“LIBRE USO. CAPÍTULO 3: ASUNTO CAPITAL” por KAMATARUK (Modificado)

 


Capítulo 3.

El día de la recepción me desperté temprano. Vencí mi malestar general, vomité y salí a correr. Debía mantenerme en forma y ágil para el buen desarrollo del feto.

Me notaba algo más pesada que de costumbre. Llevaba unas noches durmiendo mal. Externamente, los síntomas del embarazo se mostraban de forma sutil todavía; internamente, mi metabolismo estaba cambiando. 

Tenía la sensación de que mis pechos, ya voluminosos de por sí, se habían hinchado aún más. Estaba al tanto de todo lo que iba a suceder en mi cuerpo a partir de entonces, solo había una cosa que se salía del guion: mis desmedidas ganas de follar, ya desde las primeras semanas de gestación.

Practicaba sexo a diario con las niñas, con ellas no había problema; siempre estaban dispuestas a darse un revolcón conmigo. No era más que un aperitivo. Me ponía de mal humor si John pasaba las tardes estudiando en la biblioteca y no podía contener la rabia cuando reconocía el aroma de perfume juvenil de alguna de sus amigas en su ropa. Más que los celos en sí, me corroía la idea de tener que compartir con otra cada gota de su esperma. No lo soportaba, era algo enfermizo; algo en mi interior reclamaba sexo constantemente por parte de mis Anfitriones.

Incluso me hacía más encontradiza con Ben por si requería de mí. Estaba siempre muy ocupado desde que asumió el puesto de Prelado; le pesaba la responsabilidad de tener que sustituir a su padre, y si bien era un amante fantástico, su escaso tiempo y energía los concentraba en Amber, su espectacular esposa. Aunque tampoco me está permitido hacerlo, no le culpo: mi Anfitriona es una diosa del sexo. Fue ella la que calmó mi calentura en aquellas primeras semanas de embarazo, aplacando mi furor uterino con su cuerpo o con su extensa colección de juguetes íntimos.

Reconozco que, aun así, había noches en las que todas las caricias y atenciones de mi Familia Anfitriona no eran suficientes para mí, y echaba de menos las visitas nocturnas del abuelo, como cuando estaba interna en la Residencia y me usaba violentamente. Mal que me pese, y a pesar de todos los excesos que he sufrido por su parte, faltaría a la verdad si no dijese que ha sido el mejor amante masculino que he tenido: es fiero, salvaje, ardiente, y con un vigor eréctil complicado de igualar; podíamos pasar las noches follando durante mis últimos años en la Residencia. 

Por todo eso, cuando Einar requirió de mi presencia para ese día, en lo último que pensaba era en ceder mi puesto a mi querida Amber. Necesitaba emociones fuertes, aliviar mi furor uterino con el abuelo o con quien él quisiera entregarme. Parecía una gata en celo, me da un poco de vergüenza admitirlo. Es una actitud fuera de lugar contraria a todo lo que me han enseñado desde niña.

Siendo honesta, tampoco habría sido posible intercambiar nuestros papeles con mi Anfitriona. Hacía bastantes años que había dejado de ser una Huésped de Libre Uso para convertirse en una distinguida miembro de la sociedad. Me consta que, a partir de entonces, siempre ha sido fiel a su marido, y es algo recíproco. Amber y Ben son el matrimonió perfecto. 

Me veo en la obligación de apuntar que, según el Código, practicar sexo con una persona de Libre Uso no se considera infidelidad. Por expresarlo de manera simple, follar con nosotros es algo similar a masturbarse; un simple desahogo sin más transcendencia. Para eso estamos y así lo tenemos asumido: es lo primero que aprendemos al ingresar en la Academia.

La recepción del embajador Kandorí y familia era a las dos del mediodía, tenía toda la mañana para prepararme, tiempo más que suficiente para mí. 

Los Libre Uso, y más concretamente las mujeres, no usamos joyas ni tocados llamativos; tampoco vestidos de alta costura ni perfumes caros. El Código, como en muchos otros aspectos, es estricto en ese punto. El maquillaje debe ser sutil, de apariencia natural y nunca recargado. Vestimos ropas sencillas y cómodas, lo que no significa que estén reñidas con la elegancia; de tal forma que, ante el requerimiento de alguno de nuestros Anfitriones, podamos desvestirnos con facilidad y ponernos a su disposición lo antes posible 

Antaño, aprovechando la bondad de nuestro clima, no era extraño ver a algunos de nosotros desnudos por la calle, acompañando a nuestros Anfitriones. En la actualidad, solo los más radicales de las villas del norte continúan con esa costumbre. En la capital es algo raro de ver; ni siquiera Einar se atreve a tanto. Él se conforma con que lleve prendas vaporosas, escotadas y con la espalda completamente abierta, como el diseño que eligió para mí ese día. El hombro izquierdo de las féminas debe permanecer a la vista obligatoriamente, así como el centro del pecho en los Libre Uso masculinos; todo sea para que se distinga la marca de nuestra moneda familiar y no haya dudas acerca de nuestra condición.

Me puse el vestido blanco y se ajustó a mi figura como si estuviera hecho a medida. No me sorprendió. Tras su apariencia hosca y huraña, Einar era un hombre detallista hasta un extremo casi enfermizo. Conocía mi cuerpo mejor que yo. Al fin y al cabo, lo había visto crecer y, en cierto modo, moldeado a su gusto conforme yo me iba desarrollando. 

La prenda era larga, más propia de una cena de gala que de un almuerzo informal. Fruncí el ceño; obviamente, la reunión era muy importante. Aun así, las aberturas laterales de la falda eran lo suficientemente pronunciadas como para permitirme total libertad de movimiento y, de paso, exhibir mis muslos al caminar.  

No pude contener una sonrisa de complicidad al descubrir los zapatos que el antiguo patriarca había elegido para mí. Eran hermosos, con unos tacones vertiginosos que bordeaban peligrosamente nuestro voto de austeridad. A mí me gustaban así, atrevidos, y a él todavía más. Era nuestro fetiche compartido, un secreto privado que guardábamos ambos desde mi adolescencia. 

El tráfico un sábado por la mañana suele ser bastante caótico; sin embargo, la escolta facilitó nuestra salida de la ciudad. Como siempre, el chófer del coche oficial no me quitaba el ojo de encima, vigilándome a través del espejo. Técnicamente no me exhibía de forma activa, pero tampoco hacía nada por disimular mi cuerpo. Consciente del efecto que mis curvas provocaban en Björn, simplemente leía el dossier preparado por el Servicio de Protocolo haciéndome la distraída. Era importante conocer a los invitados para que el encuentro fuera distendido, evitando así silencios incómodos o temas inapropiados. 

La orografía de la isla es abrupta y nuestras carreteras están repletas de curvas; mis pechos se bamboleaban bajo el vestido sin sostén que los contuviese. Tras un giro pronunciado, uno de mis pezones quedó a la vista, debido a lo generoso de mi escote. A pesar de ser consciente del incidente, no lo corregí de inmediato y permití al chófer del vehículo regalarse la vista con una de las partes más erógenas de mi cuerpo. 

Noté que miraba más de la cuenta porque su conducción se tornó errática e imprecisa. Aguanté la risa y seguí como si nada, hasta que ya no pude más. Le devolví la mirada a través del reflejo y le saqué la lengua de manera irreverente, como cuando era niña. 

  • ¡Leah, no seas mala! -rió Björn , descomponiendo su pose de guardaespaldas malcarado.

  • ¡Es tu culpa! -mentí, acomodando mi pecho en su lugar adecuado - ¡Conduces fatal!

  • Ya,ya… -concedió resignado, meneando la cabeza sin dejar de espiarme.

Björn era un tipo apuesto, alto y muy reservado; uno de los hombres de confianza de Einar o, más bien, el único. Algunas canas blanqueaban sus sienes sin restarle un ápice de atractivo. Como buen militar, se mantenía en forma y siempre se había dirigido a mí con respeto, como si fuera una verdadera señorita. 

Digamos que hay personas que se creen superiores a nosotros por el hecho de que los Libre Uso pongamos nuestro cuerpo a disposición de los Anfitriones. No es mi caso, ya que pertenecer a la familia del Prelado tiene sus ventajas, pero me consta que algunos de mis compañeros han recibido empujones, golpes e incluso severas palizas. De lo que no me he librado es de soportar algún que otro desplante verbal y, sobre todo, una multitud de miradas despectivas. La animadversión hacia nosotros crece por momentos, nuestra existencia tiene los días contados; negarlo sería tan útil como disparar a la luna. 

He de reconocer que más de un episodio onanista por mi parte tuvo como protagonista imaginario a Björn durante mis años de internado. Las yemas de mis dedos frotaban mi botoncito de placer pensando en él y, aun sabiendo que es algo sonrojante con la perspectiva que dan los años, confieso que bauticé con su nombre a uno de los dildos de látex más gruesos que tenía a mi disposición. 

Björn siempre me atrajo, es un hecho, y sé que es algo recíproco. Es enfermizamente discreto; estoy segura de que, de haber cometido un desliz con él, nadie se hubiera enterado. Aun así, jamás traspasé la línea, a pesar de haber sentido la necesidad física de follármelo a escondidas infinidad de veces. Siempre fui consciente del peligro dispar que eso suponía para ambos: a mí me hubieran destrozado la espalda a latigazos; él no habría visto el amanecer de un nuevo día. Por mucho que me conozca desde mi primera época en el internado, Björn no es de la familia; no puede tocarme sin el permiso explícito de uno de mis Anfitriones. 

El cabrón de Einar, por lo que sea, jamás me ha entregado a él como sí ha hecho con otros miembros de su escolta o sus amigos. Creo que es consciente de la atracción que sentimos y quiere ponernos a prueba. Lo más lejos que hemos llegado es a conectar nuestras miradas mientras el abuelo me follaba con violencia sobre el asiento trasero del coche oficial. Una vez me dio la impresión de que se frotaba la verga sobre el pantalón, aunque quizás fuesen imaginaciones mías, propias de la calentura del momento. Posiblemente era más un deseo que una realidad que él se tocase pensando en mí o que fantasease conmigo haciéndome el amor. 


Llegamos al Palacio del Prelado a la hora exacta. Siempre me imponía respeto traspasar ese muro exterior acabado en alambre de espino, más propio de una cárcel que de una residencia oficial. Un tenue cosquilleo recorría mi espalda al contemplarlo, haciendo que se me erizara el vello de la nuca. Había pasado muy buenos momentos allí.

En teoría, Ben y su familia cercana debían ocupar el Palacio, pero el actual Prelado estaba convencido de que era más operativo instalarse en la ciudad: resultaba cómodo y mucho mejor para la educación de los niños. Así, era Einar quien, de forma interina, seguía habitando aquel vetusto edificio cargado de historia como cuando ostentaba el poder. 

El patriarca me preocupaba. Tras años y años representando un papel predominante en la isla, tenía que ser duro verse relegado a un segundo lugar y ocuparse únicamente de aspectos formales como atender a los visitantes distinguidos. Era paradójico: si de algo pecaba el abuelo era de su escaso, por no decir nulo, don de gentes. La sangre guerrera corría por sus venas, negociar con él no era sencillo y perdía los papeles con facilidad, lo que solía empeorar las cosas. 

Algunos cizañeros aseguraban que seguía gobernando en la sombra, que su hijo no era más que un títere para perpetuar su mandato y que la abdicación era solo un montaje. Nada más lejos de la realidad: Ben había heredado de su madre su aparente templanza, pero era más terco y obstinado que su mismísimo padre. El nuevo Prelado sería cualquier cosa menos alguien fácil de manipular. 


El hombretón me esperaba al pie de la escalinata. Pese a la edad, su físico seguía imponiéndome respeto; sin embargo, parecía cansado. Las primeras reuniones de trabajo con el embajador de Kanduré habían tenido lugar por la mañana y, por la cara de Einar, intuí que no resultaron demasiado bien. El acuerdo con la nación africana era importante: ellos tenían el petróleo, pero necesitaban nuestros barcos para distribuirlo por todo el mundo. O al menos así había sido hasta entonces, de aquel fin de semana dependía que siguiera siendo así. 

  • Estás muy guapa, Leah.

Al escuchar esas palabras, saltaron todas mis alarmas. Que el abuelo me regalase un piropo era algo tan extraordinario como una nevada en verano. El asunto era grave, estaba claro. Me preocupé, sintiéndome responsable del devenir de los acontecimientos.

  • Gracias - contesté amablemente, tomando con diligencia la mano que él me ofrecía. 

Subimos la escalinata con parsimonia. Mi entrada en escena debía ser impactante. Respiré hondo un par de veces para templar los nervios, pero fue el sutil roce de Einar en mi cadera lo que me calmó y me excitó a partes iguales. Nuestras miradas se cruzaron y leyó dentro de mí como si se tratase de un libro abierto.

  • No te pases - murmuró -. Tiene problemas de corazón.

  • Vale. - Repuse, grabando el dato en mi memoria.

El embajador y su esposa nos esperaban cerca de la puerta principal, con su piel oscura brillando bajo el sol de justicia que reinaba esa mañana otoñal en la isla.

Él era un hombre fornido, no muy alto, de manos grandes y espalda ancha. Las arrugas de su rostro le conferían personalidad, e incluso las ojeras le favorecían. Una barba entrecana, corta y cuidada, reforzaba la solemnidad de su caftán negro; los bordados dorados del cuello y el pecho hacían juego con los de su gorro. Parecía ausente, como si nuestro encuentro fuera un trámite menor. Reconozco que me sentí un poco decepcionada: estoy acostumbrada a provocar una reacción más primaria en los hombres maduros cuando me ven por primera vez. 

En cierto modo, mi pesadumbre se vio aliviada por la actitud de su acompañante femenina. La mujer me desnudó literalmente con la mirada, hasta el extremo de que su falta de discreción podría haber resultado incómoda para cualquier persona convencional. Yo ya estaba acostumbrada a ser examinada al detalle, como cualquier otro Libre Uso, así que no me sentí ofendida cuando miró a través de mi escote con descaro.

No me sorprendió que fuese bastante más joven que él, aunque sí que resultara tan atractiva. El dossier del servicio de protocolo indicaba que se trataba de la cuarta esposa del embajador, apenas unos años mayor que yo pero sin adjuntar foto alguna. Me llamaron la atención su piel luminosa y sus rasgos finos, a excepción de unos labios carnosos y sugerentes. Tal vez su boca era demasiado grande, pero eso, para algunas cosas, lejos de resultar un hándicap, puede ser un detalle muy excitante y perturbador. Resultaba de lo más sensual.

Me encantó su vestido tradicional de tela Ankara en verde y dorado, lo suficientemente ceñido como para marcar sus sugerentes curvas sin llegar a ser irreverente. El gele tradicional en su cabeza, envuelto en el mismo tejido que el vestido, proporcionaba solemnidad al conjunto. Un discreto collar de oro adornaba su cuello; pendientes y pulseras a juego completaban su ajuar. Lo juzgué muy apropiado para la ocasión: sencillo y elegante a la vez. 

Una mujer hermosa que sabe exactamente el efecto que causa. En cierta forma me recordó a mí: la señora embajadora hubiese sido una Libre Uso perfecta. 

Al llegar junto a ellos, Einar hizo las presentaciones.


  • Señor y señora Embajadora, les presento a Leah.

  • Encantada de conocerles. - Apunté, haciendo una ligera reverencia.

  • ¡Por favor, por favor, tutéame! Llámame Babatunde, si eres tan amable. - Exclamó el invitado, bastante más atento.

  • ¡Yo soy Ayomide! - Se apresuró a intervenir su esposa -.¡Eres preciosa!

Y en un gesto de lo más cordial, intentó tomarme de las manos, cosa que no permití, retirándome de su alcance sin perder la sonrisa.

  • Perdón. - Se disculpó, avergonzada al notar su falta.

  • No pasa nada.

Ser comprensivo con todo aquel que no conoce el Código es uno de nuestros preceptos. 

  • ¡Sade, Tunde; venid aquí! - Bramó el embajador, resolviendo la situación como buen diplomático.

Descubrí a una pareja de chiquillos mirándome desde el dintel de la puerta. Fingí sorpresa, aunque sabía perfectamente que se trataba de los vástagos menores del embajador, hijos de su tercera esposa ya fallecida. Ambos me miraban con esa mezcla de curiosidad y contención propia de niños acostumbrados a comportarse entre adultos. 

El chiquillo, Tunde, era todo un hombrecito de nueve años. Su actitud seria, muy formal para su edad, resultaba adorable. La jovencita, Sade, dos años mayor, exhibía un semblante más inquisitivo y abierto que su hermano. No pude evitar fijarme en los dos graciosos bultitos que se insinuaban bajo su vestido largo y dorado, de un estilo similar al que lucía su madrastra. Mi mente voló por un instante, imaginando mi lengua lamiendo intensamente aquel par de chupetes o el escroto del chiquillo que estaba a su lado. Me ruboricé. Desde que estaba embarazada, no podía evitar fantasear ese tipo de cosas con los niños y niñas que me encontraba. Me tomó más de la cuenta volver a la realidad.

  • ¡Hola niños! ¿Cómo están? - Pregunté, agachándome a su altura, cuando estuvieron junto a mí. 

  • ¡Muy bien, señora! - contestaron ambos a coro.

  • ¿Os gusta nuestra isla?

  • ¡Sí!

  • ¡Mucho!

  • ¿Habéis ido a ver el museo naval?

  • No. Todavía no.

  • Dicen que es el mejor del mundo. - Apuntó el Embajador.

  • Lo es. - Sentenció Einar.

Fui consciente en todo momento de que mi postura comprometía la integridad de mi escote. Era parte del juego, sabía que el Embajador y su señora, e incluso el chiquillo, se estaban dando un festín visual a costa de mis pechos. En cambio, a la niña le intrigó más el color de mi cabello y la marca de mi hombro izquierdo. Sus pupilas brillaban muertas de curiosidad.

  • ¿Te hace daño? 

  • No.

  • ¿Podemos tocar? - Inquirió su hermano

  • Niños, no seáis maleducados. -Gruñó su padre.

  • Perdón.

  • Sólo si Einar os da permiso para hacerlo. - Sonreí con complicidad, guiñandoles un ojo.

  • No, no es necesario. - Apuntó la madrastra secamente, tal vez dolida por mi anterior rechazo.

El antiguo Prelado recogió el guante, se arrodilló y tomando la mano de la preadolescente, la colocó sobre mi marca. El Ritual de Entrega era un hecho, a partir de ese momento esa niña podía disponer de mí a su gusto hasta el siguiente amanecer, pero ella, ignorante de tal circunstancia, se limitó a rozar con suavidad la figura circular, temerosa de hacerme daño.

  • ¡Qué bonito!

  • ¡Yo también quiero tocarlo! - intervino el pequeño Tunde, olvidando sus buenos modales.

  • ¡Pues claro!

El abuelo repitió la maniobra y la reacción del chiquillo al acariciar mi marca no difirió mucho de la de su hermana.

  •  ¡Es muy suave!

No fui ajena a la inquietud que aquellos tocamientos castos generaron en los dos adultos que nos acompañaban. Evidentemente, ellos sí conocían su verdadero significado. El zorro de Einar los hizo sufrir durante unos segundos más hasta que, finalmente, me hizo incorporar.

  • Acérquese, señor Embajador.

Y tomando la mano de Babatunde, la posó también sobre mi marca. La reacción del embajador fue bastante comedida, se limitó a rozar frugalmente la yema de su dedo pulgar por mis labios e introducirlo un poco en mi boca. Correspondí acariciándolo con la punta de mi lengua sutilmente. Repitió la maniobra un par de veces, para después dejar espacio a su joven esposa. 

  • Señora. - Dijo el abuelo, cumpliendo de nuevo con la liturgia.

Ayomide se mostró mucho más audaz que su marido. Obviando la presencia de los jóvenes espectadores, introdujo sus manos a través de escote y abarcó mis senos, palpándolos con vehemencia. Su tacto era suave y en la cercanía me envolvió su perfume con esencias de madera de Agar. Respondí como indicaba el Código: eché los hombros hacia atrás, sacando pecho ligeramente para ponérselo más fácil. 

  • ¡Qué pechos tan maravillosos! - Exclamó.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios cuando sus palmas se llenaron con mi carne. Tal vez para ponerme a prueba, tras sopesar mis tetas con delicadeza, atrapó mis pezones con sus dedos a traición, clavó sus uñas con fuerza y tiró de ellos en busca de una reacción de dolor que no se produjo. Ni parpadeé mientras la invitada negra me retorcía los pechos con maldad. Es más, mi sexo reaccionó a la agresión de manera diametralmente opuesta a la ortodoxa, fabricando jugos en previsión de lo que iba a venir después. Ansiaba experimentar emociones fuertes aquel día.

  • ¡Es magnífica! - musitó, haciendo un gesto de aprobación al dejar de castigarme las tetas. 

  • Desde luego. - Confirmó su marido.

Einar siguió con el juego como si nada, haciendo caso omiso de sus halagos hacia mí.

  • Pasemos al salón - intervino -, seguro que los pequeñajos tienen hambre. Yo estoy hambriento también.

  • ¡Sííííí! - chillaron los niños, olvidando por completo su actitud impostada. 

  • Sí, yo también tengo hambre. - Murmuró entre dientes la mujer, aunque el tono ambiguo que utilizó no dejaba claro qué tipo de apetito le era más urgente saciar.

Como no podía ser de otra forma, el almuerzo fue magnífico. El personal de servicio del palacio era de una calidad excepcional. Por fortuna para todos, la conversación se mantuvo alejada de temas escabrosos. Me sorprendió averiguar que Einar y el embajador se conocían desde su periodo universitario. Podría decirse que, más allá de su relación institucional, se consideraban amigos. Sin embargo, eso no era óbice para que las negociaciones entre ellos no fueran intensas y cerradas. Cada uno defendía sus intereses, como era de esperar entre dos hombres acostumbrados a salirse con la suya. 

Antes de los postres, advertí en Einar un cambio de tono en su manera de hablarme. Tenía la suficiente experiencia en ese tipo de situaciones como para saber lo que iba a suceder. El calor de su mano sobre mi muslo desnudo no hizo más que confirmar mis sospechas. Había llegado el momento de mostrar a los visitantes lo que hacía tan singular y única a nuestra isla.

  • Los atardeceres en los acantilados del este son una maravilla. No deben marcharse de aquí sin contemplar al menos uno. - Apuntó Einar.

  • ¡Oh! ¿De verdad? - Preguntó Sade.

La niña era una esponja, siempre atenta a lo que los adultos decían.

  • Por supuesto. En esta isla ocurren cosas verdaderamente únicas.

  • Eso nos han contado. - Intervino la madrastra con una media sonrisa.

Sin dejar de participar en la conversación, Einar se levantó de su asiento, y me invitó a imitarle con un gesto sutil. Después, apartó la silla en la que yo me había sentado, separó la vajilla situada frente a mí y empujó con firmeza mi espalda hasta que quedé postrada sobre la mesa. Durante el descenso, mis pechos se liberaron de su débil atadura, quedando a la vista primero, hundiéndose contra el mantel después. 

Con total naturalidad, el anterior Prelado levantó mi vestido de gasa, que quedó arremolinado sobre mi espalda, mostrando a todos los presentes lo que era un secreto a voces: la ausencia de ropa interior sobre mi cuerpo. Después, se sacó la polla por la cremallera del pantalón, la agarró firmemente y me la ensartó por el coño sin ningún tipo de pudor, cortejo previo o caricia para estimularme. Como es obvio, dado mi estado de calentura casi continua por aquellas fechas, no noté molestia alguna. 

Tampoco mi sufrimiento hubiera supuesto un condicionante a la hora de consumar el acto sexual. Raro es el Anfitrión que se preocupa por tal cosa, su necesidad física está por encima de nuestro bienestar. Así lo dicta el Código y normalmente lo cumplen a rajatabla. Van a lo suyo.

La cara de Sade era todo un poema y el pequeño Tundé quedó boquiabierto. Intenté tranquilizarles esbozando una sonrisa con la mejilla pegada al mantel, normalizando una situación extraordinaria para ellos. Es muy probable que fuese la primera vez que vieran a dos adultos teniendo sexo, y digamos que Einar estaba siendo de todo menos amable conmigo.

Las embestidas del hombretón contra la mesa se sucedieron con severidad: secas, profundas e impersonales, como siempre que me usaba en público. Sé que mi nivel de tolerancia al dolor hería su ego masculino y me ponía a prueba a la menor ocasión. Una vez más, salí victoriosa. No chillé fingiendo dolor, tal y como había aprendido a hacer para esas ocasiones en las que el espectáculo está por encima del placer. Permanecí impasible ante sus penetraciones. Supongo que fue mi manera de retar su autoridad y hacer que se enfadase. El abuelo era un amante fantástico que rozaba la excelencia cuando se cabreaba.

Violentamente, me agarró del pelo y tiró de él con fuerza. Me obligó a adoptar una postura antinatural, con la espalda arqueada hacia atrás y los pechos hinchados al aire. Mi vagina hirvió en su propio jugo en ese preciso instante; era exactamente lo que necesitaba: sexo duro y violento; la especialidad del sádico patriarca.

El miembro de Einar iba y venía dentro de mí a toda velocidad, sin hacer prisioneros, taladrando mi vagina con insistencia. Percutía bruscamente una y otra vez, como si quisiera arrancar de mi entraña a mi futuro bebé. Tras un incremento considerable del ritmo, sentí su mano poderosa en mi nuca, empujándome hacia adelante, aplastando mi cara con firmeza contra la mesa. Postrada, apenas podía respirar, y la apnea contribuyó a exaltar todavía más mis sensaciones. Mi coño se derretía por momentos.

Sometida y con el corazón latiendo a toda velocidad, el caótico movimiento de su miembro en mi vientre me provocaba tanto placer que mi consciencia se nublaba. Noté cómo crecía en mi interior un torrente incontenible de flujo. Mi sexo estaba tan caliente y lubricado que apenas distinguía la entrada de la salida del pene. 

Rasgué el mantel con las uñas al correrme, dañando mi sutil manicura. Jadeé hasta llegar a chillar, esta vez sí, de puro placer, cuando mi cuerpo dijo basta y explotó con estrépito. Sé que Einar podría haber aguantado mucho más reventándome el coño; aquello era más que un aperitivo para él. Sin embargo, me dio unos cuantos empujones más para prolongar mi goce durante las contracciones que sucedieron al orgasmo, evitando regar al bebé de mi vientre con su simiente, tal y como yo deseaba. 

Lo conocía lo suficiente como para intuir que prefería reservarse para echármelo en la cara, en la boca o sobre las tetas más tarde. Una corrida externa resultaba más espectacular y efectista delante de los extranjeros. El fin de semana no había hecho más que comenzar y los enormes testículos del patriarca eran una fantástica fábrica de esperma y lujuria. 

Todo terminó con la misma brusquedad con la que había empezado, sin la menor empatía o gesto cómplice de Einar hacia mí. Era lo habitual, especialmente tras el uso sexual consumado por un Anfitrión, y todavía más delante de terceros. No esperaba nada diferente de su parte; formaba parte del espectáculo. Era lo que todos querían ver: una Libre Uso ejerciendo como tal, sin más. 

Al sentarme, noté la humedad bajo el vestido; resultaba excesiva incluso para mí. El olor de mi flujo impregnó el espacio. Me sentí vulnerable, y no sabía por qué. Einar envainó su polla, se subió la cremallera del pantalón, ocupó su asiento y continuó la conversación con la esposa del embajador como si nada hubiera ocurrido. Yo permanecí semidesnuda, con un pecho completamente al aire y las mejillas arreboladas, procesando el orgasmo reciente, recreándome en su recuerdo. 

Por más que suceda, no deja de divertirme la cara de los turistas cuando presencian algo así por primera vez: estupor, rubor y, sobre todo, mucha curiosidad ante un hecho extraordinario, aunque para nosotros que nos follen de ese modo tan intenso en público sea algo habitual.   

El ambiente había cambiado. Pasé a ser, si cabe, todavía más el centro de las miradas. Los niños seguían haciéndolo con curiosidad sana, pero eran los dos adultos los que me devoraban de forma obscena. Contestaban a las preguntas de Einar con monosílabos y de forma vaga. Yo intentaba contener la risa; estaba muy claro que ambos deseaban hacer cosas mucho más interesantes con la lengua que hablar sobre la pesca con arpón o la blancura de la arena en la playa de poniente. 

  • Me temo que es tiempo de continuar con las negociaciones, señor embajador - anunció Einar, incorporándose de improviso-. Tenemos una agenda muy apretada y todavía quedan muchos cabos sueltos. Hay que solucionar el asunto cuanto antes.

El embajador cambió de semblante; de pronto parecía contrariado. Supongo que creía tener ya la zanahoria al alcance de la mano cuando, de repente, el astuto Einar se la arrebató del hocico. 

  • ¿Qué sucede? - Preguntó el anfitrión, falsamente sorprendido.

  • Claro, pero antes…- Hizo un gesto casi infantil dirigido a mi -, me gustaría, ya sabes… 

El viejo anfitrión evitó sonreír, sin embargo el brillo pícaro en la mirada no pasó inadvertido para mí. Todo iba como él lo había planeado, a partir de ese momento todo sería más fácil con el señor embajador.

  • Por supuesto, Leah es toda tuya hasta que despunte el alba, ya conoces la costumbre. Haremos un receso.  Disfruta, mi buen amigo, vale la pena.

El extranjero actuó de forma instintiva. Se levantó como un resorte y se abalanzó hacia mí con la mirada encendida. Estaba convencida de que me usaría de inmediato, soslayando la presencia de su propia familia, tal y como me había sucedido infinidad de veces. Sin embargo, en un rapto de cordura, se detuvo en seco y, con voz ronca, se dirigió a su joven esposa: 

  • Cariño, llévate a los niños al jardín. Tengo un asunto urgente que resolver.

  • Pe… pero… - Repuso ella sin poder disimular su frustración por no ser partícipe del evento.

  • Sabes que no me gusta que me contradigas en público, cariño. Haz lo que te he dicho.

  • Por supuesto, disculpa - la bella mujer agachó la cabeza como muestra de respeto y obedeció -. ¡Niños, vayamos al jardín! He visto una zona de orquídeas salvajes de lo más interesante.

  • ¡Sí, mamá!

El embajador no fue tan cuidadoso como Einar cuando nos quedamos los tres a solas y tuvo la desgracia de tirar una copa de vino espumoso sobre el mantel al colocarme boca arriba sobre la mesa. Ansioso por poseerme, separó mis piernas todo lo que daban de sí y recorrió el interior mis muslos con sus manos. Su tacto era sorprendentemente áspero para tratarse de un diplomático, parecían más bien las de un leñador o minero. Se le notaba acostumbrado a realizar trabajos físicos lejos del gimnasio. Eso me agradaba, no estaba para delicadezas ni musculatura impostada en ese momento.

  • ¡Eres una diosa! - Me dijo mientras sus caricias se aproximaban a mi zona íntima.

Sonreí agradecida y permanecí expectante ante sus movimientos. Una vez producida la Entrega, no había ninguna objeción por mi parte a ser acariciada sin tapujos, incluso en las zonas más íntimas. El embajador podía hacer conmigo lo que quisiera, así que me dejé hacer a su voluntad.

Tras juguetear brevemente con mis labios vaginales, introdujo dos de sus contundentes dedos en mí y vibré, exhalando un suspiro de satisfacción. Necesitaba su rudeza y el tipo no me defraudó. Separó las falanges dentro de mí mientras retorcía sus gruesos apéndices, ensanchando mi vagina, preparándome para una inminente penetración. Yo ardía por dentro desde hacía un buen rato, todos aquellos preliminares eran tan placenteros como innecesarios.

Me excitó su manera ansiosa de mirarme el coño mientras me dedeaba, con mis rodillas abiertas todo lo que el vestido daba de sí. Más allá de cumplir con las enseñanzas del Código, disfruto esos momentos previos al coito en sí, segundos en la mayoría de los casos, dado el interés que suscito entre quienes soy entregada. Son como una droga. Intento prolongarlos todo lo posible, pero no dependen de mí.  Sé que, cuando se requiere mi cuerpo, debo responder de inmediato y sin el menor titubeo. Aquel dios de ébano no parecía estar dispuesto a esperar mucho para follarme, estaba claro. 

Como un animal, Babatunde desgarró mi vestido de arriba abajo, abriéndolo en canal, haciéndolo trizas. Mis tetas enarboladas quedaron a libre disposición del embajador. De inmediato, se aferró a ellas como un recién nacido y me las apretó con ganas. Cerré los párpados de puro gusto cuando me chupó los pezones y casi me vuelvo loca cuando me los mordió. El sonido de un pantalón cayendo al suelo me hizo saber que mi segundo uso del día era inminente. El negro perdía los papeles por momentos, y sinceramente yo tampoco podía esperar mucho más. 

El embajador entró en mí con tal violencia que dejó en nada la follada de Einar. Me arrancó gritos de placer ya desde un primer momento, y empezó a menear la cadera a toda velocidad en cuanto me penetró. Su pene se acomodó en mi interior sin dificultad, la predisposición de mi cuerpo al sexo se puso de manifiesto una vez más. Tocó fondo varias veces, la follada había comenzado de una forma soberbia y, vista la soltura con la que el tipo se desenvolvía sobre mí, llegué a la conclusión de que el acto sexual todavía era susceptible de mejorar

Durante el coito, me agarró de los tobillos con furia y puso a prueba mi elasticidad colocando mis piernas casi a la altura de mis hombros, lo que le proporcionó a él un mejor acceso a mis profundidades y mayor placer a mí. Mientras pugnaba por entrar un centímetro más en mí, pude verle la cara sin dificultad, desencajada y febril. Causaba miedo y admiración a partes iguales. Era hermoso, conocía el juego y estaba en forma.

El señor embajador me la ensartó como un loco, poderoso y viril; me abría tanto que casi me desmembró mientras me follaba. Mi vagina se contrajo, noté como un pequeño chorrito de flujo brotaba de mi tras el orgasmo. Sabía que no era más que un aperitivo así que rectifique ligeramente la posición de mi cadera, incitándole a darme más duro sin decirlo con palabras. Solicitar sexo de palabra está terminantemente prohibido para nosotros,  sin embargo, hay otras manera de hacerlo tanto o más sugerentes y efectivas.

Babatunde no me defraudó, su enorme humanidad me aplastó contra la mesa una y otra vez logrando, esta vez sí, que de mi fuente íntima brotase líquido en cantidades industriales al correrme.

El tipo eyaculó como un berraco en lo más profundo de mi vientre poco después que yo y cayó desplomado sobre la silla que tenía más cerca. 

  • Eres increíble, preciosa. Sólo por esto, ha merecido la pena el viaje. - sentenció.

Expresé mi agradecimiento con una sonrisa. Permanecí con las piernas abiertas, mostrándolé sin tapujos cómo su esperma salía de mi sexo. Lo correcto en ese momento era que yo permaneciese abierta y expectante sin hacer nada, mostrándome disponible para un hipotético nuevo uso. Por lo general, debemos adoptar una actitud más bien pasiva en el sexo, de no mediar una orden explícita que indique lo contrario de la persona que nos usa. Sin embargo, mi estado de buena esperanza mantenía mi libido por las nubes y, en contra de lo aprendido en la Academia, recogí con dos dedos una generosa porción de sustancia viscosa con la firme intención de meterlos en mi culo para darme placer anal.  

En ello estaba cuando mis ojos claros se encontraron con los de Einar. Su semblante serio me hizo entrar en razón. Sabía que mi acto exhibicionista tendría consecuencias, a pesar de que el embajador ni se había percatado de mi desliz. Molesta por mi mala acción, opté por barnizar mis pezones con el ungüento de forma discreta, sin los artificios propios de una ramera del barrio pesquero de la capital. 

  • Bien, creo que es el momento de continuar con lo nuestro, señor embajador

  • Claro, pero deme unos minutos, se lo suplico.

  • Por supuesto, por supuesto. Tómese su tiempo. 

Pese a ser consciente de que el embajador me había dado todo su esperma, al menos por el momento, me mantuve expuesta y servil hasta que los dos hombres abandonaron la estancia. Al quedarme sola, mi calentura me pudo y satisfice mi deseo malsano de encularme a mí misma sobre la mesa, sin ni siquiera utilizar el esperma que todavía brotaba de mi sexo como improvisado lubricante.

Mientras dilataba mi ano, descubrí a una persona espiándome a través del ventanal que daba al jardín. En lugar de detenerme, tal y como era preceptivo, mandé a la mierda las enseñanzas del Código y le puse todavía más ganas a la enculada, con la mirada fija en una de las bocas más lujuriosas y sensuales que había visto en mi vida. En realidad, distaba años luz de la de su madrastra pero andaba yo tan caliente y necesitada que no estaba para comerme demasiado la cabeza.


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