“LIBRE USO. CAPÍTULO 2: UN CASO EXCEPCIONAL” por KAMATARUK

  C apítulo 2: Un caso excepcional Entre las personas de Libre Uso es habitual hablar de nuestro respectivo primer día en la Residencia. Cada cual lo recuerda de forma distinta. Para algunos es una despedida difícil de comprender a los ocho años; para otros, el orgullo de pasar a formar parte de la Hermandad. La mayoría, en cambio, lo aceptan con la resignación de quien entiende que no hay vuelta atrás. Sus papás les dicen que es la manera de asegurar su futuro, algo entendible si eres adulto, difícil de asumir para un niño. Gran parte de los padres ingresan a sus hijos en la Academia para proporcionarles un futuro alejado de sus penurias y apreturas más que por preservar la costumbre más controversial de nuestra isla, algo que nos hace únicos en el mundo. Los Libre Uso tenemos asegurada una vida acomodada. La Hermandad se ocupa de ello desde nuestro aprendizaje, pasando por la Ceremonia de la Medalla, y a lo largo de toda nuestra vida junto a la Familia Anfitriona, hasta el moment...

"LOK POU (EL PADRINO)" - RELATO COMPLETO por ZARRIO


Lok Pou (El padrino) 


PRIMERA PARTE


Tuve mucha suerte de conocer a Sok durante mi primer viaje a Camboya, cuando la administración de ese país lo puso a mi servicio. Al principio iba a tratarse simplemente de mi chófer pero pronto se convirtió en mi escolta, mi traductor, mi guía y finalmente, en un buen amigo. Era un tipo con un nivel de inglés más que aceptable, extrovertido, simpático y honesto hasta límites enfermizos, algo que contrastaba con los prejuicios que traía conmigo desde España sobre la gente de allá.


Recuerdo esa mi  primera experiencia internacional como si fuese hoy mismo, estaba nervioso, no era para menos. Nuestra empresa había sido seleccionada para realizar la asistencia técnica para la construcción del puente a la isla de Koh Pen, sobre el río Mekong, en la ciudad de Kampong Cham, en la parte central del país.  Al tratarse de un proyecto importante, convenimos con mi socio que, al no tener yo cargas familiares, llevaría el asunto personalmente y allá que me fui sin conocer ni el idioma ni las costumbres, pero con una ilusión enorme incluso cumplidos los cuarenta: soy un apasionado de los puentes y ese tipo de retos me motivan. 


Los consejos de Sok sobre cómo manejarme con los camboyanos fueron literalmente oro puro, me libraron de un buen montón de dolores de cabeza y pérdidas de dinero. Yo quise agradecérselo infinidad de veces en forma de incentivos pero él se negó siempre a recibir más emolumento del convenido, como mucho aceptaba algún tipo de regalo para Dahrá, su hermosa esposa, o para su hija Mey, un torbellino de ojos rasgados de seis añitos que no dejaba de taparse la boca cada vez que me sonreía . 


Pronto nuestro grado de confianza mutua fue creciendo conforme mis viajes a Camboya se iban sucediendo hasta llegar a un punto en el que, durante las tres o cuatro semanas que solía durar mi estancia allí, yo ocupaba una de las habitaciones de su casa; una modesta pero amplia vivienda de madera, bastante más cerca de la obra a supervisar que el frío hotel de la ciudad. Eso me permitía ahorrar un montón de tiempo en los desplazamientos, y de paso justificar a los ojos de Sok el dinero extra que yo le daba por sus servicios y que sin duda merecía.  

 

Pese a los inconvenientes propios de todo proyecto de semejante envergadura, todo fue bien hasta que la pequeña Mey, poco después de cumplir los ocho años, enfermó. Por aquel entonces el tifus hizo estragos en aquella zona del país y la enfermedad se complicó en su caso con una infección bastante seria para una niña de su edad. Por fortuna la chiquilla se recuperó, pasadas un par de semanas todo aquello fue un mal recuerdo, de no ser por los gastos que el tratamiento acarreó. 


La factura del hospital no era excesivamente alta para los estándares occidentales, aunque resultaba inalcanzable para el modesto sueldo de Sok. Como no podía ser de otra forma, me sentí en la obligación de correr con los gastos, y tras una acalorada discusión con el padre de la criatura este accedió gracias a la intercesión de su esposa. Según mi criterio fue un acto de humanidad para nada heróico. Los padres de la niña no lo interpretaron así, según ellos le salvé la vida a la criatura. Si hasta ese momento el matrimonio se desvivía para que mi estancia allí fuese de lo más placentera, a partir de ese suceso sus esfuerzos se incrementaron todavía más. 


Justo antes de mi regreso a Madrid, Sok me invitó a cenar a solas, y tras varios vasos de vino de palma de bastante graduación, me anunció que sería un honor tanto para él como para su esposa que yo fuese el “Lok Pou” de Mey, una especie de  protector de la pequeña a partir de entonces. 


Digamos que no soy una persona acostumbrada a beber y que no tolero demasiado bien el alcohol así que, pese a mi rechazo inicial, accedí encendido por el licor. No fui muy consciente de lo que significaba su proposición en ese momento, no entendía las costumbres de allá y quise equipararlas con las del típico padrino de aquí: hacer regalos de cumpleaños, contribuir a la educación y hacerme cargo de Mey si algún día si, por desgracia,  sus papás faltasen. A veces me pregunto qué sería de mi vida si no hubiese aceptado su oferta.


Al siguiente viaje, aproximadamente un año después, noté ciertos cambios en nuestra rutina que me resultaron extraños pero que asumí como propios para no crear problemas de convivencia. Ellos siempre habían sido extremadamente amables conmigo, lo último que deseaba era incomodarlos. 


Entre las novedades, sin duda la más reseñable fue que la niña dormiría conmigo en el cuarto de invitados. Dahrá me explicó con su inglés básico, durante la fiesta de bienvenida, que necesitaban sitio para la visita de sus sobrinos y a la vez ahijados suyos. Se trataba de un par de mellizos adolescentes de unos trece o catorce años, muy simpáticos y risueños, a los que yo había visto deambulando por la casa  de vez en cuando y con los que compartimos cena esa noche. De inmediato, sugerí la opción de  trasladarme a un hotel para dejarles sitio. Ella se ofendió, y negando con la cabeza, me aclaró que compartir lecho era lo acostumbrado entre un Lok Pou y su ahijada, “que no me preocupara”. En realidad sus palabras exactas fueron:


  • ¡Pasarlo bien! ¡Pasarlo bien! - Dijo una y otra vez sin dejar de sonreír-.


Supuse que ella no dominaba lo suficientemente el idioma anglosajón para distinguir el matiz diferencial entre las dos expresiones. En lo referente al hecho en sí, no le vi mucho sentido, no obstante accedí sin más. En la obra habían surgido contratiempos, algunos radicales no estaban de acuerdo con que el viejo puente de caña tradicional fuese sustituído por uno de acero y hormigón. Ese pequeño cambio de rutina carecía de importancia para mí, dormir con Mey era el menor de mis problemas. A sus nueve años, la niña era buena como un angelito sin alas, apenas notaba su presencia cuando estaba ocupado con cosas del trabajo.


Tengo que reconocer que no me esperaba que la niña se desvistiera por completo y se pegara a mí la primera noche que compartimos “kaev”, una especie de plataforma de madera elevada del suelo cubierta de un fino colchón. Cierto es que su desnudez no me sorprendió mucho, si alguien no conoce el calor húmedo de esa parte del mundo que vaya a allí en abril, cuando el suelo arde y la humedad caliente apenas te deja respirar. Había visto a Mey cientos de veces corretear de esa guisa por los pasillos durante mis anteriores visitas, al fin y al cabo era una niña, estaba en su casa y no hacía daño a nadie; no había problema. Lo cierto es que yo estaba algo borracho por la ingesta de alcohol, así que me limité a darle un besito de buenas noches en la frente e intenté dormir con su menudo cuerpo enroscado al mío, llevando solamente sobre mi ropa interior el pantalón corto de mi pijama debido al calor reinante. 


El cambio horario me pasó factura, me costó conciliar el sueño; un efecto secundario del exceso de licor, y más aún cuando en el cuarto de al lado Dahrá no dejaba de jadear. Sus gemidos de placer atravesaban con facilidad la fina madera que nos separaba, no era la primera vez que la escuchaba gozar. Mis anfitriones jamás se habían inhibido a la hora de practicar sexo estando yo en la casa; eran una pareja jóven todavía y daban rienda suelta a sus instintos con frecuencia. Los papás de Mey fueron padres siendo poco más que unos adolescentes, algo raro para mi España natal pero de lo más normal en aquellas latitudes. 


Todavía faltaban varios años para que Dahrá alcanzase la treintena, tenía un cuerpo sensual, como la mayoría de las hembras del país. De estatura algo más alta que el bueno de Sok y con rasgos faciales finos y delicados, era toda una belleza. Además, a diferencia de Mey que era totalmente plana, presentaba un buen par de senos en el torso que vibraban bajo las camiseta de tirantes sin sostén que solía utilizar. Conste que hasta ese momento yo la había respetado siempre, era la mujer de un amigo, aunque no negaré que en más de una ocasión mis ojos bucearon en su escote algo más de la cuenta. Uno no es de piedra y mirar lo que a uno se le muestra no es pecado, al menos eso decía mi padre.


El problema, por decirlo de alguna manera, vino a la mañana siguiente, cuando desperté erecto como un mandril con similar banda sonora. Extrañamente, los gemidos eran más agudos y parecían tener su origen en la habitación del otro lado aunque no le di más importancia. Aturdido por la resaca, me maravilló la potencia sexual del bueno de Sok y la fogosidad de su esposa. 


No era raro que mi verga amaneciese encendida como aquel día aunque enseguida noté que, más allá de la normalidad, la erección que experimentaba esa mañana de domingo era a todas luces extraordinaria. En cuanto mis ojos se acostumbraron a la luz matinal que se filtraba por la ventana comprendí el motivo: la diminuta lengua de Mey recorría lentamente el interior de mi prepucio.  Rebañaba a su paso las perlas de líquido seminal que brotaban de mi falo gracias a su suave movimiento  mientras sus manitas me acariciaba con delicadeza los testículos y la base del pene. Desconcertado, me costó unos segundos ser consciente de lo que sucedía, los mismos que invirtió la niña en concluir los preliminares e iniciar una felación en toda regla. Debido a la succión, la punta de mi polla traspasó claramente el dintel de sus labios suaves y delicados, perdiéndose placenteramente en el interior de su pequeña boca, dándole a probar mis primeros jugos. Recuerdo ver cómo su pequeña cabecita subía y bajaba a la altura de mi entrepierna a un ritmo pausado pero contínuo, y sentir un dulce calor húmedo en la punta de mi sexo. 


Mey me la estaba chupando, estaba claro.


Reaccioné a la mamada infantil del peor modo. Alarmado y olvidando mis modales, retiré rápidamente el cipote de su boca y empujé a la niña de malas maneras. Mey rodó lastimosamente por el suelo entarimado y chilló. Jamás olvidaré su mirada de terror, desnuda e indefensa, con un par de manchas brillantes de jugo preseminal resbalando por la comisura de sus labios. De sus pequeños ojos oscuros comenzaron a brotar lágrimas, y si se tapó la boca esa vez fue para llorar amargamente, no para ocultar su bonita sonrisa por vergüenza como hacía siempre.


  • ¡Lo siento, lo siento! —me disculpé, aun sin comprender por qué pedía perdón por algo que no me correspondía.


Intenté incorporarme con intención de ayudarla, con el pijama a la altura de las rodillas y la verga erecta. Sin darme tiempo a reaccionar, la pequeña Mey salió disparada de la habitación sin dejar de llorar. Eso hizo que saltaran todas las alarmas. Sin duda la niña iba a contar a sus progenitores su versión de lo sucedido; sin comerlo ni beberlo me había metido en un buen lío.


Ya estaba intentando elaborar una excusa que tuviera sentido, dando tumbos por el pasillo con la polla al aire, cuando por la puerta del dormitorio principal salió Dahrá con la niña entre sus brazos llorando amargamente sobre su hombro. Era la primera vez que veía el hermoso cuerpo de la madre desnudo aunque mi nerviosismo era tal que pasé por alto tal circunstancia. Mey no dejaba de hipar y sollozar señalándome mientras ella sonreía y le daba besos tiernos en el pelo a su única hija. No perdió la calma en ningún momento, en cambio yo estaba a punto de un ataque de nervios. Aterrado, intenté ocultar mi cipote bajo el pijama pero el abultamiento que se formó en mi entrepierna fue incluso más delator que la presencia de mi miembro viril al aire. 


De repente, la puerta de la  habitación del otro lado se abrió. De ella salió Sok, también en pelotas, rascándose los huevos y lanzando un bostezo tras otro como si nada. Tampoco parecía muy alterado por lo que sucedía, más bien sonreía divertido por lo que contaba la niña. Mis ojos se abrieron como platos cuando, tras él, apareció en el pasillo su sobrina  semi desnuda frotándose los ojos. Yo estaba ofuscado aunque no lo suficiente como para no identificarla como su acompañante en el polvo matinal. Dahrá, lejos de montar una escena, seguía consolando a la niña, no daba la impresión de estar sorprendida ni por el bulto de mi pantalón ni por su más que evidente incestuosa cornamenta.


No obstante esa no fue la última de las sorpresas que me llevé esa mañana ya que, de la habitación matrimonial, la que ocupaba Dahrá, salió el otro mellizo, medio adormilado también y vestido como su mamá le trajo al mundo, exhibiendo una escandalosa erección en su pene adolescente.  


Recuerdo que me quedé paralizado ante lo extraordinario de la situación. El matrimonio se enzarzó en una discusión indescifrable para mí. Para ser honestos solo Dahrá parecía regañar al bueno de Sok que no hacía más que acariciar descaradamente el trasero desnudo de la jovencita que tenía a su lado y sonreir. En cualquier caso no se trató de la típica refriega matrimonial ni mucho menos ya que finalmente, para mi asombro,  ambos me miraron con condescendencia y se rieron. 

 

  • Yo decir “Pasarlo bien”, ¿no? - preguntó al fin la adulta con su rudimentario inglés, mirandome a los ojos a modo de reprimenda.

  • Sí - contesté yo sin entender lo que pretendía decir.-


La dueña de la casa  puso pie a tierra a su hija, tomó su mano y la juntó con la mía. Mey ya no lloraba y levantaba la mirada del suelo con cierta regularidad, observando de reojo el montículo de mi entrepierna. Parecía algo más animada y eso me tranquilizó. Después la mamá nos fue empujando a ambos hasta nuestra habitación, entre las risas de todos los demás. Justo antes de dejarnos a solas, me miró con fingida severidad y repitió de nuevo en su primitivo inglés:


  • ¡Pasarlo bien! ¡Pasarlo bien! ¿Sí?

  • Sí - contesté sin saber muy bien lo que iba a pasar cuando la puerta se cerrara -. 


No reaccioné, fue Mey la que me arrastró junto al lecho. Su risa adormeció mi mala conciencia cuando me quitó los pantalones y mi ropa interior a un tiempo, me tumbó sobre el exiguo colchón e hizo todo el trabajo. 


Todavía en shock por lo extraordinario de la situación, dejé que la niña me chupara la polla con total libertad hasta hacerme eyacular entre sus labios. Fue una mamada no exenta de pericia; a pesar de su corta edad la niña suplió su evidente falta de experiencia con un despliegue de tesón, ganas y determinación. Chupó y chupó una y otra vez sin la menor vacilación. Sólo se detuvo cuando destrozó mi resistencia y logró su premio. Esa vez fui yo el que gritó de placer, se lo dí todo, sin guardarme nada. No anuncié el final feliz y ella se atragantó, lo que me hizo sentir todavía más mezquino. Mey se repuso, tragó el semen que había logrado mantener en la boca y luego utilizó su lengua para recoger el que se había derramado sobre mi cuerpo tal y como hacía el resto de las cosas: con buen ánimo, sin protestar y con una sonrisa dulce al finalizar.


Recuerdo que me costó un mundo salir de la habitación para almorzar ese día. En cierto modo me daba vergüenza por lo que había hecho a la pobre Mey, mi escandaloso orgasmo se había escuchado por toda la casa; era imposible que tanto  sus papás como sus acompañantes no me hubieran oído. Esperaba algún tipo de reprimenda o protesta por parte de sus papás o incluso algún tipo de extorsión o exigencia de pago por el acto sexual poco apropiado acontecido entre un hombre adulto y una niña tan pequeña; ninguna de esas cosas sucedió. Por el contrario, la comida discurrió en el tono distendido habitual, todo era bullicio, risas y buen rollo. 


Dahrá y Sok se regalaron incluso más besos que de costumbre y estuvieron muy acaramelados y sonrientes todo el tiempo. Los mellizos me preguntaban cosas de mi país y yo, sin dejar de dar vueltas en mi  cabeza a lo sucedido, les explicaba en un inglés muy sencillo sus dudas, intentando no mirar más de la cuenta el bonito cuerpo prácticamente desnudo de la joven. 


La pequeña Mey se mantenía en un discreto segundo plano; en braguitas, se limitaba a escuchar las conversaciones de los mayores con interés. En un momento dado se sentó sobre mi rodilla, como hacía desde muy niña, no consideré nada de sucio en ello. Sin embargo, la inocencia habitual se hizo trizas cuando su pequeña mano guió a la mía hacia el interior de su lencería infantil. Me puse nervioso, no violento pero sí intranquilo. Las dos primeras veces que ocurrió retiré mi mano de ahí discretamente e intenté seguir con mi exposición sin dar más importancia a lo que estaba pasando, hasta que descubrí una ligera muestra de desaprobación en la cara de Dahrá. A la siguiente intentona me rendí, con las yemas de mis dedos noté su calor, mi voz se quebró y no pude seguir hablando lo que provocó una risa general que extrañamente liberó mi tensión.


Bajo las minúsculas braguitas, mis dedos se dieron un festín de carne infantil. El interior de los muslos de Mey era de una suavidad y tersura imposibles de describir con palabras, sólo el que haya tocado ahí a una niña de su edad sabrá de qué hablo. Noté el calor de una vulva a medio hacer, la mezcla del sudor y jugo íntimo resbalando por mis dedos y el candor de su minúscula rajita, más bien un tímido agujero apenas perceptible al tacto. Rocé el clítoris con suavidad, un botoncito nada más, una leve prominencia resbalando entre mis yemas. Cuando comencé a acariciarla con más vehemencia, ella se tensó, dio un respingo y se abrió de par en par, invitándome a seguir con mis tocamientos íntimos delante de su familia. Era obvio que necesitaba que yo le diese placer y  la presencia de espectadores parecía tenerle sin cuidado.


Excitado a más no poder, sucumbí a los encantos de la niña. Siempre me había considerado una persona íntegra, jamás había sentido una  atracción física por alguien tan joven, no obstante lo acontecido esa noche había calado hondo en mí y mi polla volvía a estar dura como una piedra gracias al recuerdo de los cálidos labios de mi ahijada rodeandolo.


Masturbé a Mey delante de sus allegados sin el menor pudor. Tañí su campanita, rocé su intimidad y penetré ligeramente su vulvita hasta que la niña, con los párpados entornados y rota de placer, se corrió entre mis dedos con una intensidad similar a lo que lo hubiera hecho una adulta. Los orgasmos de Mey siempre han sido excepcionalmente lúbricos y su primera vez no fue una excepción. Embriagado por el morbo, me llevé los dedos a la boca y paladeé su néctar. Era dulce, sutilmente hormonado y muy fluido. Al alzar la vista pude ver el gesto de satisfacción en la cara de Dahrá. Creo que le gustó mi manera de dar placer a su hija, en cierta manera su aprobación reconfortó mi mala conciencia.


Sé que visto desde el punto de vista occidental mi actuación fue inmoral y reprobable, sin embargo en aquel entorno no fue vista más que un acto íntimo entre un “Lok Pou” o padrino y su  “Koun Chenh Chem” o ahijada, dentro de un entorno familiar y privado. Nadie se escandalizó por lo ocurrido, todos siguieron a lo suyo como si nada. Tras recoger los cacharros, cada pareja de joven y adulto se dirigió a sus respectivas habitaciones para dar rienda suelta a sus instintos. El aroma a sexo inundó la casa ese fin de semana. 


Mey yo hicimos lo mismo, de hecho fue la niña la que me guió al lecho agarrándome del cipote. Su predisposición hacia el sexo estaba muy clara. Durante la siesta repasé el cuerpecito de mi ahijada con la lengua tantas veces que me lo aprendí de memoria hasta saciarme con su jugo vaginal. Por su parte ella me ordeñó los huevos con su boca una y otra vez hasta que el dolor de testículos se me hizo tan insoportable como placentero. 


He de decir que, en el fragor de la batalla, la niña se colocó sobre mí e intentó jalarse el cipote por el coño varias veces a lo que yo me negué. La diferencia de tamaños entre sus genitales y los míos era tal que consideré imposible consumar la penetración sin provocarle dolor. Recuerdo su carita de decepción pero no cedí. Por nada en el mundo quería causarle daño de ningún tipo a mi ahijada.


A la mañana siguiente, mientras nos dirigíamos a una reunión en la ciudad y por extraño que parezca, Sok me pidió perdón. En contra de su naturaleza no había sido honesto conmigo y de ahí el enfado de su mujer el día anterior. Por lo visto debía haberme contado las peculiaridades de la relación entre un padrino y su ahijada al proponérmelo. Tanto ella como Mey creyeron que yo estaría al tanto de la situación y de ahí el berrinche de la niña ante mi reacción a sus atenciones. Lo cierto es que no fui capaz de culparle: si la condición para ser Lok Pou era que su hija de nueve años iba a tener sexo conmigo muy probablemente no hubiera aceptado. Hubiera sido el mayor error de mi vida.


Su estrategia poco ortodoxa tuvo éxito. Estaba encantado ante la nueva perspectiva que se abría ante mí. La reunión me importaba un pimiento y si el puente se caía me la traía floja: sólo pensaba en terminar rápido y volver a encerrarme con Mey en la habitación. Una vez probada la droga de su cuerpo fue imposible desengancharme de ella.


Mi rutina diaria se redujo a la mínima expresión a partir de entonces: Mey y obra, obra y Mey. No había para mí nada más, ni nada menos. Encamarse con ella era un disfrute en todos los sentidos, jamás hubiera imaginado que un cuerpo tan pequeño fuese capaz de proporcionar un placer tan grande. Sus mamadas eran cada vez más deliciosas y certeras: me dejaba seco.


Más allá del acto sexual en sí me maravillaba la naturalidad con la que se llevaba a cabo. No había necesidad de escondernos, hacíamos lo que nos pedía el cuerpo en cualquier sitio de la casa, circunstancia que también se repetía con el resto de los habitantes de la misma. Especialmente fogosa y desinhibida era Dahrá, que literalmente asaltaba a su exhausto ahijado en cuanto el miembro viril de este mostraba un mínimo de vigor. Durante esos actos sexuales pude percatarme de las excelencias de su cuerpo, era una mujer realmente hermosa. Sok era mucho más discreto y montaba a su protegida casi siempre en privado, aunque la jovencita tenía una tendencia natural al naturismo que me alegraba la vista con su maravillosa desnudez todo el tiempo.


Cuando los mellizos volvieron a su casa días después, el chaval mostraba unas ojeras considerables y hasta me dio la impresión de que había perdido un kilo que otro aunque, eso sí, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. La chica también se marchó con lo suyo, con la vagina y ano dilatados y llenos de esperma del bueno de Sok y muchísimas ganas de volver.


Por mi parte tenía un montón de preguntas y dudas con respecto a esa maravillosa costumbre, desconocida para mí, aunque seguía teniendo bastante pudor a la hora de formularlas a Sok. Cuando lo hice, me dio a entender que era una costumbre muy ancestral en esa zona concreta del país y que él, pese a ser de la capital, había adoptado con sumo gusto cuando se casó con Dahrá. También me confesó que fue ella la que insistió en ofrecerme el apadrinamiento de Mey. Me vino a decir que era con Dahrá con quien tenía que hablar sobre todas esas cosas que desconocía.


La mujer satisfizo mi curiosidad explicándome las peculiaridades de aquella costumbre local como bien pudo, dada su poca agilidad con nuestro idioma en común. 


  • ¿Cuándo tú meter a Mey?  - Me preguntó cuando dejé de interrogarla sobre el origen de tan curiosa costumbre, después de haberme servido un té.

  • ¿Cómo? - su manera de ir al grano me sorprendió.

  • ¿Cuándo tú meterla? ¿Cuándo follar a Mey? - repitió sin más - ¿Se dice así? Ella no saber por qué tú no querer...


Casi me atraganté con la bebida, no esperaba yo una pregunta semejante de una madre refiriéndose a su propia hija.


  • Yo… yo…

  • ¡Tú ser su Lok Pou! ¡Tú enseñar! Ella ansiosa por aprender- sentenció-.

  • Ella… ella es muy pequeña todavía - me excusé -.

  • ¡Mey no pequeña! - repuso dándome ligeros golpes en el pecho, molesta -¡Yo follar más joven! ¡Todas sus amigas hacerlo con sus Lok Pou ya! ¡Sólo Mey no hacer! ¡Sólo Mey no follar!


Aquella cascada de información no solicitada me turbó. Yo conocía a gran parte de las amigas de mi ahijada, me costaba mucho concebir que aquellos pequeños cuerpos ya habían sido iniciados en el sexo vaginal por hombres adultos. 


  • ¡Ya lo intentamos! - confesé al fin -. No le entra. Mi pene es demasiado grande para ella todavía

  • ¡Tú empujar más! Da igual ser grande, tú meterla en Mey!  Tú iniciar. ¡Tú follar! Ser tu deber. Tú su Lok Pou.


Tras una negociación de lo más surrealista, acordé con la mamá que tomaría la virtud de su hija durante la siguiente visita, unos seis meses más tarde. Recuerdo que me hizo prometerlo por mis antepasados, algo bastante serio allá. Aun así estoy más que convencido que Dahrá jugó sucio ya que, pese a nuestro acuerdo, Mey seguía intentando clavarse mi verga por el coño en cuanto yo bajaba la guardia. Me costó dios y ayuda mantenerme firme, más aún cuando el extremo de mi pene aparecía embadurnado por sus flujos tras las intentonas.


Recuerdo la despedida de aquel viaje especialmente dura. Me había acostumbrado a despertarme a diario con la larga melena de Mey enredada entre mis dedos y sintiendo el calor de sus labios rodeando mi pene dándome placer. Estuvimos veinticuatro horas desnudos, encerrados en nuestra habitación antes de mi partida, y cuando subí al avión comencé a descontar las horas que faltaban para volverla a ver. 



SEGUNDA PARTE:


Antes de convertirme en Lok Pou de la pequeña Mey, durante los meses que permanecía en España entre viaje y viaje, mi trabajo era lo suficientemente absorbente como para mantener la mente ocupada todo el tiempo. Reuniones, llamadas y más reuniones llenaban mi agenda hasta la madrugada dada la diferencia horaria con Camboya. También hablaba con Sok semanalmente, me interesaba conocer de primera mano el desarrollo real de los trabajos, y sobre todo el grado de malestar de la gente de la zona con respecto a la nueva obra. 


El antiguo puente de Koh Pen era uno de los puentes de bambú más

largos del mundo, su tamaño impresionaba tanto a turistas como a locales. Demostraba la increíble resistencia del bambú como material de construcción y la capacidad de organización de los lugareños.

Además de su longitud, tenía como peculiaridad principal que se reconstruía cada año. Durante la temporada seca, la comunidad lo volvía a levantar, y cuando llegaba la crecida del Mekong, era desmontado o se lo llevaba el río. Este ciclo anual lo convertía en un símbolo vivo de adaptación al medio.

El puente representaba una tradición ancestral. El proceso de construcción era manual y comunitario: familias enteras participaban, manteniendo vivas técnicas tradicionales transmitidas por generaciones. Tenía un encanto rústico y único. Recuerdo que al caminar sobre él se sentía cómo el puente crujía y vibraba ligeramente, lo que añadía una sensación muy auténtica y memorable. Era un icono turístico y cultural de Kampong Cham. Muchos visitantes viajaban a la ciudad solo para cruzarlo y ver esta estructura efímera. Yo mismo me maravillaba del resultado. Como experto en la materia, me parecía una muestra de ingeniería sublime y una tradición digna de ser conservada.


Por todo esto, no era de extrañar que los habitantes del lugar focalizaran su ira en el nuevo puente, y más concretamente en los extranjeros que colaborábamos en su construcción. Gente de fuera que viene a quitarte lo tuyo, eso no gusta. Se habían dado casos de hurtos y sabotajes, incluso algún que otro conato de pelea entre lugareños y unos ferrallistas polacos encargados de la cimentación. 


Los ánimos estaban muy caldeados y por desgracia para todos, las cosas se iban a poner peor. 


Sin duda, mi apadrinamiento de Mey supuso un antes y un después en mi vida. Las llamadas semanales con Sok fueron sustituidas por videollamadas diarias durante la madrugada, en las que los avatares de la obra pasaban a un segundo plano y la conversación se centraba en cosas mundanas, más concretamente en su pequeña hija. Tras unas breves palabras con el cabeza de familia, mi sonriente ahijada aparecía en pantalla. En braguitas, me hablaba de sus cosas en un inglés cada vez más fluido; su desparpajo y naturalidad me daban la vida. No dejábamos de reír los tres en ningún momento.


El habitual tono familiar y distendido de las videollamadas con ella cambiaba cuando, en la ausencia del padre, era la cabeza de familia la que acompañaba a la niña. Le faltaba tiempo a Dahrá para quitarle las braguitas a Mey y mostrármela completamente desnuda. No se conformaba con eso: la sentaba sobre sus rodillas, la abría de piernas y separaba sus menudos labios vaginales para que yo pudiera ver el pequeño coñito de mi ahijada con total nitidez. También le estimulaba las tetitas y los pequeños pezones no tardaban en aparecer puntiagudos y excitados en mi pantalla.  


Dirigidas por la madre, las conversaciones durante esos encuentros singulares derivaban pronto hacia la fecha de mi retorno y, sobre todo, hacia temas sexuales; el ambiente se iba caldeando hasta llegar un punto de no retorno. Llegó un día a partir del cual, además de exhibirla, Dahrá comenzó a participar de forma más activa. Se desnudaba frente a mí y masturbaba a la niña hasta que esta se corría en su mano. Después le daba a probar a Mey sus propios jugos llevandole a la boca sus dedos pringados de esencia. Para finalizar, intercambiaban los papeles y era la pequeña Mey la que provocaba el clímax de su explosiva mamá frente a mi atenta mirada.


Por mi parte nunca he sido mucho de tocarme y me daba bastante pudor hacerlo delante de la cámara, sin embargo durante la ducha matinal tenía que aliviarme de tan caliente que me ponían madre e hija con sus juegos. 


Ya en frío tenía mis serias dudas de que el comportamiento de Dahrá fuera apropiado, por lo poco que había aprendido de su cultura entendía que era asunto del Lok Pou guiar a su ahijada en el mundo del placer, no de sus padres. Una vez más no dije nada, me hacía  responsable de su forma de actuar al no ser capaz de cumplir con mi deber como padrino, no quería que mis dudas provocasen tensiones en su familia.


Para mi desgracia, mi retorno a Camboya se demoró más de lo previsto. Mientras la obra del nuevo puente no concluyese, el gobierno del país autorizó la construcción del puente tradicional. Esa medida, aparentemente conciliadora, no hizo más que fomentar el sabotaje del puente definitivo con la consiguiente ralentización de las obras. El ambiente estaba cada vez más enrarecido. La embajada Española me proporcionó un número de emergencia y me desaconsejó viajar a esa región. La cosa estaba tan mal que mi propio socio propuso renunciar al contrato a lo que yo me negué, aduciendo el mucho tiempo invertido y el perjuicio económico que eso nos iba a reportar. Me callé el verdadero motivo: volver a sentir el sabor de la pueril vulva de la pequeña Mey entre mis labios.


Al llegar el periodo de lluvias, la primera gran riada destrozó el puente de bambú. A principios de mayo los ánimos se calmaron. Por fin pude viajar a Camboya con cierta seguridad seis meses más tarde de lo convenido. Sok lo comprendía, Dahrá estaba molesta, mi ahijada se subía por las paredes… y yo también, para qué negarlo. Durante las tórridas videollamadas con madre e hija, mi calentura me hacía ver a Mey mucho más desarrollada, ya no veía tan descabellada la idea de tener sexo con ella.


Creo que fue el viaje más largo de mi vida. La escala en Abu Dabi se me hizo eterna. Normalmente llegaba agotado y con sueño; aquel día bajé del avión de dos en dos los escalones y me lancé hacia la cinta de equipajes, decidido a ser el primero en salir de la terminal.


En cuanto abandoné la zona de desembarque del aeropuerto de Nom Pen, los vi: la familia al completo había venido a recogerme. De inmediato confirmé mi intuición: Mey había crecido bastante. A sus casi diez años se mostraba más estilizada, menos niña, más madura. Seguramente contribuía a esa impresión el vestido amarillo de tirantes, corto y con vuelo, de aire juvenil, muy distinto de sus habituales modelos con motivos infantiles. El color intenso de sus labios y los zapatos algo más formales, con un pequeño tacón en lugar de sus sandalias de siempre, reforzaban la sensación de que ya no parecía la niña que recordaba. Supongo que Dahrá, sabedora de mi cargo de conciencia, quiso darle una apariencia más adulta para facilitarme las cosas.


  • ¡Lok Pou, Lok Pou! - chilló, dando al traste a su disfraz de chica mayor-.


La niña corrió a mi encuentro y se lanzó a mis brazos, tuve que soltar las maletas para no caerme. Impetuosa como siempre, me lanzó una andanada de risas y piquitos en los labios. Enseguida me vi envuelto en esa mezcla de fragancias que su cuerpo desprendía y que a mí tanto me embriagaba: perfume de flores, sudor y sexo. Mi verga se reivindicó de inmediato, ella notó la reacción bajo mi pantalón, la miró de reojo y sonrió complacida. Consciente de mis debilidades evité sostener a Mey por el trasero mientras me besaba. De haberlo hecho, mi erección hubiera sido imposible de disimular delante de todo el mundo.


Cuando logré descolgar a mi ahijada del cuello saludé al matrimonio de la manera tradicional, como la niña me había enseñado: una ligera reverencia uniendo mis manos a la altura del pecho. Sok sonrió en señal de aprobación, dándome un cálido abrazo. Dahrá me lanzó dos besos en las mejillas al estilo occidental; una vez más sucumbí a la tentación de admirar sus fantásticos senos a través de su escote. Mi lealtad hacia Sok se resquebrajaba por momentos al ritmo que se bamboleaban sus pezones oscuros exentos de sostén bajo la ropa.


Como desagravio por mi tardanza, quise invitarles a almorzar a un restaurante caro de la capital. Era lo menos que podía hacer. Sok, torciendo el gesto, mostró su desacuerdo al igual que su esposa:


  • ¡Fiesta bienvenida en casa! Ahijados esperar allí - protestó ella.


El brillo en los ojos de Dahrá y la forma de sonreír de Sok me indicaron bien a las claras el tipo de fiesta se trataba. Yo también tenía ganas de comer de ese menú, no insistí. Fuimos en busca de su vehículo, acomodé mis maletas en el maletero y ocupé el asiento junto con una dicharachera Mey, que no dejaba de parlotear mientras le acariciaba la pierna. El matrimonio lo hizo en la parte delantera e iniciamos la marcha. 


Apenas enfilamos la carretera hacia Kampong Cham, la mamá interrumpió la cháchara de su única hija con una ráfaga de palabras secas y cortantes. El semblante de Mey cambió, clavó sus ojos oscuros en los míos y echó mano a mi paquete. En cuanto quise darme cuenta, su menuda mano ya se había colado a través de la cinturilla de mi pantalón, alcanzando mi polla piel con piel. Acto seguido, se arrodilló sobre el asiento y procedió a manipular la cremallera de mi bragueta con la clara intención de liberar mi miembro viril, como había hecho decenas de veces meses atrás en su casa.


Los encuentros sexuales con Mey siempre habían sucedido hasta ese día al calor de su hogar, nunca en público. Cuando salíamos a pasear me tomaba de la mano. Sin malicia, a veces me incitaba a acariciarla en algún lugar poco apropiado y yo me resistía. Soy una persona prudente por naturaleza, y era totalmente reacio a ir más allá con ella delante de terceras personas, consciente de que mi condición de occidental podía dar lugar a malos entendidos. El turismo sexual con menores en aquella zona estaba especialmente mal visto. Al entrar en el país me bombardeaban con preguntas al respecto y en la aduana me advertían de los peligros que ese tipo de conductas conllevaban.   


Tragué saliva y miré a ambos lados del vehículo, nervioso. El tráfico era muy denso y decenas de ciclomotores circulaban a nuestro lado, la discreción estaba claramente comprometida. Abrí la boca con la intención de objetar algo,  me detuve al descubrir la mirada inquisidora de la mamá.


  • ¡Tú prometer! ¡Tú follar a Mey!

  • Sí, pero…

  • ¡Tú prometer! ¡Tú Lok Pou!


No recuerdo si llegué a decir algo más. La boca de Mey dándome placer oral siempre ha tenido un efecto sedante en mí: cuando empieza a lamer mi verga no puedo pensar en nada más que en disfrutar. 


Aquella vez la mamada fue diferente, la niña no se limitó a chuparme la polla sin descanso hasta conseguir llevarse al estómago una generosa ración de mi simiente. Estaba claro que su objetivo era otro. Cuando logró la dureza máxima en mi verga, dejó de comérmela y se colocó sobre mí con la evidente intención de llenar de polla otro agujero. Al palpar su culo bajo el vestido descubrí que no llevaba ropa interior; no me sorprendió. Tampoco llevaba sostén, en la corta distancia pude distinguir sus pequeños terrones de azúcar sudorosos reivindicándose bajo la fina gasa amarilla. Lucían erectos, Mey estaba muy excitada.


La incómoda postura, el ruido del tráfico y la posibilidad de ser descubiertos no frenaron a la pequeña Mey. En un alarde de flexibilidad, logró llevar la punta de mi polla hasta el inicio de su sexo, y sin el menor atisbo de duda, se dejó caer sobre ella, exhalando un lánguido suspiro al romper su himen. A mí se me cortó la respiración al notar su sensual estremecimiento.


La sensación de su pequeño cuerpo abriéndose para mí por primera vez fue algo glorioso. Su angostura me proporcionó un placer sublime que se vio incrementado cuando comenzó a menearse como una anguila sobre mí. No se jaló mucho rabo, el suficiente como para matarme de gusto a mí y arrancar gemidos de placer a ella. 

 

Mey se destapó como una enérgica amazona, se sació de polla una y otra vez hasta correrse. El chillido que lanzó al hacerlo fue antológico. Después el exceso de tamaño entre genitales le pasó factura, sus empentones fueron perdiendo intensidad de forma periódica. Al notar que desfallecía decidí pasar a la acción: la agarré de la cintura y comencé a marcar el ritmo, atrayéndola hacia mi falo con firmeza, provocando de este modo una penetración tan placentera para mí como dolorosa para ella, sus gritos no dejaban lugar a la duda. Sinceramente, no estoy muy orgulloso de eso: prometí no hacerle daño, y a la primera oportunidad, rompí mi palabra para saciar mi lujuria.


  • ¡Muy bien, muy bien! ¡Tú buen Lok Pou! ¡Tú buen Lok Pou! - me arengaba Dahrá -. ¡Tú follar a Mey!


La mujer, girada sobre su asiento, no se perdía detalle. La expresión de su rostro mientras me follaba intensamente a su hija era pura lujuria; la misma que tenía cuando pajeaba a su niña frente a mí. Sok miraba a través del espejo retrovisor con frecuencia, tanta que estuvimos a punto de tener un accidente un par de veces.


Cuando ya no pude resistir más me vine en el interior de mi ahijada. Fue una corrida copiosa y desmedida, llevaba esperando ese momento mucho tiempo, no era cuestión de guardarme nada. Tal vez hacerlo en el asiento trasero de un coche delante de sus papás no era lo que había imaginado para nuestra primera vez, aun así resultó ser un polvo antológico, ni en mis sueños más húmedos había imaginado algo semejante. Tras el colapso, permanecimos unos segundos inmóviles, adheridos,  conectados por nuestros sexos; sintiéndonos uno mientras nuestros fluidos se entremezclaban.


Tras el coito, Mey se acomodó en mi regazo e invirtió la poca energía que le quedaba en limpiarme el pene con la boca. Si paladear los restos de su propio himen le supuso un trauma, no dijo nada. Con su habitual abnegación se lo tragó todo. Su largo cabello conformaba un manto negro que sorteaba las posibles miradas de otros usuarios de la carretera mientras lo hacía. Agotada, se quedó dormida en esa peculiar postura, con mis dedos acariciando su nuca, la punta de mi pene besando sus labios y mi esperma mezclado con su sangre manchando su cara. Satisfecho y saciado, me embarqué también en un sueño reparador.

*****


Recuerdo aquel viaje como un cúmulo de contrastes. La construcción del nuevo puente se convirtió en una pesadilla. Los conflictos cada vez eran más violentos y los ataques al personal de las contratas constantes. Sok era un maniático de la seguridad y me mantenía a salvo. Llegué a considerar la opción de alojarme en los barracones habilitados para tal efecto dentro del perímetro de la obra; él se negó. Dahrá no iba a consentir que el Lok Pou de Mey no se acostase con ella todas las noches.  


Por el contrario, la vida en casa era un paraíso. El sexo con Mey era fantástico. Abundante, divertido y natural. A fuerza de ir practicando, la niña se convirtió en una amante excepcional. Su predisposición y ganas de aprender compensaban la dificultad intrínseca a su temprana edad y su reducido tamaño. Cada vez mi polla entraba en ella con menor dificultad sin que eso supusiera una mengua en el placer que sentía al follármela. Las penetraciones eran progresivamente más profundas y ya no temía lastimarla si en algún momento perdía los papeles y le daba más duro de lo prudente. Seguía tragando mi esperma sin dificultad, y si lo que prefería era correrme en el interior de su vientre, tampoco había problemas: todavía no había menstruado por primera vez así que el riesgo de embarazo era relativamente pequeño.


Los encuentros sexuales entre nosotros tenían lugar en cada rincón de la vivienda. La presencia de sus papás durante el coito no suponía un problema, aunque la actitud de ambos al respecto era diferente. Sok apenas nos hacía caso. Indiferente, seguía con sus cosas como si nada mientras me tiraba a su niña. Se limitaba a sonreír como mucho si a Mey se le escapaba un gemido de placer al correrse. 


Con Dahrá era otra cosa. Mi anfitriona hacía todo lo posible por presenciar las cópulas entre su hija y yo. No era extraño sorprenderla espiandonos a través de la puerta entreabierta cuando nos bañábamos juntos. Si follábamos en el sofá, se sentaba frente a nosotros, con la mirada fija en el movimiento de nuestros cuerpos desnudos, sin perder detalle. Parapetada tras la mesa, Dahrá se tocaba discretamente. Supongo que creía que, en el fragor de la batalla, su comportamiento lascivo pasaba desapercibido. En realidad era imposible no darse cuenta de lo que hacía: ojos en blanco, cara desencajada y un ligero vaivén la delataban. Desconozco si se motivaba con el grosor de mi polla, con la sutil curvatura del trasero de Mey o con ambas cosas; el hecho cierto es que aquello iba más allá de sus obligaciones como madre. Estaba seguro de que Sok desconocía su comportamiento, jamás lo hacía cuando él estaba en la casa.


Cuando los mellizos nos visitaban y se desataban las hormonas, Sok seguía siendo relativamente discreto. No se cortaba un pelo a la hora de desnudar, besar o tocar a su ahijada; en cambio el coito sí prefería consumarlo en privado: cogía a la adolescente en brazos, la llevaba a su habitación y se daba un festín con su cada vez más desarrollado cuerpo. 


Dahrá actuaba de manera diametralmente opuesta, era una exhibicionista en estado puro; disfrutaba tanto observando como siendo observada. Tremendamente dominante a la hora del sexo, llevaba a aquel chavalín por la calle de la amargura o del placer según se mire. Literalmente lo ordeñaba una y otra vez frente a mí, demostrándome sus habilidades especialmente en el sexo anal. Reconozco que era todo un espectáculo follando por el culo y que la mujer de mi amigo cada vez se me antojaba más y más deseable. Envuelto en aquella atmósfera de sexo y libertinaje constante, cada vez  se me hacía más difícil mantener mi lealtad hacia Sok. Pese a que ella me mandó varias indirectas nada sutiles al respecto, no sucumbí a sus encantos.


  *****


A mediados de junio estalló la bomba: el gobierno camboyano emitió un decreto prohibiendo la reconstrucción del puente de bambú a partir de ese año. Supongo que creyeron que, de este modo, cesaría el boicot a la nueva construcción aun a costa de perjudicar la economía del lugar ya que, a partir de entonces el acceso a la isla de Koh Peh sólo podría hacerse en barco. 


Al anuncio le siguieron unos días convulsos, con multitud de disturbios y cargas policiales. Yo permanecí relativamente a salvo sin salir del poblado, los vecinos eran conocedores de la especial relación que me unía a Mey y siempre me habían tratado de forma correcta. Sin embargo, el acceso al nuevo puente era complicado para los locales e imposible para los extranjeros. Todo no nacional implicado en los trabajos de construcción era un potencial objetivo de la revuelta.


El día en cuestión ya empezó mal. La habitual reunión de trámite de los lunes por la tarde se tornó fundamental, era imprescindible acudir a ella. Del resultado dependía la paralización o no de los trabajos, y por lo tanto, también mi permanencia en Camboya. Sok se tomó fatal la noticia, insistía una y otra vez en que no era prudente que yo me alejara de la casa. Me puse terco, incluso desagradable. Impuse mi rango exigiendo acudir al evento, algo que nunca había hecho antes. Él accedió a regañadientes y puso la condición de que, a modo de avanzadilla. Junto a su sobrino, iría a la zona caliente  en primer lugar para conocer de primera mano el estado de ánimo de los manifestantes. Yo acompañaría a Mey al colegio como hacíamos él y yo los lunes antes de ir a la obra, luego volvería a casa a esperar acontecimientos.


Algo no iba bien, debí notarlo, sin embargo la cháchara con la niña de camino al cole era pura delicia. Cogidos de la mano, imaginábamos formas conocidas en las nubes y observando insectos a cuál más curioso para mí. Debí darme cuenta de que la gente me miraba distinto. Las mamás de las amigas de Mey me evitaban y hablaban en grupo. Noté algo raro pero no le di importancia. 


Tras darle un par de besos castos en las mejillas, dejé a la niña en el cole y volví a la casa. Al entrar, la habitual banda sonora de jadeos y gritos ahogados me recibió, esbocé una sonrisa:


  • Pobre chico, esta Dahrá es insaciable - murmuré-.


De inmediato recordé algo importante: el ahijado de Dahrá estaba con Sok. Si no tenía el don de la ubicuidad era imposible que estuviera follando allí. Deambulé sigilosamente por el pasillo, dejando atrás la habitación matrimonial. Los gemidos provenían de la mía. Estaba desconcertado, no sabía qué iba a encontrarme al abrir la puerta. Lo hice despacio, discretamente; mi intención era únicamente corroborar la infidelidad de mi anfitriona, ya vería después cómo gestionar la información al respecto. 


Cuán grande sería mi sorpresa al descubrir a Dahrá y a su sobrina retozando sobre mi cama. Las dos hembras se acariciaban y besaban intensamente, una vez más era la adulta la que llevaba la voz cantante y la más joven la que se dejaba hacer. Mi ubicación no era la más adecuada para percibir los detalles pero estaba claro que ambas lo estaban pasando muy bien. Las manos acariciaban cuerpos ajenos, recorrían los senos y se detenían en los sexos. La pasión se desató entre ellas, los dedos dieron paso a las lenguas. Se entrelazaron las dos en una obscena comida de boca primero y en un sensual “sesenta y nueve” después, plagado de risas cómplices, convulsiones y espasmos.


Decidí no intervenir y pasar a un segundo plano. Cuando intuí que el final del clímax se aproximaba, cerré la puerta y las dejé terminar a su gusto; una vez más no juzgué lo que en aquella casa sucedía, no era más que un invitado. Ya conocía la vertiente lésbica de Dahrá, la forma de masturbar a Mey durante las videollamadas me había dejado meridianamente clara su afición por las mujeres. Por otra parte, estaba claro que era una amante fantástica; el buen Sok jamás había sido capaz de suscitar en su ahijada una sucesión de chillidos sexuales como los que provocó su esposa en ella ese día.


Reconozco que podría haber sido más discreto, salir al patio trasero o sentarme en la hamaca del porche. Cuando la melliza salió de la habitación, más contenta que unas castañuelas, se encontró conmigo sentado en el salón mirándola descaradamente. La sonrisa de su cara se borró de un plumazo, y por primera vez se avergonzó de su desnudez delante de mí. Se vistió de forma apresurada y salió de la casa con las mejillas encendidas sin despedirse. Poco después, Dahrá apareció envuelta en una toalla breve. Afrontó mi presencia con un talante distinto; aquella seriedad, lejos de restarle encanto, la volvía más atractiva que con su habitual sonrisa condescendiente. Nuestros ojos se encontraron, cargados de cuentas pendientes


  • ¿Tú decir Sok? - preguntó sin rodeos. 


Demoré la respuesta. La traición jamás había sido una opción para mí hasta entonces. Sé que eso no se le hace a nadie y menos a un amigo. A pesar de ello me dejé llevar por mi parte irracional, esa que palpitaba en mi entrepierna. 


  • No. 

  • Bien - repuso dejando caer la toalla.


Me recreé la vista con su espectacular cuerpo, no había necesidad de disimular mis intenciones, que claramente eran las suyas también. Entró de nuevo en mi cuarto y yo la seguí. Sin tan siquiera mirarme, gateó sobre la cama, arqueó su cadera y me ofreció una impresionante panorámica de su trasero. Me acerqué a ella y le lancé una palmada en el culo; ella aguantó el envite sin rechistar, igual que las otras tres o cuatro veces que repetí la maniobra después. Tenía un trasero tremendo, incluso más duro de lo que imaginaba. Saqué mi herramienta con parsimonia; sin ser yo muy fan del sexo lésbico, reconozco que el encuentro sexual entre las dos chicas me había calentado. Seguro de que mis acto quedaría impune, obvié la humedad de su vulva y presioné su puerta trasera con mi estoque.  Ella se alarmó, una vez más quiso dirigir el polvo como hacía con el resto de su familia:


  • Poder hacerlo por delante…

  • Ya - Declaré, sin ni siquiera plantearme dicha opción.

  • Ser muy grande para entrar por ahí…


No pude evitar esbozar una maliciosa sonrisa. Podría haber perdido el tiempo, recordarle que no pensaba lo mismo cuando insistía para que se la metiese a su hija. No lo hice, mi prioridad era otra: redondita, apretada y tremendamente excitante 


Al ver que mi determinación era fuerte, dejó de negociar y se relajó. A partir de ahí todo resultó más sencillo. Exhaló un hondo suspiro cuando la sodomicé. Podría haber sido mucho más cruel con ella y hacerlo de golpe. Aun así no fui precisamente delicado, tiré de su cabello con firmeza para obligarla a acercarse a mí poco a poco, haciéndola asimilar de este modo mi verga centímetro a centímetro. Cuando se consumó el acople, me moví con más soltura. Dahrá ronroneaba dulcemente a cada arremetida. Mi polla alcanzó la dureza requerida y le dí fuerte, muy fuerte hasta que con mi ímpetu acabamos los dos sobre la cama, conmigo dándolo todo contra su culo. Ella chillaba y sus lamentos, lejos de apaciguar al animal que llevaba dentro, me incitaban a seguir enculándola salvajemente. Tal vez fue algún tipo de venganza de mi subconsciente por ser tan promiscua, no lo sé; lo cierto es que no sé el motivo por el que actué así. Puede ser que evocara, sin saberlo, las veces que se había burlado de mí por no ser capaz de meterle la polla a Mey por el coño meses atrás. 


Fui todo lo salvaje que fue posible, al contrario que cuando lo hacía con Mey. Estaba encoñado con la niña pero, al follármela, no podía quitarme de la cabeza que el tamaño de mi polla podía lastimarla. Con su mamá no tenía ese sentimiento, más bien el contrario. Cegado por la lujuria quería que sufriera e hice todo lo posible para que la enculada le resultara de lo más dolorosa. Reventé el trasero de Dahrá con todas las ganas del mundo y me corrí en su intestino como si la vida me fuese en ello. Cuando terminé con ella, quedó desparramada sobre la cama llorando, hecha un trapo. Su esfínter anal permanecía abierto, parecía un pequeño cráter se formaba en su culo, heces, sangre y esperma brotando de él en forma de lava. 


Avergonzado y satisfecho a partes iguales, me vestí lentamente y esperé la llegada de Sok y su sobrino sentado en el porche. Las manos me temblaban cuando llamé a mi amigo, respiré varias veces para contener los nervios y no delatar lo sucedido. No contestó, ni esa ni las veinte o treinta veces que le llamé en las siguientes dos horas. Algo pasaba, estaba claro. La calle estaba extrañamente desierta. A esa hora debería ser un tumulto de gente yendo al mercado, tráfico pesado y bicicletas. 

Dahrá, ya repuesta, salió a mi encuentro. También estaba preocupada.


  • Sok no llegar.

  • No.

  • Tampoco contestar. 

  • Tampoco. 


En la obra no sabían nada ni de él ni de su sobrino. Por lo que había podido averiguar con el personal de seguridad ni siquiera habían llegado a allí. No sabía qué hacer pero tampoco quería preocuparla más de lo que ya estaba. Sólo quedaba esperar.


  • Yo ir a buscar Mey. 

  • No, iré yo.  


Ella me miró fijamente, por primera vez desde que la conocía, pude ver el miedo reflejado en sus ojos. 


  • Tener cuidado.

  • Tranquila. No pasa nada. Seguro que vuelven pronto.


Dahrá desvió la mirada. También intuía que algo malo había pasado.


Fui a buscar a Mey al colegio y, aunque solo unas manzanas nos separaban de casa, el aire se sentía denso. Sok seguía sin contestar y eso no ayudaba. Al empezar el regreso, las madres dejaron de murmurar y comenzaron a observarme con una intensidad extraña. Luego se acercaron, primero despacio, después con más decisión, y sus voces subieron hasta volverse gritos que asustaron a la niña. Intenté avanzar, pero los empujones me frenaban y cada paso parecía más torpe, más urgente. Los últimos metros fueron dramáticos, así que alcé a Mey y corrí como pude hasta la puerta. Nos encerré adentro, con la esperanza de que, del otro lado, la furia empezara por fin a apagarse.


Poco a poco el número de mujeres rodeando la casa fue en aumento. Dahrá mostró su coraje, quería salir a pelear con ellas. Se lo impedí, eran muchas y parecían muy molestas. Sok no cogía el teléfono. Mey estaba aterrada, no se separaba de mí ni un instante. La cosa se puso muy fea.


Estaba comprobando la puerta principal cuando una piedra atravesó la ventana del salón haciendo añicos el cristal. De repente una lluvia de piedras estalló contra el resto de la casa. Mey chillo aterrada con una agudeza descomunal en medio del ruido ensordecedor de la madera al crujir.


Muy alterados, intentamos huir por el patio trasero. También había gente allí vandalizándolo todo así que desechamos la idea. Nos refugiamos en el ático, atrancamos la puerta desde dentro. Por fortuna, al ser una zona de fuertes lluvias, esa parte de la casa estaba habilitada en forma de búnker, con provisiones y enseres suficientes como para poder resistir unos días si el río se desbordaba.


Recordé el número de emergencias que me dieron en la embajada y llamé. Por fortuna, atendieron mi llamada enseguida. La siguiente media hora fue la más angustiosa de mi vida, la situación se complicaba por momentos. Escuchábamos ruidos de gente bajo nuestros pies, rompiéndolo todo y gritando. Fue angustioso, temí por la vida de los tres. 


El ruido de las sirenas creció hasta volverse insoportable. Luego vinieron los disparos; quise creer que eran solo disuasorios, aunque sonaban demasiado serios para eso. Salimos entre empujones, rodeados por soldados y gritos. Alcancé a ver la que había sido mi casa ardiendo, derrumbándose. Lloramos los tres. Mey fue la más afectada: permanecía pegada a mí, temblando, como temiendo que el resto de su mundo pudiera saltar en pedazos en cualquier momento, igual que su casa.


Nos llevaron directamente a la embajada de España en Non Pen, la capital. Afortunadamente se hicieron cargo de madre e hija también, pese a no ser españolas. Dahrá quería volver por su marido, pero por suerte entró en razón: era imposible acercarse allí. Las represalias de los defensores del puente tradicional se habían extendido a todos los colaboradores de la nueva construcción. Probablemente nunca podrían volver a lo que fue su hogar.

No nos quedó más remedio que esperar y rezar. En la madrugada llegó la noticia funesta: Sok había muerto de un disparo en la nuca. El coche con el logotipo de mi empresa lo delataba. Su sobrino escapó gracias al gesto heroico de su tío, que se plantó ante la multitud para darle tiempo de huir. Dahrá estaba desolada: la vida le había arrebatado casi todo, solo le quedaba su hija. Me tomé todo aquello de forma personal y asumí mi papel de Lok Pou: me ocuparía de la niña, y por añadidura, de ella.

Moví todos los hilos posibles hasta trasladarlas a España. El gobierno camboyano no puso objeciones; con las instituciones españolas fue otra historia. Traerlas no era el problema; lograr que pudieran quedarse de forma permanente sí.

Decidí tirar por la calle de enmedio, y como casarme con Mey era inviable, propuse matrimonio a Dahrá y ella aceptó. La ceremonia fue sencilla por expreso deseo de mi futura esposa, técnicamente seguía de luto al no haber pasado los cien días desde la muerte del malogrado Sok. Tanto ella como Mey estaban preciosas con el traje tradicional en tonos pastel de su país. Reconozco que, poco a poco, iba naciendo en mí un sentimiento de afecto que iba más allá del puro deseo carnal.



Si bien de puertas afuera Dahrá se había convertido en mi esposa, era Mey la que ocupaba mi cama noche tras noche. Reconozco que el devenir de los acontecimientos me afectó. Ya no me entusiasmaba tanto a la hora de follar con Mey, me sorprendí a mí mismo una noche pensando en Dahrá mientras mi ahijada cabalgaba desaforadamente sobre mí. La niña era joven pero no tonta, obviamente intuyó que algo sucedía. Supongo que notó la forma  especial de mirarnos su madre y yo: en silencio, nos comíamos con los ojos.


Paradojas de la vida: Dahrá y yo guardamos el respeto que debíamos a su marido muerto, a diferencia de lo que ocurrió el día en que él murió. Ella no se insinuó ni mostró el menor deseo, ni por mí ni por su propia hija. Yo también procuré honrar la memoria de mi amigo, aunque mis sentimientos hacia ella se afianzaban cada vez más y me resultaba difícil disimularlos.


A los cien días de la muerte de Sok, celebramos los tres un pequeño ritual en su memoria. Lo hicimos en casa, de forma íntima y muy sentida. Preparamos un pequeño altar e hicimos ofrendas de flores y frutos al estilo budista. Mey hizo de traductora de su mamá y me explicó que, cuando terminase el día, el espíritu de su papá finalizaría el ciclo de transición entre vivos y muertos.


Nos acostamos temprano y en cierta forma me sentí aliviado al percibir que Mey no estaba muy por la labor de tener sexo conmigo esa noche. Tampoco me apetecía, no creí que fuese el día más apropiado para ello. A la medianoche, noté cómo su cuerpecito desnudo abandonaba la cama. Como tardaba más de lo normal en volver, decidí ir en su búsqueda, justo en el momento en el que la puerta de la habitación se abrió. En la penumbra pude distinguir a la pequeña Mey y, tras ella, la silueta desnuda de su mamá dejándose llevar de la mano. 


Sin mediar palabra madre e hija entraron en mi cama, colocándose una a cada lado de mí. Alumbrados solamente por la luz de la calle, fue la niña la primera en darme placer oral mientras Dahrá, expectante, permanecía en un segundo plano. La boca de Mey volvió a hacer magia en mi entrepierna una vez más, con mayor dulzura y pasión si cabe que en ocasiones anteriores. Ya había compartido cama con ella las suficientes veces como para saber que, tras provocar mi erección procedería a cabalgarme con su habitual desparpajo. Cuál fue mi sorpresa cuando, en lugar de montarme alegremente, guió a su mamá hasta que esta ocupó ese puesto privilegiado. 


Dahrá me hizo el amor tiernamente, en silencio, como lo haría una primeriza en su noche de bodas; creí escuchar su llanto mientras movía lentamente las  caderas, no dije nada. De hecho, noté cómo se limpiaba las lágrimas con las manos antes de respirar profundamente, dar un fuerte soplido y aumentar poco a poco el ritmo del coito. Estuvo meciéndose sobre mí, gustandose, sintiéndome muy dentro, con movimientos armónicos durante uno o dos minutos, no sé, tal vez más. Después me descabalgó y cedió su puesto a Mey, que retomó el trabajo que su mamá había dejado a medio hacer. La niña, en contra de su costumbre, me lo hizo suave, imitando el dulce vaivén de su mamá. Creo que la variante le gustó, de hecho se descompuso acoplada a mí más deprisa  que cuando lo hacía violentamente. Noté el hilito de flujo mojando mi bajo vientre y el efecto ventosa de su coñito cuando se desacopló de mí. Luego Dahrá tomó el relevo.


Madre e hija en plena conjunción se turnaron a la hora de darme placer. Fue un polvo cargado de sentimiento y erotismo, incluso sentimiento. Sinceramente no recuerdo si estallé en el vientre de una o de la otra. En realidad es algo irrelevante, lo importante es que, a partir de entonces, los tres hemos compartido cama noche tras noche y siento por ambas es imposible de distinguir. 


Fin. 


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