Nota: Rompiendo una costumbre de años publicaré esta serie conforme la voy repasando, se trata de una vieja serie inconclusa que comencé a escribir por encargo. Esto implica que algunos detalles iniciales pueden ir variando según se va desarrollando la historia. Serán pequeños cambios que no afectarán a la trama. Gracias por su paciencia y sus comentarios.
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¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? Por Kamataruk
Parte 4: Cumpleaños feliz
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Si ya de por sí el día de cumpleaños es importante para una niña de once años, celebrarlo en el seno de una familia numerosa lo convierte en algo extraordinario. Por unas horas, todo giraba en torno a Elsa: miradas, palabras, regalos… todo conspiraba para recordarle que, al contrario del resto del año, no era un simple número más.
Para envidia del resto de sus hermanos, el abuelo corrió con todos los gastos de la fiesta de su nieta preferida. Las celebraciones de los demás solían ser sobrias y aburridas; esta, en cambio, prometía ser de lo más animada: comida y bebida abundantes, una enorme tarta e incluso una pequeña orquesta para amenizar el convite que iba a celebrarse en el jardín. No obstante, no todo fue perfecto: su Tata faltó a su palabra. No acudió a la fiesta.
Don Leonardo justificó su ausencia alegando ciertos problemas físicos derivados de una caída. En realidad, todos sabían que se trataba de una mentira piadosa. Era un secreto a voces que ya no vivía con la abuela y no quería dar explicaciones a la familia al respecto, especialmente a su hijo. Elsa sabía que era la persona más orgullosa que había conocido en su vida, más incluso que la “comemocos” de su hermana Nancy; jamás querría admitir que su matrimonio había fracasado.
En cualquier caso, la ausencia del abuelo supuso un mazazo para el ánimo de la pequeña Elsa, hasta el punto de que sus padres evitaban hablar del asunto para no entristecerla; sabían lo mucho que le importaba el bienestar de su Tata y la ilusión que le habría hecho verle antes del verano.
El día resultó memorable y la fiesta fue antológica. Jamás se había visto tanta comida y bebida en esa casa. A los familiares más cercanos se sumaron personas a las que Elsa ni siquiera conocía, invitadas por sus padres para darse un pequeño baño social a costa del dinero enviado por el abuelo. Con su ajustada economía, ese tipo de celebraciones solían reducirse a la mínima expresión: la economía familiar no estaba para gastos superfluos.
Todos estaban contentos, excepto Nancy, que no dejaba de protestar por todo ni de meterse con Elsa a la menor ocasión. La niña se sentía como el verano anterior, frente a su abuela, criticada constantemente por cualquier cosa.
Por si fuera poco, su hermana mayor empezó a beber a escondidas en cuanto comenzaron a servir licores, hasta que, completamente ebria, perdió el control y se dedicó a tirar cosas a la gente y a romper cuanto encontraba a su paso. La flamante tarta de cumpleaños, recubierta de chocolate rosa, acabó hecha añicos antes siquiera de ser cortada, y la fuente del ponche se estrelló contra el suelo, desatando el desconcierto general, poniendo fin a la fiesta de forma abrupta.
Su padre, harto de todo, juró delante de todos que iba a internarla de nuevo. Eso no hizo más que encender a Nancy, que parecía poseída por el mismísimo diablo y comenzó a autolesionarse. Estaba tan mal que tuvieron que llamar a una ambulancia para llevarla, por tercera vez en menos de un año, a la clínica psiquiátrica.
Elsa jamás olvidó la expresión salvaje del rostro de su hermana. Antes de que se la llevaran, Nancy la agarró con fuerza del brazo, con tanta intensidad que el moratón que le produjo le duró varios días, y le chilló, con la mirada fuera de sí:
¡Haz lo que sea para que no me deje! ¡Lo que sea…!
Su orden pilló a la niña totalmente desprevenida.
¿Quién? ¿Tu novio? —acertó a preguntar Elsa con torpeza.
Nancy se rió en su cara.
¡A ese cretino, que le den! Ya sabes de quién hablo, joder. ¡Te mataré si me deja por tu culpa! ¿¡Me oyes!? ¡Te mataré!
Elsa quedó en shock viendo partir a la ambulancia. Durante el resto de la tarde, las palabras de Nancy no dejaron de resonar en su cabeza. Por mucho que lo intentaba, no lograba adivinar de quién se trataba; la confusión era tal que acabó pensando lo mismo que los demás: que su hermana había perdido el juicio.
Como era de esperar, la fiesta se dio por finalizada cuando estaba en pleno apogeo. A su madre le dio un ataque de nervios y su padre estaba cabreadísimo. Los invitados se marcharon mucho antes de que se repartieran los regalos, que quedaron amontonados en un rincón. Sus padres se fueron al hospital con Nancy, y tanto Elsa como el resto de la prole se acostaron con la sensación de que, una vez más, su hermana mayor les había arruinado un día importante.
Elsa no podía dormir; era imposible después de la sucesión de acontecimientos impactantes que habían ocurrido en su fiesta de cumpleaños. Evidentemente, sería recordada durante mucho tiempo en el barrio… aunque no por el motivo que a ella le habría gustado.
Entre penumbras, desnuda sobre su cama, perseguía con la mirada el reflejo de las luces de la calle en el techo de la habitación, pensando en Nancy. Por mucho que se llevasen mal, seguía siendo su hermana mayor, y eso le preocupaba, aunque no era ni la primera que montaba un numerito similar. Sus últimas palabras seguían revoloteando por su mente y continuaban siendo un misterio. No entendía cómo ella, tan poquita cosa, podía serle de utilidad a Nancy y, mucho menos, evitar que ese desconocido la dejase. De hecho, ni siquiera sabía de quién se trataba.
Pronto sus tribulaciones pasaron a un segundo plano, Elsa no era muy dada a preocuparse de las cosas en general y mucho menos de las que escapaban de su control. Pese al confinamiento, el hecho de estar sola le abría un mundo de posibilidades. Podía probarse vestidos de Nancy y tomar prestados sus útiles de maquillaje. La amante de su abuelo le había enseñado a utilizarlos con soltura, siempre a espaldas de su malcarada abuela.
De un salto, se incorporó de la cama, y tal como su mamá la trajo al mundo, comenzó a inspeccionar la cómoda de su hermana, un terreno vedado para ella bajo pena de muerte.
Ahí no había nada nuevo; ni siquiera los preservativos escondidos en el interior de una cajita de pantis suponían un misterio. Ya sabía para qué servían e incluso los había utilizado de forma correcta, y no hinchándolos como si fuesen globos: la novia de su abuelo también le había enseñado su uso e incluso cómo colocarlos en el pene de su Tata para no quedarse embarazada si él se corría dentro de su coño.
Tras su iniciación en el sexo lésbico y vaginal, acaecida en el gabinete de estética de la mujer de pasado turbulento, los encuentros sexuales entre los tres se habían repetido en la cama de la morena domingo tras domingo durante el resto del verano. Nieta, abuelo y amante exploraron mil y una forma de darse placer mutuamente. Elsa aprendió a no hacer ascos ni a una polla erecta ni a una vulva rebosante de flujos. De hecho, una vez probadas ambas, no tenía preferencias entre una y otra.
Además, no fueron pocas las veces en que don Leonardo y su nieta se perdieron por los recodos de la carretera para consumar, a escondidas de su abuela, su pasión carnal por su cuenta. A su edad, Elsa era toda una experta en varios aspectos del sexo, más allá de su innata facilidad para proporcionar placer oral tanto a hombres como a mujeres.
¡Aquí no hay nada! - murmuró. El tono de sus palabras denotaban una cierta decepción.
Fue al cerrar el último cajón de la cómoda cuando notó que no encajaba bien con el resto del mueble. Era algo imperceptible a la vista, pero no al tacto. Recordó cómo, a veces, alguna de sus braguitas rebeldes resbalaba por la parte trasera de los cajones y quedaba atrapada en el fondo del mueble, durmiendo el sueño de los justos.
¿Y sí…?
Animada por la nueva perspectiva, utilizó su fina mano para explorar la zona oculta del mueble. Como los primeros intentos de búsqueda resultaron infructuosos, tiró por la calle de en medio, retiró el cajón por completo y no tardó en desvelar el secreto mejor guardado de su hermana Nancy. Era sorprendentemente largo, rugoso al tacto, pero a la vez blando y bastante flexible. A pesar de su edad, la niña sabía muy bien de qué se trataba y, lo mejor de todo, cómo usarlo para pasar un buen rato.
¡Halaaaa! - chilló, blandiendo el consolador como si fuese una espada– ¡Es mucho más grande que el de Sandra!
A duras penas pudo vencer la tentación de encender la luz y examinar con mayor atención el juguete sexual de su hermana. Si la descubrían, no solo se llevaría una buena bronca; lo peor sería la ira de Nancy al descubrir su secreto: estaba segura de que su hermana la despedazaría literalmente si eso llegaba a ocurrir.
El corazón le latía con fuerza mientras imaginaba el castigo, y un escalofrío recorrió su espalda de puro miedo. Tuvo que contentarse con palparlo entre penumbras, calibrando tanto su grosor como su longitud.
Conforme el objeto se acomodaba en su mano, Elsa fue perdiendo el temor a la represalia. Su hermana tardaría varios días en volver, como otras veces, tiempo suficiente como para devolver el artefacto a su escondrijo. El dildo de Nancy era suave, casi gelatinoso, y demasiado blando para colocarlo en un arnés, como el de la amante de su abuelo. Cada vez que lo tocaba, experimentaba un cosquilleo en los dedos y se preguntaba cómo se sentiría teniéndolo entre los labios.
Tenía pánico a que Nancy se enfadara con ella, pero la curiosidad cada vez era más fuerte que el miedo. “Solo un poquito”, se dijo mientras se introducía el juguete gelatinoso en la boca. Al paladearlo, le resultaron interesantes su suavidad y textura, tanto que no fue capaz de dejar de chuparlo una y otra vez.
Elsa sintió frío. Ya estaba a punto de meterse entre sus sábanas para seguir chupando el juguete sexual cuando se le ocurrió una alternativa todavía mejor: la cama de Nancy era mucho más cómoda y grande que la suya, el sitio ideal para disfrutar de aquel curioso objeto con mayor libertad.
Ágil como una gatita, Elsa sumergió su cuerpo desnudo en el interior de la cama de su hermana mayor e intensificó el movimiento de su lengua casi infantil, circunvalando el extremo del falo de plástico, dispuesta a seguir experimentando con él. Le agradaba la sensación de tenerlo danzando en su paladar, rozando aquí y allá, sin pararse a pensar que, probablemente, el juguete sexual habría estado en el interior del coño de su hermana Nancy no hacía mucho.
Una vez habituada a la textura, la niña quiso averiguar cuánta porción de consolador podía jalar sin atragantarse. Normalmente, cuando le chupaba la verga a su Tata, se introducía apenas uno o dos centímetros más allá del capullo; con esto le era más que suficiente para hacer levitar de gusto a don Leonardo. No obstante, si durante el ir y venir de la polla entre sus labios, esta traspasaba dicho límite, a Elsa le sobrevenía una arcada y tenía que dejar de chupar unos momentos, hasta que la estabilidad de su garganta se recuperaba, tras lo cuál volvía a la tarea, molesta consigo misma por no ser capaz de controlar su cuerpo mientras complacía a su abuelo.
Elsa estaba segura de que, practicando con aquel juguete, podría llegar a normalizar las reacciones de su garganta, siendo capaz de proporcionar de ese modo mayor placer oral a su querido Tata el siguiente verano.
La niña se colocó boca arriba, y agarrando el juguete fálico con determinación, hizo que fuese ganando profundidad en el interior de sus labios. Prudente, se detuvo justo al llegar a su límite, pero sin hacer mención sacar al intruso de allí. A Elsa le costaba respirar, y notó que el pulso se le aceleraba; sin embargo, en lo referente a la reacción de su garganta, esta parecía controlada, así que se animó a seguir con la rutina de entrenamiento.
Con mucho cuidado, se folló varias veces la boca con idéntico resultado. Ya no le resultaba incómodo tenerlo tan adentro, e incluso podía respirar algo mejor. Decidida a traspasar sus límites, tomó aire por la nariz y se dispuso a profundizar más las inserciones.
Hasta ella se sorprendió cuando, tras golpear varias veces su glotis con la punta del juguete, no sintió más que un apreciable aumento en la segregación de saliva y un tremendo calentamiento en su entrepierna.
Disfrutaba jugando, sin duda. Siempre lo había hecho, desde la primera vez que probó el pene de su Tata, allá en el norte, durante un relajante baño conjunto. Entre jalada y jalada, recordaba las largas sesiones de sexo oral con su abuelo e incluso le parecía estar a punto de paladear la viscosa esencia tibia que brotaba de su pito, esa que a ella tanto gustaba y que tantas veces había tragado con devoción.
Conforme mamaba y mamaba, su calentura crecía de forma exponencial, hasta llegar al extremo en el que simular una felación profunda puso de manifiesto otras necesidades de su cuerpo. El coño le ardía cada vez más.
Decidida a darse gusto mientras chupaba, acarició su zona genital, exhalando un más que sutil gemido cuando dos de sus dedos se fundieron con la humedad de su vulva; estaba tan receptiva a los tocamientos que las falanges apenas encontraron resistencia al entrar en su coñito casi en toda su extensión.
Elsa solía masturbarse muy a menudo. Los tocamientos de su Tata habían fomentado su precocidad sexual desde edad muy temprana. Durante el tiempo de ducha, los cuartos de baño de su hogar eran un ir y venir de gente haciendo mil y una cosas pero, pese a ello, siempre encontraba la forma de tañir su campanita hasta hacerla explotar. Sin embargo, por la noche, cada vez que lo intentaba, era interrumpida por la impertinente voz de su hermana mayor resonando en la oscuridad, cortándole el rollo:
¡Te quedarás ciega si te metes tanto el dedo por ahí, guarra! - le gritaba Nancy, malhumorada.
Pero aquella noche estaba sola, ni Nancy ni nadie más iba a poder interrumpirla.
La urgencia asaltaba su cabeza, tanto que no podía pensar en otra cosa que no fuese masturbarse; hasta que cayó en la cuenta que tenía a su disposición otro objeto bastante más interesante que meterse entre las piernas. El invierno había sido largo, y aunque sus dedos ya eran lo suficientemente expertos para arrancarle arrolladores orgasmos, echaba de menos el calor de la polla de su abuelo en el interior de su vientre o, en su defecto, la dureza del dildo adherido al arnés de la bella Sandra percutiendo su vulva con vehemencia.
¡Ag! - musitó, al tiempo que el intruso gelatinoso iba abriéndose paso en el interior de su vagina.
Los ojos de Elsa se abrieron de par en par en mitad de la noche; aquello no era la verga de su Tata pero, desde luego, tampoco el firme juguete sexual de la estilista norteña. La sensación era extraña, aunque para nada desagradable, más bien todo lo contrario: era una auténtica delicia.
El dildo de su hermana parecía tener vida propia en su interior, llenándola por completo gracias a su flexibilidad y consistencia gomosa. Cuando comenzó a menearlo a dos manos, sus ya de por sí escasas dudas se hicieron trizas: era justo reconocer que la “comemocos” tenía un gusto exquisito a la hora de elegir compañero de juegos íntimo. Aquel pene de látex era una maravilla, parecía un intrépido conejito hurgando en su madriguera, llenándolo todo, frotándolo todo, haciéndola hervir de puro gusto.
La niña, dispersa por naturaleza, se concentró como nunca. Acompañó los movimientos percutores con ligeros movimientos de cadera, con los que consiguió incrementar su placer de forma gradual. Cuando tomó más confianza, pasó de las penetraciones rítmicas y prudentes a secos arreones contra su pequeño coño. Navajazos traperos que lo dilataban hasta el extremo al entrar, relajándolo al salir, arrastrando sus flujos en su tránsito; haciéndola vibrar en su ir y venir hasta el infinito y más allá. Chilló varias veces; ni pudo ni quiso evitarlo. Su coño babeaba.
Elsa estaba encantada masturbándose con el juguete de Nancy. No solo buscó variedad en el ritmo de las ensartadas sino también fue variando la postura hasta el punto en el que la ropa de la cama se convirtió en un amasijo de telas mezcladas con sudor, flujo vaginal y lujuria adolescente. No obstante, cuando adoptó la típica posición «de perrito», ya no quiso investigar más: era, con mucho, la pose que le permitió ensartarse el dildo a mayor profundidad y, por ende, la que le proporcionó más placer.
Con la cara adherida a la almohada y aquella serpiente gomosa haciendo magia en su interior, Elsa olvidó todo el mal rato acaecido durante la tarde. La verdadera fiesta estaba celebrándose en aquella habitación, con ella como única protagonista y el dildo de su hermana como invitado de honor.
Cuando notó que su cénit se acercaba, clavó los dientes para acallar sus cada vez más escandalosos gritos. El orgasmo la avasalló, arrasando con todo, siendo incluso comparable a los que experimentaba cuando follaba con su Tata allá en las montañas del norte. Sus propios jadeos le impidieron escuchar el crujido de la espaldera exterior de su casa, esa por la que trepaba la enredadera del patio trasero y los furtivos amantes de su hermana que hacían turno para follársela, hasta que fue demasiado tarde.
¡Nancy, Nancy! - dijo una voz gutural, mientras la sombra enorme atravesaba la ventana con agilidad y soltura.
La niña identificó la voz de Serpiente de inmediato. Tuvo el tiempo justo para tumbarse boca abajo en la cama de su hermana, con el juguete sexual todavía llenando su vagina, y bocanadas de flujo saliendo de su coño a todo trapo. Excitada y a la vez aterrada por ser descubierta, siguió con la mirada la sombra del amante más inquietante de su hermana acercándose hacia ella, mientras la humedad íntima mojaba sus muslos y el olor delator de su orgasmo impregnaba hasta el último rincón de la habitación.
¿Dónde está Elsa? - preguntó el chaval con su voz rota, desvistiéndose con parsimonia - Sé que a ti te molesta pero a mí me excita hacerlo cuando está ella delante. Es muy bonita… pronto será más sexy que tú, si no lo es ya.
Y como aquel que reclama lo que es suyo, arrancó de un golpe la ropa de cama que cubría a la niña, dejando su pequeño cuerpo totalmente expuesto, con la penumbra como única protección.
¿Qué pasa?, ¿no dices nada? - rió él - Siempre te enfadas cuando digo cosas bonitas de tu hermana.
Impotente, Elsa permaneció callada e inmóvil como una estatua, mientras el chaval se colocaba sobre ella. Su mente, a mil por hora, buscaba una solución al lío en el que estaba metida. Tuvo que morder su puño para no chillar cuando Serpiente, desatado, alzó sus caderas con la clara intención de penetrarla de forma salvaje, como hacía con Nancy. Sin embargo, el brusco movimiento hizo que el juguete sexual que alojaba en su coñito resbalase irremisiblemente de su entraña, saliendo disparado de ella y acabó golpeando el pene erecto del sorprendido amante de su hermana.
¡Qué cojones! - Exclamó Serpiente.
De inmediato, se levantó a toda prisa, cruzó con grandes zancadas la habitación, prendió la luz y se dió de bruces con la realidad.
¿Qué está está pasando? -preguntó, muy molesto -, ¿qué haces tú ahí?, ¿dónde está tu hermana?
Elsa buscó refugio apoyando su espalda en el cabecero de la cama. Avergonzada, abrazó sus rodillas, enterrando su cara entre ellas; separando de forma inconsciente los tobillos y, por tanto, dejando el coño totalmente expuesto a la vista del hombre. Compungida, comenzó a llorar.
El acto infantil consiguió algo difícil de creer para el resto de la humanidad: Serpiente se conmovió.
Sentado en el borde de la cama, el terror del barrio acarició la nuca de la adolescente con una dulzura impropia de su mala fama. Pese a la cercanía y desnudez de ambos, no intentó nada sucio con Elsa. Al contrario, apartó con delicadeza el cabello de la cara de la niña, queriendo encontrar el perdón en sus ojos antes que en sus labios.
¡Eh, eh! Tranquila. Disculpa si te he asustado. Yo… yo creía que era tu hermana la que estaba en la cama. Ya sabes… ella y yo…
La niña asintió, algo más calmada, aunque sin tener el valor todavía de mirar al chico a la cara.
No quise hacerte daño. Jamás te lo haría, Elsa. ¿Vale? Te protegeré siempre.
Las tiernas palabras sosegaron el ánimo de la joven. Surgió en ella un sentimiento de gratitud infinita hacia él, como cuando bailaron juntos en la cocina rodeados de helado. Tragó saliva, alzó la mirada, y con un hilito de voz explicó a Serpiente todo lo sucedido.
Tu hermana es tremendamente egoísta - sentenció Serpiente tras escuchar el relato -. Fastidiar tu fiesta de cumpleaños de ese modo, ¡no se puede ser peor persona! Estoy harto de tantas tonterías. Voy a dejarla para siempre, te lo juro…
Las alarmas comenzaron a saltar en la cabeza de Elsa; precisamente aquello era lo contrario que buscaba. Su hermana iba a enfadarse muchísimo con ella, sin duda le echaría la culpa. Su impotencia ganó enteros al advertir que Serpiente hacía ademán de levantarse, con la mirada fija en la ventana, su ruta de escape.
¡No,no! No te vayas… - suplicó, aferrándose al musculoso brazo del joven, abrazándolo como si le fuese la vida en ello -. Por favor, quédate conmigo.
No. Es tarde y has tenido un día jodido… - dijo él, liberándose de forma delicada.
¡Por favor! ¡Quédate! - continuó ella con las súplicas, pero adoptando una estrategia distinta.
Serpiente se quedó sin motivos para la réplica cuando contempló a Elsa recostada contra el cabecero de la cama, el cabello alborotado, las piernas abiertas de par en par, y el sexo brillante por el acto onanista llevado a cabo minutos atrás. Para rematar el cuadro, descubrió la enorme mancha de flujo dibujada sobre la sábana y, muy cerca de ella, el tremendo dildo de látex que lo había provocado.
La virilidad del hombre se desperezó ligeramente al comprender lo sucedido, lo suficiente como para detener el movimiento del resto de su cuerpo. Permaneció inmóvil mirando a la joven, sopesando sus opciones antes de decidirse a hablar; segundos de incertidumbre que a Elsa le parecieron horas.
¿También… también sabes… ? - Preguntó señalando con un gesto el sexo de la adolescente, recordando sus palabras poco antes de que le obsequiara con una de las mamadas más excitantes de su vida.
¡Sí! - se apresuró ella a contestar, abriéndose de piernas todavía más, queriendo distinguir en los ojos de Serpiente una chispa de deseo que ella transformó en esperanza.
¿Y… y por detrás?
A Elsa le costó procesar la pregunta más de la cuenta. Era algo que no esperaba y que jamás había probado. Su experiencia anal se reducía a furtivas inserciones de la traviesa lengua de Sandra a escondidas de su abuelo. A don Leandro no le gustaba hacerlo por la puerta trasera, decía que eso no era cristiano, pese a no ser un hombre de fe precisamente.
Aun así, la jovencita no vaciló.
¡También! - Mintió lo mejor que supo.
Y dispuesta a dar el todo por el todo para que él no se fuera, adoptó nuevamente la posición de perrito, separó sus glúteos y ofreció al novio de su hermana una nítida panorámica de su agujero trasero.
Serpiente sonrió ante la predisposición de la niña por el sexo anal. Era diametralmente opuesta a su hermana Nancy en todo. Además de bonita, era mansa como un corderito. Contemplando la pose, corroboró lo que ya sabía: que Elsa era una jovencita preciosa.
¡Hazlo por donde quieras! - Se ofreció de nuevo, entusiasmada.
Serpiente dudó sobre la veracidad de aquellas palabras, que, no obstante, podrían ser ciertas. La niña ya le había sorprendido en una ocasión demostrando una pericia inusitada con la boca. Era una caja de sorpresas… y tenía un culo espectacular.
Para alivio de Elsa, el joven no huyó. Su corazón volvió a latir.
Serpiente fue extremadamente cuidadoso durante los preliminares. No se abalanzó sobre Elsa, ni tiró de su cabello, ni le azotó el trasero con furia como hacía con su hermana mayor antes de poseerla. Al contrario, se mostró cariñoso: se colocó junto a ella, acarició su espalda con dulzura, aspiró el aroma de su cabello y le dio tiernos besos en el cuello mientras la tumbaba de lado con suavidad.
Aunque en el barrio todos le temían, Elsa nunca había sentido miedo de Serpiente. Ni siquiera le incomodaba su forma de mirarla desde siempre, cargada de algo diferente que ella no era capaz de reconocer como malo.
Elsa no temía que Serpiente le hiciera daño; temía que Serpiente se marchara.
Decidió obsequiarle con lo poco que la naturaleza le había dado hasta ese momento: guió la mano del muchacho hasta sus incipientes pechos. No eran nada comparados con los de Nancy pero pensó que, quien ofrece lo que tiene, no está obligado a dar más. Él los acarició como si temiese romperlos, y los pequeños pezones que los coronaban se enarbolaron de inmediato.
Con Serpiente pegado a su espalda, la opción elegida por este estaba clara. En la cercanía, Elsa se sumergió en una amalgama de aromas masculinos: sudor, tabaco y deseo. Luchó por calmar su nerviosismo. Tenía que fingir una experiencia en el sexo anal de la que, en realidad, carecía. Aun así, no fue capaz de evitar dar un respingo cuando notó la punta de una polla rondando su trasero. Era grande, ya había calibrado sus dimensiones cuando la tuvo en la boca.
Él lo notó y se detuvo:
¿Estás bien?
Sí, sí. Sigue.
¿Seguro?
Continúa, por favor.
Con el pene en todo su apogeo, el chaval no se hizo de rogar. Agarrándolo por la base, guió su estilete hacia la zona genital de su joven amante. Elsa respiró aliviada, creyendo poder salvaguardar la virginidad de su orto, pero lo cierto es que su momento de relax duró poco: el tiempo que invirtió el muchacho en recoger los jugos íntimos del exterior de su coñito con el extremo de la verga, lubricante natural para el que tenía otros planes.
Elsa notó de nuevo su puerta trasera amenazada, supo que ya no había vuelta atrás. Su suerte estaba echada y aceptó su destino voluntariamente. Intentó relajar su cuerpo para que el trance le resultara lo menos doloroso posible. Lo cierto es que, más allá del miedo, tenía curiosidad por saber cómo se sentiría teniendo esa barra de carne dentro. Su hermana Nancy renegaba de ese tipo de prácticas, en cambio Sandra, la ex prostituta amante de su abuelo, le insistía en que era algo fantástico. En poco tiempo saldría de dudas.
Aguantando la respiración, cerró los ojos y su esfínter comenzó a ceder. Serpiente una vez más fue cuidadoso, no se precipitó en ningún momento: dejaba de presionar cuando notaba que el cuerpo de Elsa no daba más de sí, dandole tiempo a acostumbrarse a la nueva situación. Posteriormente, al disminuir la resistencia, volvía a la carga empujando con algo más de vehemencia. Poco a poco, centímetro a centímetro, jadeo a jadeo,el culo de la niña fue cediendo, y su intestino se colmó de carne dura, caliente y palpitante.
Elsa no podía pensar, apenas tenía tiempo para analizar el torrente de sensaciones dispares que su joven cuerpo le transmitía: dolor por la sodomía, pero también excitación al estar haciendo algo nuevo, satisfacción por cumplir la orden de su hermana y también cierto orgullo malicioso por estar complaciendo a Serpiente, haciendo algo que la propia Nancy era incapaz de realizar.
Satisfecha con su logro, su intrépida naturaleza la llevó a ir más allá de sus límites. Como pudo, atrajo a su amante hacia sí, instándole a profundizar más y más. Por fortuna para ella, Serpiente no entró al trapo y cumplió su promesa de no hacerle daño. Incrementó sutilmente el ritmo de la enculada, eso sí, pero sin insertarle mayor cantidad de verga de la que el tierno culito era capaz de alojar. Sólo con eso, la desarmó.
La pequeña Elsa comenzó a volar.
La niña exhaló un suspiro gutural: rabiaba… pero de gusto. El dolor había mutado, transformándose en un torrente de placer que nacía en su ano, arrasaba su vulva y moría en su garganta. Su vagina estalló varias veces sin necesidad de ser estimulada directamente, la simple presencia de una verga en el culo fue suficiente. Para sorpresa de nadie, Nancy estaba equivocada y Sandra en lo cierto: el sexo anal era algo mágico.
Ayudó a la percepción de la chiquilla el hecho de que Serpiente era un amante excelso. No perdió el control en ningún momento, e incluso, al notar que los jadeos de Elsa iban ganando intensidad, le tapó la boca para acallar sus gritos y no revelar al resto del barrio lo que estaba sucediendo.
Serpiente dirigió el coito en todo momento mientras Elsa se dejaba hacer. Permanecieron los dos adheridos uno al otro como a fuego, danzando la coreografía íntima en plena sincronía, hasta que el muchacho no pudo aguantar más y, clavando algo más su polla en el intestino de la jovencita, se consumió en ella, lanzando llamaradas de semen a diestro y siniestro en su interior.
Tras la tempestad vino la calma, aunque la tregua no duró mucho tiempo. La pequeña Elsa estaba decidida a no dejar ni un cabo suelto. Había algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer y no sabía si tendría ocasión de ponerlo en práctica. Los labios de Serpiente siempre le habían gustado. De hecho, junto a sus ojos, le parecían su parte del cuerpo más atractiva, al menos hasta que descubrió su verga.
Con el esperma saliendo a borbotones de su culo, fue ella la que, colocándose encima de él, desató las hostilidades y comenzó a besarle con ansia. No le sorprendió averiguar que Serpiente también besaba divinamente. El sabor a tabaco no fue impedimento para hacerla disfrutar, se dio un festín de babas.
Elsa tampoco se quedaba atrás en cuanto a pericia a la hora de besar; su Tata y, sobre todo, Sandra, habían sido unos maestros fantásticos. Su párvula lengua exploró con avidez la boca del adulto, mientras él aprovechaba su privilegiada posición para llenarse las manos del trasero juvenil que tan buen rato le había hecho pasar.
¿Volverás mañana? - Preguntó Elsa, mimosa.
El no contestó. Como respuesta se limitó a colocar a la adolescente sobre su miembro viril, con la firme intención de profanar el último agujero que le quedaba por explorar.
Elsa, acostumbrada al sexo con su abuelo, placentero pero espaciado en el tiempo, se sorprendió mucho al comprobar que el falo de Serpiente no había perdido vigor tras la primera descarga. De inmediato, se abrió de piernas para recibirle. No lo hizo obligada o por temor a la ira de Nancy, sino por pura necesidad física.
Si con el sexo anal lo había pasado tan bien, no llegaba a imaginar lo que iba a disfrutar con el prodigioso pene de Serpiente serpenteando en su vagina.
*****
La jornada siguiente, todo estaba en calma en el hogar de los Calatrava. Elsa estuvo todo el día incluso más ausente que de costumbre, extrañamente risueña y relajada. Hasta tuvieron que recordarle que le faltaban varios regalos por abrir, incluso se acostó mucho más temprano que de costumbre.
A media noche, escuchó el crujir de la espaldera y se estremeció. Su vulva estaba húmeda desde hacía un buen rato. Tuvo un malsano pensamiento a la vez que ponía su trasero en pompa sobre la cama de su hermana, un deseo impropio de ella, algo de lo cual probablemente se arrepentiría pero que deseaba con todas sus fuerzas: que el confinamiento de Nancy durase lo más posible.
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