¿QUÉ QUIERES QUE TE HAGA, TATA? por Zarrio.
Parte 7: Amanecer.
*****
El griterío en la sala de espera era ensordecedor. No menos de treinta mujeres hablaban al mismo tiempo en una claustrofóbica habitación sin ventanas, y aunque Elsa puso toda su atención, apenas pudo escuchar palabras sueltas del hombre que intentaba poner orden en ese caos. En un momento dado, le pareció escuchar su apellido, aunque no reconoció el nombre que lo precedía.
¡Señoras, señoras! Un poco de silencio, por favor…
Elsa levantó la mano algo confundida cuando se hizo la paz.
¿Sí?
Yo me apellido Calatrava, mi nombre es Elsa, Elsa Calatrava. - Apuntó mientras se incorporaba, bajando como pudo los bajos su escueto vestido.
¡Elsa! ¡Elsa! ¡Eso es! - el calvo lanzó una sonora risotada - Me he equivocado de nombre. Perdone, me hago viejo.
Tranquilo, no pasa nada - Intervino la joven, siempre amable.
Cubículo cinco. Al fondo a la derecha. Veo que es su primera vez por aquí, je, je, je - prosiguió el tipo -. La pondré al día. Tienen dos horas para… ya sabe. A las ocho se abren las puertas y, por su bien, espero que esté presentable o la pondremos en la calle esté como esté, ¿lo comprende?
S… sí. Lo entiendo.
Es por esa puerta. Estamos en obras. Provisionalmente, hay que pasar el corredor de los preventivos y después girar a la derecha por el otro pasillo. Allí la espera uno de mis compañeros que le indicará el lugar.
Gracias.
Elsa sonrió amablemente al funcionario y se dispuso a recorrer el espacio que le separaba de su amante con rapidez. Desde la detención, el juicio y todo lo demás, llevaba más de un año sin disfrutar de un momento de intimidad con Serpiente.
Disculpe, pero antes de entrar, tendré que cachearla - La detuvo el tipo, que ni siquiera se esforzó en disimular su cara de satisfacción -. Técnicamente lo debería hacer una compañera, pero hoy está enferma y no ha venido al trabajo…
Elsa se retorció los dedos, nerviosa. La circunstancia le pilló desprevenida.
Pe… pero…
Si tiene algún problema con eso, no pasa nada: damos la visita por concluída y listo. Puede irse y pasamos a la siguiente… - Dijo el hombre, torciendo el gesto y señalando la puerta de salida -, ¿Esther Salcedo? ¿Quién es Esther Salcedo?...
Elsa dudó. Sabía que la propuesta estaba fuera de lugar. Observó de reojo a las otras mujeres buscando ayuda, pero ellas evitaron su mirada, conscientes de que su situación era similar a la suya.
La joven lanzó un suspiro de resignación, tendría que doblegarse y tragar su orgullo si quería conseguir lo que había ido a buscar, estaba claro.
¡No, no! Me parece bien. Hágalo usted, no importa.
El guardián se recreó en su suerte al desnudar con la mirada al dulce caramelito que le había proporcionado el destino. El minivestido de Elsa dejaba poco o nada a la imaginación y sus pechos se reivindicaban tras él, libres de otras ataduras. Elsa había pensado agradar a Serpiente al elegir su ropa ese día; jamás se le había pasado por la cabeza que iba a ser tocada por un hombre distinto a su mejor amante. Notó cómo el rubor amenazaba con tomar el control de sus mejillas, molesta consigo misma por no haber previsto esa situación.
Perfecto. Pase por aquí, señorita.
De… de acuerdo.
Ya fuera por discreción o por precaución para no ser denunciado, el guardián llevó a Elsa a una sala adyacente, lejos de miradas curiosas o acusadoras.
Siéntese.
Gracias.
En primer lugar, el funcionario procedió a colocar el contenido del bolso de la joven sobre la mesa. La universitaria pasó bastante vergüenza cuando, junto a su cartera y varios productos de higiene personal, apareció un tubito de lubricante y una caja de preservativos que el guardián revisó concienzudamente.
Las gomas no eran necesarias, las proporciona el centro.
No… no lo sabía.
Puede recogerlo todo. Sus cosas están dentro de las normas.
Elsa respiró aliviada.
¿Puedo irme ya?
No. Todavía no.
El tipo caminó hacia la puerta, pero en lugar de salir a través de ella, la cerró con llave.
La joven se estremeció y cruzó los brazos sobre el pecho con la intención de disimular su generoso escote. El tipo se dio cuenta y esbozó una inquietante sonrisa al acercarse que, lejos de tranquilizarla, la puso todavía más nerviosa.
Es para que nadie nos moleste y vaya todo más rápido. Sólo será un momento - susurró, echando el aliento impregnado en alcohol entre sus dedos supuestamente para darles calor -. Levántese, dese la vuelta y apoye sus manos en la pared, por favor…
Elsa claudicó, adoptó la postura indicada y fijó la mirada en el techo. El tipo se le acercó tanto que ella sintió su respiración putrefacta en la nuca. El vello se le erizó e intentó relajarse sin demasiada fortuna. Ya lo conocía de las otras veces que había ido al centro penitenciario. Su forma de mirarla le daba mala espina desde el primer día, y todo aquello no hacía más que corroborar su mal presentimiento.
En realidad, el cacheo consistió en una metida de mano en toda regla ya que, una vez realizado el palpado habitual, el barrigudo procedió a estrujar los pechos de la universitaria por encima del vestido sin el menor disimulo. Muy a su pesar, los pezones de Elsa reaccionaron por su cuenta, lo que el tipo interpretó a su modo, dándole alas a su lujuria.
¡Parece que alguien se está acalorando!
Elsa se ruborizó de nuevo. Las mejillas le ardían, y más aún cuando el tipo perdió la decencia y le sobó un pecho piel con piel con una mano, aprovechando la generosidad del escote de la muchacha. En un acto reflejo, ella hizo ademán de defender la integridad de su cuerpo, pero no sirvió de nada. El carcelero continuó aferrado a su teta con más devoción que un recién nacido.
Es para comprobar que no llevas drogas ahí metidas - Se apresuró a justificar el funcionario, haciendo un esfuerzo por no reírse de su falsa ocurrencia mientras cambiaba de seno-. Veo que todo es natural y está en su sitio. Serpiente es un tipo con suerte… tiene buen gusto con las putas.
La chica abrió la boca para rebatirle, pero optó por permanecer callada, aguantando estoicamente los tocamientos en sus pechos. Sin embargo, no pudo evitar demostrar su malestar cuando el carcelero se aferró a su culo con la mano que tenía libre, magreándolo con descaro.
¿De… de verdad es esto necesario? - Protestó ella al fin.
Sí. Técnicamente, podría exigir que te desnudases - le susurró el acosador al oído, haciendo que su fétido aliento revolviese el estómago de la chica tanto o más que sus tocamientos ilícitos - ¿De verdad quieres que lleguemos a eso? Seguro que te encantaría hacerlo delante de mí. Eres muy joven, pero se te ve con experiencia con los hombres…
¡No, no! - Apuntó ella, una vez analizó su situación, optando por el mal menor -. Termine rápido, por favor.
El carcelero prolongó el manoseo unos segundos que, aun siendo pocos para él, a Elsa le parecieron eternos.
Todo está bien por aquí arriba. Muy pero que muy bien, diría yo. - Aseveró el guardián cuando se dio por satisfecho, apartándose de ella con un considerable bulto en la entrepierna.
Elsa bajó la mirada y arregló su vestido a toda prisa, queriendo terminar cuanto antes con toda aquella humillación.
¿Puedo irme ya?
¡Qué prisa tienes, eh! - Sonrió el calvo, mostrando su descuidada dentadura - Todavía no. Abre un poco las piernas y todo terminará antes de que te des cuenta, jovencita. Muy pronto estarás con tu chulo, chupándole la polla y abriéndote de piernas.
Humillada, Elsa obedeció lentamente. Por lo menos el tipo tuvo la decencia de no traspasar la exigua barrera de su lencería íntima y se limitó a acariciarle la vulva por encima de las braguitas de seda con sorprendente pericia.
Estás húmeda - prosiguió el carcelero -. ¿De verdad no quieres que siga? - Le susurró muy de cerca - ¿Cuánto cobras? Tienes aspecto de ser más cara que la otra. Tú eres mucho más guapa, puedo ser muy generoso si te portas bien…
Los ojos de Elsa se abrieron de par en par, sorprendida por la existencia de una rival desconocida con la que competía por disfrutar las citas íntimas con Serpiente. No era una ilusa, sabía que el muchacho había tenido muchas amantes durante su vida previa al ingreso en la cárcel; sencillamente no esperaba que otra chica estuviera dispuesta a pasar todo aquello para meterse en la cama con el joven.
No, no. - Negó Elsa frustrada, apretando los puños de pura rabia.
Lástima.
El funcionario suspiró y continuó con los tocamientos íntimos, pellizcando ligeramente su clítoris y el resto de su vulva a través de su escueta lencería. Elsa estuvo a punto de echarse a llorar, superada por todo aquello, sin embargo demostró su determinación y aguantó lo mejor que pudo.
Perfecto. Todo limpio por aquí. - Dijo el tipo cuando terminó, algo frustrado, y se llevó descaradamente a la boca los efluvios robados de la intimidad de la joven.
Ella respiró profundamente y enfiló el camino hacia la salida enjugándose las lágrimas. El carcelero se interpuso en su camino una vez más.
¿Dónde vas tan deprisa? Todavía no he terminado contigo - intervino él, haciendo un gesto hacia el trasero de la muchacha -. Falta una comprobación más.
¡Eso no! - Protestó Elsa, demostrando su enfado, sacando su genio Calatrava.
¡Son las normas! No lo digo yo, lo marca el protocolo.
El protocolo… ¡ya, ya! ¡Y una mierda! - Chilló Elsa, a punto de perder los papeles.
El semblante del funcionario cambió de repente, tornándose duro y frío como el hielo. Y con la seguridad que da saberse ganador de la partida por antemano, agarró a Elsa de la muñeca y la retorció hasta el punto de desequilibrar a la muchacha.
¡Ya me estoy cansando de tanta tontería! Puedes largarte si lo deseas, bonita, pero puedes irte despidiendo de follar con ese desgraciado; ni hoy, ni nunca. Me encargaré personalmente de que eso no pase, ¿entendido, putita consentida? ¡Tú eliges!
La joven tembló. Volvió a analizar su situación y puso en un brazo de la balanza su deseo de intimar con Serpiente y su dignidad en el otro.
No tengo todo el día.
Resignada, Elsa apoyó de nuevo sus manos en la pared y separó las piernas lentamente como contestación.
Envalentonado por su posición de superioridad, el guardián fue todavía más osado con el culo de la joven que con su parte delantera. Hurgó bajo el minúsculo hilo que salvaguardaba la retaguardia sin cortarse un pelo, e incluso acarició varias veces el tierno esfínter anal, amagando con introducir una falange en él, aunque sin llegar a consumar la tropelía que ella temía.
¡Pedazo de zorra! - Gruñó él.
Elsa sintió una punzada en la entrada de su orto a la que siguió un escozor más agudo cuando un dedo de considerables dimensiones penetró en él.
Elsa chilló. Aguantaba sin problemas el sexo por la puerta de atrás, incluso podía decirse que disfrutaba de él, pero la falta de lubricación y rudeza con la que le trató aquel hombre fue excesiva para su aguante. El escozor en su culo era más que considerable.
¡Ay! Me hace daño.
Hay quien se mete droga hasta por aquí. ¿Lo sabías? - Repuso el otro obviando su queja, sin dejar de percutir en el interior del intestino de la joven.
¡No llevo nada! ¡No llevo nada! - Gimoteó la chica.
Son las normas, y cuanto más me interrumpas, más tiempo tardaré en cumplirlas, putita...
Elsa se rindió, con el rostro cubierto por las lágrimas.
Te… termine rápido. Por favor. - Suplicó como única defensa.
Una vez demolida toda resistencia, el carcelero se dio un festín con el culo de Elsa. Penetró en él cuanto quiso y lo palpó con lujuria una o otra vez, sin apiadarse por las lágrimas de la chica.
Elsa no pudo aguantar más, las fuerzas le abandonaron y cayó al piso, rota de dolor.
De verdad que no sé qué veis en ese delincuente. - Murmuró el hombretón mirándola con despecho mientras la levantaba. El bulto en la entrepierna de su pantalón era más que evidente- Los hay quienes nacen de pie, está claro.
Y dio por concluído el registro lanzando un sonoro cachete en el trasero juvenil que tan buen rato le había hecho pasar.
¡Ay!
¡Tienes un cuerpo espectacular, señorita! - exclamó él con una risotada enfilando el camino hacia la puerta - Date prisa, tu Romeo te espera.
Elsa lloró amargamente unos minutos todavía apoyada en la pared con el ojete en carne viva. Después, secó sus lágrimas con el dorso de la mano y retocó su aspecto con el pequeño estuche de maquillaje que llevaba en el bolso. No estaba dispuesta a que Serpiente la viera así.
Cuando la chica salió de la sala, se encontró de bruces con la supuesta funcionaria enferma que, ignorándola, le lanzó un guiño cómplice a su compañero y ambos comenzaron a reírse.
¿Qué tal ha ido con la chiquita? - Preguntó a su compañero -. Tiene un aire a la otra, ¿no crees?
Limpia por delante y por detrás.
¿Estás seguro? ¿La has registrado a fondo?
Todo lo a fondo que he sido capaz.
¡Menudo cabrón! Seguro que lo has pasado muy bien.
Ni te imaginas.
¿Puedo irme ya? - Preguntó Elsa sacando fuerzas de flaqueza.
Cubículo cinco, reina. Al fondo a la derecha, pasadas las celdas. Dos horas, ni un minuto más. Que disfrutes, jovencita.
Todavía sin haber procesado el mal trago, Elsa recorrió el pasillo que la llevaba hasta su amante, muerta de vergüenza. Los comentarios de dudoso gusto acerca de su físico que le regalaron los presos desde sus celdas tampoco contribuyeron a hacer que se sintiera mejor.
¡Eso sí es un cuerpo y no el de la foca de mi mujer!
Cuando termines con ese marica, te pasas por aquí y verás lo que es bueno.
¡Vaya culo tienes, zorra!
¡Ya vale, ya vale! - Gruñó otro guardia que la aguardaba junto al venusterio -. Vosotros, a lo vuestro; hijos de puta.
Todos los males de Elsa desaparecieron cuando, una vez solos, Serpiente la acogió entre sus fuertes brazos. Fue un abrazo intenso aunque menos apasionado de lo que esperaba. Lo notó más distante que otras veces y se culpó a sí misma. Al fin y al cabo, ella estaba allí para animarle, sus lágrimas no eran lo más apropiado para ese momento.
¿Estás bien? ¿Qué te ha sucedido?.
No… no pasa nada - Ella meneó la cabeza, respiró hondo y sonrió a Serpiente, intentando apartar el mal momento vivido de su cabeza –. Estoy bien.
¿Seguro?
Dispuesta a que lo sucedido no le amargara el deseado encuentro, la joven optó por besar al muchacho en lugar de contestar. Fue un ósculo apasionado, al menos por su parte, ya que él no correspondió con el mismo ardor. Lejos de desanimarse, Elsa decidió no andar con rodeos y pasar a la acción: ser activa, como a él le gustaba.
La habitación del amor no era muy grande y el mobiliario no podía ser más minimalista. Su plan era empujar a Serpiente hasta hacerlo caer sobre el catre, para después sentarse sobre él, dispuesta a hacerle pasar un buen rato y olvidarse de todo. Sin embargo, él tenía otros planes, y aprovechando su superioridad física la volteó contra la cama. Elsa cayó como un saco sobre un colchón sorprendentemente duro que la acogió con la misma amabilidad que una tabla de madera.
¡Au!- protestó.
Iba a decir alguna gracia ocurrente, sin embargo enmudeció. La mirada de su mejor amante era de todo menos amable.
¡Quítatelo todo! -El tono de Serpiente era sorprendentemente duro, impropio de él -. El vestido, los zapatos, la ropa interior… ¡todo!.
Elsa tragó saliva, desconcertada; el muchacho jamás la había tratado de esa manera. Intuía e incluso deseaba que el sexo con él iba a ser más intenso de lo habitual por el largo confinamiento. Sin embargo, no esperaba tanta rudeza, más propia del trato dominante que Serpiente utilizaba con su hermana y las otras chicas, ese que tan mala fama le había creado y que jamás usó con ella. La joven siempre se había sentido diferente y a salvo a su lado. Estaba desconcertada.
¡Hazlo!
Por un instante Elsa temió lo peor, que el confinamiento había hecho mella en la promesa de Serpiente o, peor aún, que lo acaecido con su hermana había afectado a su relación especial.
A pesar de estar casada, Nancy y Serpiente jamás habían perdido el contacto carnal y, aunque los encuentros amorosos entre ambos ya no eran tan frecuentes como antaño, seguían produciéndose incluso en el lecho marital de la mayor de los Calatrava.
Una mañana en la que se suponía que ni nada ni nadie iba a interrumpirles, el marido de Nancy regresó a casa de improviso y los pilló en los tonteos preliminares al sexo. Nancy fingió estar siendo objeto de una violación, el marido salió en su defensa, y Serpiente aprovechó la coyuntura para propinarle al cornudo una buena paliza, esa que llevaba tanto tiempo deseando darle.
La cosa no habría pasado a mayores si aquel desgraciado hubiera mantenido la boca cerrada en lugar de acudir a la policía. Nancy juró entre lágrimas que Serpiente había entrado en su casa para forzarla. Días más tarde, ratificó la declaración frente a un juez, y el resto, dada la nefasta reputación y los antecedentes del joven, fue historia. Un mal abogado de oficio completó la tormenta perfecta: cuatro años y un día de condena fueron la consecuencia de su calentura y su mala reputación.
¡Que te desnudes!
Tras unos momentos de duda, Elsa se deshizo de los zapatos de tacón y peleó como pudo con la cremallera trasera de su minivestido. La escueta braguita tampoco se lo puso fácil y por primera vez desde que conocía a Serpiente se sintió incómoda desnuda frente a él. Incluso imitando su reacción frente al carcelero, cruzó los brazos salvaguardando sus pechos, esos que con tanta ilusión le daba a chupar al muchacho cuando era apenas una niña.
En cuatro… ¡ya!
Vo… voy.
Lo que en otro momento habría hecho por propia iniciativa se le hizo una carga pesada. Elsa estaba desconcertada, sus movimientos eran lentos y forzados.
Con la cara pegada a la almohada y mientras separaba sus glúteos con ambas manos, pensó que, con toda seguridad, la estancia en la cárcel había afectado a Serpiente. Sus pensamientos derivaron después hacia terrenos más oscuros, esos que jamás se hubiera atrevido a considerar en otras circunstancias.
Tal vez el pandillero quería vengarse de Nancy a través de ella y la había engatusado para concertar la cita. Al fin y al cabo, era por culpa de su alocada hermana por lo que el chico había dado con sus huesos en la cárcel.
La joven se puso en lo peor. El día soñado había empezado mal, e iba empeorando por momentos. Aun así, afrontó el trance con resignación, y si su destino era expiar las culpas de Nancy mediante el sacrificio de su cuerpo, estaba dispuesta a someterse. Le era más fácil asumir el castigo si servía para reparar la falta de su hermana mayor.
Sumisa como pocas veces, la universitaria adoptó una postura todavía más explícita si cabe, exponiendo sus dos agujeros al preso para que Serpiente eligiese a su gusto cuál de ellos explorar. No dejó de ofrecerse cuando el chico, ya desnudo, se colocó tras ella con parsimonia.
Desolada, Elsa descubrió con el rabillo del ojo cómo una mano se alzaba, dispuesta para la descargarla contra su trasero. Serpiente parecía decidido a quebrar la promesa mantenida durante años. Cerró los ojos, apretó los puños y se dispuso a recibir la descarga de la manera más llevadera posible.
Si Serpiente jamás había golpeado a Elsa, Nancy no podía decir lo mismo. Era un animal con ella cuando le arrancaba las bragas y las introducía con violencia en la boca de la primogénita. Era un toro desbocado imposible de domar. La pegaba, la azotaba, tiraba duramente de su cabello mientras la montaba de una forma tan intensa que, a menudo, Elsa tenía que resguardarse bajo las sábanas de la cama contigua o cerrar los ojos para no ver, como ocurría en ese preciso momento.
El ataque de Serpiente fue tremendo, implacable, con una precisión quirúrgica; desbocado y febril. Nada ni nadie hubiesen podido detenerle. Parecía poseído por el mismísimo diablo.
¡No, no! ¡Eso no! - Chilló Elsa, sobrepasada por los acontecimientos.
¡Te vas a enterar!
¡Cosquillas no! - Protestó la joven, intentando huir, liberando la tensión acumulada gracias a la risa.
¿Que no? ¡Claro que sí!
¡No, no! ¡Detente!
Serpiente sonrió y continuó atacando las zonas más sensibles de la chica. A ella le faltaban manos para defenderlas todas; él era más fuerte, más rápido y su actitud activa le daba ventaja.
¡Para, tonto, para! - Imploró Elsa entre lágrimas, retorciéndose como una lagartija, intentando evitar lo inevitable.
Pero en muchacho no se apiadó de ella y siguió con su dulce tortura, hasta que se hizo con uno de los pies de Elsa y se lo acercó a la boca.
La chica se puso seria, sabedora de lo que venía después.
¡Ni lo sueñes! Eso no, no.
Tengo hambre…
¡Que no!
Mucha, mucha hambre…
¡Gritaré!
¿Y qué? Nadie vendrá a salvarte. Estamos en la cárcel.
¡Pues gritaré más!
Me da igual..
Elsa dejó de luchar. En el fondo estaba encantada por el cambio de actitud en él. Al mirarle a los ojos, volvía a ver a ese muchacho encantador con el que bailó su canción favorita en la penumbra años atrás: el Serpiente que solo ella conocía y al que amaba profundamente.
Resignada, hizo todo lo posible para no ver su tortura. Se concentró en la mancha de humedad del techo e intentó mantener la mente en blanco para no sentir los labios de Serpiente besando delicadamente sus dedos. Estuvo a punto de sucumbir cuando su dedo más grueso fue sorbido con dulzura una y otra vez, con una cadencia lenta y desesperante.
¡Eres malo!
Lo peor. Lo sé.
Te odio.
Ya, ya…
¡Socorooooo! - Chilló Elsa, muerta de risa, al notar una lengua húmeda navegando entre sus dedos menores sin compasión -. ¡Socorrooo! ¡Para, para…!
Sacando fuerzas de la nada, lanzó una patada instintiva de defensa que a punto estuvo de alcanzar la cara de su amante. Serpiente la esquivó a duras penas, pero no pudo evitar caer al suelo de la celda montando un escándalo tremendo.
¡Au! - Protestó al golpearse contra la pared-. ¡Joder, qué bruta eres! Te pareces a tu hermana…
¡Tú te lo has buscado! - Se jactó Elsa por su victoria.
Entre la algarabía, unos golpes secos sonaron tras la puerta.
¿Todo bien ahí dentro?
¡Siiii! - contestaron los amantes a la vez, disimulando la risa.
Pues no se me despisten, que dos horas pasan rápido.
Perdón.
Tras dejar un tiempo prudencial al carcelero para marcharse, Elsa miró severamente a su amante, alzando su dedo con determinación:
¡Nada de cosquillas!
Vale, vale.
¿Seguro?
Seguro.
La chica selló la paz con una sonrisa y separó sus piernas con picardía.
Ven aquí, tonto… que se nos acaba el tiempo.
El segundo beso de la tarde poco o nada tuvo que ver con el primero: apasionado, intenso, prolongado y, sobre todo, amoroso. Y a este, siguieron muchos más que dispersaron la tensión acumulada por Elsa y caldearon su vientre.
Me… me habías asustado… - murmuró en un breve lapso de tiempo en los que la lengua de Serpiente le dio tregua.
Perdona… fue una estupidez. No quería asustarte.
Eres tonto.
Entre besos y tocamientos, la temperatura entre ambos fue subiendo. Cuando ya no pudo resistir más, Serpiente se colocó sobre Elsa, con el pene erecto en posición de combate Ella respondió a la propuesta separando las piernas cuanto pudo, dejando expedito el camino hacia su sexo. Tenía tantas ganas o más que él de consumar el acto. Su lista de amantes era amplia; aunque ninguno de ellos, hombre o mujer, la habían hecho vibrar en la cama como él. Ni siquiera Sandra o su querido Tata habían sabido arrancarle los intensos orgasmos que el joven le regalaba durante cada encuentro sexual.
Elsa entornó los párpados y aguantó la respiración para disfrutar lo más posible con la primera embestida, esa que le abría en canal arrebatándole la respiración y parte de la vida.
Sencillamente, no pasó.
¿Qué sucede? - Preguntó muy extrañada ante la inacción del moreno - ¿Se trata de otro juego?
No - contestó el joven, amagando con abandonar el lecho -, olvidé el preservativo…
¡Ni hablar! - repuso Elsa rápidamente, atrapando con sus piernas a Serpiente, enrollándose a él como una anaconda -. ¡Tú ya no te escapas!
Las miradas se cruzaron. El deseo les consumía por dentro y se manifestaba por fuera. Permanecieron unos segundos quietos como estatuas, sin decir nada.
¿Seguro?
Seguro.
Y sin dejarle más opción, Elsa agarró el miembro viril y se lo fue introduciendo lentamente en el sexo. El acople fue instantáneo, la lubricación era extrema y Serpiente arrancó un profundo suspiro de lo más profundo de la joven cuando se dejó caer sobre ella.
¡Uhmmmm! - Gimió Elsa, lánguidamente.
La ausencia del profiláctico maximizó las sensaciones de ambos amantes, quienes se fundieron en una danza de movimientos acompasados que iban progresivamente ganando en intensidad y coordinación, conforme las cotas de placer crecían.
Elsa creyó morirse al sentir los dientes de Serpiente marcando su cuello al tiempo que su generosa barra de carne llenaba su entraña una y otra vez. Se aferró a él como si su vida dependiese de ello, el tiempo se detuvo en aquella fría celda durante el acto amoroso.
Minutos más tarde, su vagina amenazaba con contraerse drásticamente de un momento a otro. El ansiado clímax no tardaría en producirse, lo sentía cada vez más cerca. Desbocada, azuzó al muchacho lanzándole ligeros golpes en el trasero con su mano a modo de fusta. En ese breve lapso de tiempo de ofuscación previo al orgasmo, algo más de intensidad y dureza en el coito no le parecían mal. En su delirio transitorio, Elsa deseó por una vez transformarse en su hermana y experimentar en sus carnes el lado más salvaje de su excelso amante, ese que todavía no había tenido el placer de experimentar.
Serpiente no perdió el control en ningún momento y, si bien incrementó el ritmo de las penetraciones al recibir la señal, jamás llegó la sangre al río y respetó la integridad de la joven, cumpliendo su promesa de no hacerle daño..
El muchacho hizo todo lo que estuvo en su mano para complacer a Elsa. La invitó a adoptar diversas posturas sexuales a cuál más placentera para ella, y sólo se derritió en lo más profundo de su vientre al advertir que el cuerpo de la muchacha se relajaba tras gozar de una serie de descomunales orgasmos que a punto estuvieron de seccionar su verga. Los gritos de Elsa al correrse fueron tan escandalosos que Serpiente tuvo que taparle la boca para no alertar al carcelero. Él lo hizo en silencio, deleitándose con el candor de la joven.
Tras la tempestad, vino la calma, al menos relativamente. Serpiente invirtió una parte de su valioso tiempo en besar y acariciar los prominentes senos de la joven. Por su parte, una satisfecha Elsa se dejaba hacer y repasaba con su dedo las mil y una cicatrices que trufaban la musculosa espalda de su amante; heridas de guerra de batallas no muy lejanas.
Deberíamos vestirnos. - Anunció Serpiente con voz pesarosa.
¿Ya?
Faltan solo quince minutos.
¡Qué dices!- exclamó ella incrédula, mirando aterrorizada el reloj que colgaba de la pared.
Lo que oyes.
La chica se incorporó a toda prisa, saliendo de su letargo.
Todavía tenemos tiempo…
Tiempo… ¿para qué?
Elsa se movió rápido. En un suspiro se hizo con la verga de Serpiente, que recuperó mágicamente el vigor gracias al candor y la sapiencia de la boca de la joven.
No… no hay tiempo…
¡Sí lo hay! - rio ella, entre chupada y chupada, rebañando con la lengua los restos de la consumación de su amor que manchaban la polla de su amante.
No… no sigas…, no puedo más.
¡Tengo hambre…! - Susurró Elsa, en tono vengativo.
Serpiente reconoció esas palabras que habían sido suyas y siguió el juego mientras una lengua juguetona le lamía los genitales con pericia.
¡Eres mala!
Lo peor…
Elsa hizo gala de su innata habilidad con la boca y se introdujo en ella un testículo junto con una buena proporción de escroto que lo cubría.
¡Uff! - murmuró Serpiente, excitado por la atención.
Pero de repente sus ojos se abrieron de par en par al notar en su zona más sensible el alarmante roce de unos dientes cerrándose y escuchar la risa ahogada de la chica.
¡Oye, oye! Ten cuidado…
Prométeme que no volverás a verla… - murmuró Elsa liberando el testículo rápidamente, tras lo cual volvió a atrapar su preciado trofeo con más intensidad.
Serpiente se retorció inquieto, lo que no hizo más que aumentar la presión en sus genitales.
¿Qué dices? ¿De quién hablas?
Las mandíbulas se aproximaron entre sí de una manera inquietante. El muchacho comprendió en ese momento que la mediana de los Calatrava no bromeaba
¡Ay! Pero… ¿cómo lo has sabido?
Elsa no tenía tiempo ni ganas de que la negociación se extendiese demasiado, así que puso toda la carne en el asador. Estaba harta de ser el segundo plato de esa caprichosa. Cerró el cerco a su presa con determinación.
¡Vale, vale, vale! ¡Tú ganas! - Chilló Serpiente muy alarmado -. No veré a Nancy nunca más!
¿Lo prometes? - Preguntó ella, liberándolo del yugo.
Serpiente respiró profundamente.
¡Júramelo! ¡Júrame que no verás a Nancy nunca más!
El tono desesperado que Elsa utilizó resultó incluso más convincente que la amenaza.
Te lo juro - Dijo él, conciliador.
Reconfortada por la promesa, Elsa compensó su agravio con besitos en la zona dañada. Posteriormente, se introdujo la verga de Serpiente en la boca, desplegó en ella todas sus habilidades orales en ella.
Cuando se abrió la puerta, Serpiente estaba cerrando los últimos eslabones de la cremallera del vestido de una Elsa que, muy sonriente, se limpiaba la comisura de los labios delante del sorprendido carcelero.
Nos vemos pronto - Se despidió la joven dando un beso a Serpiente.
Todavía no te has ido y ya te estoy echando de menos.
*****
Pero, ¿a dónde me llevas?
Deja de preguntar de una vez.
Elsa estaba concentrada en el camino. A pesar de los años transcurridos, seguía recordando cada curva y cada desvío como si el tiempo no hubiera pasado, pero no era muy diestra conduciendo un vehículo tan potente.
Cariño, estoy cansado después del vuelo. Sabes que las serpientes son animales terrestres…
Más cansada estoy yo de estar yendo y viniendo a esa odiosa cárcel. Después de cuatro años encerrado, un poco de aire fresco no te irá mal.
Solo digo que estas curvas y estos baches no serán buenos para la niña. - Intervino el hombre acariciando la más que incipiente tripita de su recién estrenada esposa.
La niña está perfectamente, y será mejor que se vaya acostumbrando porque no pienso volver a Santiago en mi vida. Nuestra hija nacerá y se criará aquí, entre el mar y la montaña, en la casa que heredé de mi abuelo. No pienso consentir que viva en una ciudad contaminada y llena de criminales.
Serpiente hizo una mueca.
Eso ha sido un golpe bajo, pequeña.
¡Es ahí! - Chilló Elsa deteniendo el vehículo - ¡Ya hemos llegado!
Serpiente quedó mudo al contemplar la belleza de uno de los atardeceres más espectaculares que había visto en su vida.
Tan absorto estaba que no advirtió el movimento de Elsa que, desprendiendose del cinturón de seguridad, serpenteó sobre él para morderle grácilmente el lóbulo de la oreja.
¿Qué quieres que te haga? - le susurró al oído mientras su mano juguetona acariciaba suavemente el paquete de su marido.
Fin.
Pd: Para Elsa, con todo el cariño. Espero que te guste.

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