extremadamente pequeña y temían por su salud.
¿Qué tu padre va a hacer qué? – preguntó Ana al escuchar la increíble noticia en boca de su esposo.
Lo que oyes: mi padre va a venir hasta aquí a recoger a la niña.
Pe… pero si tu padre odia volar, por eso no viene nunca a Santiago…
Pues ya ves. Llega mañana por la mañana y se van con Elsa por la tarde, en realidad durante la noche ya. Le dije de quedarse unos días por aquí pero no hubo manera de convencerle. Ya sabes, es terco como una mula. Dice que la capital no es para él.
Eso… eso no me lo esperaba, la verdad.
Y eso no es todo.
¿Hay más?
Quiere que Elsa se quede con ellos todo el verano, dos meses completos; hasta que comiencen las clases.
La esposa sopesó la respuesta.
Pues… para serte sincera, no me disgusta la idea. Yo ando muy liada con los pequeños y a Nancy no le vendría mal un poco de intimidad si quiere aprobar las asignaturas pendientes. Además, Elsa aquí en verano se ahoga; no me imagino el infierno que puede ser esta casa con ella refunfuñando todo el tiempo. Por mí dile que sí, que venga a por ella…
El cabeza de familia rió:
¿Decirle que sí? ¿Crees que mi padre me pidió opinión? Ya sabes cómo es: no habla mucho pero cuando lo hace… sentencia.
Será mejor que vaya preparando el equipaje.
¿Quieres decírselo tú a Elsa?
No… mejor hazlo tú. Yo no entro a ese cuarto ni por todo el oro del mundo.
¿De verdad le tienes miedo?
¿Cuándo está así de enojada? Más que a tu padre. Parece un ángel pero es un demonio.
La visita del señor Leonardo a casa de su hijo se prolongó lo estrictamente necesario: ni un minuto más ni un minuto menos. Saludó cortésmente a todos, les entregó viandas y dulces típicos del norte, algunos regalos para los grandes y juguetes para los pequeños. Terminados los formalismos tomó el equipaje de Elsa y se la llevó al aeropuerto con la excusa de que el tráfico en la ciudad era deplorable, que no podía permitirse el lujo de perder el vuelo de regreso. Lo cierto es que llegaron a la terminal con casi siete horas de antelación pero la espera se les pasó volando hablando de las vivencias de la niña durante el curso y haciendo planes para llenar las siguientes semanas.
Qué te pasa, Bichita... ¿estás nerviosa? – preguntó el abuelo viendo los problemas que tenía la niña para abrocharse el cinturón de seguridad.
Un poco. Es la primera vez que viajo en avión, Tata.
Tranquila, todo irá bien. A mí tampoco me hace mucha gracia meterme en estas latas de sardinas con alas.
Y después de besar a su nieta en la frente, prosiguió:
Ven, déjame a mí. Yo te ayudo.
El adulto asistió a la chiquilla y aprovechó la circunstancia para sobarle un poco los muslos y el abdomen. Al retirar las manos, introdujo discretamente su dedo índice por el hueco dejado por el tirante del vestido y la axila y le rozó el pezón hasta lograr excitarlo. Elsa se estremeció, llevaba muchos meses esperando el momento en el que su piel fuese acariciada por su abuelo de nuevo. Notó ese hormigueo en el interior de sus piernas, ese que le incitaba a tocarse y a satisfacer su instinto primario aunque sabía que ese no era el momento adecuado para dejarse llevar y se contuvo.
¿Algún problema con el cinturón, señor? - preguntó una sonriente auxiliar de vuelo.
Elsa se quedó prendada de su belleza, de su porte y de su uniforme.
No, no… - Contestó el sesentón sacando el dedo mientras tosía, intentando disimular sus actos ante la rubia uniformada -. Todo está bien.
Perfecto – prosiguió la azafata comprobando el ajuste de los amarres.
Estaba a punto de proseguir con su tarea cuando fijó su atención en Elsa.
¿Qué te pasa, mi vida? ¿Tienes miedo?
Te… tengo un poco de frío.
No te preocupes, pequeña. Nuestro piloto es el mejor de la compañía, no habrá ningún problema; confía en mí. En cuanto despeguemos os traigo una manta, ¿vale? Hasta entonces no está permitido, son normas de seguridad.
Vale.
La niña demostró su agradecimiento con una sonrisa.
Tal y como había predicho la azafata, la maniobra de despegue fue muy suave y pausada. En cuanto la luz que indicaba la obligatoriedad de llevar abrochado el cinturón de seguridad se apagó, la amable señorita apareció de nuevo con la cobija.
Guárdame el secreto – apuntó la auxiliar, guiñándole el ojo al arroparla -: son sólo para los ocupantes de la primera clase.
Claro. Muchas gracias.
Enseguida se atenuarán las luces de la cabina, intenta dormir un rato. El vuelo durará dos horas y cuarto. Es sólo un paseo.
Vale.
Cuando se hizo la penumbra, Elsa se sintió reconfortada bajo el suave tacto de la manta. Ocultó su menudo cuerpo bajo ella y tomó la mano de su abuelo. Dulcemente, la trajo hacia el interior de sus muslos y poco a poco fue separándolos; era la señal convenida: no necesitaba decir nada para expresar con palabras lo que deseaba en ese preciso momento.
Leonardo era un hombre reservado y de naturaleza prudente. Sopesaba los riesgos antes de acometer cualquier acción y mucho más a la hora de intimar con la chiquilla. Tiempo tendrían todo el verano de darse placer mutuamente ,pero cuando se trataba de Elsa, la razón se le nublaba; era incapaz de negarle nada. Sabía que acariciarla en aquellas circunstancias no era lo adecuado.
Aun así la tentación era demasiado fuerte; la tersura y el calor que aquella pierna transmitía era como un imán para sus dedos. Él también tenía ganas de tocarla, el frío invierno se le había hecho tan largo o más que a la niña. Casi se volvió loco cuando el estúpido de su hijo le llamó para decirle que no iba a poder gozar de Elsa ese verano. Sólo por ella se había enfrentado a su miedo patológico a volar; cada ruido del avión lo identificaba como un incipiente accidente, como una señal de que algo iba mal. En realidad él también estaba muerto de miedo. Alguien le dijo que lo mejor para vencer la ansiedad en un avión era permanecer entretenido y no se le ocurría mejor forma de distraerse que acariciar la intimidad de su joven nieta para distraerse.
Se llenó la mano con muslo infantil y luego ascendió hacia un territorio todavía más caliente, húmedo… y conocido.
Apoyando la frente contra el brazo de su abuelo, Elsa ocultó su rostro enrojecido y cerró los ojos intentando no suspirar. Aunque los crujidos de la estructura del avión eran constantes, tuvo que morder la manga de la camisa a su Tata para atenuar el jadeo que quebraba su garganta. Por muchas veces que ella se tocara, por más que se masturbara, ya fuera en la ducha, en la intimidad de su cama o escondida en los baños del colegio, la experiencia no era la misma que cuando lo hacía su abuelo. Él la hacía volar hasta lo más alto, parecía adivinar lo que su sexo quería a cada momento: cuándo deseaba un roce, cuándo necesitaba una pausa, cuándo requería un pellizco, cuándo suspiraba por una breve inserción y cuándo palpitaba ante las rotaciones más intensas. Se trataba de un diálogo mágico entablado durante años entre una vulva infantil y un dedo experto en el que ella, en su conjunto, no era más que una mera invitada con una única misión: disfrutar.
Al llegar su momento Elsa abrió la boca buscando aire, juntó las piernas con fuerza, y con la mano de su abuelo atrapada en lo más profundo, se vino sobre ella, mojandola con sus jugos abundantemente. Cuando su vagina dejó de contraerse, liberó a su presa, momento que él aprovechó para hacerse con el botín preciado: recogió cuanto flujo le fue posible con la yema de los dedos, los olió de manera discreta y después se los chupó.
Elsa ya no tenía frío, ni miedo, ni sueño: sólo sentía una felicidad inmensa y un espíritu de gratitud hacia su Tata todavía mayor… y ella sabía muy bien cómo agradecerle el rato tan estupendo que le había hecho pasar.
Acto seguido Elsa colocó la manta sobre el regazo de su abuelo, fugazmente acarició el bulto que tantas veces había tenido en la boca, pegó su cara a la oreja del adulto, y después de lamerle el lóbulo de manera fugaz, una vez más le susurró las palabras mágicas al oído:
¿Qué quieres que te haga, Tata?
El señor Leonardo dudó. La afluencia de pasajeros era más bien escasa y los pocos que había dormitaban sobre sus asientos. Además su posición en el avión era bastante recogida, en su fila de asientos ni en las adyacentes no había nadie y, si nadie se movía de su localidad, era imposible que pudiesen verlos. Aun así no estaba nada convencido. La eficiente azafata paseaba de manera periódica por el pasillo, aunque hacía muy poco tiempo que había hecho su guardia.
¿Qué quieres que te haga, tata? – Preguntó de nuevo la niña introduciendo la mano bajo la manta -.
El adulto no lo tenía claro así que fue Elsa la que tomó la decisión. Resuelta y decidida, levantó la cobija y metió la cabeza bajo ella con firme intención de darle placer oral a su abuelo, circunstancia que pilló totalmente por sorpresa al sesentón que a duras penas pudo detenerla.
¡No Bichita, eso no! – susurró él muy alterado -.
¿No? ¿por qué?
Era poco habitual para Elsa que su abuelo la rechazase.
¡Pueden vernos! Ven, escucha… tengo otra idea.
Y tomándola de la nuca le susurró a la niña al oído la alternativa a su propuesta.
Vale – se conformó la niña, sin darle muchas vueltas al asunto -. Como tú quieras, Tata.
Leonardo miró a un lado, miró a otro, manipuló su bragueta y sacó su verga ya predispuesta de la madriguera, manteniéndola, eso sí, siempre oculta por la manta. Su nieta se acurrucó a su lado, como si estuviese dormida, y de manera discreta puso su mano derecha a trabajar bajo la tela al tiempo que él la acogía con ternura.
En lugar de propinarle rápidas sacudidas como a su profesor, Elsa masturbó a su Tata despacio, limitando cada ir y venir de sus dedos al extremo del glande en lugar de menearla a lo largo del pene o masajear el escroto como era su costumbre. Hacerlo de ese modo le permitía cumplir la premisa de que su maniobra manual quedase totalmente disimulada por la manta. No le hacía falta ver para saber cómo estaba el cipote en ese momento, conocía cada detalle de la verga en cuestión: sus pelos canosos, su rectitud como una vela o aquel gracioso lunar que tanto le gustaba lamer, justo en el testículo izquierdo, ese que colgaba algo más que el otro. Sentir el pene de su abuelo en la mano la reconfortaba y en cierto modo le daba más seguridad ante el vuelo. Lo que sí echaba de menos era su olor y sobre todo paladearlo, especialmente esas primeras mamadas con sabor a esperma reseco y algo de orín.
Él contribuyó a presentar la escena como onírica abrazándola y besándola: un amoroso abuelo abrazando a su nieta mientras ella dormía plácidamente sobre su costado. La realidad distaba mucho de eso; el interior de la manta echaba fuego: la mano de Elsa haciendo diabluras, su polla dura e enhiesta como una barra de acero y sus huevos rellenos de semen a punto de eclosionar.
Él entornó los ojos sin llegar a cerrarlos, complacido al comprobar que la falta de práctica no había hecho mella en las habilidades de Elsa. Era una alumna aventajada, desde muy pequeñita era capaz de darle gusto y, conforme crecía, su técnica se iba perfeccionando a pasos agigantados. El adulto tenía que reconocer que, a pesar de las limitaciones propias de su pequeño tamaño, la chiquilla era una amante excelsa: de un modo u otro lo dejaba siempre seco y satisfecho.
La paja, pese a los condicionantes, fue fantástica y el hecho de recibirla en un lugar público y el temor a ser descubiertos no hizo más que multiplicar la excitación del abuelo. Eso y los meses transcurridos desde su último encuentro contribuyó a que la corrida fuese copiosisima, descontrolada… e inoportuna.
Inoportuna porque tuvo lugar en el preciso instante en que la eficiente auxiliar de vuelo hizo acto de presencia, dirigiéndose a ellos directamente a través del pasillo.
Leonardo se quedó paralizado, no tuvo tiempo de reaccionar, no tuvo otra opción más que aguantar el tipo e intentar disimular lo mejor posible mientras el semen brotaba de su rabo.
¿Va todo bien?
Sí… todo va bien – contestó él rezando por que el olor a esperma pasase desapercibido.
Él creyó que iba a darle algo. Notaba que el esperma salía a borbotones y también cómo descendía, pringando su polla y de paso la mano de Elsa que permanecía quieta como una estatua de hielo para no delatarse mientras aquella amable señorita entablaba conversación:
¿Es su nieta?
S… í.
Está muy apegada a usted.
Así es. Nos queremos mucho.
Tiene suerte de tener una nieta así.
Sí, Elsa… Elsa es muy buena en lo que hace.
¿Elsa? ¡Qué nombre tan bonito! Además es preciosa, así dormidita parece un ángel, ¿no cree?
Sí, es mi pequeño ángel sin alas – dijo él regalándole un sentido beso a la cabeza de la niña.
Vamos a aterrizar pronto. Dentro de unos diez minutos encenderemos las luces, será mejor que vaya despertandola poco a poco, para que no se altere, ¿de acuerdo?
Muy bien, muchas gracias por todo.
No hay de qué.
En cuanto la mujer desapareció por donde había venido el abuelo reaccionó. Enfundó su arma con rapidez y utilizando la manta a modo de toalla limpió mal que bien todo el desaguisado, incluida la mano de Elsa, cubierta por completo de su esencia gelatinosa.
Aquello no gustó a la niña que protestó en voz baja:
¡Quiero chuparlo de los dedos!
¡No, ahora no! Las luces se encenderán de un momento a otro. Ya habrá tiempo para eso en otro momento.
¡Jo!
Venga, sé buena y pórtate bien, Bichita. Por dios, qué desastre… espero que no se noten mucho las manchas y el olor… o nos meteremos en un buen lío.
Leonardo se esmeró mucho en salir los primeros del aparato, ansioso por poner la mayor tierra de por medio entre él y la prueba del delito.
Cuando minutos después la azafata fue en busca de la manta no salió de su asombro al ver el deplorable estado en el que había quedado.
Vaya… - murmuró -. Pues sí que es buena esa zorrita en lo suyo.
Los enfados entre Elsa y su abuelo no eran frecuentes pero ocurrían, aunque no duraban mucho. De hecho la chiquilla recobró su estado natural, dicharachero y despreocupado, apenas recogieron su equipaje y tomaron el viejo Mercedes de su Tata; un carro enorme, con muchos detalles curiosos y en muy buen estado pese a su longevidad.
Todavía distaban cuarenta y cinco minutos por una carretera nada amable hasta llegar a su destino. La noche era tan clara que las constelaciones se podían palpar ante la ausencia de luna. Elsa no dejaba de hablar y hablar, ni el viaje ni el sueño conseguían doblegarla. Al llegar a un recodo el vehículo se salió de la carretera adentrándose en un camino.
¿Por qué nos desviamos, Tata?
Espera y verás. Es una sorpresa.
Tras unos minutos de baches, piedras e incomodidades atravesando un paraje desértico llegaron a un cerro y el coche se detuvo a pocos metros de un cortante del terreno. Las luces del alba ya rayaban el horizonte entre cerros de tonos morados y amarillos.
¿Qué hacemos aquí, Tata?
No seas ansiosa. Hay que tener un poco de paciencia en la vida, Bichita…
Ya pero…
Mira, ¿lo ves? ¿Vale la pena la espera o no?
Elsa dejó de hablar, hipnotizada por el espectáculo del amanecer entre las montañas. Aquello en la capital, llena de contaminación, ruidos y edificios era imposible de contemplar. Su aburrida familia jamás podría disfrutar de esa maravilla de la naturaleza.
¡Es… súper bonitooo, Tataaaa! – Chilló la chiquilla entusiasmada dando botes sentada sobre el asiento del acompañante.
¡Tú sí que eres bonita, Bichita! ¡Lo más bonito del mundo! Ven aquí, dame un beso.
Elsa no le dio uno: le regaló mil. Fuera de sí se comió a besos literalmente a su abuelo que, entre risas, se defendía como podía. Cuando el ataque cesó la distancia que separaba sus caras era minúscula. Una vez más fue ella la que abrazándolo del cuello y mirándole fijamente a los ojos, hizo la pregunta de rigor en tono meloso:
¿Qué… qué quieres que te haga, Tata?
Siguiendo con la regla del juego establecido varios años atrás él expresó su deseo cerca de la oreja de Elsa; no más que un susurro, a pesar de que estaban solos, tal y como era preceptivo.
Ella cumplió con su parte y no contestó, se limitó a actuar, a ejercer su papel en aquel juego fantástico que practicaba con su Tata y con nadie más. Se colocó en la posición adecuada, metió la cabeza entre las piernas del hombre, liberó su polla y con su complaciente boca dio gusto a la persona que más la había rescatado del tedio de la ciudad. Como recompensa, tras dar lo mejor de sí, obtuvo una olorosa dosis de esperma, mucho menos abundante que la desaprovechada en la manta del avión, aunque igual de sabrosa y nutritiva.
Al llegar a su destino final, el recibimiento por parte de su abuela Graciela no fue cálido, más bien todo lo contrario. Parecía molesta por la presencia de Elsa. La niña no entendía esa actitud de rechazo; aunque de forma diferente a su Tata, quería a su abuela y estaba muy contenta de pasar con ellos todo el verano.
Ya sabes cuál es tu habitación – le dijo la señora sin el menor apego -. Puedes dejar las cosas ahí. Pero límpiate antes la cara, a saber qué haces para llevarla siempre manchada de blanco.
*****
La vida de don Leonardo Calatrava seguía pautas constantes desde hacía muchos años; costumbres que sólo se alteraban cuando Elsa, su nieta, hacía acto de presencia. Entonces prácticamente todo su tiempo era para ella. Entre las pocas rutinas que conservaba había una especial, una liturgia, un sacramento, algo que ni siquiera la niña podía alterar con su frenética vitalidad: su partida de dominó los sábados por la tarde.
Don Leonardo no había faltado a ella desde que tenía memoria. Ni siquiera el nacimiento de uno de sus hijos pudo con el rito sagrado: acabó sus partidas, apuró su copa de vino y, tras despedirse de sus tres amigos de dominó, fue al hospital donde lo esperaba su enojada esposa y su retoño recién parido.
Lo que sí había conseguido Elsa era alterar en cierto modo esa rutina. Durante el verano su Tata se la llevaba al lugar de la partida y casa de uno de su mejor amigo, el señor Monroy.
La pareja de juego del señor Calatrava era un Carabinero a caballo ya retirado, ocho o diez años menor que él; soltero, de cuerpo fibroso, corto de talla; con ligera cojera, aire marcial y aspecto severo pero que siempre había tratado a Elsa de forma cordial y atenta. A la niña le entusiasmaba aquella casa casi ya entre las dunas del desierto. Soleada, solariega; llena de mil y un detalles interesantes, recuerdos ecuestres, trofeos y fotografías.
De entre los dos contrincantes de su Tata había uno que, por su aspecto, provocaba la risa de Elsa. El doctor Rojas, que así se llamaba el personaje, era un orondo y rubicundo señor de mediana estatura. La niña jamás supo su edad exacta pero intuyó que por su aspecto esta debía ser similar a la de su Tata. Sudaba mucho y su brillante calva a menudo estaba salpicada de gotitas de sudor que constantemente secaba con su pañuelo de algodón e intentaba disimular su olor corporal utilizando una colonia fuerte que, en ocasiones, llegaba a marear a la niña. A diferencia de su abuelo y sobre todo al señor Monroy, que se conservaban en plena forma, estaba gordo, casi mórbido, apenas se movía de su asiento durante la partida. Refunfuñaba constantemente por su mala suerte en el juego y, las pocas veces que ganaba, exhibía su dentadura incompleta a una Elsa que se partía el pecho por la grotesca expresión de su cara.
El doctor Rojas hablaba por los codos y solía pellizcarle el moflete cuando se ponía a su alcance, cosa que a la niña no le gustaba mucho, pero por el contrario le regalaba caramelos de cereza y eso sí le agradaba. Cuando estaban a solas, incitaba a la niña a que introdujese su mano en el interior de los bolsillos de los pantalones en busca de dulces para después lanzarle tres o cuatro palmadas al trasero. Elsa no se planteó nunca si eso era o no correcto así que no creyó conveniente contárselo a su tata. Los caramelos que él le daba le encantaban.
El cuarto en discordia, el señor Izquierdo era, con mucho, el menos atento de todos. Trataba a Elsa con indiferencia y, si bien nunca le dedicó un mal gesto, tampoco el menor cumplido salió de su boca más allá del mero formalismo. Podría decirse que consentía la presencia de Elsa pero no la aprobaba. Siempre estaba refunfuñando.
A la niña el señor Izquierdo siempre le infundió respeto. Verlo tan grande, tan circunspecto, con su tez tan morena semi oculta tras su barba y su pelo cano le recordaba al abuelo de Heidi. Intentaba no acercarse mucho a él pero su naturaleza abierta y extrovertida era tan acusada que le hacía olvidar sus miedos e incluso se había sentado un par de veces en sus rodillas para que le enseñase estrategias del juego. Elsa siempre recordó sus manos, enormes y robustas pero sobre todo su tacto, áspero como el de una lija. Le marcaron tanto que, desde que conoció a ese amigo de su abuelo, siempre se fijaba en las manos de todo aquel que conocía.
De entre todo lo que había en la casa lo que más atraía la atención de la niña era la curiosa colección de armas reglamentarias del señor Monroy, incluidas defensas, esposas y pistola pero sobre todo… Taruk, su caballo. Se trataba de un viejo corcel negro de raza española que había acompañado al señor Monroy durante sus últimos años de servicio.
Su abuelo le había contado que ambos sufrieron un percance en acto de servicio lo que causó la cojera del jinete y graves daños a la montura. Pese a todo, el policía se negó a sacrificarlo, se hizo cargo de él y le proporcionó los mejores cuidados consiguiendo con ello la recuperación parcial del caballo: podía trotar libremente por el cercado trasero a la casa aunque no soportar el peso de un hombre adulto… ni tan siquiera el de una niña.
Cuando la partida de dominó terminaba y el resto de los amigos se iba, Elsa pasaba el resto de la tarde sabatina paseando a Taruk por las riendas, mientras el señor Monroy y su abuelo dormitaban tumbados en hamacas tomando una larga copa de vino tinto.
El verano del noveno aniversario de Elsa estuvo cargado de novedades y su primera visita a la casa del señor Monroy no fue una excepción. Saludó amablemente a todos los presentes, contestó a sus preguntas triviales, sonrió ante los cumplidos sobre su cara o lo hermosa que se veía con su exiguo pantaloncito jumper y pidió permiso al dueño de la casa para ir a ver al caballo.
Anda, ve con ese cascarrabias. Tendrás que gritarle ya que cada día está más sordo pero no te acerques demasiado, es tan torpe y viejo que puede pisarte sin querer.
¡Vale! – Chilló la niña echando a correr.
No pasó ni un minuto cuando volvió entusiasmada.
¡Tata, Tata; ven, mira!
¿Qué sucede Bichita?, ¿dónde está el fuego?
¡Ven… sígueme!
Pero… estamos en medio de la partida.
¡Que vengaaassss!
Vale, vale. Señores, hagamos un receso y discúlpenme: el deber me llama.
¡Pero no puede ser…! – protestó por enésima vez del señor Izquierdo -.
Cuando don Leonardo salió al jardín remolcado por su nieta entendió el motivo de tanto alboroto. No conocía a nadie que le gustase más el agua que a ella.
¡Una piscinaaaaa!
¡Ah! Era eso. Se me olvidó decírtelo, Bichita.
Los médicos me recomendaron que nadase para recuperar fuerza la pierna – apuntó el señor Monroy situándose tras ellos -… como si eso fuera posible con once fracturas a cual más dolorosa.
¡Es genial! ¡Puedo bañarme!
No sé. Sé que nadas muy bien, Bichita pero no me fío de dejarte sola…
Bueno… supongo que podríamos trasladar la partida al jardín, ¿verdad señores? – propuso el señor Monroy, siempre práctico.
Si no hay más remedio.
Por supuesto.
Está decidido pues – sentenció el anfitrión-, no se hable más. Jugaremos bajo la pérgola mientras Elsa se baña.
A la hora de meterse en la pila fue cuando la planificación hizo aguas.
Pero… no lleva ropa de baño – murmuró el señor Monroy.
La observación arrancó la sonrisa del abuelo de la niña.
¿Y cree que eso va a detenerla? Parece que no la conozcas…
Efectivamente la chiquilla fue desperdigando las prendas que cubrían su cuerpo durante el corto trayecto que la separaba del agua. Al llegar junto a ella ya estaba desnuda del todo y su blanco culito resplandecía al sol. Se lanzó sin detenerse lanzando un agudo chillido de satisfacción.
Dejen de babear por Elsa, señores y prosigamos la partida – rió el abuelo de la chiquilla al contemplar los rostros estupefactos de sus amigos.
¿Babear? ¡Pero qué dice! – Exclamó el señor Izquierdo.
¡Si no es más que una niña! Si viese a mis nietas se caería de espaldas – apuntó el doctor Rojas bastante contrariado -.
Señores, señores – intervino el señor Monroy poniendo paz -. Parece que no conozcan al don Leonardo: sólo quiere distraerles y ganar la contienda.
Estratagema o no lo cierto es que las partidas se fueron decantando una tras otra del lado del anfitrión y del señor Leonardo y es que a sus contrincantes se les iban los ojos al cuerpo jugoso de una Elsa que no paraba de entrar y salir de la piscina tal y como su mamá la había traído al mundo.
¡Es increíble!
¡Así no hay manera!
Menuda suerte tienen…
Los contrincantes protestaban por la terrible derrota sufrida. Elsa se acercó a la mesa de juego sin hacer el menor ademán de cubrirse.
¡Tata!
¿Qué sucede, Bichita?
Me pica la espalda.
Y no me extraña. Con el sol que hace y con esa piel tan blanca que tienes... ¿señor Monroy?
Dígame, don Leonardo.
¿No tendrá usted por casualidad alguna crema hidratante o algo así?
Creo que tengo algo para las manos por ahí.
Puede valer.
Al poco tiempo el dueño de la casa volvió con la untura. Leonardo separó su asiento de la mesa y colocó a la niña delante de él, a la vista de todos los demás.
¡Uff… tienes la espalda ardiendo! - exclamó extendiendo una abundante capa de bálsamo por la ardiente espalda de Elsa.
Cuando terminó con esa parte del cuerpo pasó a la delantera. Embadurnó el torso infantil bajo la atenta mirada de sus tres compañeros. Sin recrearse demasiado, masajeó los pezones de la niña. Su ombligo y abdomen siguieron el mismo tratamiento. Posteriormente se centró en las inmediaciones de los genitales lo que provocó algún que otro carraspeo entre los presentes. Después, volvió a girarla y, tras abrir sus glúteos, aceitó su ojete con abundancia. Para finalizar cubrió brazos y piernas con el líquido reparador.
De mayor tendrás unas piernas estupendas, Bichita- dijo su abuelo -. Seguro que a tu novio o a tu marido le gustará que andes siempre con minifaldas y botas.
Cuando el señor Calatrava terminó el cuerpo de Elsa brillaba como la luna llena. Divertido por las expresiones azoradas de los rostros de sus amigos todavía quiso ir un poco más allá e incitó a la chiquilla a dar un par de vueltas sobre sí misma para que todos los presentes pudiesen deleitarse la vista con su agraciada anatomía.
¿Qué les parece mi nieta, señores? ¿a que es preciosa?
Ehmmm… sí.
Cierto, es muy bonita.
Eres muy linda, Elsa.
Leonardo sonrió para sus adentros. A diferencia de Monroy, que era muy discreto para casi todas las cosas, los otros dos compañeros de partida pregonaban a diestro y siniestro sus preferencias hacia hembras voluptuosas, de generosos senos y marcadas caderas pero, como tantos otros, cuando se les ponía a tiro una potrilla en los albores del desarrollo como Elsa caían prendidos por su cuerpo y babeaban por él.
¡Quiero jugar al dominó! – Chilló la niña resuelta.
Tan absortos estaban los hombres contemplándola que ninguno acertó a contestar.
¡Tata, quiero jugar al dominó! – repitió -.
Claro, claro cariño. Juguemos al dominó, señores.
Minutos después, subida a las rodillas de su abuelo Elsa no dejaba de chillar tras cada victoria.
Esta niña es un demonio – gruñó el señor Izquierdo.
Cierto, mi Bichita tiene una memoria tremenda.
Juega mucho mejor que usted, señor Calatrava – apuntó el doctor Rojas con rotundidad -. La semana que viene puede venir ella sola y usted se queda en su casa con su señora. Seguro que el señor Monroy no pierde con el cambio. Es una jugadora estupenda.
Es sólo suerte – volvió a reiterar el más grandote de todos.
¿Suerte? ¿usted, cree? Cariño, ve con el señor Izquierdo y enséñale cómo se hace.
Sin dar opción a la réplica Elsa ocupó su lugar sobre las rodillas del hombre señalado. El señor Izquierdo se veía nervioso. La niña se movía tanto que optó por sujetarla por ambos costados por miedo a que cayese. Sintió entre sus rudas manos el suave tacto de la piel infantil, tibia y fragante, perfumada por el óleo. Comenzó a respirar de manera más profunda a la habitual intentando disimular su intranquilidad de forma torpe y estéril. No ayudó en nada que los movimientos de la niña le llevasen a acariciar de manera involuntaria sus pequeños pezones y mucho menos el calor que desprendía aquella pequeña vulva desnuda sobre la tela de su pantalón de lino.
¡Ganamos! – Gritó Elsa, dando saltitos sobre el muslo del hombretón.
¿Lo ven? Es una jugadora nata.
Extraordinaria.
Ya… ya veo – balbuceó el improvisado rocín-.
Perfecto. Ahora es el turno del Doctor Rojas. Ayúdale, es el peor jugador de todos.
Claro, pequeña – apuntó el interesado sin hacer caso a la impertinencia -. Ven, ven… súbete aquí… yo te ayudo. Juega… juega conmigo…
El segundo de los contendientes no tuvo tantos reparos en acomodar a la niña sobre su muslo. Es más, inclusive se levantó lo que pudo su pantalón corto. Era un hombre caluroso y por eso solía llevar este tipo de prendas sobre todo en verano. Sin necesidad de movimiento alguno, tan sólo con el simple tacto de la tibia vulva infantil en su piel, ya fue motivación suficiente para que su adormecido pene comenzase a esputar jugos.
¡Venga… comencemos! – exclamó el doctor Rojas ansioso por recibir el mismo tratamiento que su compañero.
Elsa repartió de nuevo y la partida comenzó pero su forma de actuar fue algo diferente, parecía distraída; no tan concentrada en el juego. Fue algo casi imperceptible, de hecho sólo su abuelo se dio cuenta; para él era un libro abierto, la conocía mejor que nadie.
Tal vez la variación fue debida al roce de su sexo directamente sobre la piel del viejo o porque este, a diferencia del otro que le había precedido, le acarició los muslos y el abdomen sin tantos reparos. De hecho siquiera sus casi inapreciables senos escaparon a sus garras y fueron palpados durante la partida repetidas veces gracias a estrategias burdas y mal disimuladas. Lo cierto fue que, por una cosa o por otra, algo cambió en la actitud de ella en ese momento.
Don Leonardo lo tenía claro: su pequeña nieta se estaba excitando.
El doctor no se había visto en una situación igual en su vida. Era cierto que sus propias nietas estaban infinitamente más desarrolladas que Elsa, que sus pechos se asemejaban a melones en comparación con las minúsculas tetitas de la chiquilla y que sus traseros levantaban la moral a todo el gremio de la construcción allá por donde pasaban pero, a diferencia de la niña, eran engreídas, orgullosas, altivas y ariscas con él a más no poder. Reaccionaban como gatas enfurecidas cuando osaba ponerles la mano encima y le miraban con cara de asco continuamente como queriendo perdonarle la vida dado su penoso aspecto, mugriento y descuidado.
Por el contrario, la nieta de su amigo se mostraba muy receptiva a los tocamientos. Sin llegar a buscarlos de forma descarada, no mostraba rechazo ni incomodidad al recibirlos; ni siquiera ante los más próximos a la zona roja. De hecho, llegó un momento en el que comprobó que era ella misma la que mecía su cadera suavemente, no más que un leve contoneo hacia atrás y hacia adelante, con lo que provocaba que sus jugos se esparcieran por una porción mayor de pierna del adulto volviéndole loco hasta casi hacerle explotar.
¡Tire esa!
¿Esa?
¡No, esa no… la otra!
¿Estás segura?
¡Que síiiii! – chilló la jovencita dando saltitos que no hacía más sino aumentar la superficie de contacto entre su zona genital y el muslo del adulto.
Con el rabo duro como una piedra el doctor Rojas sintió una envidia sana por su amigo, entendió el motivo por el cual estaba tan apegado a ella y se preguntó hasta qué punto aquella manera de actuar de la niña era debida a su naturaleza extrovertida o a las enseñanzas del afortunado señor Calatrava.
Tras dos o tres intensas sacudidas la niña lanzó su última ficha.
¡Y… se acabó! – Gritó Elsa con voz algo más temblorosa.
El silencio se hizo. Los hombres se miraban entre sí. La expresión de sus caras era de estupor y excitación.
Cariño, es el turno del señor Monroy. Ve con él.
¡No, no! … de verdad que no…
Por favor, Señor Monroy… déjeme jugar con usted.
Elsa no aceptaba un no por respuesta así que no dio opción. Fue ella misma la que colocó su sexo sobre el muslo del anfitrión y ambos se adhirieron con el jugo vaginal de la niña como pegamento, incluso se separó los labios vaginales de forma grácil para maximizar la zona de contacto ante el estupor de todos los presente. En menos que cantó un gallo repartía fichas nacaradas cabalgando su nueva montura con las mejillas cada vez más sonrosadas.
Ya… ya verá como ahora ganamos, señor Monroy.
Se… seguro que sí.
Visto lo sucedido con sus compañeros, el ex Carabinero optó por dejar a la niña a su libre albedrío, intentando minimizar el roce con su tentador cuerpo, limitándolo sólo a su pierna… y fue peor el remedio que la enfermedad. La niña, libre de sujeción, intentaba por sus medios no caerse, circunstancia que le abocaba irremediablemente a cerrar más las piernas y aferrarse de este modo al muslo del cabalgado o por el contrario a abrirlas hasta el infinito para intentar equilibrarse sin dejar de menearse en ningún momento.
El señor Monroy se desvinculó por completo de la partida, sólo buscaba el modo de que su erección no fuese notoria. Él, tan recto de moral y firme defensor de la ley, estaba contraviniendo las más sagradas reglas excitado como nunca antes gracias a las evoluciones de una niña inocente. Quedó todavía más descompuesto al sentir cierto aumento en el grado de humedad de su muslo, justo en el punto más íntimo de contacto entre él y la chiquilla.
Don Leonardo estudiaba las reacciones de sus amigos uno a uno ya que eran esenciales para llevar a cabo sus planes. En lo referente al señor Izquierdo o al doctor Rojas no tenía dudas. Sus constantes alardes en cuestiones sexuales les hacían candidatos idóneos para compartir juegos íntimos con Elsa y su manera de actuar aquella tarde no habían hecho más que confirmar su teoría. En cambio con Monroy tenía ciertas reservas previas que, gracias a la maniobra de su Bichita, había eliminado al instante.
El ex policía era su mejor amigo desde hacía unos años, con él había intercambiado impresiones de prácticamente todas las cosas pero en lo referente al sexo o incluso a las mujeres era de lo más opaco. No le conocía relación sentimental alguna, ni ningún escarceo, ni ninguna cana al aire. Había llegado a pensar que tal vez se sentía atraído por los varones pero jamás había dado un motivo fehaciente de tal circunstancia. Aquella invariable actitud sólo se había torcido unos milímetros cuando Elsa comenzó a acompañar a su abuelo a la partida sabatina.
A don Leonardo no le pasaron desapercibidos ciertos cambios en su compañero de partida. Monroy era una persona aseada pero cuando recibía a Elsa en su casa su aspecto era siempre impoluto, como recién duchado, más rejuvenecido. Pese a su actitud aparentemente distante con ella, siempre tenía algún detalle preparado para Elsa e incluso le permitía cosas a la niña que a él le estaban vetadas como tocar sus colecciones de armas o acariciar su caballo. Eran pequeños detalles, poco más que tonterías, que por sí solas no representaban nada pero es que todavía había más. Durante el invierno no había semana que el señor Monroy no preguntase a su amigo por su nieta; cuando se acercaba la fecha de la llegada de la niña por vacaciones se ponía nervioso e incluso olvidaba asuntos verdaderamente importantes. Pero había una cosa que terminó por probar el interés que el viejo Carabinero profesaba por la niña: la piscina.
Don Leonardo sabía el poco interés que su amigo tenía por los deportes acuáticos, su escasa pericia a la hora de nadar y, lo más importante, que llevaba años sin realizar ningún tipo de ejercicio rehabilitador por lo que llegó a la conclusión de que sólo había un motivo por el cual la piscina tuviese razón de ser en aquella casa y la tenía masturbándose contra su pierna.
A su Bichita le encantaba nadar y no dejaba de pregonarlo día y noche. Era un animal acuático zambulléndose una y otra vez; una pequeña ola de mar que en pocos momentos dejaría su espuma en la orilla… ya que estaba a punto de entrar en ebullición gracias al candor de su vulva.
Don Leonardo observó a Elsa: estaba radiante. Tan pequeña, tan frágil, tan delicada pero a la vez, tan caliente. Rezumaba sensualidad por los cuatro costados.
Aunque cada vez se prodigaba más, rara era la vez en las que su nieta llegaba a verbalizar sus necesidades o apetencias en lo que al sexo se refería. Pese a que lo hacía de palabra unas pocas veces, la mayoría de las ocasiones en las que Elsa necesitaba aliviarse la delataba su cuerpo: su forma de mirar, la manera de apartarse el pelo de la cara, su acercamiento excesivo, la manera de sonreír e incluso, como en esa ocasión, de rozar su lengua con sus labios eran señales inequívocas de que necesitaba masturbarse gracias a su abuelo o por sus propios medios. Él había aprendido a identificar aquellos signos y le pedía cosas a la chiquilla a través de su juego secreto en esos momentos en los que la niña estaba caliente que, afortunadamente para él, eran bastante habituales.
Aquella tarde no hizo falta que su abuelo le dijese nada: la sangre caliente de Elsa tomó el control de la situación. Le fue indiferente estar delante de aquellos viejos o que la pierna que le daba placer no fuese la de su querido Tata; la niña hizo lo que le pedía el cuerpo, ni más ni menos. Apoyó las manos sobre la mesa, se alzó unos milímetros y convirtió, lo que unos minutos antes era un leve contoneo, en un intenso y vehemente movimiento de cadera. El encuentro entre su sexo y el muslo de Monroy fue mucho más prolongado y repetido y, por lo tanto, más ardiente y placentero a los anteriores. Ya nadie en la sala miraba las fichas, todo el mundo contemplaba extasiado como una niña desnuda de nueve años se masturbaba abiertamente delante de ellos o, en el caso del anfitrión, gracias a él.
Elsa alzó la mirada al techo y con la boca abierta por completo aumentó el ritmo de la cabalgada hasta hacerlo frenético. Jadeaba, gruñía… inclusive gritaba abiertamente hasta que ya no pudo más… y se evaporó.
Ya… ya gané – murmuró Elsa agachando la cabeza como queriendo desaparecer al tiempo que los últimos coletazos de su orgasmo agrandaban la mancha en el pantalón del señor Monroy.
Nadie tuvo el valor de romper la magia del momento hasta que el señor Calatrava se dirigió a su nieta con ternura:
Bichita… si sigues ganando así no van a dejar que vuelvas… ¿Algún problema, señor Monroy?
El interrogado tenía fija la mirada en el cerco mojado que había dejado el sexo de la niña en la pernera del pantalón.
No… no. Todo… todo está bien.
Bichita… ven aquí, creo que necesitas más crema. Siéntate aquí sobre mí. Así no, al revés, de cara a los señores.
Ella jamás cuestionó una orden de su abuelo y aquel día no fue una excepción. Todavía turbada por lo que había hecho buscó cobijo sobre tu Tata. Él comenzó a acariciarla hasta conseguir separarle las rodillas por completo, dejando expedita la observación por parte del resto de los presentes de los minúsculos genitales infantiles, brillantes y visiblemente húmedos como el interior de los muslos. Fue entonces cuando don Leonardo se dirigió al resto de la audiencia con seriedad. Era el momento de jugársela:
Señores… confío en su total discreción por lo que va a suceder hoy aquí.
Uno a uno sus compañeros de partida asintieron. El señor Monroy fue el que más demoró su respuesta pero no podía apartar la vista de aquel delicado y sonrosado Monte de Venus y también sucumbió.
Una vez sellado el pacto entre caballeros el abuelo de la niña prosiguió:
Antes olvidé ponerte crema aquí, Bichita.
Él tomó una enorme porción de crema protectora y la extendió generosamente por todo el perineo, incluso le separó los labios vaginales pringando su interior y la totalidad del clítoris con la sustancia aceitosa cubriendo hasta la entrada del ano. Cuando la crema fue totalmente absorbida por la piel él continuó acariciándola haciendo la masturbación todavía más evidente, dedeando el botoncito de placer.
Don Leonardo se lo tomó con calma, dio gusto a la niña lentamente para no asustarla de forma que el resto de sus compañeros de partida no perdiesen detalle. Utilizó el dedo corazón para recorrer los pliegues más internos, esos que un amoroso abuelo en teoría no debería conocer. Los rozaba, los acariciaba, jugaba con ellos mediante movimientos lentos y circulares e inclusive hizo algún amago de meterle la punta de una falange por el angosto agujerito que se abría entre ellos. De vez en cuando él dejaba de tocarla y le daba a su compañera el dedo a probar. Ella se lo metía la boca e, imitando los movimientos que hacía cuando estaban solos, simuló una felación con tanta gracia que a punto estuvo de costar algún infarto en la concurrencia. Luego él volvió a la carga y siguió masturbándola sin prisa. Inclusive, durante los tocamientos, llegó a introducirle el dedo en el ano, alcanzando por ahí bastante más profundidad que por la abertura delantera. Se lo ensartó por completo por el culo, ayudado sin duda por la lubricación de la crema y por la práctica de encuentros pasados. La excitación de Elsa era tan grande que ni se inmutó. Para ella jugar con su ano era una forma más de obtener placer.
En contraste con su incontinencia verbal habitual Elsa no decía nada mientras era estimulada. No estaba incómoda abierta de piernas, más bien todo lo contrario, si alguien sabía hacerla vibrar era su abuelo pero era consciente de que era la primera vez que su Tata la tocaba de esa forma delante de otras personas. Su vulva le ardía, sobre todo cuando notaba una falange dentro. A ella le daba miedo meterse el dedo o cosas por su cuenta pero confiaba ciegamente en su Tata y sabía que él jamás le haría daño. Le resultaba turbadora la sensación que le transmitía su ano cuando el dedo de su abuelo se movía dentro.
El segundo clímax no tardó mucho en llegar. Tras una serie de espasmos y jadeos la vagina de Elsa sucumbió de nuevo y al hacerlo expulsó una considerable cantidad de jugos que se manifestó en el exterior en forma de mocos gelatinosos apenas hormonados.
Vamos a jugar, Bichita – le susurró su abuelo al oído mientras le daba de comer sus propios flujos.
Ella esperaba aquella sugerencia, la deseaba más bien, aunque se salía de lo convencional ya que una de las normas esenciales para poder jugar a su juego especial es que debían hacerlo siempre a solas.
Pe… pero están ellos delante… Tata…
Tranquila. Estos señores son mis amigos, no pasa nada, no dirán nada. Es más: quiero que juegues con ellos también. Adelante… ya sabes lo que tienes que hacer.
La niña no vaciló más:
¿Qué… qué quieres que haga, Tata?
Y por enésima vez Elsa escuchó el susurro de su abuelo en su oído y sonrió.
¿Y por cuál empiezo?
Por el que quieras.
Ante todo Elsa era una chiquilla tremendamente práctica. Cuando tenía que decidirse sobre una opción entre varias utilizaba un juego, una canción, una cantinela aprendida desde sus tiempos de guardería. Comenzó a canturrear al tiempo que su dedo índice iba apuntando sucesivamente sílaba tras sílaba a los tres adultos:
“Ca pe na ne tú, E ne te ne tú ... ¡saliste túúúú!
Don Leonardo no olvidaría jamás el gesto de asombro del rostro de su buen amigo Monroy mientras Elsa se le acercaba con la mirada fija en su bragueta.
*****
Horas más tarde, el señor Calatrava manejaba su auto en dirección a su casa. A su lado, en el asiento del acompañante dormía Elsa. No la culpaba, tenía serios motivos para estar agotada.
Todavía no daba crédito a lo que había visto con sus propios ojos aquella tarde: una niña dando placer a tres hombres hechos y derechos. Y ni tan siquiera tuvo que utilizar el coño o poner el culo como una adulta. Sus manos, su boca y sus ganas fueron suficientes para satisfacerlos a todos.
Permanecería indeleble en su memoria el recuerdo de las caras de sus amigos al ver a su nietecita colgándose de sus cuellos, besándoles de esa forma tan húmeda y sucia que tantas veces él había disfrutado. O cómo, tras sus indicaciones, les frotó los paquetes utilizando sus pies desnudos hasta prácticamente hacerlos estallar bajo el pantalón. Alucinó al verla cumplir su mandato arrodillándose frente a sus colegas, pegar la cara a los abultamientos de sus entrepiernas, embriagarse con sus más sucios aromas e incluso restregar su dulce carita contra ellos.
Tampoco estuvo mal cuando aquellos caballeros perdieron la compostura y pasaron a la acción, colocándola sobre la mesa y recorrieron a seis manos el menudo cuerpo de Elsa, siempre de forma delicada, como temiendo romperla. No olvidaría nunca el ronroneo de la niña mientras aquellos respetables señores se daban un atracón de jugos pueriles exprimidos con sus propias lenguas ni la expresión de su dulce carita al experimentar orgasmo tras orgasmo.
Con todo el punto álgido de la tarde fue cuando la pequeña Elsa puso su boca a funcionar y, entre juego y juego, les hizo eyacular uno tras otro. Le pareció extremadamente morboso el hoyuelo que se formaba en las mejillas de su nieta cuando hacía el vacío con un pene en la boca y más incluso los rostros descompuestos de sus compañeros de partida mientras eran obsequiados con uno de los mejores trabajos orales recibidos en su vida. El señor Leonardo había experimentado esa sensación de placer muchas veces pero nunca lo había visto desde esa otra perspectiva lateral, la de un simple mirón, y tenía que reconocer que fue impactante ver a su nieta predilecta con la barbilla manchada de blanco y chupando un pene ajeno.
Esa visión le hizo recordar que tenía que detenerse en alguna estación de servicio para limpiarle la cara a la niña antes de llegar a su domicilio. No obstante no pudo resistir la tentación y antes de llegar a la gasolinera hizo otro alto en el camino.
¡Elsa, Elsa! ¡Bichita, despierta!
¿Q…ué pasa, Tata?
Bichita… vamos a jugar – susurró-.
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