"¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA?" Parte VI por ZARRIO.

  ¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? por Zarrio. Parte 6: Nostalgia

"¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA?" Parte V por ZARRIO.

 ¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? por Zarrio.

Parte 5: Taruk




*****

El verano posterior al decimocuarto cumpleaños de Elsa se presentaba como una incógnita cargada de expectativas. 

En su casa, las cosas seguían igual que siempre, más allá de que su padre, cansado de financiar los desmanes de su impertinente hermana mayor, la había echado de casa por enésima vez. La niña sabía que se trataba de un pulso que su papá jamás podría ganar. Pasados un par de meses, los pucheros y arrumacos de la primogénita  harían mella en él y reconsideraría su postura. Nancy volvería a casa con las orejas agachadas y aire compungido, al menos durante unos días, tras los cuales volvería a ser la misma arrogante, malcriada y déspota de siempre. 

La relación clandestina entre Elsa y Serpiente iba viento en popa. El destierro de su hermana mayor les proporcionaba una intimidad que aprovechaban al máximo. El joven pandillero saltaba la cama de la adolescente siempre que tenía ocasión. Elsa lo recibía receptiva, con su natural desparpajo y ganas de experimentar. Gracias a él aprendió variantes del sexo bastante alejadas de las que practicaba con su Tata; la brecha de edad entre sus dos amantes masculinos era un hecho, y aunque su abuelo era un hombre bastante fogoso para sus años, su vigor, imaginación y aguante quedaban muy lejos de los del amante secreto de su hermana Nancy. 

Más allá del sexo oral, arte que Elsa dominaba a la perfección desde muy pequeñita; o el anal, profundo y salvaje, con el que el muchacho la elevaba hasta el cielo, solía practicar con él multitud de posturas sexuales de lo más variadas e imaginativas, aunque sin llegar a los extremos de su hermana. 

Elsa aprendió no solo a dejarse hacer, sino también a tomar la iniciativa y se destapó como una entusiasta amazona, cabalgando al bueno de Serpiente con soltura durante las noches de ausencia de Nancy. Le agradaba la libertad de movimientos que esta opción le proporcionaba, siempre dispuesta a descubrir nuevos placeres en su joven cuerpo. Los desiguales amantes estuvieron a punto de ser descubiertos varias veces durante noches de sexo por los papás de la jovencita, e incluso el terror del barrio tuvo que guarecerse bajo la cama que ocupaba la adolescente más de una vez. 

El cuerpo de Elsa también había evolucionado con el paso del tiempo. A sus catorce años seguía siendo una jovencita menuda, de sonrisa fácil y pícara mirada, pero sus senos habían dejado de ser las tetinas que tanto habían molestado en su día a su abuela, transformándose en un par de mandarinas que eran un imán para los hombres. Sus caderas se iban acentuando con el paso del tiempo y resaltaban sinuosas al caminar, lo que la convirtieron en el blanco de las miradas lascivas de los vecinos del barrio. 

Además, influenciada por el sofisticado aspecto de Sandra, la amante de su Tata, la coquetería había empezado a despertar en ella. Elsa elegía calzado y trajes más formales, dejando atrás las zapatillas o los vestidos con vuelo y tirantes de su niñez. El maquillaje se hizo habitual en su bonito rostro y, dada su fijación por las manos bien cuidadas, sus uñas siempre estaban perfectamente pintadas de diversos colores, para mayor enfado de Nancy, quien no dejaba de recriminarle su aspecto maduro, bastante alejado del de las demás chicas de su edad.  

  • Pareces una “maraca” buscando clientes - le hubiera escupido su hermana mayor de haberla visto el día de la partida, con los labios pintados y su vestido más corto, esperando bajo una farola a que su papá la llevase al aeropuerto.

Los crecientes problemas cardíacos de don Leonardo Calatrava desaconsejaban un viaje de ida y vuelta al sur en busca de su nieta favorita. Sin embargo, Elsa ya era lo suficientemente madura como para tomar por sí sola el avión que la llevaría a Iquique, y por mucho que le atrajese la idea de tener dentro el soberbio miembro viril de Serpiente , no estaba dispuesta a renunciar a pasar el verano con la persona que más quería en el mundo: su querido Tata. 

El viaje nocturno resultó más aburrido que de costumbre. Normalmente, el tiempo de vuelo pasaba rápido charlando con su abuelo, poniéndose al día con lo sucedido durante el invierno y haciendo planes para el resto del verano juntos. Al viajar junto a un desconocido, la ausencia de su abuelo se volvía aún más evidente y dolorosa. 

Por si fuera poco, el señor que se sentó a su lado cayó en los brazos de Morfeo en cuanto despegaron; apenas intercambiaron un saludo y una sonrisa. Sin nada interesante que hacer, y gracias a los pocos focos que permanecían encendidos, Elsa tuvo tiempo para fijarse en detalles del interior del aparato en los que no había reparado con anterioridad. Pronto sus ojos se centraron en el ir y venir de la eficiente auxiliar de vuelo que, solícita, atendía los requerimientos del pasaje.

Era hermosa, muy sonriente y amable. Vestida con su uniforme entallado de dos piezas de color azul y un bonito gorrito a juego, se movía con soltura por el pasillo del avión, pese a la penumbra y las turbulencias que sacudían la nave de vez en cuando. La falda ceñida acentuaba la curva de sus caderas y, aunque sus zapatos no tenían un tacón excesivo, a Elsa se le antojó como una mujer extraordinariamente alta, y más comparada con su minúsculo cuerpo de adolescente. Con todo, la delicada curva de su cuello bajo el cabello recogido y la rotundidad manifiesta de los pechos de la rubia bajo la camisa fueron lo que hicieron sonrojar a la jovencita. Le recordaron a los de Sandra y, sin darse cuenta, comenzó a salivar. 

A Elsa le entraron calores al aspirar el fresco perfume de la azafata, que caminaba a su lado, y tuvo la necesidad imperiosa de desabrocharse el primer botón de su blusa en busca de un aire puro que no llegaba a sus pulmones. Las experiencias lésbicas durante los veranos anteriores con la amante de su abuelo habían calado profundamente en ella; ya no observaba a las chicas del mismo modo desde entonces. Sentía una atracción hacia las mujeres de igual o mayor intensidad a la que experimentaba hacia los chicos, y miraba de reojo el cuerpo de sus compañeras cuando se duchaban desnudas tras las clases de ballet.  

La adolescente tenía dudas acerca de su orientación sexual; sin embargo, era lo suficientemente pudorosa y discreta como para mantener sus inclinaciones hacia el sexo femenino en secreto, aunque le resultaba imposible no fijarse en una mujer hermosa cuando la tenía delante y, más aún, cuando no tenía otra cosa mejor que hacer, como era el caso. 

Condicionada por su experiencia lésbica, imaginó un encuentro intenso en el baño del avión con la azafata; con besos húmedos, tocamientos íntimos y mucha pasión desatada. Fantaseó con la turgencia de esos pechos y la consistencia de los pezones de la rubia jugueteando entre sus labios. Imaginó su lengua recorriendo el cuello sudoroso de la azafata y se estremeció. Elucubró sobre el aspecto y dimensiones de su sexo y se preguntó si estaría depilado como el de Sandra, o si su flujo vaginal destilaría el mismo ligero amargor que el de la estilista norteña al correrse en su cara. 

La jovencita notó cómo su propia vulva vibraba ante tales pensamientos y a sus pezones reaccionando también, erizándose bajo la blusa, camuflados por la oscuridad. Estaba excitada, era un hecho; llevaba demasiado tiempo sin tener sexo con una mujer, el primer encuentro con Sandra iba a ser apoteósico. 

Elsa sintió la necesidad de tocarse; encontró el modo de abandonar su asiento sin molestar al durmiente para darse gusto en el cuarto de baño, aunque su plan onanista se vino al traste.

Habían pasado unos años y el contraste de luces y sombras en el interior del avión no permitía ver las cosas con claridad, sin embargo al darse de bruces con ella, la reconoció al momento: la eficiente azafata de su primer vuelo formaba parte del personal de cabina. La misma ruta, la misma compañía, el mismo horario…  la probabilidad de que algo suceda de nuevo crece cuando se repiten las circunstancias iniciales. 

La niña se dio la vuelta todo lo rápido que pudo y, en lugar de hacer lo necesario para llamar la atención de tan extraordinaria hembra y alimentar así su fantasía, huyó hacia su asiento, queriendo evaporarse allí mismo, muerta de vergüenza.

Las alarmas comenzaron a sonar en la mente de una Elsa cada vez más nerviosa al contemplar, desolada, cómo la eficiente auxiliar de vuelo se dirigía directamente hacia ella.

  • Hola, ¿estás bien? ¿puedo ayudarte en algo?

  • Sí, sí… todo bien. - Balbuceó la adolescente con torpeza, retorciéndose como un pez en el sedal.

Elsa entró en pánico y comenzó a temblar. Era consciente de que, actuando de ese modo, jamás pasaría desapercibida. Con poca fortuna, intentó serenarse, pero lo único que consiguió fue romper a sudar.

  • ¿Te apetece algo de beber? ¿un zumo?¿agua? Pareces mareada.

  • No, no. Gracias. Todo está perfecto.

  • ¿Seguro?

  • Sí. Seguro.

  • Como quieras

La niña respiró aliviada al ver que la rubia dejó de interrogarla, y más aún cuando pasó por su lado un par de veces sin insistir. Obviamente no la había reconocido, o al menos eso se dijo a sí misma para darse ánimos. Ya se creía a salvo de todo cuando una voz melosa le susurró al oído, con evidente ironía:

  • Si quieres te puedo traer una cobija… como la otra vez, jovencita - le susurró la adulta -. Puede que a tu otro abuelo le apetezca… ya sabes… pasar un buen rato.

Las mejillas de la chiquilla echaban fuego. Quedó paralizada. Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para pronunciar palabra alguna.

  • No, no.  Gracias. Todo está bien. - Elsa quería morirse de la vergüenza -. Además, no conozco a ese señor.

  • ¿De verdad? Pues parece que se acerca demasiado.

Aterrada, Elsa comprobó que lo que la asistente decía era cierto. Estaba tan nerviosa que no se había percatado de que el hombre, al que creía dormido, acariciaba de forma aparentemente accidental la parte externa de su rodilla desnuda.

  • De verdad, de verdad… - se apresuró a contestar la niña, apartando la pierna de las inmediaciones del desconocido -. No le conozco de nada.

  • En cualquier caso, si la necesitas, me lo dices - rió la rubia, presionándole el hombro para tranquilizarla -, y si te molesta ese baboso, lo tiramos en pleno vuelo y nadie se enterará.

El tipo, dándose por aludido, carraspeó y recompuso su postura, pero siguió fingiendo estar dormido de forma pésima. La broma tuvo el efecto deseado; la niña se relajó y dejó de temblar. 

  • No. No hará falta, de verdad.

  • Vale. Relájate e intenta dormir un poquito, te hará bien.

  • Gracias.

*****

Don Leonardo se quedó impresionado al ver a su nieta atravesar la puerta de llegada en la terminal del aeropuerto. Pese a la distancia y que su vista no era la de antaño, advirtió los cambios producidos en Elsa inmediatamente y un cosquilleo impúdico recorrió su espalda. Cuando se le acercó, le fue imposible ocultar el deseo carnal que había acumulado durante el año, fijando la mirada en los consistentes abultamientos del busto de Elsa en lugar de hacerlo en su franca sonrisa.

  • ¡Tata, Tata! - Chilló la joven como cuando era niña, emprendiendo una carrera infantil hacia su abuelo, dejando su equipaje atrás.

  • ¡Bichita! - exclamó el hombre mirando sin ningún recato el cuerpo de su nieta .- ¡Cielo santo, cuánto has crecido! ¡Estás preciosa!

La adolescente advirtió la mirada lujuriosa de su Tata hacia sus pechos; sin embargo, lejos de esconder su busto o incomodarse, se sintió reconfortada y, en cierto modo, aliviada por el impúdico modo de actuar de su abuelo. 

Serpiente le chupaba las tetas con ansia antes y después de poseerla, señal inequívoca de que a él sí que le agradaba el desarrollo de sus senos; sin embargo llevaba semanas temiendo que los cambios producidos en su cuerpo no fuesen del agrado de su Tata. 

Elsa no dejaba de recordar aquellas cálidas noches de veranos pasados en las que su abuelo le cubría de babas las tetitas durante horas, allá en las montañas, desnudos bajo el manto de las estrellas. Lamerle el torso era el pasatiempo favorito del anciano, no se cansaba de decirle lo mucho que le agradaba el suave tacto de sus pequeños pezones entre los labios y lo mucho que deseaba que permaneciesen así, minúsculos y turgentes, para siempre.

  • Te ves tan guapa y hermosa. Yo en cambio estoy cada día más viejo y decrépito - Confesó el adulto, apesadumbrado -. Cualquier día de estos… seré comida para los gusanos.

  • ¡No digas eso ni en broma, Tata!  - Gruño Elsa, manifestando de este modo su desaprobación, lanzando a la vez un cariñoso derechazo al hombro de su abuelo.

El abuelo soltó una sonora carcajada y cambió el semblante.

  • ¡No te enfades conmigo, Bichita!

  • ¡Jamás podría, Tata! - chilló ella, comiéndose a besos a su abuelo - ¡Venga, vámonos! Llévame a casa, el viaje ha sido largo y muy aburrido.

  • Por supuesto, pequeña..

Una vez más, la incontinencia verbal infantil de Elsa se apoderó de ella a lo largo del trayecto a casa. Don Leonardo, maravillado, la dejaba hacer. Comprobó, complacido, que dentro de aquella mujercita de delicadas curvas seguía viviendo la cabecita loca de su nieta favorita. Mientras la escuchaba, aprovechó una de los pocos tramos rectos del recorrido para echar mano al muslo desnudo de la niña; notar el calor que desprendía Elsa le hizo evocar tiempos pasados que volverían a repetirse ese verano y se sintió rejuvenecer.

Elsa no paró de hablar en ningún momento. Ni siquiera dejó de hacerlo cuando los dedos de su abuelo ascendieron a lo largo del interior de su pierna y, aprovechando la ausencia de ropa interior que lo guardase, rozaron la zona externa su sexo con suavidad. Instintivamente, Elsa separó las rodillas y se dispuso a disfrutar una vez mas de los certeros tocamientos. Dejarse acariciar por su Tata desde muy niña era algo tan habitual para ella que no le suponía ningún apuro o mal trago, más bien todo lo contrario: disfrutaba con cada roce íntimo que le regalaba su abuelo igual que el primer día que la estimuló, cuando apenas había dejado de ser un bebé.

La adolescente calló de repente con un huesudo dedo inserto en los albores de su vagina, señal de que algún pensamiento nuevo anidaba en su mente.

  • ¿Qué sucede, bichita? - preguntó el adulto, deteniendo la exploración genital y llevándose a la boca los efluvios de la muchacha.

  • Estaba pensando… ¿hoy no vamos a las montañas, Tata? 

El señor Calatrava rió. Estaba claro que Elsa era sangre de su sangre: si él tenía ganas de sexo, ella no se quedaba atrás.

  • No, pequeña, no. Mi espalda ya no está para mucho ajetreo. Además, estarás cansada del viaje. Vámonos a casa, ya habrá tiempo para eso en otra ocasión.

  • Como quieras, Tata - intervino Elsa, intentando que su tono no delatase sus temores con respecto a la falta de deseo de su abuelo motivada por el excesivo desarrollo de su cuerpo. 

Al llegar a la casa familiar, Elsa sintió otra punzada agridulce en el corazón. Estaba tal y como la recordaba; los recuerdos de la niñez inundaron su mente, pero había algo distinto esta vez. Todo estaba más viejo, peor conservado y, si bien estaba limpio gracias al personal de servicio, la ausencia de la abuela se notaba en multitud de detalles que daban a una casa solariega la personalidad de un hogar.

Elsa se dirigió a su habitación cuando su abuelo dejó su equipaje frente al dormitorio principal.

  • Esta vez tú dormirás conmigo, bichita.

A la niña se le iluminó la cara durante un momento, abuelo y nieta habían fantaseado muchas veces con aquello; después, le asaltaron las dudas.

  • Pero, ¿y si vuelve la abuela? ¿O qué dirán los criados?

  • ¡Esa bruja no volverá por aquí si sabe lo que le conviene! - Bramó el anciano, molesto - En cuanto al servicio, su opinión es irrelevante. A partir de ahora, tú eres la señora de la casa y tu sitio está aquí, a mi lado, en mi cama.

Elsa miró a su abuelo con admiración mientras la cogía en brazos. Por unos momentos, distinguió en ese cuerpo decrépito el hombre emprendedor y seguro de sí mismo que era antaño. Le gustaba verlo así, e incluso en cierto modo le excitaba sentirlo tan dominante con ella. Salvando las distancias, le recordó a Serpiente, cuando murmuraba obscenidades a Nancy y ataba a su hermanta al cabecero de la cama para follarla.

  • Como tú digas, Tata. - Dijo Elsa visiblemente emocionada.

Rodeó el cuello del adulto con sus manos y lo besó con suavidad. El cansancio y el apetito producidos por el largo viaje pasaron a un segundo plano. Ella tenía otro tipo de necesidad, mucho más intensa y urgente que saciar. Poco a poco sus besos se hicieron más lúbricos e intensos y su lengua hizo diabluras con la de su abuelo.

Don Leonardo posó a su nieta con suma delicadeza sobre la cama matrimonial, se colocó torpemente junto a ella y, tras separar unos mechones rebeldes del rostro de la chiquilla, atacó los botones frontales de su vestido, esos que guardaban el tesoro que tanto ansiaba llevarse a la boca. 

Le fue imposible hacerlo. Sus torpes manos temblaban tanto que los pequeños botones parecían estar envueltos en vaselina y resbalaban de sus dedos una y otra vez, provocando su enfado.

  • ¡Demonios! - Juró el abuelo, amenazando con utilizar la fuerza bruta para conseguir su objetivo.

  • ¡Tranquilo, Tata, tranquilo! Yo me ocupo, ¿vale? - Intervino Elsa en su auxilio, temiendo por la integridad de su ropa más elegante - Déjame un poco de sitio, que me chafas.

El abuelo mostró su disconformidad con un bufido al apartarse; sin embargo, su malestar cambió de forma radical cuando Elsa abordó la tarea a toda velocidad. Tuvo que tragar saliva varias veces al ver el torso desnudo de su nieta primero y el resto de su cuerpo después. Con su cara angelical y el cabello revuelto, la niña desnuda le pareció una de las hembras más atractivas que había visto en su larga vida, pese a su corta edad y su evidente falta de picardía. 

Maravillado, contempló complacido cómo emergían del torso juvenil un par de pechos bien conformados, con areolas abultadas y erectas. Tetinas que había disfrutado desde siempre, pero que ahora mostraban un aspecto mucho más sensual. También reposó la vista en el resto de su cuerpo, especialmente en el vientre plano, el abultamiento de la ingle y la mata de pelo púbico que decoraba con gracia la entrepierna de su nieta. Estaba tan embelesado por tanta belleza que ni se movió, paralizado como el que ve una obra de arte por primera vez.

Nerviosa por la inacción de su abuelo, la adolescente comprimió uno de sus pechos desnudos para aumentar así su volumen y se lo ofreció a su abuelo, muy sonriente.

  • Para ti, Tata. ¡Chúpalo!

El regalo de la joven hizo salir al viejo de su letargo.

  • Gracias, Bichita.

El anciano olvidó por un momento todos sus males y se entregó a uno de los mayores placeres que tenía en la vida: lamerle los pechos a su querida nieta. Tiempo atrás, lo hacía de manera furtiva, a escondidas de su terrible esposa; siempre con el temor de ser descubierto. En ese momento, con ella lejos de su vida, no había motivos para contenerse y se aplicó a la tarea con devoción.

El viejo succionó la teta adolescente sin precipitarse,  besándola de vez en cuando y metiéndosela completamente en la boca; circunvalando el jugoso pezón con la lengua, atrapándolo con los labios para estimularlo, e incluso mordisqueándolo con suavidad.

  • ¡Qué delicia! - Suspiró don Leonardo en uno de sus recesos para tomar aire.

  • ¡Me haces cosquillas, Tata! - Rio la chiquilla, apartando su cuerpo del anciano de manera involuntaria.

  • No seas mala, Bichita… - gruñó el abuelo, sometiendo a la niña con fuerza y enterrando su cabeza en las tetitas. 

Elsa apretó los puños y aguantó la risa provocada por las cosquillas en sus pechos. Sabía que era un momento importante para su Tata y no quería romper la magia. Olió las babas del viejo, cargadas de efluvios del tabaco y años. Cerró los párpados y respiró profundamente el fuerte aroma del sudor varonil. Casi un año lejos de ese olor áspero perfumando cada centímetro de su piel era mucho tiempo; demasiado tiempo. Ella también había extrañado esos momentos de intimidad con su abuelo. Gozaba, disfrutaba con todo lo que él le hacía; siempre había sido así.

Conforme pasaban los minutos, la impaciencia de Elsa iba en aumento. Lo estaba pasando bien; sin embargo, necesitaba lo antes posible, que su veterano amante fuese uno o dos pasos más allá de chuparle los pezones. 

Por entonces, la sensibilidad de sus pechos era extrema y aumentaba a medida que se iban desarrollando. El recorrido de la lengua de su abuelo sobre su piel despertó en su sexo una urgencia imposible de aplazar, una necesidad profunda que no se saciaría con caricias y besos en el busto, por muy placenteros y dedicados que fuesen. 

Elsa deseaba que el viejo entrase en ella cuanto antes; de forma brusca o delicada, le daba igual. Le urgía ser penetrada por su abuelo. Necesitaba polla; ni más ni menos. 

Poco a poco, la confusión dio paso a la frustración. A estas alturas, Serpiente ya le habría bajado las bragas hasta los tobillos para inmovilizar sus muñecas contra la almohada y le habría besado el cuello con pasión antes de penetrar en lo más profundo de sus entrañas, arrancándole gemidos de placer del fondo de la garganta. Don Leonardo, en cambio, no hizo nada de eso; se limitó a lamerle los pechos como si fuesen el más dulce de los helados. Eso era todo. 

  • ¿Quieres jugar, Tata? - Preguntó la niña desesperada, a la vez que separaba sus piernas todo lo que le era posible, incitando al adulto a profanar su sexo.

  • Eres un ángel, bichita. Estoy cansado, mañana será otro día, te lo prometo. - Musitó el adulto, dando por finalizado el encuentro sexual con un beso en la frente de la chiquilla. 

Elsa se sintió decepcionada cuando su abuelo se tumbó a su espalda, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Jamás la había rechazado antes. En cambio él le agarró las tetas desde atrás y quedó dormido poco después con unos pechos juveniles barnizados en babas entre los dedos. 

Ciertamente era tarde, muy tarde; sin embargo Elsa esperaba algo más de pasión por parte su Tata en primer encuentro tras tanto tiempo de separación. Necesitada, pensó en despertarle y susurrarle de nuevo las palabras mágicas al oído, esas que habían desatado las hostilidades sexuales entre ellos durante años y con la que tan bien lo habían pasado, pero al girarse y verle tan frágil, consumido por los años, recapacitó, volviendo a la postura origina; acomodando de nuevo las ásperas manos del abuelo sobre sus pechos.

La chiquilla cerró los párpados e intentó dormir; sin embargo la calentura de su cuerpo se lo impidió. Desvelada, llegó a la conclusión de que debía aliviarse de algún modo o le sería imposible conciliar el sueño aquella noche. 

Necesitada de sexo, Elsa deslizó una de sus manos hacia bajo vientre. Tras atravesar el monte de venus y los rizos de su pubis, alcanzó su objetivo. No le sorprendió en absoluto encontrarlo rehogado más bien en su propio flujo. La estimulación de sus pechos había tenido consecuencias. 

Con mucho cuidado para no despertar a su abuelo, Elsa comenzó a acariciarse. Fue cuidadosa al principio, sus dedos ya conocían las preferencias de su sexo y sabían perfectamente cómo y dónde tocar para elevarla al cielo sin hacer ruido. Compartir habitación con su hermana Nancy había sido una buena escuela de aprendizaje para tocarse en la penumbra sin ser descubierta. 

Embriagada por la lujuria, sus tocamientos fueron ganando intensidad y perdiendo discreción. Tuvo que llevarse el puño a la boca para no gemir. Su cuerpo se estremecía al ritmo con el que sus finas manos le daban placer, llegando a un punto de no retorno donde su mente comenzó a volar, atrapada en esa sensación. 

Cuando estaba a punto de implosionar, una mano surgió de la nada y apartó la suya con energía. La intrusa introdujo dos descontrolados dedos hasta lo más profundo de su sexo, para después percutirle la entraña con más intensidad de lo habitual. Su amante no fue delicado como de costumbre; casi rozó la violencia a la hora de masturbarla aquella noche. Ella se sorprendió, su abuelo jamás la había tratado así antes; siempre había sido delicado y cuidadoso con ella. Se asustó un poco al principio, aunque pronto su miedo sucumbió al placer. Una vez más, su veterano compañero de cama le demostró que sabía muy bien lo que hacía. 

Las experiencias de Elsa con Serpiente la habían hecho madurar en todos los sentidos; ya no consideraba tan aberrante la forma animal con la que el joven poseía a su hermana mayor. De hecho, ella misma había fantaseado alguna vez siendo el blanco de los excesos de aquel inquietante muchacho, aunque por el momento, él se contenía y siempre la había tratado apasionadamente, pero con dulzura. Elsa se sentía especial por eso; se decía de él que era un salvaje con todas las mujeres que poseía.

  • ¡Tata! - jadeó la niña, rota de gusto, estremeciéndose una y otra vez.

  • ¡Déjalo salir, bichita! ¡Déjalo ir…! - Gruñó él, intensificando su maniobra todavía más, retorciendo los dedos con vehemencia en la entraña de su nieta.

Extasiada por los albores del orgasmo, Elsa notó la dureza del miembro viril de su abuelo llamando a su puerta trasera y, turbada por la lujuria, fantaseó con ser sodomizada por él mientras la dedeaba. A diferencia de Nancy, disfrutaba realmente practicando sexo anal y tenía la esperanza de que ese verano, por fin, su Tata dejara a un lado sus prejuicios y gozase de su entrada trasera plenamente.

Entre espasmos, Elsa se vino de manera generosa gracias los dedos mágicos de su querido Tata, exhalando un estridente alarido de placer al explotar.

  • ¡Ahggg! - Chilló al eyacular.

La joven notó cómo de su sexo el flujo salía a borbotones atropelladamente. Se deleitó unos segundos con la intensa sensación de bienestar que la embargaba tras el clímax. 

La mente de Elsa estaba satisfecha, pero su joven cuerpo aún quería más. Ya estaba a punto de abrirse de piernas para ofrecerse a su abuelo cuando este tomó distancia y se tumbó boca arriba sobre la cama, derrotado.

  • Muy bien, Bichita. Muy bien. Ahora, es tiempo de descansar… - Murmuró.

  • Pe… pero.. - protestó ella.

  • Mañana… mañana…

Aquella rendición inesperada fue la gota que colmó el vaso de la adolescente. Elsa ya no pudo contenerse, algo irrefrenable surgió de su interior. Los dedos estaban bien, pero ella necesitaba algo más. Desde que había catado verga, tenía muy claras sus preferencias entre una simple masturbación y un buen polvo. 

Sin mediar palabra, se giró hacia su abuelo y, con una contorsión audaz, se colocó sobre él, adoptando una de las posturas preferidas de Serpiente, esa que tanto placer le proporcionaba a su amante más joven. 

  • Bichita, no. Es tarde… - murmuró el anciano, pero su protesta cayó en saco roto.

  • ¡Quiero jugar, Tata! - Protestó ella con voz infantil. 

Ansiosa, la adolescente agarró la polla por la base y, tras estimularla un poco, la dirigió al lugar de donde, según su criterio, debía estar desde hacía un buen rato. Contuvo la respiración, apretó los puños y se dejó caer, llenándose de verga con generosidad. Una vez alcanzada la profundidad deseada, comenzó a mover las caderas y tanto ella como su abuelo fueron uno sobre la amplia cama matrimonial de los Calatrava.

Los primeros rayos de luz del alba descubrieron a Elsa cabalgando sobre su abuelo a ritmo alegre. El entusiasmo y las ganas contenidas tras un largo invierno le pudieron. No se anduvo con rodeos ni delicadeza; desde el principio el ritmo fue intenso. Puso en práctica todo lo aprendido con su amante más joven, moviéndose con gracia sobre el viejo, haciendo que le apretase los senos o le aferrase las caderas mientras ella no dejaba de trotar sobre él. 

La desigual pelea fue tan intensa como breve. En efecto, su abuelo había recobrado el vigor perdido, pero no su aguante. Tras una serie de intensas y fogosas sacudidas por parte de la adolescente, don Leonardo eyaculó todo su ardor incestuoso en el interior del vientre de su nieta de manera incontenida y desbocada. 

Gracias a los chorros de esperma que regaban su entraña, Elsa experimentó las primeras mieles de su segundo orgasmo. Fogosa y desatada, intentó por todos los medios prolongar la erección de la polla de su Tata en su interior para alcanzar su cénit por tercera vez, pero esta, una vez lanzado su canto, se aletargó como el cisne a punto de morir. 

La polla del anciano perdió la erección de una forma descorazonadora y se convirtió en un pellejo flácido y sin vida, todavía en el interior de la nínfula. 

  • Lo… lo siento. - Se disculpó él, apesadumbrado, abrazando de nuevo a su nieta por la espalda - Me estoy haciendo viejo, Bichita.

La frustración de Elsa no duró mucho. El amor que sentía por su abuelo iba mucho más allá de lo puramente carnal y se refugió de nuevo entre sus brazos.

  • No pasa nada, Tata. -Apuntó ella con sinceridad.

Permanecieron así unos minutos, soldados piel con piel. 

Elsa notó cómo el sueño le iba venciendo y bajó la guardia.

  • ¿Has jugado a nuestro juego con alguien más, Bichita? - Preguntó su abuelo de repente.

Elsa a duras penas evitó dar un respingo. Sus menudos ojos se abrieron de par en par.

  • Claro. Con Sandra, el señor Monroy y el resto de tus compañeros de partida, Tata.

  • No, no… no me refiero a ellos. Quiero decir si has jugado con alguien más, allá en la capital.

  • No, nadie. - Musitó la niña con el tono más convincente que fue capaz de adoptar aprovechando que, debido a la postura y a la semioscuridad, su abuelo no podía ver la evidencia de la mentira en su cara .

  • No me mientas, Bichita.

Elsa demoró la respuesta más de lo que la verdad necesita.

  • Te lo prometo, Tata.

La niña comenzó a temblar.

  • Está bien, pequeña. Te creo. - Dijo el abuelo al fin, liberándola de la tensión.

  • Estoy cansada, tengo sueño, Tata.

  • Por supuesto, pequeña. Dulces sueños. Descansa.

Abrumada por la amargura de la mentira, Elsa buscó de nuevo cobijo entre los brazos de su abuelo. La dulce sensación del esperma saliendo lentamente de su sexo actuó de sedante y, poco a poco, fue desvaneciéndose hasta quedarse dormida, con las manos de su abuelo selladas a fuego sobre sus pechos y los muslos pringados de fluidos íntimos incestuosos.

*****

  • ¡Qué cambiado está todo! ¡Me encanta!

  • Pero, ¿qué dices, Bichita? Todo está igual que siempre. 

  • No. La pared del parque está pintada de otro color y los parasoles del bar son nuevos, Tata.

  • ¡Hay que ver qué buena memoria tienes! ¡Y te fijas en todo! Yo paso por aquí todas las semanas y ni siquiera me había dado cuenta de todo eso.

La pequeña Elsa no dejaba de revolotear de un lado para otro durante la primera visita al centro de la localidad del verano. Debajo de su apariencia más sofisticada, seguía siendo la misma chiquilla inquieta de siempre. Don Leonardo distinguía las miradas lujuriosas hacia su nieta de los hombres con los que se encontraban. En lugar de molestarle, le enorgullecían enormemente, como había sucedido con sus compañeros de partida años atrás. 

  • ¡Es sábado! Sandra estará trabajando. ¡A ver si puede pintarme las uñas a juego con el color de mi nuevo pintalabios! - Chilló la adolescente, echando a correr antes de que a su abuelo le diera tiempo a reaccionar - ¡Te espero allí, Tata! 

  • ¡Elsa, espera! ¡Espera!

El adulto caminó todo lo rápido que sus torpes piernas le permitieron. Al doblar la esquina, descubrió a Elsa mirando tristemente lo que anteriormente había sido el Salón de Belleza de la hermosa Sandra, el lugar en el que había tenido su iniciación el el sexo vaginal y lésbico. De su antiguo esplendor sólo quedaban los restos de un neón destrozado. Las ventanas y puertas estaban tapiadas, y de la fachada colgaba un cartel que indicaba la inminente construcción de una sucursal bancaria.

  • Pe… pero… 

  • Bichita…  - Dijo en abuelo cuando recobró algo de resuello.

  • ¿Qué ha pasado?

  • Elsa… yo…

  • ¿Dónde está Sandra, Tata?

  • Se fue. - Confesó el hombre con tristeza.

Elsa jamás lo había visto tan apesadumbrado.

  • ¿Que se fue? ¿Cuándo? ¿A dónde? ¿Por qué, Tata?

La adolescente no salía de su asombro.

  • Justo antes de Navidad. Lo vendió todo sin decirme nada y se largó. Me dijo que estaba aburrida de vivir aquí, que iría a la capital a probar suerte. Ni siquiera tuvo el valor de despedirse, simplemente me mandó una nota…

  • ¡Oh, abuelo! - Dijo la niña, consternada.

  • Me consta que no se fue sola. Dicen los vecinos que la acompañaba un tipo joven en un coche deportivo. 

  • Entiendo. ¡Cuánto lo siento!

  • No pasa nada, Bichita - dijo él haciendo una mueca -. Además, siempre te tendré a ti!

  • ¡Por supuesto, Tata! - apuntó la niña, aferrándose al brazo de su querido abuelo.

  • ¡Vamos a comer, Bichita! Iremos a casa del señor Monroy. después de almorzar. 

  • ¡Síiii! ¿Cómo está? Y Taruk, ¿está bien?

  • Ese caballo cabezón está perfectamente.

  • Menos mal.

  • El viejo carcamal está ansioso de volverte a ver.

  • ¿Taruk?

  • Me refiero al señor Monroy, Bichita.

  • El señor Monroy no es viejo, se conserva muy bien.

  • Ya veo. - Rio el abuelo.

La niña se sonrojó. Sentía una especial predilección por el compañero de partida de su abuelo a la hora de practicar el sexo oral con él. Además de tener el miembro viril más grande de todos sus amigos, su aguante era mucho mayor que el resto al ser bastante más joven que el reso y su esperma sabía a limpio en lugar de a pipí como el de los demás. Más allá de su cojera, el dueño de Taruk le parecía sumamente atractivo.

  • Yo también tengo ganas de verle.

  • ¿Solamente verle? - Se burló el abuelo al advertir el brillo en los ojos de su nieta.

Ya hacía tiempo que había advertido la predilección de su nieta hacia su compañero de dominó a la hora de practicar el sexo oral con él. Con el resto también lo hacía con gracia, pero con el carabinero retirado era algo más atenta y complaciente; poco menos que corría para arrodillarse frente a él y echar mano a su bragueta.

  • ¿Quieres tener sexo con él? - Preguntó el adulto en ese tono brusco que turbaba a la adolescente -. Puedes ser sincera, Bichita. No voy a enfadarme.

Pese a la dispensa, la niña estaba reacia a mostrar sus preferencias íntimas.

  • Venga. Escúpelo, Bichita.

Finalmente, ella accedió.

  • Me gustaría jugar con el señor Monroy, Tata. - Confesó la adolescente al fin, desviando la mirada.

*****

Desnuda en el borde de la piscina, Elsa golpeaba  la lámina de agua con su pie, contemplando aburrida cómo las ondas atravesaban la piscina con parsimonia hasta estrellarse irremisiblemente contra la pared. Restos de esperma blanqueaban la comisura de sus labios y también sus pechos mostraban secuelas de las primeras felaciones del verano. Tenía el estómago lleno y la lengua pegajosa, pero aun así, seguía insatisfecha.

Tras las presentaciones y la primera ronda de mamadas bajo la mesa, los hombres se habían enfrascado en una enconada competencia de dominó en la que el honor y la gloria estaban en juego, relegándola a un segundo plano. Ni siquiera se habían tomado la molestia de comerle el coño o masturbarla como era costumbre; su grado de excitación era tal que ni frescor del agua de la piscina al nadar había conseguido rebajar la temperatura de su sexo.

Hastiada, optó por visitar al único macho de la casa que siempre agradecía su presencia.

  • ¡Taruk, Taruk! ¡Ven aquí, bonito! Ven aquí.

El viejo corcel negro atendió la llamada de la muchacha. Sumiso y obediente, caminó tras ella guiado por las riendas hasta llegar a un frondoso limón de pica, asilvestrado por la falta de poda.

Por enésima vez, Elsa recorrió con la mirada la sucesión de cicatrices que marcaban el cuerpo del equino. Algunas eran terribles y dejaban a las claras el tremendo dolor que había padecido la montura.

  • Pobrecito. Tuviste que pasarlo realmente mal cuando te alcanzó la metralla. - susurró Elsa con los ojos cerrados, apoyando su cabeza en el costado del animal y rozando con sus pechos la piel del equino.

Elsa pasó la palma de la mano a lo largo de una de las llagas más profundas. El corcel meneó la cabeza y se estremeció. Clavó sus patas delanteras en el suelo, pero no rehuyó el contacto, a diferencia de lo que hacía con el resto de los humanos que intentaban tocarle. Sólo Elsa podía acariciarle de ese modo. Ni siquiera el señor Monroy podía permitirse un lujo semejante. 

Desde que se conocieron, Elsa y Taruk establecieron un vínculo muy especial, y eso se palpaba en el ambiente tras cada reencuentro. El tiempo y la distancia no hacían mella en su relación. El invierno no pasaba para ellos.

Manteniendo los párpados cerrados, los dedos de Elsa continuaron recorriendo el cuerpo de Taruk dulcemente, sintiendo el ritmo del corazón de su alma gemela en sus yemas. La niña y caballo conectaron como siempre, hasta un punto en el que sus respectivas respiraciones se acompasaron en una sola. Permanecieron así un buen rato, piel con piel, arropados por la sombra de su árbol favorito, alejados de todos y de todo.   

De repente, el tacto áspero del cuero se hizo más suave y flexible. Elsa sintió el calor llenando directamente la totalidad de su mano; la falta de pelo le reportaba una sensación al tacto muy diferente a otras veces. Distinta, pero muy agradable, así que continuó acariciando a Taruk de ese modo hasta que un ligero relincho la sacó del trance.

  • ¡Oh! - exclamó Elsa al ser consciente de lo que estaba haciendo.

Sobre su mano descansaba parte del escroto del caballo; el saco era tan grande que no era capaz de abarcarlo por completo.

La primera reacción de Elsa fue apartarse, como el que siente una descarga eléctrica. Azorada, miró a un lado y a otro temiendo haber sido descubierta. El rincón del patio donde se encontraban era tremendamente discreto, y el sábado por la tarde el personal de servicio estaba fuera; no obstante eso no la tranquilizó.

  • ¡Perdón! - se disculpó ante Taruk, como si su acompañante fuese humano y pudiera entenderla.

Pero para su sorpresa Taruk, en lugar de alejarse o mostrarse indiferente, se acercó a ella despacio y buscó de nuevo el contacto.

Elsa estaba desconcertada, no sabía qué hacer. Cada paso que se alejaba, era recorrido de inmediato por el equino, mostrando claramente su predisposición a ser tocado en su zona genital. 

  • ¿Qui… quieres que te toque ahí, Taruk? ¿quieres jugar conmigo?

Obviamente, el equino no respondió, pero agachó la cabeza un par de veces y la niña interpretó el gesto como una afirmación.

  • ¿Sí?  

Una vez más la curiosidad de Elsa impuso su ley. Echó un último vistazo para corroborar la ausencia de mirones cerca y se arrodilló junto a los cuartos traseros del caballo.

  • Vale.

Con más miedo que vergüenza, la adolescente reemprendió los tocamientos, aunque esta vez sí se atrevió a mirar. Con suma delicadeza, palpó los genitales del caballo, teniendo mucho cuidado de no hacerle daño. Le pareció interesante la forma ovoidal de los testículos, su suave tacto y, sobre todo, el intenso calor que desprendían. No le sorprendió que uno de ellos estuviese más elevado que el otro; su Tata ya le explicó en su día, cuando la instó a introducirse en la boca los suyos por primera vez, que eso era algo habitual en los machos.

Taruk mostró su satisfacción ante lo que estaba sucediendo con un ligero relincho. No obstante, la prueba palpable de que Elsa estaba haciendo un buen trabajo se reflejó de inmediato en el pene del equino. La manga de tejido cavernoso comenzó a crecer y crecer tanto en grosor como en longitud frente a la atenta mirada de la jovencita. 

La niña no podía quitar ojo del majestuoso pene que se encontraba a escasos centímetros de su cara. Estaba alucinada, tanto por su forma como por sus dimensiones.

  • “¡Todavía no está erecto y ya es enorme!” - Pensó la adolescente, con la mirada encendida por la curiosidad- “¿Cuánto crecerá?”

Sin dejar de masajear los testículos de Taruk con una mano, Elsa se armó de valor y utilizó la otra para agarrar con suavidad el miembro viril de desproporcionadas dimensiones. Una vez más, se sorprendió y no pudo evitar hacer comparaciones con la media docena de penes humanos que había tocado o chupado con anterioridad. 

  • Es… rígido y a la vez duro en su interior - murmuró para sí -, la piel que lo recubre es tan suave y tibia como la seda. Es… diferente. Me pregunto…

La niña hizo un receso en su soliloquio, con sus inquietos ojos fijos en el nada desdeñable agujero que mostraba Taruk en la punta de su abultado meato con forma de campaña invertida.

  • …me pregunto… ¿cómo sabrá su semen? 

Elsa sonrió ante su ocurrencia y, dispuesta a saciar una vez más su curiosidad, besó los testículos un par de veces con dulzura y tomó posición arrodillada bajo el caballo. Con mucha precaución para no ser pisada, comenzó a masturbar al equino a dos manos, de forma tímida y delicada al principio, más vehemente después. Taruk relinchó de una forma diferente, más lánguida y pronunciada a la habitual. Eso la hizo reír, incitando a la niña a continuar con el masaje íntimo.

  • Te gusta, ¿verdad? - Susurró Elsa, complacida de que sus tocamientos tuvieran reflejo en el tamaño y la dureza del falo que tenía entre manos. 

Animada por la reacción del equino, Elsa se afanó en la tarea. El cipote era tan grueso que no podía abarcarlo por completo, pero aun así puso todo su arte y empeño en dar placer al animal. Una vez perdido el miedo a hacerle daño a Taruk, el movimiento rítmico ganó en fuerza, velocidad y precisión. 

  • ¡Tengo que estar loca para hacer esto!

Elsa nunca había visto correrse a un caballo, desconocía que el coito de estos animales era tan intenso como breve. Es por esto por lo que no interpretó el movimiento de la cola de Taruk como el preludio de una inminente eyaculación y continuó masturbándolo como si nada. 

La primera descarga, acuosa, clara y abundante, salió disparada del cipote del animal sin previo aviso, estallando contra la cara de una sorprendidísima Elsa, cegandola por completo. La violencia fue tal que apenas le dio tiempo a la niña de cerrar los ojos y poco más. 

  • ¡Dios! - Rio, totalmente sobrepasada por los acontecimientos. 

La chiquilla aguantó el envite como pudo, pero siguió moviendo las manos con rapidez, su instinto le decía que aquello no había terminado. Dispuesta a seguir experimentando, abrió la boca de par en par y aguantó la respiración, como cuando su abuelo se lo pedía desde niña. 

La segunda andanada, tan copiosa o más que la primera, dio directamente en el blanco. La cantidad de semen fue tal que no solo anegó su cara sino que pringó su cabello, cubrió buena parte de sus tetas, colmó su ombligo e incluso mojó su pubis antes de caer al suelo. Al paladearlo, Elsa lo encontró cálido, intenso, animal, con un toque amaderado o a cuero; sorprendentemente salado y menos dulce que el de su Tata. El sabor no le desagradó en absoluto, ni tampoco su viscosidad al paladar.

  • Está rico. - Musitó. 

La niña se demoró lo justo antes de volver a separar los labios y aproximarlos al falo en busca de más.

A pesar de que el esperma cegaba casi por completo sus ojos, Elsa percibió un cambio en el color, la textura y consistencia del semen derramado en su boca tras la segunda descarga. La emulsión semi transparente se transformó en un torrente de color blanco y cremoso, de olor mucho más fuerte y hormonado que a punto estuvo de hacerla toser. La niña aguantó estoicamente el envite, pero fue incapaz de trasladar todo el torrente de esperma hasta su estómago y dejó que buena parte se derramase sobre su cuerpo.   

Con todo, el plato fuerte estaba por llegar, ya que las dos o tres últimas corridas de Taruk consistieron en un gel espeso y pesado que selló los párpados, nariz y labios de Elsa durante unos segundos dramáticos en los que tuvo que aguantar la respiración para no toser.

Cuando todo terminó, el corcel negro azabache se alejó trotando y feliz. La chiquilla cayó al suelo, y sin dejar de reír sobre la hierba, se limpió la cara como pudo, feliz por haber complacido a su alma gemela y, al mismo tiempo, haber satisfecho una vez más su curiosidad. 

  • ¡Taruk, eres muy malo! - Chilló a la nada, sin dejar de reír y apartando los restos de la corrida de la cara.

Dando tumbos, medio ciega, Elsa deambuló hasta la piscina, paladeando los últimos grumos del esperma que tenía en la boca. Le recordó al denso yogur casero que hacía su abuela, aunque en una versión más salada y nutritiva.

No sabía cuándo ni cómo, pero tenía muy claro que quería repetir.

Se tiró de cabeza a la pileta, y el agua alivió el escozor de sus ojos y limpió su piel. Tuvo que retirar los restos de semen de su cabello y enjuagarse la boca varias veces ante el temor de que su abuelo encontrase algo raro en su aliento si volvía a besarla.

  • ¿Qué haces, Bichita? - preguntó su abuelo minutos después de concluída la labor de limpieza.

  • Nadar, Tata.

  • ¿Te aburres?

  • Un poco.

  • Ven a jugar con nosotros.

Elsa sonrió y poco menos que corrió hasta la sala de juegos dispuesta una vez más a arrodillarse bajo la mesa. Su vitalidad a la hora de practicar el sexo era insaciable.

Su abuelo la detuvo.

  • No es por ahí, bichita.

  • ¿No? - Preguntó ella muy extrañada.

Don Leonardo no contestó. Se limitó a tomar a su nieta por el brazo y ambos subieron a la habitación principal. Al llegar a ella, la cama estaba totalmente libre de ropa; solo un almohadón descansaba sobre ella.

Su abuelo la tumbó en la cama, la abrió de piernas completamente y le susurró:

  • Bichita, vamos a jugar.

Ella aceptó la propuesta con su alegría habitual, sin embargo se extrañó mucho cuando su abuelo, en lugar de desnudarse, salió discretamente de la habitación. 

Elsa se retorció de gusto cuando el Señor Monroy  apareció desnudo y erecto atravesando  la puerta. Sus labios dibujaron una tenue sonrisa y lentamente, deslizó sus manos bajo la almohada, cerró los ojos y se aferró con fuerza a los barrotes de la cama, con la seguridad de que, por fin, el calor que sentía en su bajo vientre iba a ser sofocado como deseaba.


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