"MI AMADA LUCY Y SU PERRO" por Kamataruk



Zaira se mordisqueaba ligeramente el labio inferior viendo la manita de su amiga Lucy recorriendo el majestuoso pene de su peluda mascota. La movía con la suficiente delicadeza como para no lastimar al macho, pero con la soltura propia de una experta. Se notaba a la legua de que no era la primera vez que masturbaba a su perro Sultán.


– Venga… prueba tú… Le dijo su amiga en tono autoritario.

Zaira dudó pero lentamente alargó su propia mano en dirección al miembro viril del can. Le había costado bastante tiempo conseguir que su amiga Lucy le eligiese a ella como compañera de tareas y no quería hacer nada que pudiese contrariarla. La pequeña niña de piel blanquecina, ojos carnosos y vivaracha mirada no acostumbraba a que nadie le llevase la contraria. Zaira, en cambio, era una preadolescente llena de complejos.

El tacto del pene era muy suave, mucho más de lo que se había imaginado. Le llamaba poderosamente la atención el bulto de su base, su color rojizo inyectado en sangre pero más todavía el fulgor de la mirada de su amiga cuando lo miraba. Parecía desear hacer algo más con él pero no se atrevía. El cipote era tan grande que permitía que las dos compartiesen trabajos manuales sin problemas entre risas y cuchicheos, para mayor gloria del perro que movía la cola muy contento.

Zaira lanzaba de vez en cuando furtivas miradas por debajo de la minifalda de su amiga. Pensó que valía la pena hacer cualquier sacrificio sólo por contemplar el calzoncito rosado incrustado en la rajita al final de las lánguidas piernas de su amiga y a su bello rostro tremendamente feliz.

De improviso, la anfitriona soltó la bomba:

– Si se la chupas a él… te lo hago lo mismo a ti…

Zaira tragó saliva, creyó que sus oídos le habían jugado una mala pasada.

– ¿Qué…?

– Venga. No te hagas la tonta. Has venido aquí a eso… a que te coma tu rajita igual que a las otras… ¿no?

La morena se ruborizó al verse descubierta. Era un secreto a voces entre todas las compañeras de su clase que Lucy, la pequeña e inocente Lucy, era todo un prodigio con la lengua y que en su casa, a la hora del estudio, se hacía de todo menos abrir los libros. Aun así Zaira se resistió, tremendamente avergonzada:



– No… no puedo hacer eso…

– Vaya… ¿vas a ser la única que no lo haga?

– ¿Qué?

– Todas las demás lo han hecho.

– ¿Se la han chupado… a tu perro?

– Todas… – mintió la chiquilla de piel clarita, relamiéndose lentamente –… las que quieren tener sexo conmigo.



Lucy sabía que la atracción que Zaira sentía por su persona iba bastante más allá del deseo puramente carnal. Para ella todo aquello era algo más que un simple juego inocente, pretendía llevar al límite la situación, poner a prueba la devoción que la otra chica sentía por ella sin ser muy consciente de que podía herir sus sentimientos. Era muy joven y quería experimentar cosas excitantes demasiado pronto.

No era cierto, ni mucho menos, que sus anteriores visitas se hubiesen llevado a los labios el señorial pene de Sultán. De hecho, sólo su actual compañera de juegos y un par más de las más decididas de sus amigas habían llegado a siquiera a rozar el miembro viril del cánido. Cuando Lucy vio cómo Zaira se colocaba junto al perro y poco a poco su cara se iba acercando al falo que ella estaba masturbando estuvo a punto de detenerla pero su curiosidad y calentura acallaron la tenue voz de su conciencia. Le costaba creer que aquella niña fuese capaz de hacer aquello por ella pese a que los labios de la morena se acercaban peligrosamente al mástil de su mascota. Se sentía tan halagada por la devoción incondicional de su amiga y todavía más excitada por la situación tan excepcional que estaba a punto de acontecer.

Zaira se limitó a dar un ligero besito en el pene del chucho y luego se retiró enseguida, llevándose las manos a la cara, tremendamente ruborizada. Aquello era mucho más de lo que Lucy hubiese imaginado pero, en lugar de conformarse con ello, desde un rinconcito oscuro de su alma surgió aquella orden directa que cambió su vida y la de su mejor amiga para siempre:

– ¿Solo eso? Eso no ha sido nada. ¡Hazlo ya!

Zaira temblaba como una hoja a punto de caer. Miraba alternativamente al pene del chucho y a la cara de su amiga. Era hermosa y tal y como la observaba en ese momento, alterada y expectante todavía más. Un mechoncito de su cabello le caía graciosamente sobre su cara y sus labios, esos por los que Zaira tanto suspiraba, permanecían entreabiertos y ansiosos por ser devorados. Parecía una muñeca de porcelana.



Ver tanta belleza en una sola persona fue lo único que necesitó la morena para cerrar los ojos, respirar profundamente e ir introduciéndose lentamente el pedazo de carne de Sultán entre los labios.

– ¡Mi madre! – Exclamó Lucy totalmente anonadada al ver el efecto de su poder sobre la otra chiquilla.

El sabor no era agradable para Zaira, pero satisfacer los deseos de su amada lo compensaba todo. En cuanto una considerable porción del falo animal entró en su cuerpo intentó emular los movimientos que había contemplado en las películas que veía clandestinamente en la oscuridad de su cuarto, succionando el cipote cada vez un poquito más profundo. Su ritmo era pausado y constante, intentaba hacerlo con calma para no asustar al animal ni atragantarse. La chica pensó que no lo debía estar haciendo nada mal ya que el chucho se dejaba hacer y gimoteaba con evidentes signos de placer. Ufana y satisfecha por estar complaciendo al amor de su vida, abrió los ojos sin abandonar sus movimientos rítmicos de su boca. Esperaba encontrarse frente a frente con las pupilas más lindas de este mundo pero en su lugar apareció el frío objetivo de su teléfono celular. Tal imprevisto suceso le hizo hacer un movimiento en falso con el consiguiente gruñido de desaprobación de Sultán

– ¿Qué haces? ¡Sigueee!

– Pe… pero…

– ¡Lo estás haciendo genial! ¡Sigue Zaira, sigue…!

Le apremiósu amiga dando saltitos de rodillas.

–¡Haz que se venga en tu boca… mi amor!

Aquellas últimas palabras, en especial las dos últimas, le dieron fuerzas a la chiquilla para continuar con su desagradable tarea. Se olvidó por completo del severo contratiempo que le suponía el sentirse filmada y volvió a meterse el miembro viril del macho muy adentro mientras Lucy lo inmortalizaba todo. Incluso, en una de sus arremetidas, inició un jugueteo entre la punta de su lengua y la de la verga para luego lamer aquellas enormes bolas, dejándolas impolutas y brillantes de babas.

– ¿Qué… qué tal lo hago?

– ¡Genial! Eres la mejor, Zaira. Ahora…dale duro… haz que se corra en tus labios.

– No… eso no.

Lucy se encogió de hombros diciendo muy mimosa:

– Como quieras, pero me encantaría saber cómo sabe su semen en tus labios.

Instantes después la cabeza de Zaira se movía frenética en la entrepierna del chucho. Este estaba cada vez más nervioso pero eso a ella le dio lo mismo, por nada del mundo iba a perder la oportunidad de entablar una guerra de lenguas con su amiga preferida.



La niña apretó los puños con fuerza cuando sintió la tremenda andanada estallando contra su paladar. Su fuerza de voluntad fue más fuerte que su asco y, sellando sus labios al falo del perro, dio cobijo en su interior a la enorme cantidad de esperma que las contundentes pelotas de Sultán fueron capaces de expulsar. Se le hincharon los mofletes como si fuesen dos globos de agua pero desde la comisura de sus labios apenas brotaron un par de gotitas grumosas y blanquecinas que resbalaron caprichosamente por su barbilla, cayendo de manera desordenada al suelo.

A Lucy le temblaban las manos, intentando que no la toma fuese lo más nítida posible. Estaba realmente extasiada ante tal demostración de sumisión y amor incondicional de su amiga.

– A… abre la boca…

Zaira obedeció y al abrir los labios dejó ver un pequeño laguito de espuma blanca del que apenas emergía un pedacito de lengua y sus piezas dentales impolutas. Lucy se recreó un buen rato enfocándola pero cuando la otra comenzó a hacer gárgaras con el esperma fue demasiado para ella, dejó a un lado la cámara descuidadamente y se abalanzó sobre su amiga. Le metió la lengua todo lo profundo que su cuerpo menudo fue capaz. Jugueteó con su lengua sin importarle en absoluto la presencia del esperma del perro. Al contrario, tal viscoso elemento sirvió para sellar entre ellas un pacto indisoluble, un amor infinito y eterno.

Mientras se comían la boca, poco a poco la malgama de semen, saliva y sentimientos profundos fue trasladándose al estómago de ambas niñas. La parte que no tragaron se desparramó por sus caras, manchando posteriormente las prendas que portaban. No les importó en absoluto. Tampoco sus manos permanecían quietas, ni mucho menos. Mientras se besaban de forma febril se tocaban mutuamente partes prohibidas de sus cuerpos. Zaira era mucho más comedida pero Lucy estaba en pleno estado de ebullición. Introducía ambas manos por la parte trasera del pantaloncito corto de la morena, agarrándole los glúteos directamente, por debajo de las braguitas, estrujándole los cachetes como si hubiese mañana.

Zaira se vio superada por el ímpetu de su amiguita y se dejó hacer. En menos que canta un gallo sus incipientes senos fueron liberados de la tenue prenda que los ocultaba y mordisqueados, sobados y chupados por su amada casi rozando la violencia. Estaba realmente eufórica por lo que estaba pasando, sus sueños más húmedos no eran nada comparado con aquello.

– ¡No… no puedo! – Protestó Lucy intentando desabrocharle el pantaloncito corto a la otra de manera atropellada.

– ¡Es… espera! – Contestó Zaira ayudándole en la lucha.

El botoncito cedió y la pequeña Lucy tiró de la prenda hacia los pies, llevándose a la vez las braguitas empapadas de jugos de su amante.

Zaira se vio como en sus fantasías: completamente desnuda, tumbada en el suelo, abierta de piernas y con Lucy entre ellas.

– Eres… eres muy hermosa. – Le dijo su amiga mientras le acariciaba.

Instantes después la ropa de la más menuda volaba por toda la habitación igualando su situación. Cuando ambas estuvieron desnudas cruzaron una mirada cómplice y una sonrisa. No hizo falta pronunciar palabra alguna. Las dos sabían cuál sería el siguiente paso. Con la agilidad propia de su edad Lucy se colocó sobre su amiga de forma que los sexos de ambas se encontraron con sus respectivos rostros. La pequeña de piel blanquecina, más decidida y alterada, fue la que desató la tormenta pero Zaira no se quedó atrás y de manera ansiosa atacó la entrepierna ajena con una furia desmedida. Eran muchas las noches las que había pasado tocándose imaginando ese momento, el instante en el que sabor de la vulva de su amada penetrase en su boca para no volver a desaparecer jamás.

La joven de bonitas curvas lo intentó pero no le llegaba ni a la suela de los zapatos a la flaquita Lucy. Lo que le estaba haciendo aquella diminuta lengua juguetona en la entrepierna no tenía nombre.

Pronto Zaira abandonó su tarea, entregándose en exclusiva al placer que aquel diablillo menudo le regalaba. Era de una intensidad tal que ni apenas sintió más que un leve cosquilleo cuando dos de los dedos de su amiga exploraron su orto. La bella Lucy, la más delicada de las ninfas literalmente le estaba devorando el coño… y Zaira estaba en el cielo… dejándoselo comer. Cuando no era su clítoris el atacado con dureza lo eran sus labios vaginales o, en su defecto, su rajita delantera era violentada por el certero estoque de la pequeña. Esta no conocía de treguas, sin dejar de retorcer los dedos en el interior del intestino de su amiga, trasladaba hasta su estómago cada mínima porción de jugos procedentes del interior de la vulva acosada.



Tan extasiada se encontraba Zaira que perdió el control de su esfínter y orinó a su amada en la cara. Un contundente chorro de pipí se estampó en su rostro infantil de Lucy pero ni aun así ella dejó de trabajarse el sexo de su compañera de juegos. Sólo cuando comprobó que aquella pequeña fuente amarillenta había dejado de manar fue cuando, retorciéndose ligeramente giró la cabeza, mostrándole a la morena su obra de arte: rostro empapado, cabelló mojado y ojos sedientos de nuevas sensaciones.

Zaira no hubiese podido asegurarlo pero se habría dejado cortar la mano apostando porque la niñita de sus sueños alojaba en su boca una considerable porción de orín y que se lo tragó sin vacilar instantes antes de decirle:

– Pero… ¿qué has hecho? ¿Estás… estás loca?

– Pe… perdón. – Fue lo único que se le ocurrió decir a la otra.

– ¡Qué dices! ¡Es genial!

La mayor de las chicas creyó que se moría cuando la anfitriona volvía a atacarle de nuevo el sexo todavía con mayor intensidad. Todavía tuvo arrestos como para regalarle a su compañera un par de sorbos de su esencia íntima.

La batalla duró tanto como a Lucy se le antojó, si de algo sabía la niña era de satisfacer a otras hembras. Enseguida Zaira se convirtió en un volcán en erupción y su vagina un cráter de enorme actividad. La pequeña utilizó su manguera para aplacar tan ardientefuego tragándose hasta la última gota de la eyaculación de la otra.

Momentos después, las preadolescentes intentaban recobrar el resuello, tumbadas una junto a la otra sobre el suelo. Sultán no dejaba de moverse de un lado para otro. El gran danés había disparado su arma pero en el interior de sus pelotas todavía se encontraba munición para dar y regalar. En su ir y venir encontró el sexo de su ama y, ni corto ni perezoso comenzó a lamérselo con avidez. La niña contribuyó a su tarea abriéndose en canal y acariciándole la cabeza con verdadero afecto. Zaira se percató de que aquellas prácticas no les eran extrañas a ninguno de los dos: perro y ama se compenetraban mágicamente.

– Ha sido… ha sido increíble. – Dijo Lucy en cuanto el ritmo sanguíneo se lo permitió,realizando ligerísimos meneos pélvicos contra el hocico de Sultán.

– Sí. – corroboró la otra sin dejar de mirar a tan singular parejade amantes.

Saltaba a la vista que el chucho quería algo más, así que enseguida se encaramó la niña con evidente intención de querer penetrarla. Lucy se lo impidió, tapando su vulva con una de sus manos.

– Quiere montarme… – dijo la chiquilla más menuda bastante apesadumbrada -, y yo quiero que lo haga… pero me da miedo. Su verga… su verga es muy grande para mí…

A Zaira se le ocurrió de repente una idea disparatada, sólo justificable por el intenso amor que sentía por la otra jovencita y, sin reflexionar en las posibles consecuencias que sus palabras podían acarrearle dijo sin pensar:

– ¿Quieres que lo haga yo? ¿Quieres que… ya sabes… lo haga con él?

Tras unos momentos de indecisión la otra chiquilla devolvió la pregunta:

– ¿Harías eso por mí?

A Zaira se le iluminó la mirada. Por el afecto de aquella chica era capaz de hacer cualquier cosa. Se hubiese abierto de piernas a un regimiento completo sólo por agradar a Lucy.



– Yo… yo por ti… por ti hago lo que sea.

– ¡Oh! ¡Eres un amor! – replicó la otra regalándole de nuevo una andanada de besitos en los labios.

La joven de oscuro cabello estaba en una nube, recibiendo con sumo gusto tan evidente muestra de afecto. Pero pronto se quedó con la boca abierta, con ganas de más; a Lucy le apetecía hacer otra cosa.

– Túmbate ahí, boca abajo…

– ¿En tu cojín?

– Sí. Es muy grande y tiene la altura justa para que Sultán pueda montarte. Saca el culito todo lo que puedas y él se ocupará del resto.

A Zaira se le pasó por la cabeza preguntarle a su amiguita cómo sabía tanto en lo referente al sexo con perros pero no quiso hacerlo. Por nada del mundo quería contrariar a su amada. Ya estaba a punto de terminar de colocarse sobre el mullido blanco cuando se dio cuenta de que Lucy de nuevo sostenía su teléfono en la mano.

– ¿Vas… vas a grabarlo?

– Si, ¿por?

– No, por nada, por nada. – Contestó la morenita ligeramente entrada en carnes, con una mueca de malestar que pasó completamente inadvertida a la improvisada operaria de cámara.

Se limitó a respirar profundamente y a arquear su cadera, incitando al perro para que la montase:

– ¡Ven, Sultán! ¡Ven, bonito!

El can estaba nervioso, se le notaba tremendamente alterado pero Zaira no quería echarse para atrás. Iba a entregar la integridad de su himen a la mascota de su amiga como muestra de total sumisión hacia ella. Sultán se colocó sobre la niña pero sus primeros intentos de monta resultaron infructuosos.

– ¡Agárrale la polla y dirígela hacia tu coño! – Ordenó de forma tajante Lucy.

– S… sí…

Pero por mucho que lo intentó le fue imposible a la buena de Zaira completar la tarea. El perro era un manojo de nervios, que se retorcía como una anguila sobre ella.

– ¡No… no puedo!

– ¡No eres muy ágil que digamos!

El comentario insolente hirió su orgullo y haciendo un último esfuerzo agarró tal majestuosa verga por la bola de su base y abriéndose lo más que pudo de piernas comenzó a introducírsela en su rajita inmaculada ella misma. Sintió cómo sus carnes se abrían con dificultad al intruso. Le hubiese gustado implorarle a su amante que fuese delicado dada su condición de virgen… pero este hizo justamente lo contrario. En cuanto Sultán sintió la humedad de la niña en la punta de su cipote se lanzó sobre ella como el animal que era.

Se la ensartó hasta el fondo, íntegramente, sin miramiento alguno. Zaira sintió que se le iba la vida y lanzó un alarido al aire al que siguieron muchos, tantos como empujones le dio aquel perro a su vulva. Su himen estalló en mil pedazos, desgarrándole la entraña y la sangre comenzó a manar de su vulva como si se tratara de una fuente de vino. El encuentro entre un enorme perrazo negro, de casi cuarenta kilos de peso contra una chiquilla fue devastador para ella. Apenas se le veía el cuerpo bajo aquella mole musculosa que movía la cadera a ritmo frenético con la lengua afuera. La niña gritaba y gritaba pero su amiga, en lugar de auxiliarla, acercó el objetivo a su cara para realizar un primer plano de su sufrimiento. Era tal la cantidad de sangre que era expulsada de su vientre que cojín sobre el que se apoyaba Zaira fue poco a poco perdiendo su tonalidad blanquecina para tornarse roja oscura. Formaba una pequeña cascada, un hilito constante de sangre que no dejaba de manar de su sexo mientras el cánido la cabalgaba como un loco, completamente ajeno al destrozo que su lujuria estaba produciendo en su montura.





Lucy se acercó tanto para no perderse detalle del minúsculo torrente que incluso se vio salpicada de fluido bermellón en la cara. Hasta un par de gotitas empañaron el objetivo lo que dieron un mayor realismo a la toma. Además, si no fuera suficiente con eso, los gemidos del perro, el chapoteo de su verga buceando en sangre y los desesperados aullidos de Zaira le confirieron a la película una banda sonora de lo más escandalosa y explícita.

A Zaira le daba la sensación de que la verga de Sultán estaba rebozada en cristales. El desgarro en las paredes de su vagina fue tan desmedido y brutal que ni siguiera gritando con todas sus fuerzas lograba mitigarlo ni siquiera parcialmente. Casi tanto como eso también le atormentaba el excesivo tamaño del falo canino, que golpeaba violentamente la entrada de su útero de tan profundo que se lo clavaba. Llegó un momento en el que la resistencia de la niña tocó techo.

Mientras a Zaira todo se le hacía borroso debido al intenso dolor en su vientre escuchó de boca de su amada la siguiente orden, justo antes de desmayarse:

– ¡Eso es! ¡Dale duro a esa perrita! ¡Reviéntaselo todo…!

Cuando la joven volvió en sí, unos pocos momentos después, su situación no había cambiado mucho. El perro seguía dándole duro en el interior de su vulva sangrante y Lucy hacía sus pinitos como improvisada directora de cine enfocándole tanto a ella como al semental que la montaba a la cara y al sexo. Sobre todo se había centrado en la actividad del órgano sexual del macho entrando y saliendo de su amiga y en la cada vez más impactante mancha de sangre en su cojín. Lo que sí que habían cambiado diametralmente para Zaira eran sus sensaciones. Ni la pérdida de sangre ni el dolor habían desaparecido por completo pero había mutado a algo distinto, algo que comenzaba a gustarle… y mucho. La elasticidad de su vagina adolescente, combinada con sus jugos naturales y la lubricación previa por parte de la lengua de la chiquilla que le tenía robado el corazón habían obrado semejante milagro. Poco a poco sus chillidos ya no eran de dolor sino guturales sonidos roncos de bienestar, poco más que ronroneos al principio, gemidos después y finalmente tremendos aullidos de placer que se vieron incrementados ante la espectacular corrida del perro.

– ¡Oh! – exclamó la más pequeña al ver los intensos espasmos de su perro descargando su reserva de esperma en el interior de su amiga.

Lucy abrió los ojos como platos al ver el enorme chorro de espuma blanca y rosada saliendo del coñito empalado de su amiga. Los grumos resbalaban atropelladamente por los muslos de la niña, cayendo sobre el cojín y manchándolo todo con una tonalidad diferente. Intentó hacer un buen plano del mismo para posteriormente centrarse de nuevo en la cara de Zaira. El dolor en ella era historia, estaba totalmente sudorosa y ruborizada; estaba gozosa por haber tenido una iniciación tan a gusto de su amada. Podría decirse que era la imagen del placer hecho carne no por la cópula en sí sino por haber cumplido el deseo de Lucy.

– Di: soy una perrita mala…

– Soy… soy una perrita mala…

– ¿Te… te has corrido, perrita?

– ¡Seeeeeee…! – Apuntó Zaira afirmando con la cabeza.

Lucy estaba a punto de dar por concluida la filmación así que ordenó:

– Está bien, ya puedes dejarlo.

Pero Zaira no podía moverse.

– No… no puedo…

– ¿No puedes? ¿Qué pasa?

– Se… se ha hinchado… ¡Uff, qué pasada! No… no… pue…

La jovencita montada no pudo seguir hablando. Al contundente orgasmo experimentado a la vez que el perro eyaculaba en su vientre estaban aconteciendo otros menos intensos pero no menos agradables debidos a la hinchazón del miembro viril de Sultán y las correspondientes contracciones de su vulva.

– ¡Estás abotonada!

– ¡Siiii! – Gritó la chica realmente extasiada.

Le faltó tiempo a Lucy para inmortalizar tal suceso. En efecto, tras los testículos del semental se distinguía claramente la bola de su pene ensartada casi al completo en la vulva dilatada de la preadolescente. Al intentar desacoplarse sólo conseguía multiplicar el placer de Zaira, cuya vagina era una auténtica fiesta de sensaciones y orgasmos.

Cuando Sultán descargó su cargamento de esperma totalmente poco a poco su pene comenzó a ablandarse, permitiendo que la chiquilla se desensartase trabajosa. Permaneció un buen rato boca arriba, tumbada en el suelo, con la mirada fija en el techo, intentando asimilar lo sucedido. Le temblaba todo el cuerpo, sobre todo las piernas.

– ¡Ha sido genial!

Dijo Lucy guardando el teléfono.

– ¿No te duele?

– Ya no.

– ¿De verdad?

– Pues claro.

Y las dos comenzaron a reírse y comentar sus impresiones sobre lo sucedido. Se bañaron juntas entre juegos, caricias y besos. Durmieron desnudas hasta el día siguiente abrazadas a Sultán.

Lucy y Zaira eran inseparables, compartían tareas prácticamente a diario y en la habitación de la pequeña no entró otra niña que no fuese su amiga. Pasaron unas semanas hasta que un día la blanquita de labios carnosos y cuerpecito menudo le tendió muy nerviosa su teléfono móvil a su amiga.

Esta no comprendió hasta que la otra le dijo:

– Ha… ha llegado mi turno. Llevo un tiempo deseando hacerlo pero tenía miedo. Ahora que tú ya lo has hecho ya no tengo dudas: quiero que… quiero que tú… ya sabes… me ayudes.

Sultán meneaba el rabo tremendamente feliz como si realmente fuera consciente del buen rato que iba a pasar.






Capítulo 2

– Venga… hazlo ya. Mi papá va a venir de un momento a otro… – ordenó Lucy a su amiga Zaira a través de su conexión por Skype.

– Por eso… mejor… mejor lo dejamos para otro día.

– No, quiero ver cómo lo haces otra vez para mí.

Zaira sintió cómo su corazón se aceleraba de nuevo. Sabía que no debía hacerlo, que el papá de su amiga podría descubrirlas fácilmente.

Tenía miles de razones para negarse pero los deseos de su amada de piel clara eran órdenes para ella. Como cada noche antes de acostarse, se despojó del albornoz delante de la cam, mostrándose a su amiga tal y como su mamá la trajo al mundo.

– Eso es… – dijo Lucy al contemplar el cuerpo desnudo de Zaira una vez más – imagina que estoy ahí contigo, mi amor,… besándote, tocándote… lamiéndote…

Animada por tan evocadora fantasía la mayor de las chiquillas no se guardó nada, mostró cada parte de su anatomía preadolescente a su compañera de juegos, en especial sus partes más íntimas. Utilizaba sus manos para abrirse los agujeros a escasos centímetros de la cámara. Era una marioneta sumisa y obediente en manos de la pequeña Lucy, que la manejaba a su antojo. A ella no le importaba en absoluto someterse si de esa manera contentaba a la dueña de su corazón. Se hubiera follado a un regimiento de haber sido ese el deseo de la más joven, de hecho, copulaba regularmente con Sultán, el perro de su compañera de juegos cada vez que ella se lo pedía. Se había bebido tantos tragos del esperma del cánido que incluso comenzaba a gustarle el sabor ácido de su simiente.

Lucy era una obsesa de la cámara, tenía cientos de fotografías de altísimo contenido pornográfico, incluidas unas decenas con el pene de su perro tanto dentro del cuerpo de Zaira como del suyo.

Precisamente eso era lo que peor llevaba la modelo pornográfica amateur: no comprendía esa malsana afición de su amiga por inmortalizar sus actos sexuales, ya fuesen zoofílicos, lésbicos u onanistas. Quería pensar que coleccionaba sus fotos por que le gustaba tocarse viéndolas pero lo cierto es que, cada vez que se lo preguntaba directamente, la otra preadolescente contestaba con evasivas.

– ¿Tienes el cepillo para el pelo?

– S… Sí…

– ¿El del mango grueso?

– Si, aquí está – Dijo Zaira mostrándolo a la cámara.

– Métetelo… hasta el fondo… y de un golpe.

– ¿No… no quieres que me toque un poco primero?

– No. Hazlo ya. Tenemos poco tiempo y me apetece verlo.

Zaira tragó saliva.

– Es… es muy grueso. Va a… a dolerme…mucho.

– ¿Y? – Contestó su conferenciante con cierto desdén mientras comenzaba a masturbarse compulsivamente - He dicho que me apetece verlo.

A Lucy le brillaba la mirada con esa viveza que tanto temía y a la vez adoraba Zaira. Ese mismo fulgor que llevaba al amor que profesaba por la pequeña dictadora hasta el límite. La sumisa colocó su cuerpo de tal forma que la penetración fuese perfectamente visible por la cámara. Ya estaba a punto de apuñalarse con violencia el coño cuando la otra la detuvo de improviso.

– ¡Por ahí no! ¡Por detrás!

Zaira se alarmó mucho. De un tiempo a esta parte había detectado en su amiga cierta fijación por su entrada trasera, en concreto desde que habían visto un vídeo en el que una rubia tetona se metía su propia mano completamente por el ano. Hasta aquella noche de cibersexo se había limitado a lamerle con dulzura el esfínter e introducirle a través de él uno o dos de sus deditos para después obligarle a limpiárselos con la boca pero aquello excedía todo lo vivido: el mango del cepillo era mucho más grueso y contundente que los pequeños dedos de Lucy.



– Pe… pero… – Dudó, como era comprensible.

– ¡Hazlo o me desconecto! – Replicó la otra visiblemente enojada.

Aquello hizo saltar las alarmas de Zaira. No hubiera sido la primera vez en la que su amiga cortase la comunicación al menor signo de desobediencia así que la simple amenaza de abandono prematuro fue suficiente para despejar sus dudas.

La marioneta de carne y hueso tuvo la precaución de meterse las braguitas que había llevado puestas todo el día en la boca y sin la menor vacilación se ensartó el ariete por el culo con todas sus fuerzas.

– ¡Grrrrggg! – gritó de manera desgarradora a pesar de la sordina.

Las lágrimas afloraron en sus ojos cuando el objeto dañó su esfínter, apretó la mandíbula contra su prenda íntima al tiempo que la sangre comenzó a manar de su agujero, manchando sus glúteos y el mango del cepillo, pero ni aun así dejó de taladrarse el ojete con saña. La devoción por la otra niña era mucho mayor que el dolor producido al complacer sus malsanos deseos.

– ¡Eso es, mi amor! Más duro… rómpetelo para mí… mételo hasta el fondo y retuércelo…

Zaira cerró los ojos, echó la cabeza para detrás y castigó con mayor intensidad su entrada posterior. Cada entrada y salida de la barra de plástico le producía un ardor tremendamente doloroso en su culo, pero también que se le empitonasen los pezones. Emulando a las películas pornográficas que veían con Lucy, desenvainaba por completo el estoque para que su amiguita pudiese verle inclusive el interior del intestino ensangrentado y después se lo jalaba por completo de forma dura, hasta que las cerdas impedían una penetración mayor.

– ¡Increíble! – susurró una voz de hombre al otro lado de la pantalla.

– ¡Psssss,calla! – dijo la espectadora.

A Zaira le costó un rato reaccionar ante tal imprevisto suceso, sólo cuando el dolor dejó de nublar su mente comprendió que algo no encajaba. Solamente había una explicación a lo ocurrido: Lucy no estaba sola en su habitación. Ruborizada a más no poder, intentó cubrirse inútilmente; cualquiera quien fuese el que había estado viendo lo que hacía ya conocía de sobras cada recoveco de su anatomía. Para colmo de sus males, el improvisado consolador anal salió disparado de su orto, cayendo escandalosamente sobre el suelo cubierto de sangre y otros restos.

– ¿Qui… quién está ahí contigo, Lucy?- Preguntó tremendamente alterada dejando de sodomizarse.

Obtuvo el silencio por respuesta, cosa que no le gustó en absoluto.

– ¿Lucy? – Volvió a preguntar al ver que su amiga no contestaba

– ¿Quién está contigo?

– Na… nadie.

– No me mientas. He… he escuchado cómo alguien te hablaba.

Zaira conocía lo suficiente a su amiga como para saber que estaba ocultando algo.

– Es…

Antes de que la niña pudiese proseguir Zaira contempló horrorizada la cara sonriente de un hombre que le era tremendamente familiar.

– … es papá…

– Hola Zaira…siempre es todo un placer verte y hoy… todavía más. – Dijo Carlos, el papá de Lucy apareciendo en el encuadre.

La chiquilla mayor se llevó las manos a la cara al verse descubierta por el adulto pero lo que realmente le dejó sin habla fue contemplar lo que sucedía en la otra habitación, cuando la webcam amplió el plano: el papá de su amiga estaba sentado a un costado de su amada, completamente desnudo, tremendamente erecto y con la mano de su propia hija de diez años subiendo y bajando de manera parsimoniosa por su falo.

– Lo siento, Zaira – dijo Lucy en tono compungido pero sin dejar de masturbar a su progenitor -. Papá me requisó el celular hace unos días y descubrió todos nuestros vídeos…

– ¿To…todos?

– Todos. – Intervino Carlos el papá de Lucy.

– Hasta los de… Sultán.

– Todos.

– ¡Ay, Dios mío…! - Zaira comenzó a temblar como una magdalena.

Si el papá de Lucy decía algo a sus padres sobre sus depravaciones todo habría terminado para ellas. Ya hacía un tiempo que ellos sopesaban la idea de internarla en un colegio privado y el conocer de sus prácticas sexuales con su amiga y su perro sin duda sería un factor decisivo a favor del confinamiento. No dudaba del verdadero amor de Lucy pero sabía que la distancia mata hasta el más puro de los afectos. En su febril tormenta de desvaríos llegó a pensar que se quitaría la vida si las separaban. Tan obcecada estaba en sus pensamientos que no se percató de que Carlos no estaba en una situación ventajosa para negociar ni mucho menos: en ese preciso instante se mostraba desnudo delante de una niña de once años mientras su propia hija de diez le acariciaba el rabo obscenamente.

– No… no te preocupes, Zaira – apuntó la otra niña con una media sonrisa, intentando tranquilizarla -. Papá me ha prometido que si hacemos lo que él quiera, nos guardará el secreto.

– ¿Lo que él quiera?

– Sí.

– ¿Y… y qué quiere? – contestó la morena bastante confusa.

– De momento… iremos comenzando con esto… – interrumpió Carlos agarrando por el cabelloa su niña y aproximándole la cabeza hasta su verga.

Conforme se acercaba al objetivo, la boquita de Lucy iba abriéndose poco a poco frente a la atenta mirada de Zaira. Sacó su lengua y lentamente comenzó a lamer la barra de carne que le había dado la vida para después jalársela dentro. Sabía muy bien cómo hacerlo, las dos niñas entrenaban sus habilidades bucalescon Sultán y las felaciones ya no teníansecretos para ningunade las dos. Pronto descubrió que de perro o de hombre, una verga era una verga. Cierto es que el cipote de su papá era más grueso que el canino pero eso no le supuso mayor problema, bastaba con abrir un poco más la boca y ponerle ganas.

Una vez acostumbrada al tamaño Lucy le dedicó lo mejor de su repertorio al pene paterno, baboseándolo con avidez y recorriendo sus pliegues. Se sentía tan a gusto mamando verga que incluso se apartaba el cabello para que su única espectadora viese cómo sus sonrosadas mejillas crecían y menguaban al ritmo que su papá le marcaba en la nuca.

– Eso es, mi vida… métetela un poquito más adentro… – le decía su papá.

La pequeña obedeció el mandato, introduciéndose un centímetro más de polla entre sus labios carnosos. Carlos estaba en la gloria gracias a sus atenciones y no desperdició la ocasión para deslizar una de sus manos por debajo del pantaloncito corto del pijama de la niña, acariciándole el manjar de su trasero y comenzar a acariciarle el coñito. Ella, lejos de mostrar objeción alguna, arqueó la cadera para facilitarle el acceso a su rincón más prohibido.



– Lucy me ha contado que te gusta ver a niñas haciendo el amor con sus papás… ¿no es así?

Zaira asimiló como si nada la revelación de uno de sus más oscuros secretos por parte de su amada, estaba tan hipnotizada viendo como su amor se trabajaba el enorme falo con verdadera pasión que no le dio la menor importancia a su traición.

– ¿Es cierto?

– S…sí…

– Te gusta ver como Lucy me la chupa… ¿verdad?

– ¡Sí!

Carlos esbozó una ligera sonrisa al escuchar la confesión de la amiga de su hija.

– Pues hoy estás de suerte. Vas a ver a tu noviecita… haciéndolo con su papá solamente para ti… ¿te parece bien?

– S… sí.

– Pero tendrás que hacer algo para mí antes.

– ¿E… el qué? – Lo mismo que haces a los demás hombres…

– No… no comprendo.

– Lucy me ha dicho que te tocas y masturbas desnuda delante de los hombres… y que te gusta que te vean.

– Entiendo…

– Métete el cepillo por el culo de nuevo y tócate…

La niña actuó rápido, sin pensar. Recogió el utensilio del suelo y lo introdujo nuevamente en su intestino. Estaba tan excitada que casi ni notó su presencia en él. A continuación, sin la menor vacilación, comenzó a trabajarse el sexo de manera obscena no sin antes manipular su cámara para ofrecer al papá de su amiga la mejor de sus poses.

Aquello no era nuevo para Zaira, como Carlos había dicho, solía masturbarse desnuda delante de hombres anónimos a través de la red con la simple promesa de que estos mantendrían relaciones con sus hijas con posterioridad. Rara vez lo conseguía ya que solían engañarla con frecuencia pero ella no perdía la esperanza y noche tras noche montaba en mismo show delante de la cam.

La niña sabía que aquella vez era distinta: sus interlocutores no eran anónimos pedófilos de internet y la manera con la que Lucy mamaba la verga de su papá y la calentura de este metiéndole mano le hacían intuir que aquella vez sí su fantasía se haría realidad. Lucy, la más joven de las niñas, dejó de chupar un instante y le regaló a su amada la mejor de sus sonrisas al ver como ésta castigaba su ano con renovados bríos.

Zaira pensó al verla que era la criatura más bella del mundo, con esa mezcla de sudor, líquidos preseminales y babas resbalando por la cara más linda del universo.

El papá aprovechó el descanso para desnudar a su niña. Lo hizo de manera virulenta, prácticamente le desgarró la ajustada ropa de cama. Quería volver a sentir en la punta de su pene el candor de la boca de Lucy. Esta esperaba a que su papá terminase de desvestirla con los labios entreabiertos, también ansiosa por proseguir su tarea.

– ¡Chúpamela otra vez, mi vida!

No tuvo que repetir la orden dos veces. Su hija prácticamente seabalanzó contra su pene para jalárselo todavía más adentro y con mayor pasión si cabe.

Zaira, por su parte, seguía con lo suyo y su sexo no dejaba de enviarle mensajes de placer cada vez más intensos. Olvidada su improvisada mordaza comenzó a gimotear cada vez más fuerte.

Sus lamentos no hicieron más que elevar la excitación del hombre, que dirigía sus tocamientos:

– Eso es, pequeña… métete el dedito por ahí delante y castígate el culito… ¡Uhmmm!

Separados por varias manzanas mantenían los tres una relación sexual para todos placentera ya que Carlos había vuelto a los tocamientos a las partes íntimas de su hija. Mientras una de sus manos seguía marcando el ritmo de la mamada de Lucy con la otra acariciaba el sexo de la nínfula, sus glúteos y sus apenas perceptibles senos.

La jovencita ardía como una tea con aquellos sucios tocamientos.

– ¡Uff! Mejor será que te detengas, princesa – dijo el hombre unos minutos después tirando del cabello de su chiquilla -. No es en tu boca donde quiero correrme…

– Sí, papi. – Contestó la mamadora relamiéndose obscenamente con los líquidos íntimos de su papá.

– Colócate encima de mí, deja que tu amiguita vea cómo te hago el amor.

Sumisa y obediente, la pequeña Lucy se colocó sobre su papá de tal forma que su babeante coñito quedó totalmente a merced de falo paterno.

– ¿Lo ves bien, Zaira? – preguntó mimosa totalmente abierta de piernas.

– ¡Sí! – contestó ésta realmente ansiosa por presenciar el incesto.

Sin sacarse el sucedáneo de consolador del culo había dejado de frotarse el clítoris. Quería centrarse en lo que ocurría entre los otros dos amantes. El hombre se agarró la verga por la base, dirigiéndola hacia el estrecho agujero delantero de su niña pero no consiguió hacer diana al primer intento. Aporreó varias veces la entrada, haciendo que esta se hinchase pero sin llegar a perforarla como era su deseo.

La niña lubricaba tanto que sus jugos empaparon el cipote por completo pero ni aun así logró el acoplamiento deseado. Tuvo que actuar la propia Lucy y, atrapando el balano con su manita, lo encaminó por el sendero de baldosas amarillas que conducía hacia el interior su vulva. Fue la propia niña, moviendo sus caderas y haciendo gala de la elasticidad de su cuerpo en formación, la que logró que los primeros centímetros del majestuoso pene penetrasen en su entraña, consumando el incesto. Su papá se limitaba a agarrarla por la cintura, abarcándola casi por completo con sus manos. La morenita ardía por dentro y eso se reflejaba por fuera. Parecía una diosa, empalada por el estoque, sudorosa y llena de lujuria.

– ¡Ahgggg! – gritaba mientras se abrían sus carnes, entornando los ojos, gozando de manera intensa de tan glorioso momento.

Tan absorta estaba por el placer experimentado que, cuando su papá deslizó una de sus manos hasta su pecho y le retorció su pequeño pezón con relativa dureza, lejos de provocarle dolor todavía elevó aún más su calentura. Disfrutaba castigando su cuerpo y su padre lo sabía: había visto varios vídeos en los que su pequeña colocaba pinzas en sus incipientes tetitasy en los pliegues de su vulva.

Zaira no podía creer lo que veía, era su sueño más sórdido hecho realidad: el amor de su vida protagonizando su escena sexual predilecta, siendo penetrada por su papá sin engaños,sin censuras y sólo para ella. Le sacó de su sueño la orden directa de Carlos:

– ¡Sigue tocándote Zaira no te detengas…perrita!

Tan cachonda estaba la chica que el utensilio capilar, antes enorme, se le hizo pequeño. El contundente objeto entraba y salía de su redondo cuerpo a la velocidad del rayo. No pudo contenerse más y decidió clavárselo también por delante para después ir alternando agujeros en las sucesivas penetraciones. No se limitaba a metérselo sino que se lo retorcía por dentro con ahínco, buscando nuevas sensaciones. Con la mano que le quedaba libre se pellizcaba los senos, duros como piedras desde hacía un buen rato.

La verga de Carlos era grande y gruesa, el delicado y etéreo cuerpo de Lucy todavía no estaba preparado para acogerlo completamente en su candorosa vulva pero aun así la porción de carne que logró meterse la niña gracias a sus maniobras pélvicas fue más que considerable. La punta de la columna de carne del padre taladraba sin descanso las entrañas de su única hija y futura amante predilecta.

– ¡No… no puedo más! – Dijo el hombre con el rostro desencajado ya punto de explotar.

– ¡Córrete dentro, papi! – Exclamó Lucy completamente en trance.

Y sin mayor dilación el semental explotó en el vientre de su niña, rellenándolo de leche como el cono de un helado.

Al sentir el chorro tibio estallar contra las paredes de su vulva la pequeña Lucy también se vino y su entraña se contrajo de manera intermitente contra la polla de su papá. A cada convulsión le acompañaba una intensa sensación de placer, eléctrica y devastadora. Zaira, por su parte, terminó de forma similar apenas unos segundos después de forma no menos intensa.

Tras la tempestad siguió un breve periodo de calma.

La erección de Carlos no había menguado con la corrida y padre e hija seguían unidos por el sexo. El esperma y los fluidos vaginales resbalaban por el falo, barnizando las peludas bolas del papá.

Lucy parecía una muñeca muerta, con la cabeza echada hacia adelante y su largo cabello ocultando su cara. No estaba desmayada… pero casi. Sólo reaccionó cuando Carlos realizó un pequeño movimiento de cadera y le metió la verga más adentro, gimiendo de placer como una gatita. Los amantes repitieron la maniobra varias veces y, milímetro a milímetro el falo del papá dilató el sexo más allá de su límite.

– ¡Límpialocon la boca!

– ¿Qué? – Dijo Zaira sin comprender.

– El… el cepillo… - dijo Lucy apartándose el cabello de la cara después de haber alzandola mirada haciala webcam

- … el cepillo, límpialo con la boca.

La visión de Lucy, todavía ensartada de verga, satisfecha y sudorosa mirándola fijamente realmente impactó a Zaira por su belleza. Aquella imagen hipnótica permanecería en su cabeza para siempre.

No pudo apartar la vista de ella, ni siquiera cuando el desagradable sabor de su oscuro agujero inundó su boca. Carlos de nuevo volvió a la vida y agarrando de nuevo a su hija de la nuca le giró el cuello, sacó su lengua y la introdujo por completo entre los labio de Lucy iniciando una desigual guerra de lenguas. Después de recorrer cada rincón de la boca de de su niña le ordenó:

– Ahora… límpiame tú a mí, princesa…

A Lucy le costó despegarse pero en cuanto lo logró volvió a desplegar sus habilidades orales arrodillada en la entrepierna de su papá.





Las dos amigas procedían a asear los objetosque les habían dado tanto placer, sin hacer ascos pese a su mal sabor y trasladando hacia su estómago cada resto encontrado en ellos.

– Mi esposa tardará unos días en volver – dijo Carlos a Zaira mientras su palo era aseado -. Ven mañana a dormir, hablaré con tus papás para que te den permiso. Celebraremos mi fiesta de cumpleaños con unos días de adelanto.

– V… vale. – Contestó la chica dejando de chupar el plástico.

– No hace falta que traigas pijama…

– E… entiendo…

– Con que traigas tu uniforme escolar me es suficiente. Tu culito será mi regalo de cumpleaños… ¿te parece?



Zaira asintió, volvía a tener la boca ocupada. Estaba segura de que su primer macho de dos patas iba a ser el papá de su mejor amiga y que iba a tener dificultades para sentarse en unos días… pero nada le importaba con tal de ver en directo cómo copulaban de nuevo.

 



 

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