"UN MUNDO PERFECTO" por Zarrio


            

Elizabeth se miraba al espejo como todos los días. Repasaba su cuerpo tanto con la mirada como con  sus manos. A diferencia de muchas muchachas de su edad que al hacerlo tan sólo ven miles y miles de faltas y defectos ella sonreía satisfecha. Se creía hermosa. Su desmedido ego estaba más que justificado: era hermosa. 

–        ¡Friki, baja esa mierda de música!

Como todos los días discutía a través de la pared con su hermano sin tan  siquiera haberse visto la cara por la mañana.

–        ¡Que te jodan, asquerosa!

Obtenía a diario frases parecidas como saludo matutino de boca de su hermano pequeño a través de la pared. El único grano en el culo de su perfecta vida. Un extraterrestre adolescente que le hacía la vida imposible.

Ciertamente todo en su vida era asquerosamente perfecto. Ella era físicamente perfecta, pechos perfectos, sonrisa perfecta, culo perfecto y piernas perfectas. Vivían en un barrio perfecto en una casa perfecta con un hermoso jardín perfecto. Todo perfecto de la muerte. Su padre, ingeniero de renombre  en una de las más prestigiosas empresas de construcción del mundo, se había casado en segundas nupcias con una macizorra despampanante veinte años más joven que él, que, lejos de incomodar a Elizabeth, se comportaba con ella como una perfecta madrasta. Tan perfecta que ambas fusilaban al alimón un fin de semana sí y otro también la tarjeta de platino del buen señor. Eran almas gemelas, tenían los mismos gustos caros y no les importaba demasiado compartirlos para mayor gloria de las boutiques de lujo de la ciudad. Elizabeth más que una madrastra le consideraba una hermana mayor. Una hermana mayor que se cepillaba a su padre y al jardinero… pero eso le importaba un pimiento a la muchacha, cuyo concepto de fidelidad no estaba muy arraigado en su perfecta y particular escala de valores.  Elizabeth también lo hacía de vez en cuando. No cepillarse a su padre, pero sí a Norberto, el puertorriqueño que recortaba los rosales en la finca familiar que se desenvolvía con tanta soltura entre petunias como bajo las sábanas de sus patronas.

Ni qué decir tiene que la vida social de Elizabeth era… perfecta. Tenía el novio perfecto: un guaperas tan tonto como musculoso, que bebía los vientos por ella y cuya familia tenía más dinero del que Elizabeth y sus caprichos podrían gastar en la vida.  

Su enorme círculo social era un calco de ella. Muchachas frívolas, de cuerpos perfectos conseguidos en la mayoría de las veces a golpe de billetera perfecta y bisturí perfecto. Todo perfecto. Bastaba con repasar el álbum fotográfico familiar para corroborar que Elizabeth también había pasado por el quirófano. Cualquiera que le hubiese conocido un par de años antes se habría dado cuenta. Los melones redondos que tenía por pechos habían surgido allí como por arte de magia tras unas vacaciones de navidad en un cantón Suizo.  Regalo de papi para que la nena aceptase a su nueva compañera de cama.  También su tabique nasal había sufrido algún que otro ligero cambio aunque ella juraba y perjuraba que había sido  motivado por un accidente de esquí y no porque a ella le hiciese falta. Narciso era un aficionado a su lado. Ella se creía lo más grande del mundo mundial.

Estudiaba, o al menos acudía a clase, en una carísima universidad privada. En tres años no había aprobado ninguna asignatura pero a Elizabeth le hacía ilusión  seguir con aquella patraña de creerse universitaria. Aunque su motivo para pasarse una vez por semana por la facultad era otro: en medicina estaba el mejor ganado de la zona. Chicos pijos y cachas, con padres solventes y coches caros; justo lo que ella más le atraía. A pesar de tener novio “oficial” no eran pocos los compañeros de clase con los que había repasado las prácticas de anatomía hasta largas horas de la madrugada. Y de ambos sexos.

La sacó de su letargo onírico una insoportable música que bramaba de su bolsito Hermes. Dando saltitos sacó de su interior un teléfono móvil último modelo al que ya estaba buscando sustituto.

–        Hola Isa… ¿Qué pasa, cielo?

–        ¿Una reunión? Me apunto…

–        ¿En dos  horas? Un poco justo, tengo que arreglarme...

–        Sí, ya sé que tengo examen, no seas boba.

–        ¿Y a ti que narices te importa lo que haga o no con mi vida? Estaré ahí, como siempre.

–        Adiós, cielo. Un besito para ti también…

Y colgó.

–         ¡Zorra chupapollas adoptada! –

Era lo menos fuerte que solía decir de su mejor amiga a sus espaldas. Era lo típico en su grupo más íntimo. Cuando estaban juntas, todo eran parabienes, piropos y buenas palabras; pero cuando alguna no estaba presente hacían lo indecible para fastidiarla todo lo posible, en especial a aquella engreída de Isa. Elizabeth no le perdonaba a Isa el haberse acostado con su padre y encima pregonarlo a diestro y siniestro. Para vengarse, no había parado hasta conseguir que el chico por el que bebía los vientos su amiga se transformase en su perrito faldero. A ella le importaba una mierda el muchacho, era cuestión de marcar el territorio. Aquella decisión a punto estuvo de costarles la amistad pero parecía que entre ellas había una tregua que sorprendentemente ya duraba un par de meses. Sin duda lo que  más le gustaba a Elizabeth, lo que más, lo que más era ganar. A lo que fuera, eso era lo de menos. Tenía el gen competitivo en la sangre heredado de su padre. Al igual que él pensaba que el segundo lugar es el primero de los perdedores.

Una hora después de colgar, un tiempo meteórico para lo que ella solía invertir en acicalarse, entró en la cocina sin ni siquiera saludar a la doncella a la que a punto estuvo de tirar al suelo.  Iba vestida como para una juerga nocturna, shorts ajustados, tanga perfectamente visible, escotazo tremendo… como prácticamente todos los días.

–        Hola, papi – dijo a su progenitor dándole un sonoro ósculo en la mejilla.

–        Saluda a tu hermanooo – le contestó él en tono condescendiente.

–        Hola, Friki. – Elizabeth solía denominar así a Sergio, su hermano menor.

–        Hola asquerosa…

–        Ya está bien, tengamos el desayuno en paz…

–        ¡Ha empezado ella!

–        ¡Que te den, gilipollas!

–        ¡Zorra!

–        ¡Ya está bien!

El padre había pasado una mala noche, su mujer no había ido a dormir. No es que aquello fuese nada del otro mundo. Sabía de sobra que su joven y futura ex esposa tenía algún que otro amante con el que aplacar su fuego pero dos días seguidos sin saber de ella era demasiado. La gente del barrio comenzaba a murmurar y eso el empresario lo lleva a mucho peor que la cornamenta.

Precisamente, como si nada, entró la desaparecida por la puerta de la casa. Ni siquiera se tomó la molestia de justificar su ausencia. Se limitó a besar en la frente a su marido y dedicar una forzada sonrisa a sus hijastros. Se le notaba cansada y ocultaba sus ojos tras unas enormes gafas de sol de las que no solía desprenderse jamás.  Sergio solía bromear con aquella costumbre más de una vez.

–        ¡Va drogada hasta las trancas! – decía a su hermana por lo bajini.

–        Hola, chicos. ¿No vais a clase?

–        Al friki le han vuelto a expulsar otra vez…

–        ¡Cállate idiota!

–        ¿Otra vez? – dijo la madrastra fingiendo interesarle el tema.

–        Sergio. Tienes que comportarte. No entiendo como con unas notas tan buenas no paras de pelearte con todo el mundo. – Le reprendió su padre.

–        ¡No se pelea! Ya le gustaría. Le parten la cara en cuanto se revuelve. Está flacucho como un silbido… no es más que un perdedor. Un friki – Elizabeth no perdía ocasión de humillar a su hermano en público –  ¿Cómo te llaman…? ¡Espera, ya me acuerdo…! ¡Serpiente… eso es! ¡Serpienteeee! Le llaman así porque cuando habla apenas se le oye y no vale para otra cosa más que para arrastrarse por el suelo…

–        ¡Eres una zorra de mierda! – Sergio se largó casi llorando, su vida era una auténtica pesadilla, era un bicho raro en aquella sociedad… perfecta.

Sus sentimientos no parecieron importarles un pimiento al resto de la familia que continuó conversando alrededor de las más selectas viandas.

–        ¿Y tú, cielo? ¿Qué vas a hacer hoy?

Elizabeth miró con odio a la rubia platino pero aguantó su ira y contestó con educación. Sabía cuando no forzar las cosas y aquel zorrón tenía cogido por los huevos a su papi. De momento cualquier batalla que entablase con ella estaba perdida de antemano.

–        Iré a la biblioteca a estudiar…

–        ¿No vas a clase?

–        Pre… prefiero estudiar.

–        Eso está bien… los exámenes estarán a punto de empezar…

–        Pues sí – mintió Elizabeth, de hecho aquella misma mañana se suponía tenía el último del trimestre y no tenía ni la menor intención de presentarse al mismo –… la semana que viene. Empiezan la semana que viene.

–        Estupendo. A ver si esta vez hay más suerte.

La hijastra se levantó como un resorte. No sabía a qué narices venía todo aquello. ¿Qué cojones le importaba a la guarra aquella lo que tenía o no tenía que hacer?, ¿acaso era su madre?  Como leyéndole la mente el papá intervino.

–        Ella hace lo que puede. Estudiar medicina es difícil. ¿Vendrás a almorzar o necesitas dinero para comer por ahí?

–        Co… comeré fuera.

–        Pues claro, princesa. Toma… para que invites a tus amigas – dijo él con una sonrisa tendiéndole un billete verde a su hija.

Esta recogió el dinero a toda prisa pero se hizo la remolona.

–        ¿Qué pasa?

–        Es que iremos unas cuantas…

–        ¿Ya gastaste la paga?

–        Bueno…

–        No te preocupes, cariño. Toma esto y pásalo bien. No todo en la vida es estudiar.

A Elizabeth se le encendieron los ojos al ver la parejita de billetes morados que salieron de la abultada cartera de su padre como por arte de magia.

–        Gracias papi, te quiero mucho. ¿Lo sabes, no? – dijo lanzándose a los brazos de su generoso progenitor.

Este, abrumado por tan eufórica muestra de afecto, se las vio y deseó para zafarse de su ojito derecho. Aquel montón de silicona filial a punto estuvo de ahogarle.

–        Yo también quiero comer con mis amigas.

–        ¡Tú almorzarás conmigo! Creo que ya has… comido…  bastante fuera de casa por una temporada, ¿no crees?

–        ¿Qué insinúas?

–        ¡Que te calles de una vez, zorra!

Fue lo último que una exultante Elizabeth oyó al salir del comedor. Parecía que los días de dictadura de aquella gilipollas estaban a punto de terminar. Ni siquiera disimuló recogiendo algún libro o material de estudio. Tenía dinerito fresco para darse algún que otro caprichito. Se dirigió a su deportivo descapotable no sin antes lanzarle un beso a Norberto. El caribeño le comía con los ojos cada vez que se vestía con nimias vestimentas. Ella también ponía de su parte exhibiendo palmito de manera descarada.

De camino a casa de Isa se detuvo en el semáforo de siempre. Que la luz del mismo fuese verde era tan sólo un detalle sin importancia. Necesitaba algo que le alegrase la mañana. Mil euros que dilapidar no estaban mal pero un impulso extra jamás es mal recibido.

–        ¡¡¡Morena!!! ¡¡¡Qué necesitas señalización!!! ¡¡¡Qué con tantas curvas, uno se mata!!!

Echaría de menos el día en que las obras de aquel edificio finalizasen. No obstante, por eso no había problemas. Para quien no lo sepa, Obras y Madrid son sinónimos perfectos. Las dos caras de una misma moneda.

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–        ¡Tupersex!

–        ¡Siiiiiiii!

Las cuatro muchachas, a cual más desmadrada, gritaron al unísono agarradas de la mano.

Era la última moda entre las mujeres de la alta sociedad. La mami de Isa, aburrida como una ostra, un día sacó su vena emprendedora y se lanzó a la piscina. De la noche a la mañana pasó de ser la típica cincuentona amargada que quedaba con las amigas en una cafetería del centro para jugar al bridge a la salvadora de buena parte de los matrimonios de su entorno. Lo que al principio comenzó como una chiquillada se había convertido en un negocio fulgurante. No lo hacía por el dinero, era asquerosamente rica, sino por el morbo y los chismorreos que se oían en aquellas reuniones de marujas huérfanas de sexo.

Su hija Isadora, Isa para las amigas, había tomado nota. Trasladó el negocio materno a su círculo de amistades. Las jóvenes adquirían aquellos mágicos productos no para satisfacer alguna necesidad fisiológica, como hacían sus madres, sino para gastarse bromas las unas a las otras. Raro era el cumpleaños en que la homenajeada no salía de su fiesta con media docena de vibradores y una colección de bolitas anales que hubiesen decorado los árboles de navidad de todo el vecindario.  A decir verdad, algunas hacían huso de tales artilugios aunque hombres y mujeres dispuestos a satisfacerlas los había a patadas.

La onomástica de Elizabeth se acercaba y todas querían conocer las últimas novedades en juguetitos y ungüentos afrodisíacos que la mamá de Isa tenía en su extensísimo catálogo.

Así pues, a años luz de la biblioteca Maca, Teté, Isa y Edu repasaban como locas los catálogos y muestras.

–        ¿Sabéis lo último? ¡Es muy fuerte!

–        ¡Cuenta!

–        Está de moda… ¡penes por encargo! – dijo Isa.

–        Pero boba. Eso ya existe desde hace tiempo. Penes de actores porno, el Rocco, el Vidal…

–        ¡Que no, loca! No es eso.

–        ¿Entonces?

–        ¿Te imaginas tener una colección de juguetitos de cada uno de los novios que has tenido?

–        ¿Qué?

–        Pues eso. Imagina. Tienes un novio, o un chico que te gusta, o…

–        ¡Un amigo con derecho a roce, vaya!

–        Eso. El amigo se va pero te queda el recuerdo de su pito en látex… y cuando tengas morriña… te das un homenaje.

–        ¡Qué bueno! ¡Elizabeth, tú tendrías un estante lleno con eso!

–        ¡Cállate, perra!

–        ¡No te enfades! Lo digo porque así me pasarías unos cuantos…

–        A lo mejor te paso el de tu padre.

–        ¡Halaaa! ¡Cómo te pasas!

Todas rieron la gracieta. Ciertamente todas tenían una buena colección de trofeos en sus vitrinas.  

–        Pues no sé… yo prefiero que sean anónimos. – dijo Elizabeth no muy convencida del invento.

–        Pues es una buena idea. Así Isa y tú podríais compartir el chico sin tiraros los trastos a la cabeza.

Aquella broma sentó como un tiro a la morena, que fulminó con la mirada a la autora de semejante ofensa.

–        ¡No tiene gracia, pedazo de zorra!

Isa quiso cambiar de tema. Cada vez que en la conversación aparecía su ex, a la postre novio actual de Elizabeth, la cosa se tensaba. Ciertamente seguía muy enamorada de él, pero sabía que demostrándolo sólo conseguiría engrandecer el ego de su supuesta amiga.

–        ¡Pues yo pienso regalarte uno de alguien que conoces!

–        ¿Sí? – Elizabeth se sintió mitad intranquila, mitad excitada –  ¿de quién?

La joven pensó que si al mamarracho de su novio se le pasaba por la cabeza hacer de “modelo”  para que Isa tomase medidas se le iba a caer el pelo... y la polla.

–        Será una sorpresa.

–        ¿Y cómo se hace?

–        Pues mira. – Dijo Isa sacando una especie de caja de zapatos roja – hay que meter la pija por este agujero…

–        ¡No será peligroso!

–        No, tonta. Es importante que la polla esté en su apogeo por lo menos quince segundos…

–        ¡Pues entonces olvídate de tu novio, Teté!

–        ¡Oye, zorrón, que mi chico está hecho un semental!

–        ¡Ya, ya! ¡Con la boca!

–        Pues sí, mira: me lo come de puta madre.

–        ¡Más quisieras!

–        ¡Zorra!

–        ¡Guarra!

–        ¿Qué hay dentro? – dijo Elizabeth sopesando la caja.

–        Una especie de gelatina. No se puede abrir porque se estropea y a mi madre sólo le queda este.

–        ¿Sólo?

–        Es que sus amigas se encapricharon de la tranca de un magrebí que limpia piscinas y el pobre muchacho tuvo que hacer horas extras con la polla metida en mermelada.

–        Pues qué bobada… ¿no se pueden hacer copias?

–        Por lo visto no. Un molde, un pene. Es lo que hay. Se vierte un mejunje después se pone unos minutos en el microondas y listo. Hay que dejarlo enfriar, que hay algunas muy burras por ahí y se socarran el toto por no tener paciencia.

–        ¿Y cuánto cuesta?

–        Pues no es muy caro. Unos doscientos euros.

–        ¿Y estoooooo? – A Maca se le salían los ojos de las órbitas – menuda anacondaaaaa.

–        Es un consolador cuádruple. Una clienta no se lo quedó por que le pareció… pequeño.

–        ¡No jodas!

–        ¿Y esto lo compran nuestras madres? Hostia con las abuelas…

–        Por docenas.

De repente se callaron, como esas veces en las que todos piensan lo mismo pero nadie está dispuesto a decirlo en voz alta.

–        ¿Lo probamos?

Elizabeth era con diferencia la más lanzada de todas las amigas. La líder de la manada. Lo que ella decía, iba a misa.  Probarían el invento.

El examen de ginecología matutino Elizabeth lo aprobó con nota. No tanto el académico como el de la vida real. Las cuatro muchachas conocían los cuerpos de las otras desde la pubertad. Sabía de sobra dónde chupar, cómo lamer,  en qué momento acariciar e incluso la manera de castigar un cuerpo femenino con la sensualidad exudando por cada poro de la piel.  

Si bien comenzaron a jugar las cuatro juntas pronto la baraja se rompió en dos parejas de damas, como casi siempre.  Entre Isa y Elizabeth había una relación que iba más allá de la amistad. Podía derivar de la complicidad más grande al odio más acérrimo en cuestión de minutos. Se querían o se detestaban casi simultáneamente. Incluso físicamente se parecían mucho, todavía más después del aumento de pecho de Elizabeth. Su peinado, sus gestos, su sonrisa  eran similares. Inclusive solían vestirse igual y podían perfectamente pasar por hermanas. Y, como hermanas, competían por todo. Por los chicos, por los perfumes, por los zapatos… por todo. Lo que una tenía la otra mataba por tener.

Todas aquellas tensiones, todos aquellos sentimientos se ponían de manifiesto cuando ambas se encontraban desnudas frente a frente. Saltaban chispas, literalmente se devoraban.

Isa y Elizabeth pugnaban entre sí por ser la que llevase la voz cantante tanto en la vida real como en la cama. A diferencia del sexo entre las otras dos muchachas, delicado y tierno, las morenas rozaban la violencia a la hora de practicar el acto sexual.

Aquella vez no fue diferente a otras, ambas se castigaban mutuamente como si la vida les fuese en ello. De momento los que colgaban de los arneses de sus cinturas eran de lo más inútiles. A la hora de practicar un sesenta y nueve resultaban incluso molestos.

–        ¿Te gusta, Isadora? – Elizabeth solía llamarla por su nombre completo cuando quería sacarla de sus casillas – No te has lavado muy bien hoy… sabe a semen.

A dos manos abría cuanto podía los labios vaginales de su amante. Su lengua resbalaba a un lado y al otro del clítoris disponible. Sorbía los jugos que en un potente vibrador hacía manar del coño de su amiga.

–        Será el de tu padre –un golpe bajo –  ¿Ya has empezado? Ni siquiera me había dado cuenta, María Elizabeth.

Replicó la otra al tiempo que se afanaba en introducir la enésima bola en el pozo sin fondo que su amiga tenía por vulva.

No obstante Isa tenía las de perder. Tenía un hándicap importante a la hora de practicar sexo con su amiga. Lo que para en cualquier otro momento sería una ventaja, con aquel zorrón de cabello azabache se tornaba en el mayor de los inconvenientes: Isa se calentaba enseguida. Por mucho que intentase evitarlo el orgasmo aparecía más pronto que tarde. Además era un orgasmo completo, un clímax tan salvaje como placentero. Ella no entendía de medios orgasmos, orgasmos pequeños, orgasmos vaginales, orgasmos clitorianos... todo eso para ella no eran más que pamplinas. Ella explotaba como un volcán y manifestaba su estado de manera estridente. Pasaba del cero a cien en un milisegundo, gritando como si estuviese pariendo y expulsando flujo como una fuente luminosa. Era, según había comentado con otras chicas y chicos, lo más parecido al orgasmo masculino.

Pero ese no era el  verdadero problema sino otro.  Ocurría que después de alcanzar el punto álgido se desinflaba como un globo bajo el agua. Toda su furia, toda su rabia, todo su genio desaparecía a través de sus fluidos vaginales.  Y después de la tormenta, la nada. Isa se transformaba en una especie de ser inerte, una muñeca de trapo con la que todo el mundo podía jugar. No perdía del todo el conocimiento, pero durante un tiempo era incapaz de  reaccionar ante los estímulos y mucho menos oponerse a nada. Había quién se asustaba pero otros sabían sacarle provecho a tal circunstancias. Novios, follamigos y amigas, entre las que se encontraba por supuesto Elizabeth, conocían su secreto y se aprovechaban de tal circunstancia. Esperaban que la chica alcanzase su momento para después dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Le hacían de todo.

Isa renegaba de muchas de las cosas que llegó a hacer en aquel estado. Si algo odiaba la joven en este mundo era el sabor amargo de la orina y sin embargo había bebido litros y litros de ella tras aquellos orgasmos que le nublaban el sentido. Y eso no había sido lo peor. En aquel estado catatónico incluso se había dejado montar por el pastor alemán de su amiga Elizabeth que, lejos de apiadarse de ella, inmortalizó tan vergonzante encuentro sexual con una cámara de fotos.

Elizabeth por su parte sabía que su victoria era cuestión de minutos. Incluso espoleaba a su amiga para ponerla más en evidencia.

–        ¡Estás a punto, zorrita! Sé una niña buena y dame un poquito de ese licor que tanto me gusta.

–        Ni… ni lo sueñes, putón… tú… tú…

El final estaba cerca. Isa estaba desesperada, ya ni podía articular alguna frase ocurrente. Intentaba evadir su mente pensando en los negritos de África, en su abuela muerta recientemente, en su gatito atropellado por un coche pero no lo consiguió. Estaba a punto, tal y como la hija de perra de Elizabeth había pronosticado.

Isa quiso morir matando. Estaba hasta las narices de sucumbir siempre, de no poder controlarse, y de parecer una muñeca hinchable e hizo un movimiento prohibido, una estratagema sucia. Dicen que en el amor y en la guerra todo está permitido y el sexo, para muchas de aquellas jovencitas, era lo más parecido al amor que ellas conocían.

–        ¡Que te jodan! – Murmuró antes de actuar.

–        ¡Hummmmm! – Elizabeth se mordió el labio, acusó el golpe bajo –  ¡Puta!

Isa, en su último canto del cisne, había cruzado una raya. Un límite que hasta entonces ambas siempre habían respetado. Le había metido el consolador por el culo a su compañera se manera rastrera y vengativa, cosa totalmente prohibida. Incluso apretaba con fuerza para que el intruso no fuese expulsado. Pero Elizabeth, lejos de revolverse o mostrar enfado se alegró en su fuero interno. Había estado provocando a su amiga para que diese el primer paso. Una vez roto el pacto de no agresión ella tenía pleno derecho para tomarse la justicia por su mano. 


El pacto con Isa consistía en que por nada del mundo el ojete de la otra sería profanado durante sus mutuos escarceos sexuales. Y ella lo había cumplido a rajatabla así que tenía todo el derecho del mundo para vengarse.

–        ¡Te vas a acordar de mí! –

Fue suficiente con girar el pene introducido en la vagina de Isa y el juego se acabó. La muchacha gritó de tal forma que incluso asustó a Teté y Maca a pesar de no ser ni con mucho la primera vez que veían como a su amiga se le hacía de noche. Después del orgasmo lo dicho, la nada nubló la mente de Isa.

–        ¿Qué… qué vas a hacerle?

–        ¿No has visto lo que me ha hecho esta hija de puta? ¿Pues no me ha metido el vibrador por el culo, la muy guarra?

–        No… no te pases – Maca conocía de sobra la sed vengativa de Elizabeth y sabía que, hiciese lo que hiciese, la pobre Isa lo iba a pasar muy mal.

–        ¿Qué no me pase? Mierda, creo que… ¡premio! ¡Sangre! – Elizabeth mostró a las otras amigas el rabo metálico que no dejaba de zumbar cubierto de un hilito de sangre y heces – ¡Será hija de puta! ¡Se va a enterar!

Teté abrió la boca pero un apretón de manos de su otra amiga bastó para que no manifestase su opinión. Elizabeth enfadada era simplemente mala, y enfrentarse con ella la peor de las ideas.

La morena respiró hondo. Había soñado con aquel momento desde hacía tiempo. Iba a dar una lección a aquella creída que no iba a olvidar jamás. Y lo mejor de todo es que nadie podría reprocharle nada. Ella era, al menos de momento, la agraviada.  No podía dormirse en los laureles. El estado semi inconsciente de Isa no era eterno, en cuatro o cinco minutos volvería a ser la de antes así que tenía que darse prisa. Colocó a la desdichada boca abajo. No había que ser un genio para saber cuál de los agujeros de la muchacha iba a ser el blanco de su ira.

–        De momento – dijo maliciosamente meneando el apéndice extraído de su ano – de momento le pondremos esto en la boca para que tenga algo que morder.

–        No… no lo hagas.

–        ¿Quieres ocupar su lugar? ¿Eso quieres? ¡Cállate la boca, adoptada de mierda! Tu madre no era más que una yonki que te abandonó en un contenedor de basura así que vete a tomar por el culo…

Elizabeth podía ser de lo más desagradable, Maca lo había comprobado al intentar interceder por Isa. La hija del ingeniero no cabía dentro de sí, ni corta ni perezosa se aplicó a la tarea.  A pesar de su sed de venganza, se apiadó un poco del cuerpo inerte y lubricó el falo de plástico con abundante saliva. Fríamente colocó la punta del ariete sobre la apretada abertura y esperó. Esperó hasta que sintió cómo la buena de Isa comenzaba desperezarse. Encularla en aquel estado inconsciente no tenía ningún mérito. Quería que sufriese, que sintiera plenamente cómo su cuerpo se abría, como el pene sintético le arrebataba la honra de su hasta entonces inmaculado culito.  Y así lo hizo. Apenas notó como el cuerpo disponible intentaba restablecerse se dejó caer sobre él con todas sus fuerzas. Maca no pudo verlo, tuvo que darse la vuelta.

Si Isa no tenía muy claro qué es lo que pasaba un fogonazo en su trasero le libró de su inopia al instante. Algo o alguien estaban violando su culo. El dolor era intenso y, de no haber tenido la boca ocupada por un objeto indeterminado, habría gritado como nunca. Su violador le tiró del pelo y entonces recordó quien era la persona con la cual estaba fornicando.

–        ¡Que te quede claro, hija de puta! – Oyó la voz de su amiga al oído mientras le retorcía aquel intruso en la entraña – a mí nadie me rompe el trasero y se va de rositas, ¿comprendes?

–        Grrrrrrr – Isa pretendía pedir clemencia pero el consolador en su boca se lo impedía.

–        ¡Y ya que estamos, a Nano ni le mires! ¿Entiendes? Nano es mío – Elizabeth incrementó más si cabe el afán perforador contra el trasero de la desgraciada – ni siquiera hables con él. Nada de mensajitos, correos electrónicos ni nada por el estilo.

Elizabeth incluso llegó a lastimarse el labio del afán de encular a su amiga.  Estaba furiosa con ella, lo de la ruptura del pacto no era más que una excusa. Hacía tiempo que sabía varias cosas que no le gustaban nada pero había esperado el momento oportuno para desquitarse.

–        Y sobre todo… nada de esos encuentros los martes por la tarde en ese  hotel cutre de la autopista…

Isa abrió los ojos de par en par. Y no sólo por estar siendo sodomizada de una manera salvaje y dolorosa sino al averiguar que Elizabeth se había enterado de lo suyo con Nano.  Las luces comenzaron a moverse y poco a poco todo se hizo borroso pero ni aun inconsciente su torturadora se apiadó de ella.

Elizabeth miraba al despojo humano hecho un ovillo junto a sus pies. Bien a gusto le hubiese dado unas cuantas patadas pero se contuvo. Sin mironas delante, quizás la cosa hubiese cambiado. Maca y Teté intentaban reanimar a Isa, destrozada por el dolor.

Con el cabello alborotado y la ropa mal colocada Elizabeth conducía velozmente su deportivo de forma casi suicida. En su interior satisfacción absoluta. Ni rastro de la mínima brizna de remordimiento. En su mente recreaba lo ocurrido. Entendió de un plumazo el afán de los hombres por encular a las hembras. No era solamente puro placer físico, se trataba de algo más intenso. Sodomizar es una muestra de poder sobre la o el enculado, y si además este no sólo no disfrutaba sino que sufría mejor que mejor.  Se le erizaba el vello al recordar los espasmos de Isa al notar su ano vejado. Sus gemidos de dolor, sus sollozos, sus lágrimas. Elizabeth estaba muy húmeda.  Todavía era temprano. Una sesión de ducha y masaje le iban a venir de perlas.

No le apetecía nada quedar con el idiota de su novio. Por suerte para ella tenía una enorme agenda donde elegir.

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–        ¡Cumpeaaaaañoooos felizzzzz! ¡Cumpleañosss felizzzzz! – el coro de pijas desafinaban entonando una canción por todos conocida.

Elizabeth estaba la mar de contenta. No era para menos. El día de su cumpleaños había llegado. Y con él una noticia que no por esperada le resultaba más dichosa: su madrastra  era historia. Papi se había cansado de ella y sus devaneos. Seguramente también la nueva secretaria del hombre, una sueca con de 120 de pecho, había tenido algo que ver pero de momento Elizabeth volvía a ser la abeja reina en la colmena.

La celebración iba a ser por todo lo alto. Ella y una docena de amigas había viajado a la costa en lo que sería un largo fin de semana loco loco. Sus novios, muy lejos. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El papá de la nena no había reparado en gastos para el aniversario. Alquiló para ella un enorme yate amarrado en el mismo centro de Puerto Banús y un servicio de cáterin digno de un jeque árabe pero con jamón de bellota. Bebidas y otras sustancias tampoco faltaban. En cuatro días se fundirían el presupuesto anual de varias familias de clase media. Todo era poco para su niña.

El almuerzo de la celebración estaba siendo de lo más animado. De momento sólo chicas. Habría tiempo durante la noche para ir a la caza del macho… o de los machos. Elizabeth desatada era difícil de satisfacer por un solo hombre. 

Después del ágape, los postres, la consabida tarta y el champagne francés muy frío llegó la hora de los regalos. Las muchachas evitaban los presentes caros. Todas tenían dinero de sobra para comprarse por ellas mismas todo lo que deseaban. Se obsequiaban artículos de broma, objetos horrorosos al cual más inútil y, sobre todo, juquetitos sexuales para mayor sorna de las presentes.

–        Este… es de mi parte – Isa le dijo un poco incómoda– . Si te gusta, habrá un regalito extra.

–        Gracias, Isadora.–  Agradeció la morena con falsa sonrisa.

–        De nada.

Nada había sido igual entre ellas desde el día aquel que su amiga le había partido el culo en dos. Se hablaban y salían juntas pero ya no era lo mismo. Isa parecía muy asustada, temerosa de Elizabeth, para mayor gloria de ésta que saboreaba el dulce néctar de la victoria.

A la anfitriona se le iluminó la cara al ver aquel pedazo de nabo de látex. Al instante le entraron las ganas de saber quién era el modelo para tan tremenda escultura. Evidentemente no se trataba de Nano. El miembro de su novio ni en sueños alcanzaría semejante hermosura.

–        ¿Quién… quién es el animal que tiene semejante rabo entre las piernas?

–        Se dice el pecado, pero no el pecador. – Isa parecía más cómoda al saber que su regalo había sido el adecuado.

–        ¿Y lo conozco?

–        Sí.

–        ¡Venga, pruébalo!

–        ¡Que lo pruebe, que lo pruebe! – el coro de cotorras no dejaba de bramar.

–        ¿Aquí delante? ¡Ni lo soñéis, guarras!

–        ¿Por qué no?

–        ¡Estáis locas!

–        ¡Ea, ea Elizabeth se cabreaaaaa!

–        Supongo que es demasiado incluso para ti.

–        ¡No me vais a pillar con esa chorrada! Ya no soy una cría.

–        ¡Buuuuu! ¡Fuera, fueraaaaaa!

Elizabeth no podía consentir semejante falta de respeto. En verdad el falo era enorme pero todavía lo era más su autoestima. Pensó que les iba a dar un escarmiento  a aquellas guarronas descerebradas.

–        ¡Trae eso! – dijo la chica resuelta – Pero nada de cámaras, ni móviles.

–        Ya sabes las normas. Están todos en tu cuarto.

–        Lo sé, pero por aquí hay alguna que se salta las normas cuando le viene en gana.

Isa fue el blanco de varias miradas furtivas tras eso y no le quedó más remedio que agachar la cabeza

Elizabeth se hizo de rogar un poquito más. Tampoco demasiado. En el fondo le gustaba exhibirse delante de sus amigas, le agradaba que supieran porqué ella tenía tanto éxito entre el género masculino: todos decían que era la mejor en la cama.

Los comentarios eran de lo más jocosos. A algunas les parecía mentira que la joven fuese capaz de hacerlo. Isa estaba segura. Elizabeth era mucha Elizabeth.

Sentada como su madre la trajo al mundo en un enorme sofá, la morena de pechos siliconados lamía el cipote para lubricarlo. Al mismo tiempo comenzaba a rozarse entre las piernas como si fuese necesaria una excitación mayor que el verse observada por aquellas idiotas que no paraban de jalearle.  Entre vítores y aplausos, no tardó demasiado en comenzar a jugar en serio. El pene entró en su vientre como cuchillo en mantequilla. Se estaba dando un homenaje a la vista del resto de la tropa. Tenía el ego por las nubes y los pezones también.

–        ¡Date fuerte! No seas tímida. – decía alguna de sus amiguitas.

–        Ten cuidado, es muy grande.

–        No creo que puedas jalártela toda…

–        ¿Qué no? Yo apuesto por Elizabeth.

–        ¿Qué te juegas?

–        Un trío contigo y ese capullo que tienes por novio.

–        ¡Hecho! Pero si lo hago y  pierdes esta noche harás la calle en detrás del muelle de Ribera.

–        ¡Hay trato!

Elizabeth estaba roja como el fuego. En verdad aquel artilugio tenía miga. Fuese quien fuese el  hijo de perra que tenía semejante estoque entre las piernas quería conocerlo. Conocía muchos secretos de Isa así que no le costaría nada sonsacarle.  Cerró los ojos y se aplicó a la tarea. El aparato entraba y salía de su interior a la velocidad del rayo. Es así como ella más disfrutaba del sexo: muy duro, casi violento. Sus amantes masculinos a veces no daban la talla, cosa que no sucedía con el estupendo regalo de Isa. Quizás hizo algo de teatro, al fin y al cabo era lo que su público quería. Lo dio todo y venció, como siempre.

–        ¡Yujuuuuu! ¡Christi será putita por esta noche!

–        Me cago en mi suerte. Lo tengo merecido por apostar contra Elizabeth.

–        No te preocupes, reina. Harás lo que todos los días pero cobrando…

–        ¡Que te calles, zorrón!

–        Elizabeth… eres increíble…

–        La has cagado… je, je, je.

Elizabeth sopló un poco y sin sacarse el objeto del coño dijo:

–        Cristi… al tajo.

–        ¿Qué… que dices?

–        Largo. Tienes un trabajo que hacer…

–        Pero… pero era broma.

–        Te quiero moviendo el trasero como esas golfas de la calle… y desabróchate algún botón, que pareces una monja.

–        Pero… Elizabeth…

–        ¡Que te vayas! ¡Y no vuelvas hasta que  me traigas aquí dos mil euros o les contaré a todas eso que tú y yo sabemos! Y nada de jueguecitos como llamar a tu papi, usar la tarjeta ni tonterías de esas. Sabes que  me enteraré y al final será peor.

La tal Christy buscaba entre sus compañeras algún gesto de apoyo, un alma cándida que intercediese por ella. Enseguida comprendió que su espera era en vano. Ninguna de aquellas muchachas tenía arrestos para enfrentarse con Elizabeth.  Así que la rica heredera de uno de los imperios bancarios más importantes del país se dispuso, con lágrimas en los ojos, a desembarcar de aquel suntuoso barco para ejercer, al menos provisionalmente, la profesión más vieja del mundo.  Todas lo habían hecho en más de una vez. Jugar a ser puta era una manera más de divertirse para ellas, pero la jovencita pensaba que aquel no era ni el momento ni el lugar para hacerlo. Le apetecía más conocer chicos musculados con los que darse un buen revolcón en lugar de viejos barrigudos con pollas flácidas y sudorosas.

El ambiente jovial desapareció como por arte de magia cuando la chica marchó llorando. La situación se había tornado tensa. A Elizabeth le fastidió un poco todo aquello. Ella había accedido a jugar con el numerito del consolador y, cuando había exigido lo mismo con sus compañeras, éstas no habían correspondido. Algo alterada, se sacó el intruso del coño diciendo amargamente:

–        ¡Parecéis gilipollas! ¡Con el culito que tiene veréis como antes de la cena está de vuelta muerta de risa! Aquí hay mucho viejo verde con dinero… ¡Que estamos de fiesta, joder! ¡Es mi cumpleaños!

–        Si… claro – dijo alguna no muy convencida.

–        Venga Isa, es evidente que me ha encantado. Ahora dime de qué se trata tu regalo extra.  

–        ¡Sí, no nos tengas en vilo!

–        La copia de látex  está bien pero… ¿Qué dirías si te digo que, si haces lo que te pido, puedes tener el original esta misma tarde dentro de ti?

Los ojos de Elizabeth se abrieron de par en par. Lo había pasado bien con la copia pero estaba segura que, a poco que diese la talla, follar con el pene de carne iba a ser muchísimo mejor.

–        Te diría que sí, por supuesto. Pero no intentes joderme, que nos conocemos.

Minutos después Elizabeth se encontraba en el camarote principal del barco, totalmente desnuda, en posición de perrito y con las muñecas atadas a la cama.

–        ¡Venga, chicas…! ¿De verdad es necesario todo esto? Sabéis que prefiero estar encima.

–        Dijiste que obedecerías en todo.

–        ¡Ya lo sé! – Dijo la morena algo molesta – Pero ya sabes que lo de la cinta en los ojos me pone nerviosa. ¡Como me folle un perro como a Susi os mato!

–        ¡Que noooo!

–        Más os vale.

Realmente Elizabeth estaba muy inquieta. En cualquier otra circunstancia se hubiese negado a participar en aquel juego. A ella le encantaba jugar y hacer bromas de dudoso gusto pero cuando era ella la que las hacía y eran otras las que las aguantaban.

No obstante, el hecho de que fuese su cumpleaños y, sobre todo, las dimensiones descomunales de la polla a gozar fueron suficiente estímulo como para correr el riesgo.  Además, estaba tan segura de su superioridad ante todas y sobre todo ante Isa que dudaba muy mucho que alguna de aquellas estúpidas tuviese el valor para hacer algo que la molestase lo más mínimo.

El ruido de la puerta y el coro de risitas que le siguió le hicieron saber que su dotado amante estaba en  la sala. Cuando sintió que éste se colocaba tras ella comenzó a menear la cadera, abriendo  las piernas, incitándolo con el sexo.

–        A ver si sabes utilizar eso que tienes entre las piernas. ¡Auuuu! – Chilló Elizabeth al sentir el fuerte cachete en las nalgas.

–        ¡Jí, jí, ji!

–        Te van los juegos, ¿eh, cabrón?

El segundo palmetazo le gustó casi más que el primero. Sintió alivio al saber que su inminente amante era humano y  no cánido. Desde hacía un tiempo le rondaba por la cabeza hacerlo con un chucho;  todas las que conocía y que lo habían probado, incluida Susi,  estaban encantadas, pero no era cuestión de iniciarse con tanto público indiscreto delante.

Dejó la mente en blanco  y se dejó hacer. Elizabeth se olvidó del resto de las chicas que no dejaban de cuchichear y reírse y se centró en lo que único que le importaba: en ella. Por la manera de tocarle, firme, casi ruda, estaba casi seguirá de que a aquel tipo era de los suyos: le iba la marcha, el sexo muy fuerte y salvaje. Deseó con todas sus fuerzas que se portase con ella como un animal, rayando lo violento, tal y como a ella le gustaba.  De manera inconsciente arqueó la cadera y utilizó la lengua aunque por una vez no para chuparle la polla sino para provocar la ira del semental.  Sabía que portándose de ese modo probablemente el semental se encabritaría todavía más y la montaría con más ganas.

–        ¡Venga, putito! ¡Destrózame! No te guardes nada para las demás. Quiero esa polla sólo para mí. ¿Qué pasa? ¿Eres mudo? ¿Acaso eres gay?

Elizabeth se relamió cuando unos dedos hurgaron en su coño y separaron sus labios vaginales, dejando libre el camino hacia el interior de su entraña. Los mocos no dejaban de fluir a través de su vulva. La dilatación obtenida gracias al falo de silicona todavía seguía presente.

–        Eso es… –  ronroneó como una gatita al notar la punta del cipote amenazando su vulva entreabierta – , clávamela de un golpe, hazme sufrir…

–        Lo que tú digas… –  le susurró el chico al oído quitándole la venda de los ojos y dirigiendo su estilete hacia otra abertura cercana– … ¡asquerosa!

A Elizabeth le dio un vuelco el corazón al escuchar aquella voz y aquella palabra. La luz intensa la cegaba, por eso le costó bastante descubrir a sus amigas, teléfono en mano, grabando lo que ocurría. Eso, pese a ser grave, no era lo que más le preocupaba sino su integridad física.  Abrió la boca con intención de decir algo,  movió la cadera intentando zafarse pero ya era tarde: el cipote se adentró como una barra de acero a través de su intestino, arrasando con todo.


–        ¡Agrrrr! – Gritó lo más fuerte que pudo pero aun así no logró aliviar el sufrimiento que sus carnes le producían al abrirse y desgarrarse.

La chica no podía hacer nada, tan solo aguantar  y hacer lo posible por no perder el sentido, cosa que estuvo a punto de suceder cuando el semental logró clavarle la polla hasta el fondo y comenzó a bombear a un ritmo cada vez más intenso.

–        Eso es, dale fuerte a esa puta. –  Gritó Isa tremendamente satisfecha al ver colmada su sed de venganza.

Contemplar el sufrimiento de Elizabeth, con la cara descompuesta y en orto sangrando de manera abundante era una buena manera de compensar las vejaciones sufridas por las chicas del grupo. Todas tenían algo que reprocharle aunque ninguna se había atrevido a hacerlo… hasta entonces.

–        ¡Sí, eso!

–        ¡Rómpeselo bien a esa zorra!

–     ¡Sonríe, Elizabeth! Que todos vean lo bien que follas y lo buena que eres en la cama…

–        Le pasaré el vídeo a tu papá, como tú hiciste con el mío…

–        Y lo colgaremos en la web anónimamente, como pasó con el de Susi.

Pero fue Isa la que  le dio el golpe de gracia. Agarró a Elizabeth por el cabello y girándole la cabeza la obligó a contemplar el rosto sonriente de aquel que la estaba matando. En realidad no hacía falta, la chica lo había identificado al instante.

–        ¿De verdad no sabías por qué le llaman "Serpiente"? – Le dijo en tono jocoso.

–      ¿Quién es ahora el friki, asquerosa? – dijo el chaval justo en el momento que su esencia comenzaba a derramarse en el interior  del culo de su hermana.

 




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