"¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA?" Parte VI por ZARRIO.

 ¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? por Zarrio.

Parte 6: Nostalgia





  • ¿Quedamos para repasar los apuntes esta tarde?

Elsa sonrió a su compañera de la facultad de enfermería amablemente, pero negó con la cabeza.

  • No, no puedo Marcela. Tengo cosas que hacer. 

  • Ya, ya … - rio la otra, mirando al cielo -. Y esas “otras cosas”… ¿no será rubio, medirá metro noventa y va al último curso?

  • ¡Nooo! Ya sabes que que solo fue una vez…

  • ¡Tres! 

  • ¡Oyeeee! No grites, que no quiero que se entere nadie. 

  • ¡Si ya lo sabe todo el mundo! ¡No para de contárselo a sus amigos!

Elsa se sonrojó.

  • ¿En serio? ¡Qué vergüenza!

  • Pero, ¿por qué? Es perfecto. Eres la envidia de toda la clase. ¡Una de primero liándose con el chico más guapo del campus!. Las de quinto están que se suben por las paredes. ¡Que se jodan… por zorras!

  • ¡Psss! ¡Calla! A ver si te van a oír y nos metemos en un lío.

  • ¡Naa…! ¡Son unas idiotas!

  • Me voy. - intervino Elsa, interrumpiendo el exceso verbal de su amiga - Se me hace tarde.

  • Y si no es Esteban, ¿quién será esta vez el afortunado? 

  • No lo conoces. - Accedió por fin la joven.

  • ¡Lo sabía! ¡Sabía que habías quedado con un chico! ¡Ese escotazo no engaña a nadie!

  • Eres peor que la policía, ¿lo sabías? 

  • ¿Lo harás con él también? ¡Ya me contarás qué tal!

  • ¡Ni hablar! No te diré nada, que luego lo largas todo. - Protestó Elsa, guiñando de forma cómplice.

  • Eres perversa, seguro que es un dios en la cama...

  • Hasta mañana. - Se despidió Elsa tomando el taxi que la llevaría hacia el norte.

  • ¡Lo sabíaaa! - Chilló la otra a modo de despedida - ¡Quiero detallesssss!


Mientras observaba cómo iba cambiando el paisaje urbano, Elsa pensó en la loca de Marcela y en sus palabras. El tal Esteban era guapo y el sexo no se le daba mal, sin embargo estaba convencida de que lo hubiera pasado mucho mejor en la cama con la joven de cabello dorado y ojos color miel que no paraba de interrogarla acerca de sus conquistas masculinas. Era un pensamiento recurrente que le asaltaba noche tras noche, cuando pensaba en ella al masturbarse antes de dormir y no en cualquiera de los muchos chicos que deseaban llevarla a su cama.

Hacía unos pocos meses que Elsa había cumplido dieciocho años. Seguía siendo una chica amable con todos, muy estudiosa; madura y responsable como pocas. Con el inicio del curso, había abandonado la abarrotada casa familiar para instalarse en un coqueto estudio muy cerca del campus, aliviando así el sobrepoblado hogar de los Calatrava. Su hermana Nancy se había casado con su novio de toda la vida, tenía dos niñas preciosas y seguía siéndole infiel con todo el mundo. El resto de la prole continuaba en el nido y ninguno de ellos tenía visos de abandonarlo a corto plazo.  

La cuantiosa parte de la herencia recibida tras la muerte de su Tata le proporcionó a la joven la suficiente independencia económica para poder vivir fuera del domicilio familiar. El funesto desenlace fue un mazazo para ella del que no se había recuperado anímicamente. Con gusto hubiera renunciado a toda la fortuna recibida simplemente por pasar un día más al lado de su abuelo y poder visitar las montañas juntos.

El temido desarrollo de su cuerpo le había sobrevenido tarde en comparación con las otras chicas de su entorno; sin embargo, el resultado de la metamorfosis resultaba más que satisfactorio, saltaba a la vista. Si bien no destacaba por su altura, el volumen y la firmeza de sus pechos superaban la media, y resaltaban todavía más gracias a la estrechez de su talle y su culito respingón. El patito escuálido se había convertido en una majestuosa cisne, de esas que consiguen, sin esfuerzo, que los hombres giren la cabeza al verla pasar, haciendo que sus miembros se endurezcan y la imaginación vuele. 

El mechón rebelde que revoloteaba en su cara no la había abandonado, como tampoco su elegancia al vestir ni, menos aún, el brillo de sus menudos ojos marrones, siempre investigándolo todo. Tampoco el fuego interno de su cuerpo había menguado con los años, aunque hacía lo posible por sofocarlo antes de que pasara a mayores; de hecho, su número de conquistas había crecido incluso más que su talla de sujetador. Elsa se mantenía muy activa sexualmente, tanto con chicos como con chicas; algunos dirían que rayaba en lo promiscuo, pero sabía ser discreta, lo que alimentaba un aura misteriosa que la hacía, si cabe, más irresistible para el resto de los mortales. 


  • ¿A dónde vamos, señorita? - Preguntó el taxista, acomodando el espejo interior del vehículo para no perder detalle del vertiginoso escote de  su bella pasajera.

  • A Colina I, por favor. Dese prisa, se me hace tarde.

El conductor soltó un bufido de desaprobación.

  • ¡Uff! ¿A la cárcel? Eso está muy lejos. Será mejor que coja el autobús…

El semblante y la actitud del tipo cambiaron al ver el fajo de billetes que Elsa le tendió, casi tanto como lo habían hecho al ver el escote de la muchacha al sentarse en el asiento trasero de su taxi.

  • Necesito llegar cuanto antes. - Insistió la joven.

  • Como guste, señorita. Allá vamos.

El barrigudo taxista interrogó abiertamente a Elsa acerca del motivo de su visita a la cárcel. La joven había aprendido a controlar su verborrea, sustituyéndola por prolongados silencios que hicieron desistir al hombre, y este continuó en silencio el resto del trayecto.

  • Tendrá que esperarme un par de horas, se lo pagaré bien. - Dijo Elsa tras bajarse, apoyándose ligeramente en la ventanilla del pasajero para reforzar sus palabras con una buena panorámica de sus senos mientras pagaba el servicio.

  • No hay problema - Repuso el tipo, hipnotizado por los dos mareantes péndulos-. Por usted esperaría hasta el mismo día del juicio final si fuese necesario, guapa.

  • Gracias - Apuntó Elsa, acostumbrada a causar ese efecto en los hombres -. Es usted muy amable. 

Elsa estaba un poco nerviosa mientras recorría los pasillos de la prisión. No era la primera vez que acudía a ver a Serpiente, pero sí la última antes de la concesión del venusterio de la cárcel. Al no estar casados, la cita íntima no podía consumarse sin cumplir primero con varias visitas comunes u ordinarias. Tras mucho insistir, por fin veía el final del túnel; ignoraba el motivo por el cual Serpiente había demorado tanto la petición al alcaide. El sexo con el joven en libertad siempre había sido algo extraordinario; ni se imaginaba lo que sería después de que él pasara más de seis meses sin intimar con una mujer. 

Si bien la actitud amable no había disminuido ni un ápice, lo cierto es que Elsa percibía que algo en Serpiente estaba cambiando. La ilusión con la que la había recibido durante la primera visita, el mismo día de cumplir la mayoría de edad, había mutado en cierto hastío hacia ella. Lo achacó al hecho de estar preso, intentó ser amable y cariñosa con él. Se notaba que, siendo un espíritu libre, no lo estaba pasando bien encerrado como un animal. Estaba decidida a hacer todo lo posible para que eso cambiase.  

Ya era noche cerrada cuando Elsa abandonó el centro penitenciario. Se estremeció bajo el gabán. Hacía frío y su vestido ceñido habría alegrado la vista a su amigo y al guardia que lo custodiaba, pero no era el más apropiado para el rigor del invierno chileno. La visita había ido bien y los trámites para la próxima cita íntima ya estaban resueltos; sin embargo, el cristal que la separaba de su amante había restado encanto a la antesala del esperado encuentro.  

Apretó el paso en dirección al taxi que, según lo convenido, la aguardaba entre la bruma. Ya estaba a punto de entrar en él cuando se fijó en las personas con menos fortuna que ella esperando pacientemente la llegada del autobús. Una de ellas le resultó familiar. Su corazón dio un vuelco al reconocerla. 

  • ¿Sandra? Sandra, ¿eres tú?

  • Di… disculpa, ¿te conozco? - Preguntó la mujer, sorprendida.

  • ¡Sandra! ¿No te acuerdas de mí? ¡Soy Elsa, Elsa Calatrava, de Iquique! ¡La nieta de don Leonardo!

  • ¡Elsa! - exclamó la mujer, yendo a su encuentro - ¡Cuánto tiempo…! ¡Y cómo has crecido, apenas te reconozco!

  • ¡Señorita, que se hace tarde! - Gruñó el taxista en la lejanía -. Uno tiene una vida.

  • ¡Qué gusto encontrarte! ¿Vas a la ciudad? - Preguntó Elsa, recobrando su entusiasmo característico de cuando era niña.

  • S… sí, pero…

  • ¡Sube, te llevo a donde quieras! Así nos ponemos al día.

  • No,no. De verdad que no.

  • ¡Sube! No seas tonta. A saber cuánto va a tardar el autobús en llegar. Pago yo.

La norteña esbozó una sonrisa nerviosa, se retorció en su abrigo pasado de moda y sucumbió. 

  • Está bien. Como quieras.

  • ¡Claro que sí! Tomaremos un café, hace un frío tremendo.

Después de que el taxista las dejase en una de las zonas más deprimidas de la ciudad, encontraron un bar abierto, un tugurio de mala muerte más bien. No era el sitio más recomendable para dos mujeres decentes a esa hora de la noche, pero el camarero se apiadó de ellas y les buscó un rincón donde poder conversar con la condición de que sustituyeran el café por algo de licor y una sonrisa.

La morena conservaba cierto atractivo, aunque las ojeras violáceas, los ojos hundidos y la ausencia de joyas eran un claro signo de que las cosas no le iban muy bien. Había perdido algo de peso, pero sus pechos todavía se movían de forma inquietante bajo la camisa, como antaño. La universitaria no pudo evitar recordar los buenos ratos pasados con ella en la cama, más allá del profundo daño que había provocado a su tata. Para su sorpresa, su interlocutora tenía las manos descuidadas y huesudas, con un tono amarillento y alguna que otra uña mellada. Ya no quedaba nada de las manos de la estilista de lujo que ella recordaba.  

Elsa intuyó que los planes de Sandra al largarse de Iquique, fuesen los que fuesen, no habían salido como ella esperaba. 

  • ¿Cómo está tu abuelo? - Preguntó Sandra tras la cuarta ronda, agachando la cabeza para disimular su vergüenza.

  • Murió - contestó Elsa borrando de un plumazo la sonrisa propiciada por el alcohol de su cara.

  • ¡Oh, qué lástima! Yo… yo…

  • Fue hace un año. Un infarto mientras dormía. Ni se enteró, no sufrió nada.

  • Vaya. Sé que estabas muy apegada a él. De verdad que lo siento mucho.

  • Gracias. Es ley de vida.

Elsa se enjuagó discretamente las lágrimas, respiró hondo, recobró la compostura y rompió el silencio establecido tras la incómoda pregunta.

  • ¿Qué hay de ti? ¡Dime!

Sandra utilizó vaguedades al contar su tumultuosa vida hasta que se derrumbó y también se echó a llorar. Pidió perdón a Elsa por lo acontecido con su abuelo; reconoció abiertamente que no se había portado bien con él y que no debió dejarlo así. Apenada, confesó que desde que se apartó de su lado todo fue de mal en peor. 

Elsa vio en la mirada de la mujer derrotada por la vida que no mentía; no le reprochó nada. No era quién para juzgar a nadie. La persona que podría hacerlo ocupaba una descuidada tumba laica en el cementerio de Iquique. Aprovechando la discreción del reservado, besó a la morena en los labios para redimirla, aunque la cosa no fue a mayores por miedo a ser descubiertas por el mesero. 

Tras el cierre del bar, Elsa acompañó a Sandra por unas calles que no conocía. De vez en cuando se agarraban de la mano y rozaban sus talles, pero se soltaban de inmediato si se encontraban con algún transeúnte. La capital era más tolerante con el amor entre personas del mismo sexo que  la ciudad del norte; aun así ninguna de las dos quiso correr riesgos de un mal encuentro con un radical de la moral establecida.

El edificio frente al cual se detuvieron le dio a Elsa bastante mala espina. Era viejo, mal conservado, trufado de grafitis y con un par de gladiadoras del amor merodeando en la esquina. Hizo de tripas corazón y, aprovechando que la iluminación era más bien escasa, le robó un beso a la morena y esta le correspondió.

  • ¿Puedo subir? - preguntó Elsa ansiosa.

  • ¿Quieres?

  • ¡Por supuesto!

  • Vale. Pero tendrás que quitarte los zapatos y no hacer ruido.

  • ¡Claro, seré sigilosa como un gato! - Susurró la más joven, divertida por el reto.

Algo borrachas, subieron tambaleándose por las escaleras. La madera vieja crujió a su paso. Al fin llegaron al ático y entraron a oscuras, intentando, con torpeza, silenciar las risas cómplices entre caricia y caricia. 

  • No hay luz- Susurró Sandra -. La bruja de la casera me la ha cortado hasta que pague el alquiler. No hagas ruido. Vive ahí al lado…

  • ¿Y quién la necesita? - replicó Elsa estampando un beso de tornillo a su iniciadora en el sexo lésbico, al tiempo que le sopesó los senos a través de la camisa.

Elsa no fue tan pasiva como antaño. Se abalanzó contra Sandra, y la otra, aprisionada contra la puerta, se dejó hacer, intercambiando los roles establecidos tiempo atrás. Desinhibida, la joven lamió el cuello de la norteña con vehemencia mientras le abría la camisa y se hacía con unos senos familiares que llevaba demasiado tiempo sin besar. Los notó sorprendentemente fríos al introducirlos entre sus labios con ansia contenida, como quien paladea de nuevo un dulce olvidado en la niñez. Le siguieron pareciendo de lo más apetecibles y jugó con ellos hasta que adquirieron su dureza característica, aprovechando que estaban a su merced. Podrían no ser los más grandes que había recorrido durante sus experiencias lésbicas, pero sin duda se trataba de los más sensibles y receptivos de cuantos había gozado. 

El sordo y lánguido jadeo que se escapó de la garganta de la morena le hizo albergar la esperanza de que, en algún rincón de aquella mujer castigada por la vida, seguía existiendo la Sandra que ella había conocido: racial, salvaje y empoderada. 

Ansiosa por revivir viejos tiempos y eufórica por el alcohol, Elsa se desnudó lo más rápido que pudo. Hizo lo mismo con su amiga y, a tientas, la llevó a la cama con tanta celeridad que estuvieron a punto de caer. Gracias al tacto, comprobó esperanzada que el cuidado íntimo de su primera amante femenina seguía siendo el de antaño; no encontró vello alguno cuando se arrodilló, aspiró su fragancia y besó su pubis.  Esta vez no necesito que la otra agarrase su pelo y la guiase en su papel de vibrador humano como cuando era niña; sabía perfectamente lo que tenía que hacer entre las piernas de una mujer.

  • ¡Agg! - Jadeó Sandra disfrutando de una lengua con puntería exquisita recorriendo sus pliegues íntimos.

Como el recién egresado que alardea de todo lo aprendido delante de un viejo maestro, Elsa hizo un despliegue de habilidades en los bajos de Sandra. Con la pausa que da la experiencia, lamió, sorbió, chupó y succionó cada resquicio de los genitales de su primer amante femenina; estimuló su clítoris con la lengua, elevándola hasta los albores del orgasmo una y otra vez sin permitirle consumar. La penetró varias veces con los dedos, incluso hurgó con uno de ellos en el interior de su ano con osadía; sin embargo cuando notaba la inminencia del clímax de la morena, dejaba de estimularla, limitándose a besar en interior de sus muslos y recoger con la lengua cuantos fluidos hallaba a su paso. 

Elsa era capaz de provocar a su amante hasta el punto de dejarla con el sexo embadurnado de flujos, y tan caliente como una granada privada de espoleta que no llegaba a explotar. Sandra se retorcía de puro gusto sobre su cama, loca por estallar, pero Elsa se detenía en el momento previo a que alcanzara el orgasmo, privándola del cénit, volviéndola loca. 

  • ¡Sigue! - Suplicó la morena, olvidando su voto de silencio, intentando atrapar la cabeza de la joven para soldarla a su coño y darse el clímax final que no llegaba -. ¡Sigue! ¡No te pares, por dios!, ¡No te pares!  

Elsa se zafó fácilmente, los débiles brazos de Sandra no eran rivales para ella. Dominaba el juego, imponía las normas, el ritmo y las pautas a la hora del sexo; hacía mucho tiempo que tenía criterio propio y que había dejado de ser el juguete de los mayores.

  • ¡Pss! ¡Calla! Tu casera va a oírte. Déjame a mí…

  • Pe… pero…

  • ¡Déjame!

A Sandra le costó adivinar las intenciones de la más joven en la penumbra. No estaba acostumbrada a beber como antaño, y la calentura que le transmitía su cuerpo no la dejaba pensar con claridad. Hacía mucho tiempo que no se sentía así de viva. Cuando algo que te gusta se convierte en trabajo, pierde su parte divertida; y eso incluye también al sexo. 

Solo cuando notó las piernas de Elsa entrelazadas y el coño de la más joven rozando el suyo, supo cuál era el fin de todo aquello. El vello de su nuca se le erizó ante la perspectiva. Adoptó la postura complementaria a toda velocidad, con la esperanza de alcanzar el orgasmo deseado lo antes posible.

  • ¿Lista? - Susurró Elsa.

  • ¡Sí! - Contestó Sandra al borde de la histeria, rota por las ganas.

Pese a los años transcurridos y el tiempo que llevaban sin verse, en lo relativo a la conjunción de sus cuerpos nada había cambiado. Ambas movieron sus pelvis acompasadamente, frotándose en plena sincronía, sin estridencias ni contorsiones exageradas. Gustándose, acariciándose tiernamente y disfrutando la una de la otra. Como hacían antaño en el norte, en el apartamento sobre la peluquería de Iquique, frente a la atenta mirada de alguien que, por desgracia, ya no podría interrumpirlas para reclamar lo suyo. 

Sandra fue la primera en terminar, penalizada por las atenciones orales recibidas, pero tuvo la suficiente delicadeza como para seguir prolongando sus movimientos pélvicos hasta que Elsa, minutos después, rompió a sudar y se derritió como un azucarillo en el agua, regándola con un copioso chorrito de flujo que mojó su sexo primero y formó una mancha delatora en el colchón después.

Saciada la urgencia del primer orgasmo, ambas permanecieron juntas en la cama, besándose con ternura y recobrando fuerzas para un segundo asalto en silencio. Las palabras eran innecesarias; la sincronía entre dos almas que se conocen y se desean es más elocuente que el mejor de los discursos.

El primer sol de la mañana sorprendió a la más joven buscando sus zapatos de tacón bajo la cama; debía irse, las clases comenzaban temprano y jamás llegaba tarde. Su amante disfrutaba de un reparador sueño que, con algo de fortuna, la llevaría lejos de aquel espantoso lugar. La luz del alba había revelado un apartamento decrépito, con muebles rotos, paredes desconchadas y alguna cucaracha merodeando por el suelo. Con todo, lo peor descansaba en el fregadero: varias jeringuillas usadas, una goma elástica y una cucharilla confirmaron lo que Elsa ya intuía.  

La estudiante abandonó el apartamento a toda prisa, gabán en mano y sin mirar atrás. Venció la tentación de darle a Sandra un beso de despedida por temor a despertarla y crear una situación incómoda. Ya en la escalera de bajada, se lo pensó mejor, meneó la cabeza y dio media vuelta.

  • ¿Qué se quema? ¿Qué se quema? —Gruñó una mujer tras la puerta desvencijada—. ¡Chucha, qué escándalo a estas horas! 

Una señora oronda, envuelta en un batín agujereado y con la cabeza llena de rulos apareció bajo el dintel, restregándose los ojos.

  • ¡Mansas gomas tienes, reina! —Exclamó al descubrir a una hembra de infarto con cara de pocos amigos enfundada en un minivestido color azul hielo en su rellano. 

  • ¡¿Cuánto?!

  • Cuánto… ¿qué? —preguntó la señora malinterpretando las intenciones de Elsa—. ¡No me quedan piezas libres, maraca! Tu cliente y tú se van a tener que ir a otra parte. ¡Sí que empezai temprano a trabajar en la mañana con ese cuerpazo que te gastai! 

  • ¿Cuánto le debe Sandra? - La interrumpió Elsa.

  • ¿Sandra? —La mujer meneó la cabeza como manera de salir de su aturdimiento—. ¡Ah, la angustiada! Harto. Lleva tres meses sin soltar un peso. O me paga hoy, o las patitas en la calle. Esto no es un albergue ni yo soy la caridad.

  • Tres meses, ¿eso cuánto es? —Repitió Elsa dispuesta a zanjar el asunto lo antes posible.

La mujer le dio una cifra sorprendentemente baja. Elsa confirmó de ese modo el mal estado financiero de la examante de su abuelo. Tendió a la repulsiva casera el doble de lo adeudado más una buena propina.

  • No la moleste en tres meses, ¿entendido?

  • Lo que tú digáis, galla. 

  • ¡Electricidad incluida!

  • Claro, claro…

  • ¡Ya!

  • ¡Que sí, que sí! ¡Puta la huevada cara, cómo jode por una drogadicta de mierda! 

Elsa no invirtió energía en discutir con ella sobre su verdadero modo de ganarse la vida y abandonó el lugar con una sensación agridulce. Lo había pasado muy bien con Sandra, pero hubiera preferido conservar en la memoria a la bella norteña que hacía bailar a los hombres al son de sus caderas, en lugar de a la drogadicta demacrada en la que se había convertido.


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